Lo bonito de los arcoíris, lejos de que crean un increíble equilibrio entre el sol y la lluvia, es su policromía. Paula miraba uno encantada, intentando adivinar de dónde tomaba el cielo las tinturas para formar esas franjas.
Le recordaba la sonrisa de Andrés, de una mañana en que pintaban en una enorme cartulina con acuarelas y ya estando casi lista, el niño tropezó y aterrizó de cara al suelo sobre la mezcolanza de pinturas que acaban de terminar. Esperaba que se molestara o llorara de la pena, en cambio Andrés se levantó de un salto con las manos tras la espalda, plantándose como si llevara todo el rato de pie y enseñando risueño los dientes.
Nadie se hubiese percatado del suceso si no tuviese el uniforme, media cara y parte de la boca manchada de los colores del dibujo libre de ese viernes. No tardaron en dejarse oír las risas de sus compañeros, pero el niño permaneció imperturbable, con la cabeza en alto y la sonrisa impávida en el rostro. A Paula no le pareció adecuado reírse como los demás niños, ya que Andrés mostraba la actitud de un caballero y estaba decidida a mantenerse seria hasta que él le guiñó un ojo y finalmente sus labios cedieron.
Desde entonces, siempre ha relacionado a Andrés con los arcoíris, sin saber a ciencia cierta el motivo. Ignora si lo hace porque la trasladan al desastre colorido de ese día o porque ya anda pensando en Andrés cuando los mira.
Acostada en la grama, sintiendo la frescura del suelo y la calidez de la tierra, miraba hacia arriba sin perder de vista esas siete cintas variopintas suspendidas en el aire, con la mente fija en la imagen de Andrés. Se preguntaba si estaría bien acercársele en el recreo y soltarle de pronto su secreto, antes de que se le adelantara la volada de su amiga Julia.
– ¿Vas a decirme por qué te gustan tanto los arcoíris?
O tal vez podría aprovechar ahora que estaban juntos en el parque...
– ¿Te acuerdas de cuando te estrellaste sobre las acuarelas?
– ¿Que tuve que guiñarte un ojo para que te rieras porque parecía que hubieses sido tú la que se dio de cara contra la cartulina?
Eso la hizo sonreír. La lluvia era divertida, pero la empapaba; el sol le daba calor; los arcoíris, al igual que Andrés, la hacían sonreír.
– ¿Así que por eso me guiñaste el ojo? ¿Solo por eso?
–Por eso y... por otra cosa.
Esperó a que el niño dijera algo más, pero solo guardó silencio. Entonces como si hablara sola continuó:
–Tenías la boca llena de pintura y te parecías mucho a un arcoíris. Me encantan los arcoíris desde ese día.
–Mmm… –Soltó el niño sin más.
– ¿Vas a decirme cuál es la otra cosa?
–Tú no terminas de decirme por qué te gustan los arcoíris.
– ¡Ash! ¡Ustedes los niños nunca entienden nada! –Replicó la niña levantándose ofuscada para luego alejarse a grandes zancadas enfurruñada.
– ¡Pero, Paula!! ¡Si me explicaras! –Se incorporó el niño con el ceño fruncido–. ¡Paula! ¡No te vayas…!
Salió corriendo frustrado tras ella preguntándose por qué las niñas tenían que molestarse por todo e intentando inútilmente comprenderla.






– ¿Qué haría si le anuncio que posiblemente está a punto de alimentarse de su esposo?
La dama  arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:
– Es broma.
Niega de forma apenas perceptible emitiendo un gemido que se oye como un lamento, le muestro mi perfecta dentadura amigablemente y ahí es cuando deja salir el aire que se le atora en los pulmones, me devuelve trémula la sonrisa y la sangre vuelve a fluir con avidez en sus mejillas.
– ¿De verdad, no sabe dónde encontrarlo? Dicen que este fue el último sitio que visitó. –Insiste suplicante mientras reprime un sollozo. ¡Ahh... y vuelta a empezar!
Con ella van cuatro en lo que va de semana. Se pierde una persona en el pueblo, se corre el cuento de que no se los ve desde que atravesaron mi umbral y entonces, tengo yo alguien irrumpiendo en mi residencia a la hora de la cena e impidiéndome ir a cazar. Ya se me ocurrirá qué hacer con el ingenioso que encuentra en que la gente se extravié en el interior de mi hogar algo gracioso. Yo, solemne seguidor de la etiqueta, antepongo los modales a mi comodidad y asumo el papel de anfitrión: los invito a sentarse a mi mesa, digo algo con gracia para romper el hielo impuesto por su falta de decoro (¡mira que presentarse en casa ajena sin mera cita o previo acuerdo!). De inmediato abordan el motivo de su visita: “Creí que podría hallar a mi hijo/hermana/padre aquí y bla, bla, bla...” Al menos todo queda entre familia, pero algo diferente no estaría mal para variar; empieza a repugnarme tanto lazo filial.
La señora ahora llora, ¿cómo dirían los campesinos de este ignoto pueblo?  “A moco tendido”; ehm, la jerga coloquial nunca me ha gustado mucho. Si hubiese probado su copa se habría ahorrado su lastimero llanto al enterarse del contenido. La insto a beber. Ella obedece. No pierdo detalle de la forma en que inclina con parsimonia la cabeza mientras vierte la copa entre sus labios, el líquido se abre paso en su garganta a través de las distensiones en su cuello y en un auto reflejo repito el movimiento de tragar que visualizo, molestándome ostensiblemente al advertir una necesidad irreprimible de llenar también mi organismo. Sin embargo, mi invitada me resulta cada vez más provocativa y me domino.
–Sí que tenía buen gusto su marido.
Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi cumplido o lo que ha bebido.
– ¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?
–Su marido –Digo por toda respuesta. Me mira otra vez consternada y confusa, las arrugas que se le forman en la frente arruinan la tersura de su rostro. Yo inclino la cabeza a medias sin quitarle los ojos de encima que se avivan cada vez con la conciencia de su proximidad y empiezan a dar muestras del deseo que me embarga. Aleja la copa de su rostro un tanto asqueada, pero aún la sostiene entre las manos que la agitan torpemente intentando ir en consonancia con sus pensamientos cada vez más esquivos, más errantes, más confusos.
–Ha…ha… ¿Ha-rold? –Dice sin convicción, a la vez que la incertidumbre y el espanto luchan por inmortalizarla en una suerte de cuadro. La mujer mira por turnos la copa y mi rostro. Decido ayudarla a aclarar sus ideas.
– ¡Et voilà, el nombre! Me preguntaba cuál sería cuando se lo serví.
Mi invitada parece reaccionar o enloquecer, me mira con los ojos desorbitados, se ha detenido nuevamente el flujo sanguíneo hacia sus mejillas, las manos temblorosas en demasía han dejado finalmente caer la copa y lo poco que quedaba de su marido ha conseguido descansar en paz ensuciando el linóleo de mi piso. Suspiro ruidosamente restándole importancia al asunto.
–No se preocupe, estaba un poco rancio. De seguro usted ha podido degustarlo en mejor estado.
Lanza un gemido inarticulado, parece atorársele en la garganta junto con el sorbo de plasma que acaba de consumir. Durante casi un minuto la veo asfixiarse sosteniéndose con ambas manos el cuello y debatiendo entre vomitar palabras o una parte de su cónyuge que es incapaz de digerir. Al final se dobla sobre sí misma obedeciendo a arcadas involuntarias, pero no logra expulsar más que saliva.
–Us-ted… ¡¿Usted le mató?! –Me acusa. Hago una mueca de disgusto.
–Es una forma de verlo –replico imperturbable desde mi posición– ¿No le parece lamentable que ustedes los humanos sean envoltorios desechables?
La dama se queda horrorizada con los ojos en blanco, me mira con gesto reprobador, su cabeza se mece al ritmo del vaivén de la negación, sus labios se fruncen y se estiran, vacilan, me tientan, me exigen...
–No, no… Es… es otra broma. Juega… jue-ga con-mis nervios. Está solo…
– ¡Oh!, ofrezco disculpas por mi sentido del humor. ¿Aceptaría también mis condolencias? Después de todo, su marido era un hombre muy… nutritivo.
Al oír esas últimas palabras algo se enciende en la mirada de la mujer, la ira inunda sus marcadas facciones, su cuerpo se tensa. Por primera vez deja de observarme a voluntad y evalúa los utensilios predispuestos en la mesa, que para mí no son más que parte del decorado. Sus ojos se clavan insistentes en un cuchillo que no tarda en cambiar de lugar. Como en cámara muy, muy, lenta noto la media rotación del tronco, el levantamiento del brazo al nivel de la cabeza, el leve giro de la muñeca con el puño cerrado alrededor del mango del filoso utensilio, la curva que se dibuja en el aire cuando hace ademán de herirme con el arma que ha elegido, las venas y los tendones extendiéndose bajo la piel, la contracción de los músculos de su antebrazo, los pliegues que surcan su cuello, el sube y baja acelerado de su protuberante pecho, el mechón de cabello que se ha colado entre ellos, las pequeñas gotas que transparentan su frente, la presión que oprime su boca dejando entrever sus dientes, el ardor en las pupilas, su aliento, el aroma que emana su carne haciéndose más nítido y activando mis instintos. Llega mi turno de quedarme impávido: como un espectador deleitándose ante una maniobra circense veo con asombro el punzante objeto a un palmo de mi tez y la mujer con expresión pétrea resguardada tras él; amenazante, si las ligeras convulsiones de su cuerpo no la delatasen.
Quiero reírme de su ingenuidad, pero me descoloca su entereza. Hago que en su semblante se refleje mi desorden interno al mostrarle mi verdadera imagen: las arrugas que se extienden por mi cuello hasta perderse más allá de mi frente se acumulan bajo la piel de mis ojos, que se tornan despiadados sin el falso velo de humanidad; los labios separados en un amago de sonrisa que hace visible mis afilados incisivos, contra los que no podrá luchar su inútil cuchillo. Acerco mi mano cadavérica a una de sus mejillas, con la uña gélida del dedo índice repaso su tersa superficie dejando un trazo vivo y chorreante. Luego lo llevo hacia mi boca saboreándolo con fruición.
Ella contiene la respiración, suelta el cuchillo, entreabre los labios, se traga la nada que llena su boca, parpadea, gime, deja libre una lágrima… Es cuando desgarro la lentitud y pasividad imperante, me apodero de ella, desato su aliento, le obligo a vomitar el vacío que toma forma de grito, detengo el aleteo de sus párpados evitando que sus fluidos terminen por humedecer todo su rostro y encarcelo hasta el último de sus sollozos. Litros y litros de ella se derraman en mi boca, tiene la densidad y la concentración perfecta como para embotellarla al estilo del más exquisito vino, pero quiero bebérmela hasta la última gota y prefiero la cata antes que las preparaciones enológicas.
¡Vaya, vaya, alguien se acerca…! Irrumpe a mi vereda… Le oigo atravesar la verja…, sus pasos repiquetean sobre el camino de grava…
Ahora sube los peldaños de piedra… ¡Demonios!
La interrupción…
Escucho sus toques en mi puerta, su insistencia denota que no se irá antes de echar abajo el umbral. El ruido que hace me impide darme festín a gusto. A desgana abandono el cuerpo a medio drenar y me arrojo colérico hacia el portal.
– ¡Es que ni en paz se puede comer aquí!
– ¡Oh, lo siento! –Su exagerada reacción me alerta sobre mi aspecto y en un parpadeo de ella adopto una imagen a su semejanza. Sacude la cabeza como deshaciéndose de un disparate, pero me observa fijamente temiendo que vaya a desmaterializarme.
–Le ruego me disculpe. Busco a mi cuñada. En el pueblo…
¡Por las tinieblas! ¡Qué familia tan numerosa!
Parte de mis pensamientos se exteriorizan en la dureza de mi semblante y la presión de mi mandíbula. Ella opta por guardar silencio y observarme.
–Eh… Tiene un poco de salsa en… –me advierte con torpeza señalando mi barbilla. Limpiándome con la ayuda de la lengua y el dorso de un dedo índice, sonrío ante su errada perspicacia. Mi gesto debe de resultarle gracioso, porque sus labios se distienden divertidos.
– ¿Su cuñada?
–Ah, sí. Beatrice. Fue tras mi hermano. ¿No se habrán dejado caer por aquí?
–Veamos… Suelo ser más locuaz con el estómago lleno. –La invitación…:– ¿Gustaría de acompañarme a cenar?
Balbuceando busca alguna excusa para rechazarme, yo le lanzo una nada decorosa mirada abarcando toda su silueta y añado:
–No se imagina el honor que me haría el tenerla en mi mesa.
Como sabía que haría se sonroja y atraviesa el umbral tras aceptar mi invitación con una ligera inclinación de cabeza. Mientras la precedo hacia el comedor no deja insistir en el verdadero motivo por el que está allí:
–…cualquier dato del que disponga... Abrigo la esperanza de que me sea de utilidad para dar con su paradero.
–En el mejor de los casos están disfrutando del paraíso.
– ¿Y en el peor? –el chiste…:
– ¿Quién sabe? Puede que hayan alimentado a un vampiro.
– ¿Las criaturas mitológicas que salen de noche en busca de sangre humana?
–Admiro la creatividad de su especie. Me pregunto qué cuento de ficción les habrá hecho creer que nosotros jamás tomamos desayuno.
Arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:
–Es solo una broma de mal gusto.
– ¡Qué curioso es su sentido del humor, señor! Y bien, ¿sabe usted algo de ellos?
–Por favor, beba un poco. En seguida le cuento. A la postre, quizá nos quede tiempo para esclarecer algunas cuestiones sobre mitología.
Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi comentario o lo que ha bebido.
– ¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?
Esta vez sí me sé el nombre:
– ¿Encuentra a gusto su Beatrice?


Aldo Simetra




¡Por los clavos de Cristo! ¿De dónde habrá salido ese hombre? ¡Uy, no! ¿Cómo lo dejan profanar así la casa de Dios? Su estampa se va a quedar fijada en esta estancia hasta mucho después de que se vaya y muchos de los que moran bajo este techo tendrán que castigarse severamente por sus malos pensamientos. ¡Por el velo de Santa María Virgen! ¿Me ha mirado? Alguien debería decirle a ese descarriado que a una mujer no se le mira con esos ojos. ¡Ay! ¡Ni tampoco se le sonríe de esa forma! La de cosas que me da por hacerle a esa boca, la de cosas que se me ocurren que me haga esa boca…
¡Madre Santa! ¡Que le pongan frenos a mi imaginación desaforada! ¡Ya soy pecadora! Cien aves maría no me servirán de escarmiento. Tendré que darme latigazos para enmendar mi debilidad de espíritu y enfriar a mi pecaminoso cuerpo.
No me dejes caer en la tentación y líbrame del mal, no me dejes caer en la tentación y líbrame del mal, no me dejes caer en la tentación y líbrame... No me dejes caer. No me dejes caer. No me dejes caer...
¡Ay, no! Si el mal es así, Diosito, no intervengas. ¡No me libres de él, por favor! Encima, este hábito me sofoca; esta noche me lo quito como que me llamo Teresa De Los Ríos. ¡Y no me mires así, Cristico! Ocho meses aquí dentro me han bastado para convencerme de que no tengo remedio. ¡Que Dios me perdone! Pero él mejor que yo sabe que a mí lo puta no se me quita ni con rezos ni con agua bendita. Y antes de conseguir zafarme de todo pensamiento y acto impuro, me despellejo el cuerpo con el látigo, eso seguro.
– ¿Quién está puliendo al Cristo?
–Ah, una de las novicias. La rescatamos hace poco de la mala vida, ¿sabe? Aún no se adapta del todo a la vida religiosa.
–Ya...
–Entonces, ¿se decidió? ¿Se va a iniciar en los caminos del señor? Les tenemos abiertas las puertas a los hombres de fe que quieran hacer carrera en la religión.
Reinó el silencio, el hombre se quedó pensando la respuesta mientras el clérigo esperaba.
Esa mañana se había levantado sintiendo, igual que siempre, que la vida le pesaba. No le encontraba sentido a ninguno de sus días y sabedor de que no reuniría el suficiente valor para acabar de tajo con su sufrimiento, eligió hacerle honores a aquello de “Dios te la da, Dios te la quita”, sin encontrar mejor manera de entregarse a su destino.
Sin embargo, antes de poner un pie en la iglesia trastabilló y eso lo hizo dudar de su determinación. Mientras avanzaba por los pasillos y tenía lugar su solicitada audiencia, iba pensando en encontrar una mínima cosa que lo hiciera desistir de lo que haría. Una señal, alguna excusa. Bastó que a esa novicia se le cayera el velo mientras se ponía en puntillas para limpiar la cruz y que al agacharse a recogerlo una mirada de desconcierto sin un ápice de azoramiento emergiera de una densa y alborotada cabellera, y lo sacudiera.
“Lo que sea que me haga desistir, si no es señal y tampoco excusa, por Dios que tiene el nombre de esa novicia”. –Se encontró pensando.
–Puedo asegurarle que Dios recompensa enormemente a aquellos que sirven con pasión –insistió el cura.
“Y con pasión voy a servir...”
–No, padre, por ahora no... –respondió finalmente arrastrando las palabras–. Dios necesita discípulos y servidores mejor calificados que yo.
–Dios solo necesita hombres que quieran serlo. Él no establece diferencias entre sus seguidores, ni mucho menos entre sus sirvientes.
–Lo sé, padre, lo sé. Espero que usted me entienda... Y él también.
Tras soltar un “no te preocupes, hijo, de todos modos él sabía de antemano lo que decidirías”, el cura bendijo al hombre y se dirigió a sus aposentos ocultando el deje de decepción que empezaba a asomarse en su semblante.
A la mañana siguiente nadie extrañó a la novicia. El clérigo continuó pensando que había perdido a un buen candidato para desempeñar el oficio. En la distancia ni Teresa De Los Ríos ni el susodicho, quienes al fin daban descanso a sus cuerpos cediendo a las súplicas de la noche porque hicieran silencio, opinaban lo mismo.





Ella me espera desnuda con las piernas abiertas. Cual brazos levantados en actitud de acogida sus muslos me dan la bienvenida a su sexo. No dudo en aceptar tal recibimiento y me aproximo jubiloso sin perder de vista esos colorados pliegues que se me ofrecen como una cascada de carne blanda y fibrosa de la que bebería hasta la última gota.
Ella permanece expectante, ansiosa, pugna por no mostrarse inquieta, pero su interior se contrae delatándole. Y a mí, único y privilegiado espectador de tan espléndida función, se me tensa la garganta, se me hace agua la boca, se me hinchan las venas, la mente presurosa manda estímulos al cuerpo y este, como soldado en posición de "firme", se planta y obedece.
Hay silencio en el aire que aplaca el murmullo de nuestras respiraciones. Hay calor en la estancia que absorbe el vapor que emanan nuestras pieles. Mis dedos se deslizan con cuidado y la exploran con detenimiento, palpan su consistencia, captan sus sutilezas.
Ella se estremece y se tensa. Preparada acepta mi tacto y me recibe dócilmente cuando me introduzco. Escucho un pequeño gemido:
– ¿Duele? –pregunto.
–Solo un poco –contesta.
Hago una pausa para que se aclimate, dándole tiempo a que se acostumbre a la presión que ejerzo en su interior.
– ¿Y ahora? –Cuestiono mientras entro de nuevo en movimiento.
–Mejora. –Sonrío ante su respuesta y sigo con lo mío.
– ¿Doctor? –La sola mención de la palabra resquebraja mi fantasía–. No se lo tome a mal, pero tiene usted muy buena mano.
Yo sonrío otra vez, pero me hago el desentendido al tiempo que pienso: ¡Y eso que no la ha probado fuera del consultorio!
Intento volver a la fantasía de antes, pero continúo con la revisión de rutina sin que la realidad se me escape. Es una pena que ella sea mi paciente y yo solo el médico ginecólogo a quien le pesa el título cada vez que hace cita con la dueña de esa cascada carnosa, a la que ansía recorrerle el cauce de otra forma. Suspiro resignado y...
–Doctor, ¿puedo hacerle otra pregunta?
–Claro.
– ¿Mentiría si le pregunto si tiene novia?
Me animo a responderle e inconscientemente surge una interrogante en mis pensamientos: ¿cuánto tarda en cumplirse un deseo?


Aldo Simetra



Relacionado con: Fuego


Las puertas del ascensor se cierran y con ellas se liberan mis emociones como en ascendente espiral. Hacen de mí un torbellino las ganas, el deseo contenido, la desesperación por tenerla cerca, la ansiedad de que mi lengua se adentre en su boca sin tregua. Más allá de la mía hay un nudo inmenso, un obstáculo creciente que no me permite hablar ni tragar saliva y se extiende hasta llegar a la base del estómago causándome náuseas y vértigo. ¡Arg! Esta maldita sensación, un inmundo viaje al interior del vacío.
Ella permanece a mi lado un paso por delante de mí. Nos miramos de reojo, la tensión crece, ambos sudamos y preferimos culpar de ello al hecho de que el ascensor no tenga aire acondicionado. Uno de los dos rompe el pesado y agobiante silencio que nos oprime, nos frustra:
– ¿Me has echado algo de menos?
Mi respuesta no sale de forma automática, más bien se queda atrapada sin salir de mis labios y yo me encuentro casi sin percibirlo haciendo un reconteo de la inversión de mis horas diarias. ¿Echarla de menos? De pronto me pierdo dentro del discurso de un monólogo no articulado:
"Duermo ocho horas, al levantarme invierto otra más antes de enfilar hacia el trabajo que me queda a una hora de carretera. Paso ocho horas más en la oficina resolviendo líos que ni me importan ni son míos. Luego otra hora de regreso a casa; ceno, me doy una ducha y gasto otra más. Un par de horas frente al tv, otro par entretenido con un libro hasta caer dormido y vuelta a empezar. Así que no me queda tiempo para pensar en ella ni lo quiero". Eso, dile justo eso –me aúpa la consciencia. A lo que yo replico reiniciando el soliloquio:
"O tal vez debería decirle que de ocho horas con suerte duermo la mitad y la otra, los ojos abiertos se pelean con el desvelo... el desvelo de su piel, de su cuerpo bajo su ropa, bajo mis dedos. La jornada laboral por mí podría reducirse al tercio, después de todo, preocupado por los otros casi dos tercios de mi vida que ella adorna hasta en la sombra, solo trabajo un treinta por ciento. El camino de regreso siempre me desvía a otro lado en donde me quedo más de lo necesario, me salto el intervalo de la cena, nunca sé a qué hora llego a casa para encender una tv que nadie mira o abrir un libro que siempre abandono en el prólogo mientras el insomnio me entretiene para no bajar los párpados e imaginarla con otro”.
¡Rayos! ¿Cómo demonios le digo todo eso? Después de tanto venimos a toparnos por capricho y maldad de la vida en un bendito elevador que ni siquiera cumple correctamente su función; chirría cargando nuestro peso, se desliza con una lentitud endiablada, si avanzara más a prisa hace rato que podría haber evitado su pregunta.
Mi mente me traiciona gritándome la verdad por encima de mis otros pensamientos: Lo cierto es que vives buscando más horas para pensar en ella, como si con todas las que posee el día no fuera más que suficiente. Por el contrario, y en consonancia con la primera parte de mi no verbalizado parlamento, contesto finalmente:
–Lo siento, no tengo tiempo para pensar en ti.
Ella titubeó apenas por un segundo y colocándose unos lentes oscuros, que no tengo idea de dónde sacó, me dio presta la espalda ocultando quién sabe qué en su rostro, y entonces la oí decir:
–Yo sí, pero no lo desperdicio.
Casi vi posarse mi mano sobre su hombro para luego girarla velozmente, tomarla de los brazos hasta ubicarla justo frente a mí, sostener su cintura, estrecharla, disculparme por lo dicho y aclararle que sí, que la extrañaba de más, que la echaba mucho de menos. Pero justo en ese instante se abrieron por fin las puertas y lo único que fui capaz de ver fue a ella saliendo con determinación a su piso, dejándome frustrado con la intención a medio camino a la vez que el ascensor volvía a encerrarme dentro de sus paredes grises y asfixiantes.
Se pone de nuevo en marcha el viaje al interior del vacío y nada impide que yo me reconcoma en el mío.


Aldo Simetra





Yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste que se encendieron los colores, brillaron y vibraron las cornetas, retumbaron las canciones, las palomas se olvidaron de las treguas, las nubes hicieron huelga, el sol trabajó horas extras, los dientes firmaron un tratado para que los labios no los escondieran, los aromas hicieron fiesta, al viento le faltó decoro para no ganarle la pelea a las prendas, la gente olvidó sus caretas y salió a la calle sin vergüenza, los perros atraparon a su cola y luego corrieron para no ser atrapados por ésta, los niños se olvidaron de ser grandes y decretaron que los adultos decrecieran, el polvo y el humo estornudaron y asustados se marcharon del planeta, los cojos bailaron en dos pies y ¡cuidado!: los mancos aprendieron a usar tijeras.
Se volvieron locos el karma, el déjà vu y el carpe diem; el mañana se negó a ser mencionado, el ayer se paró en seco, se rompieron los relojes y por primera vez se sintió inútil el tiempo. Se marcharon los portales; los candados, las puertas y las cadenas se quedaron sin empleo y salió en las noticias que se extravió el mapamundi porque las fronteras y los límites desaparecieron. ¡Mira que he llegado lejos!
Hasta la imaginación cruzó sus intangibles confines y secuestró a la realidad y, pese a que fijó un mísero precio de rescate, a nadie le interesó pagar su libertad.
Yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste que la desnudez se paseó oronda, el alma dejó de pagar condena en el cuerpo, el corazón amordazó a la conciencia, los impulsos se rebelaron y quemaron sus celdas. Las bocas no hablaron: los pensamientos reclamaron sus derechos de no ser expresados y la voz se hizo silencio excepto cuando la despertaron los latidos y entonces, se volvió eco. Hasta la cosa más simple se colmó de gloria, florecieron los jardines, el otoño se sintió ridículo conservando sus hojas y el invierno se halló fuera de sitio sin humedad y sin nieve.
Yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste que ahora la piden a gritos mis latidos dormidos, la voz que no se hace eco, los pensamientos zurdos que ahora hablan sin derecho, los impulsos reprimidos en su cárcel de cenizas, el corazón esclavizado que sirve mudo a la conciencia, el alma una vez más condenada a muerte lenta, la desnudez acobardada que volvió a esconderse sin remedio, la creatividad contrita otra vez relegada al segundo puesto; otra vez esos límites, otra vez esos cercos, otra vez esos candados martirizando secretos.
Las puertas otra vez en sus puestos coartando el paso, dejándonos al otro lado. Ya en las noticias los mismos titulares rancios no anuncian algo que pueda alentarnos.
¡Qué triste es estar tan cerca del extremo opuesto de lo que se quiere!
El tiempo puso en orden los relojes, el ayer continuó sin sorpresas, el mañana renunció a sus vacaciones y perdió el cálculo de las veces que es llamada sin que se le tome en cuenta; el carpe diem, el déjà vu y el karma recuperaron la cordura y enloquecieron a los que la poseían; el polvo y el humo regresaron cargados de mugre y de tráfico. Los mancos ya no cortan, se sienten cortados; los cojos, ni para caminar quieren dar saltos.
Los niños se aburrieron de ser pequeños, pero mantienen su decreto para poder gobernar sin tapujos sobre los adultos (si es que los dejan). Los perros nunca han vuelto a atrapar su cola. La gente sale a la calle sin vergüenza, pero con el disfraz y la máscara puesta. ¡Ahora sí que se debe tener cuidado!: el viento se ha serenado y ya no hay quien descubra lo que muchos ocultan bajo sus prendas.
Y yo sigo sin saber qué magia tuvo lugar cuando llegaste que me parece que los aromas se la pasan en duelo, los labios mantienen bajo presión a los dientes, el sol ahora trabaja estrictamente lo necesario ausentándose los domingos y días feriados; al contrario de las nubes, que parecen laborar sin descanso.
Las palomas no sé si se acuerdan de sus treguas porque se han convertido en sendos pajarracos. Las canciones se apagaron. ¿Cuándo carrizo han brillado las cornetas? Y si alguna vez hubo magia cuando llegaste solo sé que hoy predomina el blanco y negro, las estaciones nunca han alterado su curso ni se han movido de su sitio, y a las flores que había en el jardín se les agotó el encanto en el mismo momento en que me percaté de que tampoco podía responderme qué clase de magia obró cuando te marchaste.
¿Te fijas en este punto lo difícil que se han vuelto las rimas? El mundo, siempre en prosa, olvidó la felicidad de la poesía.
El jardinero segó esta mañana la última flor que quedaba. Al verme llorar sobre su tallo cercenado dijo:
–Lo siento, señorita, si gusta puedo volver a plantarla. –Me emocioné un tanto, pero negué en el acto y respondí:
–Más bien se había usted tardado mucho en cortarla.
El hombre asintió y desapareció en silencio.
–Y yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste, quizá nunca lo sepa –solté finalmente mientras arrancaba el tallo–. Pero si acaso la hubo, que vuelva a brotar a otra parte.






Ya no vuelvo a fingir una sonrisa
Hace rato que mi alma pide luto.
Ya no vuelvo a fingir que estoy de fiesta
Hace rato que mi cuerpo está vencido.
Hay una brisa, un susurro, un eco
Martillándome el oído
Golpeando tras mi oreja
Rogando que lo atrape
Para ahorcarme a mí misma
Y así acabar conmigo.
El frío se ha colado en mi esqueleto
Que se estremece
Baila una marcha fúnebre, grotesca
Me amedrenta
Oxida las articulaciones
Quema cada centímetro óseo
Me resquebraja, me yerra 
De pie me hace polvo.
Ya estaré tiesa cuando perezca.
El silencio es un grito inarticulado
Un cementerio de voces muertas
Se hace secreto que todos guardan
Una cárcel de sonidos en la garganta.
La arena del otro lado de la cama me escuece los ojos cuando despierto
La calle es el cuaderno de un niño obligado a trazarle a las hojas el margen
La misma piedra se reúne conmigo en el camino
Y otra maleducada se interpone en el medio sin pedir perdón ni permiso.
El roto de mi bolsillo se deshilacha 
También en las dos tierras, la que habito y la que me sostiene, hay sendos agujeros.
El ciego de la esquina sigue viendo culpables de sus cuencas vacías en tuertos y falsos videntes. 
El tiempo perdido me espera
El indeseable de turno me cobra, me solicita, me abre la puerta y me encierra.
El motivo de mi existencia se repliega, se abandona, se humilla, no ofrece resistencia.
El torrente de mis venas me esquiva.
Siempre que vuelvo a casa
Una manada de lobos con la luna extraviada olfatea mis pisadas.
No sé si huir de sus colmillos o acercarme a su pelaje.
Desde arriba alguien me observa incrédulo y me alborota el pelo con su aliento.
¿O seré yo quien no cree?
La certeza titila en el horizonte, pero no se queda quieta.
Aún hay una cerradura de la que no tengo llave
El mismo muro me golpea la cara
Del otro lado un fantasma
En el espejo una sombra por reflejo.
– ¿Dormirás desnuda o alquilarás un disfraz? –me pregunta la luz.
No respondo y paso el interruptor.
Una bruja se pasea en la oscuridad
El olvido se reproduce, se rebobina, se clava en la parte más tétrica y se detiene.
Una brisa, un susurro, un eco
Me martillan el oído
El frío se cuela en mi esqueleto
Ha invadido mi cerebro
El exceso de realidad me congela
Se me derriten los sueños
Se me salan las mejillas
Volteo hacia el otro lado de la cama 
Topo con una máscara
Una especie de cortocircuito
La maldita bombilla me tiende una trampa.
Reto al insomnio a duelo
Mis ojos disparan a traición
Hay un payaso riéndose de mí pero no conmigo en la habitación
Comienza la pesadilla:
Mi alma está de luto
Mi cuerpo está vencido
Se acabó la fiesta
Y ni las sonrisas fingidas me quedan.
Hay también un vacío milenario, asonante, repetitivo 
Y mientras permanece le pregunto:
– ¿El hombre nunca se ha encontrado o siempre ha estado perdido?









No sé si solo soy yo quien se quema
O es que los demás aún no han ardido.
¿Estarán presenciando mi condena?
¿O esperando su castigo?
No os burléis de mis dudas,
Ya os lo digo:
Puede que entre las llamas
Me abandone la calma
Se me pierdan los estribos
Y por cosas del destino
Terminemos por consumirnos juntos.





– ¡Ay, no! ¡No lo soporto más! Tenemos que sacarlo de ahí dentro.
–Ya, mi amor. Tú no lo presionas y verás que él sale solo.
– ¡Claro, como no eres tú quien está sufriendo!
– ¡Ah, no! Tampoco dramatices que a esta edad no te contratan en las telenovelas. Tú relájate y él solito colabora. Es más, apostemos: si pasa como te digo, tendrás que levantarme la dieta.
–Y si no, ¡tendrás que tragarte sin chistar los vegetales!...

Se estaba cansando de ese lugar oscuro en donde no se distinguían los colores. Apenas entraba el aire y se sentía asfixiado, ahogado al seco en un hoyo que se le ofrecía acogedor al principio, protegido del exterior, pero que ahora parecía hundirlo en la desesperación. ¿Cuánto tiempo había pasado allí? ¿Años, meses? Los instantes y minutos figuraban descartados porque tenía la impresión de que había padecido las injurias del encierro por siglos. La salida se le desdibujaba como al final de un túnel: Por momentos, si su resolución no flaqueaba, se tornaba nítida; pero entonces lo invadía el miedo ante la incertidumbre y sentía vértigo al ver que se emborronaban los contornos.
–Diles que vas a salir para que me dejen ir contigo.
Su hermana interrumpió brevemente sus pensamientos y lo hizo percatarse de que llevaba como quince minutos frente a la mesa, ajeno a todos y sin probar bocado. ¿Salir? Hace rato que venía barajando la palabra al punto que era lo único que le alumbraba la mente, mientras le replicaba insistentemente en los oídos: salir, salir, salir, SALIR...
En un intento de acallarlas gritó para sus adentros: “¡Ya no aguanto!” Pero sus cuerdas vocales debieron haberlo traicionado porque todos en la mesa se quedaron en vilo observándolo. Luego se encontró escupiendo sin apenas tomar aire la frase: "¡Soy gay!".
– ¿Cómo...? –Soltó el padre dejando con una alegría mal disimulada el tenedor, donde habían un par de vegetales ensartados, en el plato.
–Eso. Que no me gustan ni cinco las mujeres. Que me van los hombres. –Mientras soltaba las palabras a voz en cuello, la misma fuerza con que las pronunciaba le hizo levantarse del asiento incapaz de permanecer allí más tiempo, espantado ante las expresiones reflejadas en el rostro de sus familiares.
– ¡Ah, no! ¡Bajo mi techo no te lo permito! –Consiguió decir finalmente el padre, atajándolo en mitad del movimiento.
–Iré por mis cosas –replicó el muchacho resignado, habiendo de antemano esperado esa reacción. Jamás esperó que lo entendiesen.
–No te permito que abandones la mesa sin pedir permiso.
–Ah, pues: ¡permiso, señor!
– ¡No te lo doy! Mejor siéntate, que ahora es que vamos a zanjar esta cuestión. –El chico obedeció, consternado, con ganas de salir corriendo hacia cualquier lado.
–Cuénteme: ¡¿qué hice mal carajo?! ¿No le mostré suficientes mujeres?
–No, papá –el muchacho ocultó un asomo de risa– Al contrario, me mostró más de las que yo habría querido ver.
–Ya. ¿Y sí está seguro? Es decir, ehh... –El muchacho percibió la dificultad del padre para terminar la pregunta e intervino:
–Sí, papá. Estoy seguro.
–O sea que no hay remedio, pues. Lo perdimos. –Concluyó el padre resignado. La mujer le llamó la atención ante su poca sutileza.
–Ok, ya, tengo un hermano gay. –Intervino la hermana indiferente y hastiada de la conversación–. ¿Me dejan salir?
– ¡No! –Respondieron al unísono la madre y el padre.
–Creí que ahora que andaban tan de mente abierta eso no sería un problema.
–Tu hermano solo ha salido del armario. Tú pretendes marcharte de casa. –Explicó el padre.
–Ah, listo. Me vuelvo lesbiana y me dejan salir a donde me dé la gana.
–Pues mejor, fíjate. Así no tengo que andar velando que no quedes preñada.
– ¿Pero qué…?
– ¡A ver! Que hay más chicos en cueros en los posters de tu cuarto de los que he visto en una playa. –La muchacha se quedó pasmada y cerró la boca.
– ¿Y sí puedo seguir confiando en usted y en la educación que le he dado? –continuó el padre. El muchacho asintió, un tanto intimidado, no tenía mucho más por decir.
–Bueno, mi amor, me complace informarte que estos vegetales no me los pienso comer –le replicó a su mujer ufano–. He ganado la apuesta como ves.
–Pues lamento hacer de tu conocimiento, cielo, que eso fue lo único que preparé de cena y no pienso volver a la cocina hasta mañana, ¿qué te parece?
– ¡¿Ya lo sabían?! –masculló el muchacho.
– ¡Más vale! –respondió la madre. El muchacho los miró confuso–. Cariño, ni tu padre ni yo podemos pasar más de cinco minutos en el cuarto de tu hermana y eso que yo soy mujer. Y a ti te he pillado más de una vez acostado en su cama sin comprender, hasta que reparé en que mirabas con embeleso el afiche del chico apuesto que tiene pegado del techo.
– ¡Mañana le pongo llave a mi cuarto! –se quejó la muchacha. Su hermano apenado se quedó callado hasta que al final preguntó:
– ¿Y sobre qué era la apuesta?
–Sobre si había que sacarte o saldrías por tu cuenta. –Respondió el padre.
– ¿Qué apostaste tú? –Inquirió curioso.
–Lo segundo, por supuesto.
– ¿Y por qué estabas tan seguro?
–Sencillo, hijo: porque yo no he criado un marica.
El muchacho se sorprendió de que su padre no lo catalogara con la etiqueta que usaba la gente para referirse a otros con la misma preferencia que él y se le quedó viendo entre admirado y agradecido. Advirtió que había estado aguantando la respiración ante la expectación y se permitió por fin soltar el aire y relajarse.
– ¿Qué cree, Camila? –Se dirigió el padre a su hija–. La dejaré salir.
– ¿De verdad? –Preguntó esta sin esconder su exaltación.
–Sí, pero conmigo –la muchacha le lanzó una mirada histérica–. Vayan por sus cosas que vamos a cenar afuera. ¡No vuelvo a hacer dieta en mi vida!
–Eso crees tú, querido. –Canturreó la mujer por lo bajo.
Cuando iban todos de salida el padre se paró en seco al ver que el hijo, ya pasado el susto, iba atravesando la puerta llevando un sombrero amarillo chillón bastante llamativo y no pudo evitar decir:
– ¿En serio, Humberto? –El apelado se quedó inmóvil sin saber cómo actuar–. Como que usted no va a ser lo último que salga de su clóset, ¿no?
El muchacho se encogió de hombros tímido.
– ¿Acaso importa? Uno no acaba de enterarse de qué hay realmente en el clóset de nadie. –Terció la madre, atravesando el umbral–. ¡Ah! ¡Ese sombrero te queda divino!
– ¿Dónde lo compraste, hermanito? ¿Me lo prestas? Me combina perfecto con unas botas que...
– ¡Ahora sí que me arreglé yo! Menos mal no salieron gemelos porque donde empiecen a vestirse con la misma ropa me costará reconocerlos.
– ¡Augusto! –Le reclamó su esposa– El hombre la tranquilizó con un gesto resignado después de negar con la cabeza y le pasó seguro a la puerta con prisa, pensando: "Mejor salir de casa rápido, antes de que me arrepienta".





Nunca he entendido esa afición o fijación que tienen las mujeres por casarse. Cada vez que sale a relucir el tema, el chiste de que la independencia de la mujer comienza justo donde la del hombre acaba deja de hacerme gracia. Es que aceptémoslo, eso de atravesar una iglesia o ponerte frente a un juez para declarar algo que ya es obvio, no es que te quite el sueño; menos si, como en la mayoría de los casos, la cuestión tiene pinta de pacto religioso o negocio trucado. Y si finalmente accedemos a ello es porque nos han enloquecido por completo y tendemos a creer que la única persona que nos puede hacer recuperar la cordura es la misma que nos tiene el mundo de cabeza. Claro que cuando eso pasa te encuentras con otro desorden y no puedes más que ansiar nuevamente la locura...
–El matrimonio no está en mi lista. –Le había dicho tajante a Clara.
–En la mía tampoco –respondió ella sin asomo de duda. Al principio sonreí aliviado; con el tiempo, creí que mentía. Luego descubrí que no lo hacía, realmente decía la verdad. Las mujeres nacen con la idea del matrimonio en su ADN, no necesitan anotarlo en una agenda para variar.
Así que, a dos años de eso, ahí me encontraba: metido de lleno en un casorio, preguntándome todavía cómo había llegado hasta allí, vistiendo el mejor traje que me había puesto en la vida, con una sonrisa prestada, colorado por la tensión y sudando de puro nerviosismo.
– ¡Que alguien le diga que se calme! Tampoco es que esté yendo al matadero –escuché a alguien susurrar con sorna.  No sé si fue el montón de personas en un espacio tan reducido, la presión de la corbata en mi cuello o el ansia desesperada de salir corriendo lo que no me permitió estar de acuerdo con la frase proferida e imaginarme esperando mi turno para ser sacrificado.
–Sobrevivirá, hombre, sobrevivirá. Se lo dice uno que ya ha se ha paseado por estos rumbos –saltó otra voz. Tampoco le di mucho crédito a eso, mientras intentaba inútilmente aflojar el nudo que tenía atravesándome el pescuezo.
Estuve a punto de que mi voz me pusiera en evidencia cuando la vi atravesar el umbral: ¡toda una reina envuelta en vaya uste’a saber cuántos metros de tela! De pronto recordé la gracia de cuerpo que se escondía bajo aquella cantidad de tejido y si me contenté un poco y me relajé otro tanto, fue porque me imaginé desnudándola sin decoro alguno.
Ella caminaba altiva, segura, sin dar traspiés, con la cabeza fija hacia el frente hasta que nuestras miradas se cruzaron y casi se detuvo. Por momentos me asaltó la inquietud de que haría lo que a mí se me había antojado al inicio y saldría huyendo, pero tras segundos de vacilación continuó el camino rauda, como si de repente le hubiera entrado prisa.
A partir de ese instante me tensé de nuevo y ya no pude apartar la vista de ella. Comenzó la ceremonia y me abstraje por completo de los invitados, del lugar en que estaba, de las palabras del cura; todo lo que me rodeaba hizo un alto y pasó a segundo plano. Ya sabéis: solo tenía ojos para ella.
Mi mente tampoco se quedó atrás, empezó a plagarme de imágenes donde reinaba Clara. Reviví cada minuto que pasamos juntos hasta que se disolvió la incógnita de cómo había llegado allí. Quería estar allí. Con ella. Con su mirada recorriéndome el rostro, su sonrisa cambiando mi semblante, su aliento dándole oxígeno a mi aire, sus manos cálidas y resguardadas entre las mías, su piel a centímetros de la mía. No se me ocurría mejor sitio en donde estar que no fuese uno en el que pudiese colmarme de su cercanía.
Esa certeza me hizo sentir felizmente desgraciado o desgraciadamente feliz, no sabría decir, pero la quería a ella y eso bastaba.
– ¡Hombre, no llore! No le robe el día al novio. –Oí a alguien murmurar, sacándome así de mi embelesamiento para que la realidad me derrumbara por completo. Sentí que estaba yendo sin remedio al matadero y yo, que nunca rezo, esa vez clamé por sobrevivir.
Amaba tanto a Clara que dolía... Sabrá Dios que por nada en la tierra cambiaría de lugar, pero dolía enormemente amarla desde el banquillo de los invitados y no desde allí a su lado, frente al altar.
El murmullo del pillo entrometido se rebobinó en mi mente, una de sus palabras me empezó a seducir y pasó de ser un simple aviso a una sumatoria de delitos. De pronto se fueron alineando en mi cabeza posibilidades de rapto, homicidio, secuestro, adulterio, entre otras infracciones, crímenes e injurias que a medida que iban engrosado una lista imaginaria me hacían dudar de mi salud mental.
Con ese pensamiento y la idea de que ese día alguien diferente a mí, o en su defecto aparte de mí, terminaría sacrificado si no por voluntad a la fuerza, me entristecí. Porque de extraviar la cordura, solo había una persona capaz de traerla de vuelta y si la perdía también a ella, poco importaba si me mantenía cuerdo o si el mundo estaba de cabeza.


Aldo Simetra




Pintura de David Walker


Tú que me ves y callas. 
Yo que callo y no te veo. 
Me quedo muda y me hago la ciega.
Tú parpadeas y tus labios se cierran.
A veces hablas y no te escucho
Es cuando tus palabras dicen lo mismo que el silencio
Me causa sordera oír la nada
Tú me ves y callas
Yo muerdo mis labios y te esquivo.
A veces suspiro y tomo aire de nuevo
Es cuando siento que si no respiro me pierdo
Para no perderme, guardo tu aliento
Me quedo muda, me hago la ciega
Tú me miras y dejas que tu boca hable a su manera.
Yo aún callo y mi mirada te esquiva
Tú parpadeas y tus labios se cierran
Es cuando soy consciente de tu tacto
Te miro y hablo
Ahuyento a mi sordera
Te respiro y me encuentro
Nuestros labios abiertos callan
Y ambos nos quedamos ciegos.






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