Un grito de horror y quince escalofríos de excitación

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No durmió la noche del 15 de agosto luego de ver casi obligada la película de terror favorita de Mario: todos los sonidos le ponían los pelos de punta, cada sombra se le figuraba la antesala de un evento trágico. 
— ¿A que ahora te arrepientes de no haberte decidido por la porno? 
Apenas distinguía el brillo de sus pupilas traviesas en la oscuridad, si se hubiera esforzado un poco también habría alcanzado a notar la mueca malévola en que había transmutado su sonrisa. 
—No, me arrepiento de que me convencieras de venir aquí a pasar el rato. 
— ¿Hubieras preferido un motel? 
— ¿Quieres apartar la cabeza de la bragueta de tu pantalón? 
—Ehh, ¿a cuál cabeza te refieres?
—No es gracioso. 
Su queja fue seguida de un estruendo distante. Justo en la cocina se escuchó tintinar a la cubertería. El crujir de las vajillas al impactar contra el suelo la sobresaltó.
— ¿No habías dicho que la casa estaba sola? —Susurró.
—Pues parece que ya no... —Le encantó verla taparse la boca con sorpresa y preocupación tal si aprisionara un grito. Una de sus manos desfiló, con premeditado sigilo, por debajo de su blusa—. Ahora estamos tú y yo. 
La chica ni se enteró o ni quiso enterarse de su tentativa, aunque su piel, convertida en una superficie áspera reaccionando a los escalofríos, debió decir más en su lugar. El cuello se le estiró en mayor grado de lo habitual entretanto dirigía su atención hacia la cocina. Algo andaba muy mal. 
—Ve a ver. 
— ¿Y si mejor me quedo a desnudarte? 
Se deshacía en besos buscando darle alivio a la tensión del cuello de la chica y, por ex-tensión, a la de su entrepierna. 
—Tú lo que quieres es que la muerte nos pille in fraganti como a esos ancianos a los que un infarto los sorprende en pleno orgasmo. 
—Pues si hay que morir que sea gozando —en un gesto brusco le apretujó un seno. 
— ¡No es gracioso! 
Su exclamación esta vez fue seguida de un fuerte ventarrón que sacudió las persianas emitiendo un ruido perturbador; la ventana, abierta de golpe, tembló enérgica sobre sus goznes y de improviso algo se coló raudo al interior al tiempo que toda la calma y contención de la muchacha huían de sí misma. 
Le castañetearon los dientes, no solo del frío, le vacilaron las rodillas y se pasmó de la impresión al sentir algo tibio y peludo rozándole los pies. Para más colmo la sensación de un cálido aliento le transmitió vibraciones, primero alrededor de la nuca y después, en la espina dorsal. Ya se estaba preparando para reprender a Mario, no obstante al dar la vuelta descubrió estar siendo olfateada por... por... ¿el vacío? 
Vaharadas reinventaban la oscuridad. 
— ¿Mario? 
Le respondió el arrastre de unas cadenas o al menos con eso identificó lo oído. 
— ¡Mario!
Ahora le pareció que el suelo era torturado por pezuñas. 
— ¡¿Ma-rio?! —La inseguridad se hacía latente en el timbre de su voz, cada vez más ronco—. No es gracioso...  
En vano forzaba la vista entre las sombras, era incapaz de despegar los pies del lugar que ocupaban, pero el cuello continuaba alargándose tal si pretendiera con ello agudizar su visión. 
Al unísono se repitieron todos los ruidos y sensaciones juntos: un tintineo, vidrios rotos, siluetas informes yendo y viniendo, algo colándose bajo su blusa, su cuello y su espalda mojadas de... sudor, frío, tensión, otro gesto brusco, un castañeteo, la ventana reclamando su atención y las persianas y las pisadas o cadenas arrastradas y aquello que invadió la estancia sin permiso y el cuerpo no identificable o identificado pasando por encima de sus pies. Un suspiro o un susurro o una especie de olfateo... de la nada... el estómago se le vacía, fallan sus rodillas, se le pone la piel de gallina y solo le falta cacarear. “¿Mario?”, dice pero en realidad emite un grito que nadie alcanza a escuchar. Su boca es silenciada en la oscuridad, su cuerpo es presa de algún ente que la oprime y la encadena, toda la brisa que entra a bocanadas por el vano de la ventana parece caber en su aliento, que ahora se (y la) disuelve en un vahído. 
Tiembla por algo más que los nervios, cree estar a punto de que le sobrevenga la muerte con el susto por orgasmo y agoniza... 
— ¡Oh, vamos! ¿No pensarías en serio que la ficción iba a congelarnos o comernos atravesando la pantalla del tv? —Se burla Mario, devolviéndole la respiración y los labios, y obsequiándole sus dedos carentes de pezuñas a su piel. 
—No es gracioso —replica ella entre dientes. Al unísono vuelve a sentir la cosa peluda bordeándole los pies. Se estremece y lo sacude de una patada, por arte de magia o malas intenciones caducas regresa la luz. Se escucha un afectado maullido. Mario sonríe divertido otra vez.
—Por supuesto que lo es. 
La chica mira ceñuda y con recelo al gato que en la penumbra se frotaba contra sus extremidades y le dedica una mueca de enfado a Mario, quien de inmediato trata de hacerla desaparecer acariciando sus mejillas.
—Entonces, ¿vemos la porno o qué? —Predice la expresión recriminadora y cansina de la chica con una precisión que le hace reír. La observa alzar la mirada hacia el techo y en seguida la escucha hablar con una estudiada condescendencia que no tarda en ser bien recibida.
— ¿Para qué? Si la vamos a hacer... 
A Mario le encantaban las quincenas. Sin embargo, en esa de agosto no pudo dormir recordándola a ella. Encendió la tv con la esperanza de que un grito de espanto la trajera de vuelta y le murmuró al vacío:
—También te he dejado la ventana abierta.






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