Hace algunas semanas cuando al menos podía sonreír sin fingir,
Antes de que tuviese que aceptar que definitivamente te perdí,
Cuando podía caminar sabiendo a dónde ir,
Cuando no tenía que actuar para parecerle menos extraña a los demás
No imaginaba que tiempo después estaría curando mi soledad.
Hace algunas semanas me fijé que la herida de tu ausencia no cerraba,
Que no cicatrizaba por más puntos que le daba
Y ahí fue cuando caí en cuenta de que:
En la esquina había un recuerdo preguntándome por ti,
En el cielo nuestra estrella nunca se iba a dormir,
Mi cama me rogaba que te hiciera venir
Nuestro aniversario se tachó del calendario
Tu foto se negaba a desprenderse del armario
Y la casa aun estaba impregnada a ti.
Me sentí asfixiada y decidí salir
Pero las calles y avenidas no te habían olvidado
Un letrero escribió tu nombre, una valla dibujó tu imagen
El viento trajo tu aroma, un radio emitió tu voz
Una memoria se instaló en mi mente como si estuvieses presente, y dije: -…
¡No! No se puede devolver el tiempo, no marchan en contra las agujas del reloj.
Tuve que huir y marcar distancia
Dejar de aferrarme a todo aquello que marcaba mi alma.
Hace algunas semanas me mudé a esta ciudad
La gente me pregunta que cómo me va
Y yo como supongo que no debería decir que es un desastre
Que no me gusta su comida ni su paisaje
Que aún no me acostumbro a sus horarios ni a su lenguaje
Que me dan lo mismo sus leyes que sus habitantes
Que a todo le falta color y que nada vale ya sin ti,
Miento y digo que estoy bien, y que me agrada estar aquí.






 












Uno, se vanagloriaba de nunca haber perdido un partido,
Aspiró la última bocanada de su cigarrillo y la exhaló sin disimulo,
Burlándose de su contrincante porque lo veía vencido.
El otro se mantuvo firme cuando el humo rozó su rostro,
Permaneció sereno sin mostrar desagrado o enojo,
Nadie alcanzaba a adivinar lo que escondían sus ojos.
Se dio comienzo al juego,
Ya estaban las piezas predispuestas y los oponentes tomaron asiento,
Una moneda al aire decidiría quien de los dos sería el primero.
Inició la partida y ninguno despegó los ojos del tablero,
Minuto a minuto la tensión aumentaba
Mientras el tablero se vaciaba.
La última pieza declaró quien ganaba,
Un rostro sonriente y una cabeza gacha
Dejaban por sentado quien perdía y quien tenía la ventaja.
Y todos alabaron al triunfador,
Y al otro le palmearon la espalda como gesto de consolación.
Los jugadores se acercaron y mantuvieron una breve conversación:
- No lo entiendo, tenia la jugada perfecta.
- Tal vez no moviste las piezas correctas.
- No recuerdo haber equivocado alguna posición, debe de haber un error.
- En eso sí tienes razón, sólo que no fui yo quien lo cometió.
El ganador palmeó a su adversario en el hombro y se alejó,
No sin antes despedirse “hasta la próxima ocasión”.
El perdedor cerró el puño, la ira lo sacudió
Pero tenía que aceptarlo: le habían dado una lección.





¿Cuántas veces necesitas hacer algo mal para aprender a hacerlo bien? En la naturaleza de todo ser humano está errar, estamos casi programados o diseñados para aprender a los golpes, a los trancazos, equivocándonos a cada rato como si no bastara una vez para que las cosas saliesen bien, como si fuese demasiado complejo hacer lo correcto al primer intento, como si fuese indispensable precisar de una segunda oportunidad para demostrar lo que podemos lograr.  Por algo alguien habrá creado la frase “echando a perder se aprende” y la verdad, después de fallar tantas veces, llega un momento en que por ley hay que acertar aunque también toque enmendar todo lo que se hizo mal.
Y qué más da, si tenemos toda una vida para practicar. Todos sabemos que ésta no viene con manuales ni instrucciones, obtenemos conocimiento por ensayo y por error, por causa y efecto y en el último de los casos, lo peor que puede pasarnos es que tengamos que empezar de nuevo.

“La vida es como un deporte extremo, todos los días arriesgamos algo para seguirla viviendo y aun así nada asegura que no muramos en el intento"…







Se abre el telón y aparece representada en el escenario una traición, les describo los personajes de la escena:
- Ella, la antagonista y la otra, que al verme entrar, luego de hacer gala de sus habilidades en la cama, la única palabra audible que logra articular es un monosílabo que no logro olvidar: -¡Ups!
- Él, el protagonista y autor de la obra, un desfachatado que tiene el tupé de poner cara de “yo no fui” ante semejante cuadro como si con eso se declarara inocente de su acto.
- Y yo, la coprotagonista y burlada, que le tocó hacer de víctima contra su voluntad y que en lo único que puede pensar es en matar al idiota que la acaba de engañar.
Ahora es cuando empiezo a entender las ridículas señas que hacía mi vecina sobre su cabeza, de seguro queriendo gritar: -¡Límate esos cuernos! Supongo que creerá que hice  todo lo contrario y que de haberle entendido en su momento, no les habría sacado tanto brillo como para que otros pudiesen verlos.
Y me toca escuchar sus excusas, sus motivos, como si lo que está frente a mis ojos en la habitación fuese obra de mi imaginación. Sale a relucir la típica frase con la que ellos suelen redimirse: -Me sentí tentado, soy hombre. Irónico que perteneciendo al sexo “fuerte” toque disculparlo por ser de carne “débil”.
Me niego a continuar el absurdo papel, ruego que de una vez por todas cierren el telón, llegó la hora de que se repartan los honores de la obra en cuestión: -¡y todos se los lleva el traidor! ¡Aplausos! Después de todo, la suya fue la mejor actuación.



Cuando llegue la hora de la despedida donde todo acaba y lo nuestro termina
Ya no habrá más nada que decirnos, ya no habrá razón para mentirnos.
La historia que juntos escribimos, los lugares a los que antes fuimos
Se llenarán de rostros desconocidos y presenciarán nuestros vacíos.
La casa en la que todo compartimos dejará escapar lo que vivimos
De pronto empezará a oler a olvido y no registrará nuestros latidos.
De todo lo forjado y construido sólo quedará un sentimiento guardado en el recuerdo
Seguramente nos desvaneceremos y nos volveremos polvo con el tiempo.
Acordemos no encontrarnos ése día para ahuyentar las melancolías
No me verás llegar, no te veré partir
Continuaremos nuestras vidas tú sin mí, yo sin ti.
Y entonces, viviremos en otros mundos y visitaremos otros sitios
Cada quien marchando hacia un rumbo distinto dándole una nueva cara a su destino.





En la actualidad, cuando hay más divorcios que matrimonios y cuando el tiempo en que las parejas demoran en comprometerse es mayor al que tardan en separarse, la gente se pregunta ¿de qué sirve contraer nupcias con alguien?
Y no es para menos, nos hemos habituado a que la imagen del matrimonio feliz escasee en la vida real y predomine en los finales de telenovelas o en los juegos de muñecas, en donde su duración abarca apenas una escena o hasta que a la niña le compran una barbie nueva.
Ya se perdió la cuenta de la cantidad de novios que gastan una fortuna en el que creen será el día más especial de sus vidas para que todo quede como salido de un sueño, es decir, perfecto; que luego descubren que a ése día le siguen otros muy diferentes, cargados de innumerables defectos y que además, si llegado el momento desean deshacerlo, deberán pagar el doble de lo que invirtieron.
Los mismos que cuando están a un paso de tirar la toalla recuerdan las palabras del cura, les resulta que el “Hasta que la muerte nos separe” termina siendo un “Hasta que la vida nos una” y que se dan cuenta de que aquello de “Lo que Dios unió, no lo separé el hombre” pierde significado y pueden pasarlo por alto  porque existen los abogados.
Lo cierto es que el matrimonio no está hecho para todos y son pocos los que de veras lo asumen, muchos prefieren mantener una unión libre sin firmar un acta, recibir un papel sellado o llevar una etiqueta de señores casados. 
Era antes cuando el matrimonio se tenía en más que un complejo contrato entre dos personas que deciden compartir su vidas y que se comprometen a permanecer unidas de manera indefinida, ahora carece de importancia y su valor es el equivalente al de un puro trámite o formalismo donde simplemente se cambia de estado civil y al que cualquier divorcio puede fácilmente poner fin. 

 

          Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Imposible que no se me venga a la mente alguna personita a la que ésta frase le quede de las mil maravillas.
¿Y quién no se ha topado con personas petulantes de esas que se creen el plato principal de un restaurante,  el trofeo en una ceremonia de premiación o la corona de la reina en un certamen de belleza, cuando en realidad son lo equivalente a un adorno que puedes suprimir u obviar?
Muchos son los que se llenan la boca hablando de cualidades que no poseen, aumentando sus atributos, colocándose por encima de sus propias expectativas y a la hora del té, tienen muy poco que ofrecer. Sin duda no se miran al espejo, aunque es de esperar que también enaltezcan su reflejo.
Un baño de modestia y humildad no les vendría nada mal, a ver si así despiertan de su ensueño, se desprenden de tanto alarde y al fin presentan una imagen fresca al deshacerse de tantas capas de falsa grandeza.
Lo que no se puede negar que les sobra a los presumidos es un ego en constante crecimiento, que a veces está tan inflado que uno desearía que fuese un globo para pincharlo y explotarlo sin querer queriendo, como dice El Chavo; así no habría dudas de qué están hechos: puro aire y nada de fundamento.




  

Amor de lejos, felices los cuatro: tú, yo y los otros dos que nos están suplantando. Siempre he pensado que las relaciones de éste tipo son como comunicarte vía telefónica a larga distancia; por más que lo intentes, siempre habrá interferencia en la llamada.
Dicen que el amor verdadero supera cualquier barrera pero yo lo veo en el sentido de que los amantes, al darse cuenta de lo que sienten, se acercarán el uno al otro anulando la distancia entre ellos. Puesto que, si sigue cada quien por su lado, viviendo por separado ¿dónde está el amor que se profesan? ¿Con quién lo practican? Y ¿a quién se lo demuestran?
Las relaciones se alimentan de momentos compartidos no de constante y permanente lejanía y abstinencia, y en tal caso ¿cuánto tiempo creen que les durará el amor y el cariño? No pregunto por la fidelidad, pues en este tema es asunto perdido.
De todas formas, si deciden creer y mantener un amor a distancia con todos los pro y los contra que ello incluye, recuerden escribir en la post-data de sus cartas un caluroso saludo para quien le calienta las almohadas a su pareja mientras ustedes hacen acto de indefinida y prolongada ausencia.
Así, un buen día podrán fácilmente decir: “Dejé de soñar contigo porque despertaba sin ti”.

"La distancia es una barrera imaginaria hasta que se percibe qué tan lejos se está de la persona amada".

 

Qué harías si, después de cierto tiempo, la persona con la que has compartido tantos momentos te obsequia una calculadora y un reloj de arena y te dice: - Saca la cuenta de todo lo que vivimos juntos y observa lo poco que nos queda.
¿Te pondrías en estado de alerta y te preguntarías si es una despedida o una advertencia? Si es lo segundo, no sé cuantas veces tendrías que girar el reloj para ver desvanecerse un futuro entre los dos; si es lo primero, no sirve de nada calcular lo que ya se perdió a menos que desees torturarte con los resultados de esa ecuación.
Aun así, supongamos que decides sacar la cuenta. Empiezas a medir los momentos por caricia, los segundos por beso, los minutos en que tuvieron sexo, las horas en que se quedaron en silencio, y obtienes como resultado que lo que vivieron juntos no se compara en nada al tiempo que les queda y que ahora equivale a un grano de arena.
¿Habrá valido la pena? Irónico que se haya marchado dejándote en una situación tan deprimente con dos objetos a la vista que reflejan todo lo que tenían y lo que ya no tienen.
Creo que por lo único que deberías lamentarte es por el hecho de que no te hiciera sacar cuentas antes, así hubieses obtenido oportunamente el promedio de los días que les quedaban juntos y habrías podido decir adiós con factura en mano cuando llegara el último.


¿Qué el físico no importa? Gran mentira. Aquél que diga que lo primero que ve en una persona cuando se le acerca son los sentimientos está mintiendo pues éstos no pueden verse a simple vista, a no ser que se haya desarrollado un lector de estado sentimental desconocido hasta el momento.
Pongamos las cartas sobre la mesa, aun cuando muchos digan que no hay persona fea sino mal arreglada y que las apariencias engañan, la gente siempre se deja llevar por el físico para crearse al menos la primera impresión de los demás.
Nadie camina con el interior al manifiesto ni con la personalidad expuesta en bandeja de plata. Para que otros digan que tal persona los dejó embelesados con su forma de ser, sin antes haber  intercambiado palabras, justo en el instante en que la vieron por primera vez obviamente se dejan llevar por las características superficiales que tienen en frente.
Para muestra un botón: ¿por qué habrá ahora tantas cirugías estéticas, tanto metrosexual y tanto silicón? En la sociedad la gente se ha acostumbrado a ver el exterior de cada persona como la imagen de lo que refleja y el espejo de lo que es en realidad, aunque muchas veces no sea más que un disfraz.
El físico sí importa, y tal vez no sea relevante para nosotros mismos de manera individual pero sí de manera general; si cuando salimos a la calle calificamos a los demás desde la ropa hasta por el color del cabello, aun cuando a cada uno en particular no le importe lo que lleve puesto.  
Sí, los sentimientos están sobrevalorados, y por mucho, al físico y no me cuesta admitir que éste último con el tiempo se termina desvaneciendo; no cabe duda de que lo que en verdad importa es lo que llevamos dentro pero en resumidas cuentas, todos comemos de ello.

"Muchos creen que al desnudarse se muestran como realmente son, pero el cuerpo es sólo otro vestido al que se le puede cambiar la tela, la talla, el modelo y el color"...



  

Desesperado, caminas de lado a lado esperando algo. Ves el reloj y te das cuenta de que los segundos, que son instantes diminutos, se dan su postín en el tiempo y son cada vez más lentos. Volteas para todas partes tratando de que tus ojos se fijen en un punto encontrado que llevas rato pensando. Miras el ritmo a tu alrededor, la gente, el movimiento, los sonidos, todo parece estar confabulado para ir más despacio y hacerte parecer loco en un mundo tan calmado.
Y en la apresurada rutina, no escuchas los pasos que se van acercando mientras todavía piensas: “aún no ha llegado”. Entonces sientes su presencia, tus pies se detienen y tu alrededor va al compás de tu reloj; pero tú sigues extraño pues, a pesar de que tus ojos encontraron lo buscado, sabes que en algún momento necesitarás de pausas para prolongar unos minutos fugaces que sólo se detienen cuando algo está ausente y te hallas impaciente esperando que llegue.



 

Cuánta gente despechada, decepcionada y hasta pesimista no abunda que maldice a Cupido, repite constantemente que el amor no existe y que hasta piensa que no hay una media naranja creada para ella, todas capaces de afirmar que el amor apesta.
Me da chiste escucharla a veces y no es que me burle del mal ajeno, simplemente me parece tan dramático e irónico que termino riendo.
Los primeros, en lugar de culpar a Cupido, deberían culparse a sí mismos de haberse fijado en la persona incorrecta; los segundos, son tan incapaces de amar que prefieren generalizar en cuanto se refiere al sentimiento en vez de aceptar que el problema reside en ellos; y los terceros, tienen tanta inseguridad de sí mismos que eligen creer que necesitan a alguien que los complete, en lugar de aceptarse tal cual son y buscar a alguien que los valore y resalte sus buenos dones.
Ya déjense de estupideces y dejen de inspirar lástima apoyándose en la frase de que el amor no se hizo para ustedes, pues lo cierto es que si no tienen el tacto suficiente para identificarlo, apreciarlo, sentirlo y aprovecharlo, estando dispuestos a aceptar del mismo modo el triunfo o el fracaso, no vale la pena que lo intenten y está de más que se lamenten.


Todos alguna vez hemos puesto nuestras expectativas en alto, tan alto que a veces soñamos demasiado y no nos damos cuenta de la nube en la que volamos hasta que la realidad nos hace caer de golpe y al reaccionar, nos decepcionamos.
Por instantes, no puedes creer encontrarte en un nivel tan bajo y tan distante del que habías pensado pero no tienes tiempo ni ganas para dormir nuevamente y esperar que al abrir los ojos lo que imaginaste lo tengas dibujado al frente, mucho menos cuando te toca recomponerte de haberte estrellado tan fuerte.Y mientras, te lamentas de no haber despertado antes, te culpas de haberte dejado llevar por tus esperanzas e ilusiones y no haberles puesto frenos oportunamente.
Es cierto, la imaginación es un espacio en constante construcción y es muy difícil ponerle límites a nuestros anhelos pero no podemos obviar que el mundo real no está hecho para cumplir nuestros caprichos o deseos.
Lo ideal sería pisar sobre seguro y no dejar que nuestros pies se eleven del suelo cuando soñamos despiertos, teniendo presente que la intensidad de nuestras heridas dependerá del tamaño de nuestras fantasías pues aunque cueste un poco, hay que ser realistas.


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