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“Hay gente que sale a buscar la muerte”. Dijo mi madre de paso, como si determinara que el emigrar es un designio fúnebre. Habría que empezar entonces a contar los días hacia atrás desde que se llega a la otra orilla, a la otra frontera, al otro puerto que te recibe, colocar un signo negativo por delante de todo el tiempo que sumas en el sitio que te verá morir y contarlos entonces del mismo modo que se cuentan los números negativos antes del cero, resignándote a la larga a que a partir de ahí cada día va a valer menos.
Habríamos tomádonos ese agorero dictamen con la justa ironía que se merece. Hubiéramos replicado quizá que todos los días hay gente que, a sabiendas o no, sale a encontrarse con la guillotina.
— ¡Noo, mamaaaá, uno hace cita con la parca desde que nace! ¡Jajajaja! ¡Lo que pasa es que nunca le confirman fecha!
Nos habríamos burlado. Con aprensión y descaro. Como si las verdades a media risa fueran más fáciles de digerir.
Me falta esta vez el toque jocoso que condimente el anuncio de tu ida, una frase irónica que nos rompa a carcajadas y supere el sinsentido de que ayer cesó tu cuenta regresiva en tierra de nadie, a ver si acudes a relativizarlo todo como de costumbre y dejas un toque neutro entre tantos puntos negros.
Sé que decías que el humano como especie sobraba, pero no creo que aun así quisieras faltar...
Ni en las madrugadas frías, las charlas con amigos, en las cervezas de salidas espontáneas o en el ron con coca-cola de las planificadas, en los debates filosóficos a las tres de la madrugada, en las aventuras de las páginas de tus libros favoritos, en el trabajo negrero de turno, en la buena música con o sin audífonos, en las series de Netflix, en el café a cualquier hora, en las bromas pasajeras o pesadas, en las rutinas de ejercicio, en los amaneceres, en los ratos sagrados con tu familia, en un buen plato de comida, en la playa más tranquila... 
El cielo estrellado, la arena bajo nuestros pies y entre nuestros dedos, la oscuridad, una piedra de almohada, el espacio tan cerquita de las manos, las carpas simulando montañitas en la orilla, el resplandor de un velero a lo lejos, el sonido de las olas del mar, una botella a medio tomar, el horizonte que se pierde allá por donde no alcanzamos a mirar y se difunde entre la profundidad del anochecer y la línea abisal del océano…
— “¡Qué arrecho! Uno no es nada. De aquí uno se ve tan pequeño”
Aún recuerdo...
“Tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
Y tú con ellos.
Otro destello.
De todas las cosas que dijimos de la vida, nunca nos gustó constatar que es más efímera que el instante que pasó.
El último chiste racista que te cuento (aunque entre nosotros el prejuicio se anula): ¿dónde se ha visto un negro alumbrando el cielo?

— ¡Qué va, menor! Más fino es arder en el infierno por oscurecer, aunque sea un bendito día, la mitad del universo.
J.A. 14/07/2020






Don't Look Back, 2014 by Erik Johansson

Nada sigue igual a cada paso dado y volver atrás pesa.
Se pixelan los momentos, los recuerdos... Como en las fotografías viejas o los videos que quizá de tanto reproducirse pierden resolución y nitidez.
El tiempo cobra otro sentido mientras el rumor del pasado se te adhiere a los pies y tu caminar se llena de a poco de polvo, ayeres desmenuzados a los cuales tardas en distinguir la fecha de caducidad.
También te extingues tú junto con esa falsa ilusión de cumplir un año más a cada giro de la tierra alrededor del astro solar. Te pesa de nuevo mirar más allá del presente.
Procuras cada noche pensar... menos; sentir... menos. Tal si ahorraras lo faltado por vivir, cual si pudieras. Aunque solo incurres en la cobardía de no tener mucho más por añorar, necesitar o perder cuando el alba vuelva a despuntar.
Otro día... Otro amanecer de rayos refulgentes y... no puedes renovarte por completo en cada despertar; te lo avisa el cansancio, tu andar calmo, los párpados caídos, el hablar pausado, la paciencia infinita de quien sabe que los finales llegan tarde o temprano... Quizá solo continuar sobre lo dejado sin hacer o recomponer lo ya hecho.
Tú, remiendo hueco inexperto en espantar del todo a la soledad, coses una y otra vez el mismo agujero donde late la herida que aún te hace sangrar. “Hoy no me vencerás”, renuevas el mantra cada vez, percatándote de que “vencido” es sinónimo de “caduco”. Actúas para no conjugar en tu contra los verbos en tanto acumulas historias en las cuales la nostalgia asoma sus curiosos dedos. Es inútil intentar despegar de ti sus narices porque al hacerlo debes, obligatoriamente, mirar atrás. Ver lo recorrido desde cierta altura... pesa. Te pesa y pesas. Se te llenan las maletas. Nada es igual dos veces, aunque des la vuelta.





Después de cierto tiempo... no, después de cierta gente entiendes que las cursilerías son la forma más frecuente y sencilla que existe de decirle al otro que estás dispuesto a hacer por él cualquier estupidez. Todos desdeñamos lo estúpido y ante semejante manifestación tendemos a pensar: si es capaz de ponerse en ridículo en mi nombre,  ¿qué no haría por mí? Por obra de simple relación o analogía un término es suplantado por otro a tal punto que “cualquier cosa” acaba siendo “todo”.
Lo cierto es que parecemos ignorar o hacer de lado esa capacidad o predisposición innata hacia la idiotez que el ser humano padece y entonces concebimos como un riesgo una acción completamente natural. 
“Ser cursi es de valientes”, reza el mural. Y claro, como la mayoría cree que lo “cursi” abarca un gran terreno en el plano sentimental, termina confundiéndolo con equis emoción noble y, por extensión, aquella palabrita vieja de cuatro letras también es empañada por el mismo mal.
Es curioso el modo en que cualquier frase o vocablo acompañado por el calificativo de “valiente” adquiere de pronto un significativo matiz. Es así como “ser cursi” disminuye su carácter despectivo, deja de ser fofo y risible convirtiéndose de inmediato en algo valioso o elogiable. Otra vez entra en juego la asociación de ideas, esa analogía extraña con la que cada cosa queda abierta a una gama colorida de percepciones y definiciones. 
Que me pidan reescribir la frase y no violentaré únicamente al muro al afirmar que “ser cursi es de bárbaros”. Aunque al minuto siguiente, por esa magia de las palabras y en especial de la homonimia, no tarden algunos en proclamar con orgullo “¡qué bárbaro es ser cursi!”. Ellos sí, sin ironía. 
Yo, que no en vano tengo más dedos de frente de los que quisiera y un más o menos desarrollado sentido de la vergüenza, no pienso incurrir ni voluntaria ni conscientemente en ello. Ni siquiera porque, ya suprimida la condicional precedente a aquella pregunta inicial, te esté haciendo bulla en la cabeza ese “¿qué no haría por mí?; o quizá, excluida la negación de la interrogante, te estén atormentando las incógnitas sobre lo que sí haría. La respuesta a lo primero es obvia, en cuanto a lo segundo... hay toda una gama colorida de analogías...
—“Lo que más me gusta de ti es la seriedad con que inventas disparates”.
— ¡Qué cursi!
— ¿Tú, yo o Márquez?
—Es, además de grotesco y repetitivo, demasiado poco original apropiarse de frases ya hechas o conocidas para poner de manifiesto nuestros sentires. Si al menos algo bueno se puede sacar de las cursilerías es que evidencian esa ordinariez, por común y corriente, de quien las usa y, por añadido, su carente creatividad...
Tras un largo y sonoro resoplido, que funge de ruido de fondo a un encendido discurso, se hace el silencio. A duras penas son perceptibles al oído los sonidos de los labios y las lenguas en fricción... y fruición. Uno de los dos recupera el aliento para exclamar:
— ¡Ni hablar de lo típico o lo tópico que resulta callar a alguien con un beso! ¡Es muy cliché! Acaba siendo no raro sino cansino que nada nuevo haya de esperar en cualquier acto espontáneo. Las sorpresas son a veces tan previsibles, tan faltas de...
Alguien alza la vista al cielo con expresa y sincera obstinación y de pronto...
— ¡Aaaayyyyyyy!
— ¿A que también es cursi y cliché que te callen con un mordisco?
Suelta entre risas con desmedida satisfacción. Y sí, con ironía. Su acompañante, con algo más que la indignación a flor de piel ¡pero al fin en silencio!, intenta aliviar las punzadas de dolor dejadas por sus dientes mientras pugna por suavizar la mueca de diversión que amenaza su semblante.



Caricatura de Rayma Suprani

De más está decir que acá se sobrevive al borde del ahogo o la asfixia en una “patria” sin constitución (no por inexistencia, sino por falta de uso), “amparada” por un gobierno de idéntica consistencia a la de un castillo de naipes sobre el que parece nunca querer soplar el aire, cuyos dirigentes tal puñado de ilusionistas se salvaguardan tras una cortina de humo y, sin tanto arte pero sí con mucho truco, solo pueden jactarse de haber sabido conducir magistralmente a un país hacia la ruina.
Ahora somos el resultado de haber tenido la conciencia prestada o hipotecada cuando nos tocó usarla. La bandera, otro símbolo, cuelga de cabeza y en su tercera franja se desangran no solo quienes hicieron un viaje sin vuelta para enderezarla, sino quienes aun padecemos por su causa.
Pronto, si es que ya no lo está, se teñirá completa del rojo socialista y revolucionario que nos han vendido (lea bien, vendido, no regalado) como una promesa de cambio, y que como toda promesa hay todavía quien falla en darse cuenta de que no es más que una cáscara vacía, la cual insiste en comprar pese a lo carísima y jodida que nos tienen la supuesta calidad de vida. Ese que aun lleva los ojos en el rostro a manera de adorno o solo para omitir su ceguera. No sé si me da más vergüenza o pena.
El militar no depondrá su arma, mientras sus órdenes sean “dispara” cualquiera le parecerá un buen blanco en el que atinar. Ojalá algún día deje de cumplirlas.
Al gobierno, no se cansa de demostrarlo, le da lo mismo un territorio con o sin ciudadanos (lea bien otra vez: ciudadanos; no ladrones ni saqueadores ni vividores ni colectivos ni malandros con los cuales, gracias a su naturaleza criminal, sí se conduele).
A los ciudadanos nada les es indiferente y la mayoría, que siempre tiene más peso, rechaza por todos los medios al régimen imperante y no le queda más que convertirse en el golpe de viento que destruya ese castillo de naipes que juega con el destino de millones de venezolanos; que estamos más que hartos de vivir con el escepticismo por las nubes al mirar el piso y con la esperanza rondando el suelo cada vez que miramos hacia el cielo exclamando: ¡¿hasta cuándo esto?!





Si lo piensas bien, salvo extraterrestres quizá, nadie hay ahí afuera. Ningún ente, ningún ser, nada que te contenga. Nadie quien te vigile con mirada omnipresente, nadie que vaya a premiarte los aciertos ni a perdonarte desde algún lugar distante y extraordinario por tus faltas. No hay pecados, solo errores, y no hay nada más profano que los dioses.
No hay rezos ni oraciones ni plegarias, solo culto y doctrina, inventado, innecesaria. La religión es solo otra materia que te inculcan con el sustituto atrapabobos de “modo o estilo de vida”. ¡Ja! Hay cientos. Elige alguna y estás hecho.
La creación es solo recreación. Mira hacia arriba, “las alturas”, una cúpula celeste vacía. Puede que el vacío, ¿oyes el eco?, sea tu “Dios” y no lo sepas. Puede que tú mismo seas tu “Dios” y te dé pena.
Porque aterra, ¿cierto?, saber que eres tu salvación e infierno, tu paraíso y condena, desconocer si los ángeles y demonios que te albergan están muertos o de fiesta.
Además, te pesa y te pesas... No puedes solo y el auxilio siempre debe venir de afuera, (no me compres ese libro de autoayuda ni lo vendas): cuando vas sin rumbo por algún callejón peligroso y oscuro, y temes que alguno de tus “hermanos” se vuelva en tu contra y te arrebate el tan preciado último suspiro; cuando por diversión, la tragedia se hace cercana, el dolor acecha y la rabia o las lágrimas muestran su sonrisa más perversa; cuando tus pasos conducen a inverosímiles laberintos en los que no sabes en qué puerta o cuál pasillo dar con otros o contigo; cuando la vida te queda grande, repite y asegura que sin importar lo que hagas nunca va a calzarte a la medida, subraya tu insignificancia y tú, reducto de la nada, te descubres incapaz de cargar contigo y con el mundo...
Y la pregunta, siempre despierta e incansable, haciendo ruido en tu cabeza.
La duda es el único silencio que te queda.
No hay respuestas. Vienen tergiversadas con suposiciones y falsas certezas que tú aceptas.
Al fin y al cabo, en este espacio en el que has aterrizado de improviso, estás de paso.
Escudo y excusa.
La nada es lo único que perdura.
Y mientras, solo eres: un parpadeo en las cuerdas del tiempo (otra falacia), el titilar efímero de una estrella en la galaxia.
Nada más.
Solo eso.
Solo...
Tú.
Y después... Un eco, ¿recuerdas?, el vacío.
Y tu dios, que comparte tu esencia y concibes como invento no nacido, siempre muere, no por ti, sino contigo.




Fotografía de Oleg Oprisco

Corría el año 2013 cuando, cansada por vez primera de mis propias letras, estuve a punto de recoger la tienda y borrarme de este espacio; sentía que le faltaba algo a mi escritura (demasiado para ser franca) y pa’ las cagadas que escribía ni yo misma me habría extrañado... Entonces apareció Aldo a mostrarme las cosas desde otra perspectiva con una lección breve y, en apariencia, sencilla: “necesitas escribir como si nadie te leyera”. Tarea fácil para mí: nadie lo hacía; pensé de inmediato, pero no lo fue y todavía cuesta. Requiere de cierto grado de confianza, independencia, desnudez, entrega y osadía que suele esfumarse cuando te acercas con total intención al papel o al ordenador, y a pesar de ser ellos de naturaleza más endeble que la tuya, tú tiemblas por los dos. Aún así le aprendí a dar más de lo que daba en cada línea, a idear desde un lado distinto al del sarcasmo y la tristeza; a aprovechar otras emociones, por separado o en conjunto; a recurrir a la espontaneidad de cuando en cuando, a divertirme con el texto, a tomarme en serio, a soltar prejuicios, a superar miedos, a dejar de lado la vergüenza, las limitaciones y cadenas del “esto no va a gustar”, del “qué se pensarán de mí”, del “¡ah-ah, ni loca publico algo así!”... Me descubrió una yo que no conocía y me enseñó a crear como no sabía o no estaba segura de que podía hacerlo. 
Desde que apareció, o perdón, desde que me lo inventé, Aldo me ha prestado su nombre cada que me ha dado miedo o recelo acercarme al texto o a mis más turbias emociones y a su vez he disfrutado de la soltura e idea de libertad proporcionadas por una nimia porción de anonimato (siempre que, claro, el más sagaz lector lo haya pasado por alto).
Sin embargo, ya va siendo hora de despedirle; digamos que su viaje, que no el mío, ha terminado ya.
Gracias por seguirme el juego o no delatarme, o mejor: por creer que acá en el Trébol escribían dos autores y no únicamente Fritzy y su álter-ego.



Ah, ¡feliz Día de los Santos Inocentes!





La moneda tiene siempre dos caras. Y si tú estás en la frontal, mi Hyde, ¿quién hay detrás?
En esencia estamos hechos de lo mismo, mis miedos coinciden con los tuyos y nuestros odios convergen casi que en el mismo punto. Me velas la espalda y la luna, que no son más que mi locura y el vértigo de presentar saludos desarmada en primera fila. Cargas con el lastre de no poder ser otro cuando me canso de ser yo y alivias el mío al resaltarme que aunque a veces quiera mudarme de mí misma, ni siendo otro soy distinta. Me aguantas y dejas una antorcha encendida para que encuentre el camino de retorno cuando viajo ligero a la deriva. Nadas mis profundidades y dejas que me refleje en otras aguas sin terror a ahogarme. Eres siempre un desafío en el que el temor y las limitaciones se ridiculizan, una fuga inexorable a la fantasía con pase privilegiado a la libertad no estereotipada y desinhibida.
Y por momentos: desaparecen las ancianas gritándome sin razón en una esquina, las sombras dejan de hacer de mi figura representaciones grotescas, el suelo no me calza en la cabeza, el alma no se desangra de pena ni propia ni ajena, y el ruido se agazapa en un rincón sin robar mi atención. Soy dueña por instantes de lo que me inspira, entro y salgo a mi antojo de la celda en que tanto el carcelero como el preso son igual de prisioneros, el eufemismo de “ser vivo” cobra sentido tanto en verbo como en sustantivo, al igual que ese andar de paso por el mundo.
¿Que si existimos? ¿Acaso importa? ¿Que si somos? Eso ya es otra cosa. Quizá aquello de crear mientras se es creado y viceversa, lo responda. Entretanto, antes, ahora o después seguiremos siendo, más que autor, personaje y texto tomándose un café en la trama, yo: ego; y tú, mi más preciada creación: aquella pataleta que hacen las “letras” a oscuras, en singular y a la inversa con dos consonantes en permanente y empedernida protesta.
Hoy es 17 de noviembre, otra vez. Tal vez naces o mueres, yo qué sé.





Relacionado con: ¿Quién soy?

– ¿Cómo me has durado tanto?
–Porque soy del color que te rima la vista y además tengo las cuatro bien puestas.
–Cuidao por dónde te estás yendo. Y pregunté cómo, no por qué.
– ¡Ah, pue'! Si te vuelven loca dos... ¡Imagínate las que tengo yo!
–Tú y tu morbo.
– ¿Quién me lo habrá enseñao?
– ¡Ya va a ver Aldo...!
–Sí Luis, yo te aviso chirulí... Mira, lánzate una fiesta, pue'. Que ando eufórico y candente.
–Vete por la sombrita. Mejor deja de tomar sol, a ve' si se te baja la temperatura.
– ¡Claaaro! ¡Lo que pa'es que tú lo quieres toitico pa' ti! Comparte, mija, que de escasez de melanina no te vas a morí.
– ¡Respeta! Que te elimino fácil con un click.
– ¡Calma pueblo! Soo, soo, yegüa... Aleja el mouse... no, no, mejor el “ratón”, que andamos es hablando en castellano, de allí. Además, ¿dónde te vas a encontrá un verdenzón así?
– Bááájale dos a los huuumos... Te vas a evaporá antes de herví. Y aquí entre nos: no quedarías mal de infusión.
– ¡Eeepa! Achántate un pelo. De té no te voy a serví, quéate quieta. ¿Me vas a terminá e' decí dónde es la rumba? El tallo me pide baile.
– ¡Qué rumba ni que na', sinvergüenza! La masa no ta' pa' bollo. Te picamos una torta y listo.
– ¡¿Quééééé?! ¡¿Una torta por soportarte un lustro?! Coooño, ya sé que la vaina está duuura, jodía, y que lo que importa es la intención, pero ¡na' guará...! ¡Sí que hay que se' bien malagradecío en esta vida! Dígame al comienzo, hasta que Aldo te metió en cintura y ante'e que te toparas con ese sitio en el que afirmando lo que no eres terminas por convertite en lo que niegas se', ¡las cagadas que me tuve que calá! ¡No qué va, cómo he desperdiciao el tiempo!
–Y lo que te falta...
– ¿Ahh?
–Nada, ¡que te la estás ganando, Trébol!
–¡Ay sí, ay sí, me vas a prendé una velita! ¡No-jooose! Zapatea pa' otro lao, chica. Y mosca con ponete a dedicame felicitaciones y cursilerías y pendejeras de esas, ¡que ya sabes que me dan alerrrgia!
–Vale... Unas birras y vas bien, ¿si va? Eso sí, me las tomo yo, con cinco años no se bebe alcohol, ¡ja!
– ¡A la verga!

–Mira:
Ahí tienes pa' que te ahogues, pero luego no me pidas caldo pa' la resaca.


*Sin usted esto carecería de sentido. Así que ¡gracias infinitas por estar del otro lado!*.



¡Felicidades, Trébol!
Gracias por traerme más que suerte.


The Silence Many Faces - Suliman Almawash

Curiosa esa inclinación del ser humano a usar disfraces como si viviera huyendo de quién es o no se hallara satisfecho con la vestidura que lleva. Hace una carrera de vida para licenciarse en ser distinto ignorando que es un objetivo estúpido e innecesario cuando ya se es único. Pierde tiempo siguiendo modelos sin reparar en que haría mejor inversión de sus horas modelándose y/o moldeándose a sí mismo y cuando se percata de que también está desaprovechando la oportunidad de ser su propio ejemplo al intentar adaptarse al de otro, ya ha borrado gran parte de su esencia.
Tal vez ese afán de enmascararse obedezca a la desazón de sentirse extraviado o a la necesidad de abarcarse por completo en una idea o concepto concretos (como si a diario no tuviera que enfrentarse a unos nuevos). Un entero despropósito si se toma en cuenta que el ser está en constante transformación: no acaba de tener plena conciencia de lo que en sí es, cuando ya está por convertirse en algo más. Sin embargo, no cesa en su empeño de encubrirse bajo cualquier tipo de artificio –cosa, al parecer, mucho más fácil en comparación con mostrarse naturalmente a sí mismo–, piensa requerir de cierta pantomima para mimetizarse con su entorno y olvida que siempre puede hacerlo sin cambiar de rostro.
Lejos de criticar esa predilección del ser humano hacia las caretas, lo censurable es la farsa que representan; ese morbo por usarlas pretendiendo que lo identifiquen a sabiendas de que a la multiplicidad de caracteres llevados por cada cual por dentro, no puede asignársele una envoltura diferente a la piel que habite.
 ¿Que qué hay de mí en esto del ser? Ya lo he expuesto: soy partidaria de conocer y convivir con cada una de las facetas que nos caracterizan sin asignarle traje alguno a ninguna pese a que no se pueda evitar ponerles nombre. De esta manera, he sido bufón cuando mis ocurrencias, desatinos y desperfectos han inspirado en otros la risa, payaso al reírme con alguien al mismo tiempo que me reía de él, zombi cuando se me han despellejado hasta perder forma la voluntad y las virtudes, momia al intentar preservarme intacta en el presente o el pasado y descubrir que por más métodos de conservación utilizados, tarde o temprano, el tiempo termina causando estragos. He sido bruja al hechizar a otro sin necesitar varita, vampiro al nutrirme a disgusto o por placer de la vida de alguien más, licántropo cada vez que la luna me hace perder los sentidos o cada que la uso de excusa para perderlos, depredador y presa cada que la naturaleza me recuerda, a mi pesar, que solo el más “apto” sobrevive y alienígena siempre que la Tierra me trata como huésped. He sido ilusionista cuando la realidad se me ha tornado pesadilla, aprendiz de mago cuando me ha tocado hacer malabares con los elementos puestos a mi alcance, diablillo cuando la maldad ha querido entretenerse conmigo y uno que otro vicio me ha hecho un guiño, angelito cuando me ha podido la inocencia o cuando, dejándome a merced de los sueños y el silencio, el cansancio me ha vencido. He sido víctima y verdugo cuando me han y me he castigado sin escrúpulos o cuando mis prejuicios han mandado a la guillotina sin recelo a más de uno, y hasta diosa todopoderosa al imbuirme de la egolatría y el egoísmo que supone creer que el mundo me pertenece y por ende debe circunscribirse a mis designios.
He sido... no más que otro "ser humano" que abusa en demasía del conjunto a modo de sustantivo y que intenta a diario resarcirse sacándole el máximo provecho como verbo. En resumen: no soy, sino que simplemente estoy siendo.
Aún así, o quizá por ello, continúo juzgando curiosa esa tendencia a usar disfraces cuando en nuestro fuero interno ya vamos revestidos de nuestras personalidades.






Creo que el tiempo es una gran mentira.
Creo  que la vida nadie sabe vivirla.
Creo que nadie sabe realmente querer y mucho menos ser querido.
Creo que el "interesante" es algo que se queda a mitad de un halago o un insulto.
Creo que Disney y sus cuentos nos jodieron la vida.
Creo que las mujeres y los hombres deberían dejar de buscar belleza fabricada.
Creo que aquello de que el humano es un ser superior es un chiste.
Creo que nunca ha sido la evolución del hombre, sino la evolución del mono.
Creo que tenemos más palabras de las que necesitamos.
Creo que a veces no es el poema ni lo que dice, sino quien lo inspira, quien lo escribe...
Creo que los eufemismos representan una pérdida de tiempo y un aliciente a la ceguera.
Creo que las noticias perdieron su novedad hace décadas.
Creo que a las diferencias se les olvidó enseñarnos a sumar y a las divisiones, a repartir.
Creo que la tierra no tiene dueño.
Creo que la verdad es abstracta y la realidad, subjetiva.
Creo que hay algo mayor al cosmos, sin duda.
Creo que de existir Dios, es nuestro principal salvador y nuestro mayor verdugo; porque nadie que diga amarte te prometería el cielo y te haría morir para verlo.
Creo que si nos hizo a su imagen y semejanza tal vez él no sea perfecto y tampoco sepa nada.
Creo que debería dejar de castigar a Adán y Eva, y aceptar su propia culpa por poner en el Edén una manzana y darle a uno un pene y a la otra una vagina.
Creo que, al final y después de todo, seguiré creyendo en él, pero jamás dejaré de cuestionarme sus formas.
Creo que el infierno y el paraíso los alberga cada uno en sí mismo.
Creo que la jornada laboral es otro tipo de esclavitud.
Creo que por un salario mínimo jamás se debería trabajar al máximo.
Creo que no se trata de creer en el amor, sino en quien te lo profesa.
Creo que no es ciego el sentimiento, es quien lo siente quien finge ceguera.
Creo que los derechos humanos tendrán sentido y serán en verdad nuestros cuando no nos priven ni nos cobren por ninguno.
Creo en la dura crianza de mi padre.
Creo en las manos de mi madre y en todo lo que tocan.
Creo en las cinco estrellas que alumbró junto conmigo para que ninguna tuviera que recoger las piedras del camino sola.
Creo que me faltan unos cuantos tornillos, pero no creo que ni yo ni nadie sea capaz de conseguirlos (ni lo quiero).
Creo que la locura es necesaria en un mundo donde la cordura está en duda.
Creo que la compañía está sobrevalorada.
Creo que la gente subestima el silencio.
Creo que la Tierra, y todo lo que abarca, es la televisión y el mayor entretenimiento de otros planetas.
Creo que los extraterrestres se ríen a carcajadas de nuestra estupidez cada vez que salimos a escena.
Creo que es más orgásmico y alucinante amanecer con un buen libro que con el último ligue de un antro.
Creo que hay libros que de veras te hacen sentir lástima por los árboles.
Creo que cualquiera que se atreviera a pensar un poco más allá de lo estrictamente necesario descubriría que también padece de crisis existenciales.
Creo que las modas y las normas de etiqueta son una gran ridiculez.
Creo que si fuera monedita de oro, haría lo posible por caerles mal a todos.
Creo que el mundo está sobrepoblado y que no le vendría mal deportar a un sinfín de gobernantes.
Creo que avanzamos hacia nuestra destrucción.
Creo que la igualdad y la equidad son nuestras mayores utopías.
Creo que nuestra libertad es vana. Prueba a saltarte una regla o cruzar la frontera para que veas hasta dónde llega.
Creo que cada vez que usan a la paloma como símbolo de paz, alguien termina irremediablemente cagado.
Creo que el hombre, que es injusto por naturaleza, es por completo incapaz de administrar justicia.
Creo que, a veces, ni siquiera tenemos juicio en las muelas.
Creo que en realidad nadie crece ni madura, solo adquiere estatura y gana responsabilidades.
Creo que la apariencia no siempre dice mucho de ti mismo, pero sí de quienes te ven.
Creo que la perfección, aparte de ser un mito, no es más que una mejora egocéntrica y pretenciosa.
Creo que la sociedad es la peor de las cárceles.
Creo que hay otra cosa infinita aparte del universo y la estupidez humana: la duda.
Creo que la fe ciega y la ignorancia son hermanas gemelas.
Creo que siempre seré ignorante sin importar cuánto sepa.
Creo que medio vacío o medio lleno, todos se han ahogado en un vaso de agua.
Creo que el amor es bastante simple y en contraposición, el ser humano es demasiado complejo.
Creo que no creer en nada es una total estupidez y ser totalmente neutral, la mayor de las hipocresías.
Creo que me tengo mucha fe, pero, como en cualquier inútil religión, está bien que dude.
Creo que si dejara de creer no sería por escasez de creencias, sino más bien por flojera.
Creo que me he equivocado en casi todo y que antes de que termine el día ya estaré creyendo en otra cosa.
Creo que de seguro tiene cientos de objeciones a lo que he escrito, pero recuerde que este es mi credo y no el suyo.



Adiós 23 y bienvenidos...
 ...los que sean.




Caracas, 23 de Febrero de 2015


Venezuela:
Aunque te quiero, no comenzaré esta carta con el típico saludo trillado y a veces hipócrita usado por la mayoría. Diría que te amo, pero la palabrita la han desgastado y subvalorado tanto que parecería una burla el emitirla; prefiero guardármela, me rehúso a incurrir en cursilerías. Luego pienso que mi próximo enunciado iba a ser algo por el estilo: "yo me enamoré de ti desde la primera vez que vi bailar majestuosamente tus estrellas entre las oleadas de un revuelto e impávido mar", y me percato de que casi incurro en una.
Es increíble, de tus cuatro costados solo me conozco uno a medias y basta para que tu esencia corra con ardor por mis venas. ¡Y no sabes cuánto quema!
Es solo imaginarte vívida, próspera, prometedora, resplandeciente y después echar una mirada esquiva a tus heridas, a tus cicatrices (las de ahora, las de siempre), y la sangre hierve.
El tiempo ha pasado como caballo salvaje al trote: sin riendas, desbocado, llevándonos consigo en su andar veleidoso. Han sido tantas las horas de galope desenfrenado que nos extraviamos en el camino y ahora marchamos errantes sin destino definido.
Y no es una marcha ni de lejos placentera. Dando continuidad a la metáfora, tú viajas dolorosamente entre los cascos incansables del equino, a ras del suelo; mientras yo, tambaleándome con mi peso más abajo de su lomo, me sostengo con vértigo por sus crines.
¿Sabes? Tengo miedo. Miedo de que te me escurras entre los dedos, de que te me desvanezcas en las narices, de que se te emborronen los contornos, de que poco a poco te abandones entre escombros y cenizas, que tanta cicatriz y herida abierta terminen por hundirte sin remedio en la miseria.
Al despertar te siento cada vez más distante y mi lengua se impregna del sabor acre de eso en lo que te has convertido. Pienso en los que se han quedado a esperarte y en los que han ido a encontrarte en otra parte. Entro en negación ante la absurdidad del hecho de que hayas sido y sigas siendo una para tantos y que tantos no hayan sabido serlo para ti. Se abren signos de interrogación: busco un por qué, un cuándo, un cómo, un quién. Me miro al espejo, todas y cada una de las respuestas toman la forma de mi reflejo.
Entonces descubro que, aunque insistan en ello, no eres tú quien se ha perdido. He revisado el mapamundi y ¡por Dios que sigues en el mismo sitio! Pero yo, nosotros, tus hijos, sí que hemos equivocado el rumbo.
Y yo te quiero, y yo te amo. Sin embargo, tiemblo al escribirlo, al pronunciarlo... pues sé que si me lees o me escuchas sonreirías irónica replicando: ¡Arreeecha manera que tienes de demostrarlo!
Supongo que estaría de más decir que me dueles y contar las veces que he llorado mientras tus estrellas se ahogan, se hunden abatidas en la profundidad del océano. Es hora de dejar de refugiarme detrás de tanta palabra vana, de esperar por un salvavidas que anda entretenido en una orilla lejana y en cambio, adentrarme a ese pozo salado para rescatarlas (y rescatarte) aunque no sepa bien nadar. Porque antes de quedarme a resguardo, indolente y de brazos cruzados viéndote naufragar penosamente a la deriva, elijo permanecer a tu lado, incluso con el agua al cuello, hasta sacarte o hasta que salgas a flote. Y entonces, contigo renovada y renaciente, vuelvan tus ocho astros luminosos a brillar con dignidad mientras bailan al ritmo del joropo o del himno nacional.

Sinceramente,
Un venezolano cualquiera


P.D.: Perdón por no saber quererte.







Lo correcto en sí no existe. Existe un modelo de lo que se cree correcto que no es más que un conjunto de reglas y preceptos aceptados y repetidos a lo largo del tiempo. Dentro de ese modelo cada figurilla creada es la copia de una figurilla anterior, de una figurilla anterior, de una figurilla anterior que vaya usted a saber cuándo se creó. Lo cierto es que el sistema que lo forma no admite cambios y si detecta algo que niegue u omita alguna norma levanta las alarmas, lo tacha de irregularidad, lo resalta como negativo porque de seguro debe ir en contra de lo establecido y lo titula “in-correcto”. ¿Y todo por qué? Porque su estructura no está diseñada para incluir diferencias y cada nuevo patrón no solo representa una alteración en el orden constituido, sino el desmoronamiento total o parcial del modelo antiguo.



Aldo Simetra







Dicen que es de débiles llorar. Gran mentira. Lo que en verdad sucede es que la gente tiende a poner de manifiesto su fragilidad cuando ve a otra persona derramar lágrimas; entonces, quienes usan la frase intentan secretamente proteger su vulnerabilidad y ahorrarse el trabajo de tener que consolar inútilmente a quien esté mal.
Voy en contra, sonreír muy a pesar de tus emociones es cosa de idiotas. Solo pregunto por qué debería hacer un gesto alegre para que otros se diviertan cuando en uno no dejan de tamborilear las penas. Ellos no premiaran el hecho de que dejes amargar tu interior para que su realidad siga manteniendo su agradable sabor.

Así que no importa, que se mojen tus mejillas, deja que se asusten un rato preguntándote qué pasa aunque no tengas la intención de decir la más mínima palabra, águales el festejo, permite que tus desgracias abandonen de forma líquida tu cuerpo, pierde la fuerza y la entereza un momento, hazte pedazos, desvanécete si es necesario. Puede que duela un poco, pero te repito: No importa. Porque luego, cuando tengas que agarrar forma de nuevo y te des cuenta de que sonreír es demasiado fácil, te sentirás más valiente que antes pues ya habrás comprobado por ti mismo que todos eligen maquillar sus grietas, sin embargo, derrumbarse por completo para reconstruirse desde cero casi nadie lo hace; nadie lo escoge porque requiere demasiado coraje.





Aquí los “que en paz descanse” se suceden uno tras otro sin que dé tiempo a contarlos.
Los padre nuestro se rezan más a menudo y con mayor frecuencia en las calles que en las iglesias, sin importar la hora, porque el día y la noche encierran la misma promesa.
Los billetes, cuando no están de adorno, no sirven para costear ni la cuarta parte de lo que se espera comprar; y las monedas nada más son útiles cuando se juega a la cara y el sello para decidir cuál supermercado visitar.
Las amas de casa constatan cada vez que ya no salen a hacer mercado sino a perseguir la escasez.
Se vive tanto entre robos, atracos, asesinatos y velorios que la gente ya teme decir: “Danos hoy nuestro pan de cada día” porque el sabor de la violencia y la delincuencia les repugna. Han descubierto que antes de alimentarse de eso prefieren acostarse con el estómago vacío y despiertan famélicos de deshacerse de ese yugo.
Ya no se habla de expectativas de vida, sino de expectativas de muerte; desde que la inseguridad se ha convertido en protagonista, los únicos que están seguros son los cadáveres.
Los cementerios están llenos y literalmente: No cabe un alma más en ellos.
Al pueblo se le veta la libertad de expresión mientras  las armas no se cansan de expresar su opinión, con una montaña de bramidos mandan a callar a quien diga su consigna a viva voz.
Y llaman: ¡Paz! ¡Paz! ¡Paz! Pero ella se queda representando sonidos.
Y exigen: ¡Justicia! ¡Justicia! ¡Justicia! Pero esta hace oídos sordos, se pone la venda en los ojos, suelta la balanza, se lava las manos, se cruza de brazos y sale corriendo.
Y claman: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Pero ella hace rato que está tras las rejas pagando condena sin ser criminal.
Y repudian: ¡Represión! ¡Represión! ¡Represión! Pero ésta se presenta sin dar tregua ante el rechazo. Se pone al frente, se envalentona y se apresta a causar daño.
El diálogo cuando no abunda limitando acciones, se ausenta.
La diestra y siniestra pelean.
La pobreza a cada uno le toca la puerta y si no le abren, entra a la fuerza.
Las estrellas de nuestra bandera se apagan.
El caballo de nuestro escudo, otrora inmaculado, ya no galopa.
La patria ya no sabe quiénes son sus hijos.
El Libertador en la distancia llora.
Y no se consigue detener el llanto.
Y no se consigue detener la sangre.
La miseria se acrecienta,
Las cadenas buscan inmovilizarnos,
Pero a nuestra tierra la rescatamos o la recuperamos.
Porque escucha bien, venezolano:
¡Aquí nadie nació para ser esclavo!






“Ya no sé si los caballeros se extinguieron porque existe igualdad de género o si hay mayor igualdad de género porque los caballeros se extinguieron” –me decía una amiga-. “Ya los hombres no se preocupan por tener esa deferencia para con las mujeres que las distinguía, los hacía ver galantes y subía a la civilización de categoría. Se les olvida abrirte la puerta, ofrecerte la mano para sortear algún obstáculo, dejarte pasar primero, cederte el puesto…”
¡Vaya! ¡Ceder el puesto! El otro día abordé un vagón en el que muchas mujeres iban de pie y todos los asientos, a excepción de los puestos preferenciales en donde estaban dos o tres ancianos, eran ocupados por hombres. No pude evitar pensar: ¡Qué bolas tan arrechas! Y aunque lo expresé en voz alta, ellos parecían tener sobradas razones para permanecer sentados. Sin embargo, para mí lo único que podría justificarlo (salvo exclusivos casos) es que estuviesen pegados sobre el asiento o que tuviesen aquello de allá abajo tieso y temieran que al levantarse quedase al descubierto.
Aunque bueno, creo que ahora y después de cierto tiempo empiezo a comprender. Las mujeres son tan todo terreno: Nos rebasan en inteligencia, toman nuestro papel en el hogar, nos igualan en el trabajo, ponen en jaque nuestra fuerza, usurpan nuestro poder, disponen hasta del control del televisor y hacen pensar: “Bueno, pero esta puede con todo aquello y no va a poder soportar un rato de pie”.
De lo que algunos no se enteran es de que ellas no esperan que les cedamos el puesto por una cuestión de debilidad o cansancio; porque no nos engañemos, claro que pueden soportar su propio peso sobre unos tacones desafiantes, emperifolladas de pies a cabeza, con un carterón que nada tiene que envidiarle a un kit de supervivencia, sosteniéndose vertiginosamente de los agarraderos, cuidando al mismo tiempo de que todas sus uñas salgan ilesas y manteniendo el equilibrio en un tren que es frenado intempestivamente en cada estación. ¡Qué va! Si ellas aún esperan que les cedamos el puesto, es porque cada día salen a comprobar si están rodeadas de hombres de verdad o de mamarrachos con disfraz.
Hay que ver el Chavo del 8 y prestarle mucha atención a la repetitiva escena del Prof. Jirafales y Doña Florinda:
-¿No gusta pasar a tomar una tacita de café? –pregunta ella.
-¿No será mucha molestia? –replica él.
-De ninguna manera, pase usted.
-Después de usted.
“Después de usted”, eso es lo que en definitiva se debe aprender. Porque es de saber que la educación abre más de una puerta (sino pregúntenle al Prof. Jirafales), y pensar en alguien distinto a uno mismo las mantiene abiertas.
Dejando fuera aquello de la igualdad de género, concluiré con algo que quizá no los sorprenda: Actualmente en los vagones de trenes, en las camionetas y hasta en cualquier sala de espera abundan mujeres que le dan unas cuantas patadas a muchos machos carentes de testosterona; y lo que menos me gusta de esto es que, precisamente por culpa de esos especímenes, ellas se hacen tan malas referencias de nuestro sexo.

Aldo Simetra





Se pueden notar diferencias sutiles entre palabras de conceptos similares como oír y escuchar, ver y observar, hablar y decir, tocar y sentir, comer y degustar, sonreír y reír, hacer y obrar, creer y confiar, ser y existir. También se pueden notar diferencias aun más grandes entre palabras de conceptos distintos como: ingenuidad e ignorancia, salud y bienestar, astucia e inteligencia, autoridad y superioridad, sensatez y sentido común, creencia y religión, discapacidad y limitación, pérdida y ausencia, verdad y realidad, riqueza y abundancia, independencia y libertad, obligación y compromiso, inferioridad y pobreza, crítica y opinión, resignación y rendición, violencia y coraje, orgullo y dignidad, intención y voluntad, amor y atracción; y pare usted de contar.
Lo que no entiendo es, a pesar de la perceptible distinción entre una y otra, ese empeño ciego en darle la característica de "igual" a cosas apenas cercanas y así sin más, sin medir su peso, ponerlas en un mismo saco con el mismo rótulo y echar a la basura su significado sin miramientos.
Y me pregunto: ¿Para qué se esforzarán tanto los expertos en lingüística en estudiar las palabras si la gente jugará con su sentido e interpretación? O al revés, ¿por qué insisten ellos en jugar con su significación para crearnos solo dolores de cabeza y confusión?
¿Cuándo dejará la gente esa mala costumbre de tratar a palabras diferentes como sinónimos directos solo por encontrar entre ellas una diminuta, y a veces casi inexistente, semejanza? ¿Por qué no hacen un poco más de esfuerzo en pensar para dar con el mensaje exacto e inequívoco de lo que en verdad desean manifestar?
Se me ocurre entonces que si realmente "pensáramos antes de hablar", descubriríamos que en realidad no tenemos nada que decir y que de vez en cuando solo hablamos para sentir la obligación de callar.



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