Dinero, dinero, dinero. Todo en la vida gira alrededor de eso. De pequeño tus padres te repetían hasta el hartazgo aquel cuento de que estudiaras para ser alguien en la vida cuando lo que en realidad perseguían era que no dependieras de ellos al crecer o que en su defecto, a cierta edad los pudieras mantener.
Una vez que recibes un título tras años de estudio e instrucción académica dejas de ser alguien para convertirte en algo, ya no te define tu nombre sino la profesión que realices, aunque paradójicamente tu importancia como persona viene a estar relacionada con la cantidad que ganes y no con lo que te ocupes.
Claro que si, como muchos otros, no puedes darte el lujo de tener un cargo privilegiado en donde no tengas que depender de un jefe y puedas mandar abiertamente a cualquiera al mismísimo carajo te toca, sin importar cuanta experiencia haya en tu currículo, justificar un salario o un nivel de ingresos que, sin caer a engaños, rara vez te justifica a ti. Y bueno, seguramente después tendrás hijos, les repetirás aquella cantaleta que te cansaste de oír de tus padres, los impulsarás a que dejen de ser quienes son y se conviertan en otros de los que más tarde se pueda sacar beneficio, y así la rueda gira, gira y sigue girando. Y no queda más remedio que girar en torno a ella.
Entretanto, y aprovechando que no tienes descendencia a quien recitarle que la meta de la vida es ganarse el pan para mañana, digamos que te das el gusto de “decidir” a tu “conveniencia” en qué gastarte la plata.
– ¿Me sostienes el bolso, lindo? Quiero darle el visto bueno a esa tienda.
Lo que uno no entiende es, (porque lo que sigue parece cosa solo aplicada al género masculino y alguien me tendrá que corregir si no estoy bien) en qué parte del asunto hay un apartado o una especie de cláusula que exima a la mujer de compartir su dinero con el hombre y que por el contrario indique que el segundo debe compartir-gastar-invertir su dinero en, con, por y/o para la primera, sea la circunstancia que sea. ¿Quién les habrá metido eso a ellas en la cabeza? O peor aún ¿por qué no terminan de sacar esa idea retrógrada de allí?
¿Lindo? ¡Le he dicho mil veces a esta descerebrada que no-me-llame-así! Mientras me guinda su bolso me conduce a un local de ropa que... ¡mierda! La etiqueta del trapo más pequeño bastaría para correr a cualquiera. Estoy seguro que ni ella misma se hubiese atrevido a traspasar el umbral si no viniese "acompañada". Es obvio que espera que otro afloje su bolsillo por ella, pero tendrá que seguir esperando, a mí no me entusiasma tanto la idea.
Irónico que costando tan poco quitar una prenda, esta sea en cambio ¡tan cara! Al instante, como excepción a toda regla, me invade el recuerdo de Ella…Rememoro el modo en que luego de desprenderlas de su cuerpo, las prendas caían al suelo como baratijas... A Ella sí que provocaba desnudarla a cualquier coste, incluso aunque ni todos los billetes y monedas de cada uno de los sistemas monetarios mundiales juntos pudieran igualar el precio.
– ¡Me encanta este vestido!! ¡Mira qué bonito! ¿Te imaginas lo bien que me vería en él?
Escucho hablar otra vez a la nueva conquista que me acompaña, a quien posiblemente le presente más tarde las sábanas de mi cama o quizá la habitación de un hotel. Traduzco lo que me dice en: Quiero este vestido, pero quiero que me lo pagues tú. Yo observo la etiqueta y pensando en que no estoy ni de lejos dispuesto a gastar dos quincenas en una chica que de seguro dejaré en una semana respondo:
–Si mi imaginación no falla, te verías mucho mejor desnuda… –La recorro de arriba a abajo mientras se lo digo. Ella abre mucho los ojos, me sonríe con descaro y luego replica:
– ¡Eso… o eres tremendo tacaño!
– ¡Y tú la reina de las aprovechadas! –Dejo caer secamente. Ella continúa riendo a la vez que niega con la cabeza. Halándome del brazo me saca de la tienda y me guía en otra dirección.
–Ven, llévame a comer algo que se me ha abierto el apetito.
Ahí sí la sigo como un borrego. Pa' comé sí tengo plata o mejor dicho, en eso sí me provoca gastarla. Mirándome de reojo y meneando graciosamente la cabeza agrega:
–Por cierto: ni sueñes que te voy a dejar probar este cuerpecito sin sacarte algo primero, lindo.
¡Ja! ¡Ni tonta que fuera! Pero ¿ven?, es como venía diciendo… Dinero, dinero, dinero. Todo en la vida gira alrededor de eso.



Aldo Simetra





Destruction - Pintura de Chris Slabber

Cuando preguntó si podía robarme un beso, supe que había caído en su trampa: si le daba permiso me quedaría ansiando el beso robado y al negarme, lo impulsaría irremediablemente a cometer el acto mencionado. Lo perjudicial o vicioso del asunto es que cuando el ladrón te anuncia el crimen antes de consumarlo y tú eres el móvil del delito, la ilegalidad se corrompe, su culpabilidad se reduce a intenciones y tú sin poder declararte inocente te conviertes en su cómplice.
Así el presunto beso robado se transforma en un préstamo y te encuentras en la necesidad y en la obligación de saldarlo o devolverlo. Poco a poco todo se torna más complejo debido a que te vuelves consciente de que no infringes leyes y entonces, la libertad no tiene límites. De pronto tus labios se convierten en una extensión indivisible de los suyos, los fluidos viajan ida y vuelta como turistas que han perdido su lugar de residencia, las rosas y las blandas de ambas bocas se entremezclan, se seducen, se confunden, se destruyen y construyen mientras cambian de textura, de sabores y ¿quién sabe?, quizá también de colores.
Para el momento en que quieres darte cuenta del asunto, te encuentras metida de lleno en la trampa o quizá correspondería decir que te hallas inaugurando a tus anchas la entrada a sus entrañas. Claro que para ser justos, retomaré la primera persona y revelaré que solo reparé en ello minutos después, luego de que una fuerza inexorablemente mayor como la incapacidad de vivir sin oxígeno me hiciera separarme de él, darme cuenta de que de lo bien que me enseñó o me aprendí su lengua podía hablar en el idioma que quisiera y aún siendo políglota, terminar prefiriendo siempre el lenguaje rico, ilimitado, corrompido, vicioso, consentido y delicioso que se habla de los labios (sus labios, nuestros labios) hacia dentro, ida y vuelta, y muchas veces sin regreso.






Uno podía predecir la llegada de Ernesto desde a dos metros de distancia por el inconfundible aroma que se gastaba. Más de una vez le dije en broma que debería venderle a una perfumería su patente para hacer más duraderas las fragancias y así ganarse una buena plata. Él sonreía risueño haciendo cuenta únicamente de la parte monetaria del chiste.
– ¿Usted la compraría? –me preguntaba. A lo que yo respondía:
–Si hace que perduren fragancias como la suya, nunca.
Es que el hombre, sin hacer distinción entre ocasiones informales y especiales, sabía apestar a lo grande. Le gustaba visitarme en la tienda según él a traerme humor gratuito a domicilio, pero a mí su grandilocuencia siempre me costaba al menos dos clientes que salían al trote cuando él hacía acto de presencia.
Era la hora del almuerzo cuando se le ocurrió hacerme la visita un día y yo agradecí que el negocio no estuviese relacionado con comida porque de seguro los comensales no habrían querido probar bocado y me demandarían alegando que los alimentos se encontraban en mal estado.
– ¡Pero, Ernesto! ¿Desde cuándo está ahorrando agua? –le saludé arrugando la nariz al verlo entrar.
–Todavía no rompo mi último récord, así que no me ponga esa cara.
– ¡Hombre, usted siempre superándose! ¿Por qué no le hace un favor a su prójimo y se echa un balde? Apiádese de los demás mortales.
–Mire, Joaquín, si quiere piedad vaya a la iglesia. Yo soy de libre albedrío. Además no llevo mucho tiempo, se lo aseguro.
– ¿Cómo no, Ernesto? Si ya le lleva la delantera al camión de desechos, y eso que va en ruedas.
– ¡Bah! Eso es que usted es de olfato sensible.
– ¡Sí...! Yo y la mitad de la clientela de la tienda, me parece. ¡Un poco de consideración!
– ¡Consideración debería tenerme usted a mí! Con el polvo, el humo, la contaminación y las bacterias es más lo que tardo en quitarme la mugre que en ensuciarme. Uno termina escogiendo una de dos: o no salir jamás de la espuma de la ducha o quedarse tal cual y no entrar nunca.
–No, qué va, Ernesto. Usted no tiene remedio.
–No hablemos de remedios que ya le hago yo una lista de un puñado de gente que necesita escarmiento. Yo en dado caso siquiera hago más que enrarecer el olfato o hacer que arruguen un poco la nariz, pero si viera...
En ese momento entró una clienta peculiar a la tienda que le hizo interrumpir su perorata. La mujer iba extrañamente vestida con una especie de abrigo manchado y raído, del cual aferraba fieramente las solapas contra su pecho como si temiera que saliera huyendo lo que fuese que ocultaba debajo. El cabello le colgaba en apelmazados mechones por encima de los hombros y se le enredaba pringoso sobre el rostro. Su apariencia dejaba claro que lo que fuese que llevara puesto la había dejado desprotegida ante algún tipo de inclemencia y pronto los efluvios que emanaban de su presencia, junto a la de Ernesto, terminaron por debilitarle totalmente el estómago a los pocos posibles compradores que permanecían en la tienda, quienes no pudieron más que huir espantados.
– ¿Qué se le ofrece, mademoiselle? –La indagó Ernesto solícito, tomándonos desprevenidos a la recién llegada y a mí.
–Solo quiero un analgésico y algo para asearme un poco. –Al decirlo se recorrió a sí misma con la vista y apenada agregó–: Eh, disculpen mi aspecto.
– ¡Si se le ve tan rozagante como una flor!
–Como una flor remojada valdría decir... –solté con demasiada sinceridad ante la observación de Ernesto, quien me puso a raya con una fiera mirada al ver que la mujer se sonrojaba de la vergüenza.
–No le haga caso a este mequetrefe, ma belle. Que si su tienda está vacía es precisamente por saber un cuerno de cortesía y otro menos de atención al cliente.
–Estaba llena antes de que entraran. –replico con desdén, preguntándome desde cuándo el imbécil de Ernesto habla en francés. Él hace un gesto displicente con la mano como si mi comentario fuera una mosca perturbándolo.
– ¿Usted también tuvo un accidente? –Lo increpa preocupada la desconocida. Yo intervengo presto a tranquilizarla:
– ¿Cuál accidente? Ese es su atuendo de todos los días.
Al instante un periódico fue separado de la pila del mostrador y consiguió nuevo destino impactando de lleno en mi cuello y parte de mi cabeza.
– ¿Cómo dice?
–Que va a revisar las estanterías... –terció Ernesto “corrigiéndome” y aclarándole a la señorita lo que no había podido oír–. …En el depósito.
Seguidamente me insta a darme prisa con un "vaya, vaya, joven, que nos agarra la noche”. ¡Cuánto descaro! Incrédulo los abandono mientras me dirijo a la trastienda, con gran alivio para mi sorpresa, y lanzando por lo bajo "como los amores perros: entre olores se entienden". En honor a esto último y para darle otro aire a mis fosas nasales acciono el ambientador.
Cuando regreso al mostrador alcanzo a verlos de salida. Ernesto voltea antes de atravesar la puerta tras la desconocida y me guiña un ojo como despedida queriendo decir que se ha metido en el bolsillo a la mujercita. A mí, receloso ante el hecho, se me ocurre que de seguro el par de piropos en otro idioma debieron servirle de anzuelo y a la vez me invade el pensamiento de que el canalla pensaba dejarme la tienda sin asistencia. Luego reparo en que se regresa apresurado y voltea el cartelillo de la puerta para que los transeúntes lean "ABIERTO". Entonces, apaciguándome un tanto, le agradezco que haya sigo algo considerado.
La próxima vez que vi a Ernesto no lo reconocí, claro que debí haberlo distinguido por el inconfundible aroma que se gastaba. Venía con el mismo propósito de siempre: ofrecerme humor gratuito; pero, ¡al fin!, su grandilocuencia no me costó clientes sino que más bien me hizo ganar algunos. La otra diferencia era que andaba acompañado, una belleza acicalada le colgaba del brazo y me saludó como si ya me conociera. Tardé lo mío en darme cuenta que era la misma mujer con quien lo había visto otrora abandonar la tienda.
Ahí fue cuando empecé a creer en la suerte del que no se baña.
–Oiga, señor, ¿qué usa para perfumar la tienda?
Nos interrumpió un cliente dejando entrever un gran interés en la respuesta. Yo sin saber qué contestarle me encogí de hombros y felicité a Ernesto con un:
– ¿Qué cree, hombre? Ahora sí le compraría la patente.


Aldo Simetra






¡Agua!
Agua que te estiras y te enredas
te viertes y te estancas
te alisas y te arrugas
te recoges y desbordas
que eres manantial y gota
que bañas, que empapas, que limpias
que mansa o escurridiza
enfermas o reconfortas
que subes, que bajas
que arrecias y calmas
que seduces, que intrigas
que enturbias y aclaras.
que congelas y hierves
que enciendes y apagas
que te rebelas y amoldas
que eres corruptela y catarsis
tan profunda que ahogas
tan ligera que floto.
¡Sangre!
Sangre que te extiendes y te lías
te dispersas y concentras
te diluyes y espesas
circulas y te transvasas
que eres matanza o herida
que manas, que curas, que revives
que serena o ardiente
salvas o sacrificas
que inflas y desinflamas
que toleras y alteras
que tientas, que cautivas,
que apasionas y confundes.
que amilanas o animas
que enardeces y enfrías
que te coagulas y distiendes
que eres salvación y condena
tan densa que resucito
tan leve que languideces.
¡Escuchadme!
Atended presurosas a mi súplica:
No me dejéis sedienta
No me dejéis seca
Cuando nade en la inconsciencia
y me ahogue
O abandonada a las quimeras,
languidezca.






Lo bonito de los arcoíris, lejos de que crean un increíble equilibrio entre el sol y la lluvia, es su policromía. Paula miraba uno encantada, intentando adivinar de dónde tomaba el cielo las tinturas para formar esas franjas.
Le recordaba la sonrisa de Andrés, de una mañana en que pintaban en una enorme cartulina con acuarelas y ya estando casi lista, el niño tropezó y aterrizó de cara al suelo sobre la mezcolanza de pinturas que acaban de terminar. Esperaba que se molestara o llorara de la pena, en cambio Andrés se levantó de un salto con las manos tras la espalda, plantándose como si llevara todo el rato de pie y enseñando risueño los dientes.
Nadie se hubiese percatado del suceso si no tuviese el uniforme, media cara y parte de la boca manchada de los colores del dibujo libre de ese viernes. No tardaron en dejarse oír las risas de sus compañeros, pero el niño permaneció imperturbable, con la cabeza en alto y la sonrisa impávida en el rostro. A Paula no le pareció adecuado reírse como los demás niños, ya que Andrés mostraba la actitud de un caballero y estaba decidida a mantenerse seria hasta que él le guiñó un ojo y finalmente sus labios cedieron.
Desde entonces, siempre ha relacionado a Andrés con los arcoíris, sin saber a ciencia cierta el motivo. Ignora si lo hace porque la trasladan al desastre colorido de ese día o porque ya anda pensando en Andrés cuando los mira.
Acostada en la grama, sintiendo la frescura del suelo y la calidez de la tierra, miraba hacia arriba sin perder de vista esas siete cintas variopintas suspendidas en el aire, con la mente fija en la imagen de Andrés. Se preguntaba si estaría bien acercársele en el recreo y soltarle de pronto su secreto, antes de que se le adelantara la volada de su amiga Julia.
– ¿Vas a decirme por qué te gustan tanto los arcoíris?
O tal vez podría aprovechar ahora que estaban juntos en el parque...
– ¿Te acuerdas de cuando te estrellaste sobre las acuarelas?
– ¿Que tuve que guiñarte un ojo para que te rieras porque parecía que hubieses sido tú la que se dio de cara contra la cartulina?
Eso la hizo sonreír. La lluvia era divertida, pero la empapaba; el sol le daba calor; los arcoíris, al igual que Andrés, la hacían sonreír.
– ¿Así que por eso me guiñaste el ojo? ¿Solo por eso?
–Por eso y... por otra cosa.
Esperó a que el niño dijera algo más, pero solo guardó silencio. Entonces como si hablara sola continuó:
–Tenías la boca llena de pintura y te parecías mucho a un arcoíris. Me encantan los arcoíris desde ese día.
–Mmm… –Soltó el niño sin más.
– ¿Vas a decirme cuál es la otra cosa?
–Tú no terminas de decirme por qué te gustan los arcoíris.
– ¡Ash! ¡Ustedes los niños nunca entienden nada! –Replicó la niña levantándose ofuscada para luego alejarse a grandes zancadas enfurruñada.
– ¡Pero, Paula!! ¡Si me explicaras! –Se incorporó el niño con el ceño fruncido–. ¡Paula! ¡No te vayas…!
Salió corriendo frustrado tras ella preguntándose por qué las niñas tenían que molestarse por todo e intentando inútilmente comprenderla.






– ¿Qué haría si le anuncio que posiblemente está a punto de alimentarse de su esposo?
La dama  arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:
– Es broma.
Niega de forma apenas perceptible emitiendo un gemido que se oye como un lamento, le muestro mi perfecta dentadura amigablemente y ahí es cuando deja salir el aire que se le atora en los pulmones, me devuelve trémula la sonrisa y la sangre vuelve a fluir con avidez en sus mejillas.
– ¿De verdad, no sabe dónde encontrarlo? Dicen que este fue el último sitio que visitó. –Insiste suplicante mientras reprime un sollozo. ¡Ahh... y vuelta a empezar!
Con ella van cuatro en lo que va de semana. Se pierde una persona en el pueblo, se corre el cuento de que no se los ve desde que atravesaron mi umbral y entonces, tengo yo alguien irrumpiendo en mi residencia a la hora de la cena e impidiéndome ir a cazar. Ya se me ocurrirá qué hacer con el ingenioso que encuentra en que la gente se extravié en el interior de mi hogar algo gracioso. Yo, solemne seguidor de la etiqueta, antepongo los modales a mi comodidad y asumo el papel de anfitrión: los invito a sentarse a mi mesa, digo algo con gracia para romper el hielo impuesto por su falta de decoro (¡mira que presentarse en casa ajena sin mera cita o previo acuerdo!). De inmediato abordan el motivo de su visita: “Creí que podría hallar a mi hijo/hermana/padre aquí y bla, bla, bla...” Al menos todo queda entre familia, pero algo diferente no estaría mal para variar; empieza a repugnarme tanto lazo filial.
La señora ahora llora, ¿cómo dirían los campesinos de este ignoto pueblo?  “A moco tendido”; ehm, la jerga coloquial nunca me ha gustado mucho. Si hubiese probado su copa se habría ahorrado su lastimero llanto al enterarse del contenido. La insto a beber. Ella obedece. No pierdo detalle de la forma en que inclina con parsimonia la cabeza mientras vierte la copa entre sus labios, el líquido se abre paso en su garganta a través de las distensiones en su cuello y en un auto reflejo repito el movimiento de tragar que visualizo, molestándome ostensiblemente al advertir una necesidad irreprimible de llenar también mi organismo. Sin embargo, mi invitada me resulta cada vez más provocativa y me domino.
–Sí que tenía buen gusto su marido.
Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi cumplido o lo que ha bebido.
– ¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?
–Su marido –Digo por toda respuesta. Me mira otra vez consternada y confusa, las arrugas que se le forman en la frente arruinan la tersura de su rostro. Yo inclino la cabeza a medias sin quitarle los ojos de encima que se avivan cada vez con la conciencia de su proximidad y empiezan a dar muestras del deseo que me embarga. Aleja la copa de su rostro un tanto asqueada, pero aún la sostiene entre las manos que la agitan torpemente intentando ir en consonancia con sus pensamientos cada vez más esquivos, más errantes, más confusos.
–Ha…ha… ¿Ha-rold? –Dice sin convicción, a la vez que la incertidumbre y el espanto luchan por inmortalizarla en una suerte de cuadro. La mujer mira por turnos la copa y mi rostro. Decido ayudarla a aclarar sus ideas.
– ¡Et voilà, el nombre! Me preguntaba cuál sería cuando se lo serví.
Mi invitada parece reaccionar o enloquecer, me mira con los ojos desorbitados, se ha detenido nuevamente el flujo sanguíneo hacia sus mejillas, las manos temblorosas en demasía han dejado finalmente caer la copa y lo poco que quedaba de su marido ha conseguido descansar en paz ensuciando el linóleo de mi piso. Suspiro ruidosamente restándole importancia al asunto.
–No se preocupe, estaba un poco rancio. De seguro usted ha podido degustarlo en mejor estado.
Lanza un gemido inarticulado, parece atorársele en la garganta junto con el sorbo de plasma que acaba de consumir. Durante casi un minuto la veo asfixiarse sosteniéndose con ambas manos el cuello y debatiendo entre vomitar palabras o una parte de su cónyuge que es incapaz de digerir. Al final se dobla sobre sí misma obedeciendo a arcadas involuntarias, pero no logra expulsar más que saliva.
–Us-ted… ¡¿Usted le mató?! –Me acusa. Hago una mueca de disgusto.
–Es una forma de verlo –replico imperturbable desde mi posición– ¿No le parece lamentable que ustedes los humanos sean envoltorios desechables?
La dama se queda horrorizada con los ojos en blanco, me mira con gesto reprobador, su cabeza se mece al ritmo del vaivén de la negación, sus labios se fruncen y se estiran, vacilan, me tientan, me exigen...
–No, no… Es… es otra broma. Juega… jue-ga con-mis nervios. Está solo…
– ¡Oh!, ofrezco disculpas por mi sentido del humor. ¿Aceptaría también mis condolencias? Después de todo, su marido era un hombre muy… nutritivo.
Al oír esas últimas palabras algo se enciende en la mirada de la mujer, la ira inunda sus marcadas facciones, su cuerpo se tensa. Por primera vez deja de observarme a voluntad y evalúa los utensilios predispuestos en la mesa, que para mí no son más que parte del decorado. Sus ojos se clavan insistentes en un cuchillo que no tarda en cambiar de lugar. Como en cámara muy, muy, lenta noto la media rotación del tronco, el levantamiento del brazo al nivel de la cabeza, el leve giro de la muñeca con el puño cerrado alrededor del mango del filoso utensilio, la curva que se dibuja en el aire cuando hace ademán de herirme con el arma que ha elegido, las venas y los tendones extendiéndose bajo la piel, la contracción de los músculos de su antebrazo, los pliegues que surcan su cuello, el sube y baja acelerado de su protuberante pecho, el mechón de cabello que se ha colado entre ellos, las pequeñas gotas que transparentan su frente, la presión que oprime su boca dejando entrever sus dientes, el ardor en las pupilas, su aliento, el aroma que emana su carne haciéndose más nítido y activando mis instintos. Llega mi turno de quedarme impávido: como un espectador deleitándose ante una maniobra circense veo con asombro el punzante objeto a un palmo de mi tez y la mujer con expresión pétrea resguardada tras él; amenazante, si las ligeras convulsiones de su cuerpo no la delatasen.
Quiero reírme de su ingenuidad, pero me descoloca su entereza. Hago que en su semblante se refleje mi desorden interno al mostrarle mi verdadera imagen: las arrugas que se extienden por mi cuello hasta perderse más allá de mi frente se acumulan bajo la piel de mis ojos, que se tornan despiadados sin el falso velo de humanidad; los labios separados en un amago de sonrisa que hace visible mis afilados incisivos, contra los que no podrá luchar su inútil cuchillo. Acerco mi mano cadavérica a una de sus mejillas, con la uña gélida del dedo índice repaso su tersa superficie dejando un trazo vivo y chorreante. Luego lo llevo hacia mi boca saboreándolo con fruición.
Ella contiene la respiración, suelta el cuchillo, entreabre los labios, se traga la nada que llena su boca, parpadea, gime, deja libre una lágrima… Es cuando desgarro la lentitud y pasividad imperante, me apodero de ella, desato su aliento, le obligo a vomitar el vacío que toma forma de grito, detengo el aleteo de sus párpados evitando que sus fluidos terminen por humedecer todo su rostro y encarcelo hasta el último de sus sollozos. Litros y litros de ella se derraman en mi boca, tiene la densidad y la concentración perfecta como para embotellarla al estilo del más exquisito vino, pero quiero bebérmela hasta la última gota y prefiero la cata antes que las preparaciones enológicas.
¡Vaya, vaya, alguien se acerca…! Irrumpe a mi vereda… Le oigo atravesar la verja…, sus pasos repiquetean sobre el camino de grava…
Ahora sube los peldaños de piedra… ¡Demonios!
La interrupción…
Escucho sus toques en mi puerta, su insistencia denota que no se irá antes de echar abajo el umbral. El ruido que hace me impide darme festín a gusto. A desgana abandono el cuerpo a medio drenar y me arrojo colérico hacia el portal.
– ¡Es que ni en paz se puede comer aquí!
– ¡Oh, lo siento! –Su exagerada reacción me alerta sobre mi aspecto y en un parpadeo de ella adopto una imagen a su semejanza. Sacude la cabeza como deshaciéndose de un disparate, pero me observa fijamente temiendo que vaya a desmaterializarme.
–Le ruego me disculpe. Busco a mi cuñada. En el pueblo…
¡Por las tinieblas! ¡Qué familia tan numerosa!
Parte de mis pensamientos se exteriorizan en la dureza de mi semblante y la presión de mi mandíbula. Ella opta por guardar silencio y observarme.
–Eh… Tiene un poco de salsa en… –me advierte con torpeza señalando mi barbilla. Limpiándome con la ayuda de la lengua y el dorso de un dedo índice, sonrío ante su errada perspicacia. Mi gesto debe de resultarle gracioso, porque sus labios se distienden divertidos.
– ¿Su cuñada?
–Ah, sí. Beatrice. Fue tras mi hermano. ¿No se habrán dejado caer por aquí?
–Veamos… Suelo ser más locuaz con el estómago lleno. –La invitación…:– ¿Gustaría de acompañarme a cenar?
Balbuceando busca alguna excusa para rechazarme, yo le lanzo una nada decorosa mirada abarcando toda su silueta y añado:
–No se imagina el honor que me haría el tenerla en mi mesa.
Como sabía que haría se sonroja y atraviesa el umbral tras aceptar mi invitación con una ligera inclinación de cabeza. Mientras la precedo hacia el comedor no deja insistir en el verdadero motivo por el que está allí:
–…cualquier dato del que disponga... Abrigo la esperanza de que me sea de utilidad para dar con su paradero.
–En el mejor de los casos están disfrutando del paraíso.
– ¿Y en el peor? –el chiste…:
– ¿Quién sabe? Puede que hayan alimentado a un vampiro.
– ¿Las criaturas mitológicas que salen de noche en busca de sangre humana?
–Admiro la creatividad de su especie. Me pregunto qué cuento de ficción les habrá hecho creer que nosotros jamás tomamos desayuno.
Arruga la frente consternada, me escruta con los ojos intentando entender mis palabras. Imperturbable la observo sin siquiera mover las pupilas. Disfruto levantando el labio en un amago de sonrisa que mi invitada interpreta correctamente mientras el color abandona su rostro y el miedo resplandece en su mirada. Justo antes de que el terror se apodere de ella me permito un gesto compasivo y le suelto:
–Es solo una broma de mal gusto.
– ¡Qué curioso es su sentido del humor, señor! Y bien, ¿sabe usted algo de ellos?
–Por favor, beba un poco. En seguida le cuento. A la postre, quizá nos quede tiempo para esclarecer algunas cuestiones sobre mitología.
Ella hace una mueca extrañada. Dudo si le ha sentado mal mi comentario o lo que ha bebido.
– ¿Cómo dice...? –Replica retirando a medias la copa de su boca, dilucidando mi duda, mientras lucha por identificar el sabor que se adhiere a sus papilas gustativas–. Disculpe, ¿qué, qué...?
Esta vez sí me sé el nombre:
– ¿Encuentra a gusto su Beatrice?


Aldo Simetra




¡Por los clavos de Cristo! ¿De dónde habrá salido ese hombre? ¡Uy, no! ¿Cómo lo dejan profanar así la casa de Dios? Su estampa se va a quedar fijada en esta estancia hasta mucho después de que se vaya y muchos de los que moran bajo este techo tendrán que castigarse severamente por sus malos pensamientos. ¡Por el velo de Santa María Virgen! ¿Me ha mirado? Alguien debería decirle a ese descarriado que a una mujer no se le mira con esos ojos. ¡Ay! ¡Ni tampoco se le sonríe de esa forma! La de cosas que me da por hacerle a esa boca, la de cosas que se me ocurren que me haga esa boca…
¡Madre Santa! ¡Que le pongan frenos a mi imaginación desaforada! ¡Ya soy pecadora! Cien aves maría no me servirán de escarmiento. Tendré que darme latigazos para enmendar mi debilidad de espíritu y enfriar a mi pecaminoso cuerpo.
No me dejes caer en la tentación y líbrame del mal, no me dejes caer en la tentación y líbrame del mal, no me dejes caer en la tentación y líbrame... No me dejes caer. No me dejes caer. No me dejes caer...
¡Ay, no! Si el mal es así, Diosito, no intervengas. ¡No me libres de él, por favor! Encima, este hábito me sofoca; esta noche me lo quito como que me llamo Teresa De Los Ríos. ¡Y no me mires así, Cristico! Ocho meses aquí dentro me han bastado para convencerme de que no tengo remedio. ¡Que Dios me perdone! Pero él mejor que yo sabe que a mí lo puta no se me quita ni con rezos ni con agua bendita. Y antes de conseguir zafarme de todo pensamiento y acto impuro, me despellejo el cuerpo con el látigo, eso seguro.
– ¿Quién está puliendo al Cristo?
–Ah, una de las novicias. La rescatamos hace poco de la mala vida, ¿sabe? Aún no se adapta del todo a la vida religiosa.
–Ya...
–Entonces, ¿se decidió? ¿Se va a iniciar en los caminos del señor? Les tenemos abiertas las puertas a los hombres de fe que quieran hacer carrera en la religión.
Reinó el silencio, el hombre se quedó pensando la respuesta mientras el clérigo esperaba.
Esa mañana se había levantado sintiendo, igual que siempre, que la vida le pesaba. No le encontraba sentido a ninguno de sus días y sabedor de que no reuniría el suficiente valor para acabar de tajo con su sufrimiento, eligió hacerle honores a aquello de “Dios te la da, Dios te la quita”, sin encontrar mejor manera de entregarse a su destino.
Sin embargo, antes de poner un pie en la iglesia trastabilló y eso lo hizo dudar de su determinación. Mientras avanzaba por los pasillos y tenía lugar su solicitada audiencia, iba pensando en encontrar una mínima cosa que lo hiciera desistir de lo que haría. Una señal, alguna excusa. Bastó que a esa novicia se le cayera el velo mientras se ponía en puntillas para limpiar la cruz y que al agacharse a recogerlo una mirada de desconcierto sin un ápice de azoramiento emergiera de una densa y alborotada cabellera, y lo sacudiera.
“Lo que sea que me haga desistir, si no es señal y tampoco excusa, por Dios que tiene el nombre de esa novicia”. –Se encontró pensando.
–Puedo asegurarle que Dios recompensa enormemente a aquellos que sirven con pasión –insistió el cura.
“Y con pasión voy a servir...”
–No, padre, por ahora no... –respondió finalmente arrastrando las palabras–. Dios necesita discípulos y servidores mejor calificados que yo.
–Dios solo necesita hombres que quieran serlo. Él no establece diferencias entre sus seguidores, ni mucho menos entre sus sirvientes.
–Lo sé, padre, lo sé. Espero que usted me entienda... Y él también.
Tras soltar un “no te preocupes, hijo, de todos modos él sabía de antemano lo que decidirías”, el cura bendijo al hombre y se dirigió a sus aposentos ocultando el deje de decepción que empezaba a asomarse en su semblante.
A la mañana siguiente nadie extrañó a la novicia. El clérigo continuó pensando que había perdido a un buen candidato para desempeñar el oficio. En la distancia ni Teresa De Los Ríos ni el susodicho, quienes al fin daban descanso a sus cuerpos cediendo a las súplicas de la noche porque hicieran silencio, opinaban lo mismo.





Ella me espera desnuda con las piernas abiertas. Cual brazos levantados en actitud de acogida sus muslos me dan la bienvenida a su sexo. No dudo en aceptar tal recibimiento y me aproximo jubiloso sin perder de vista esos colorados pliegues que se me ofrecen como una cascada de carne blanda y fibrosa de la que bebería hasta la última gota.
Ella permanece expectante, ansiosa, pugna por no mostrarse inquieta, pero su interior se contrae delatándole. Y a mí, único y privilegiado espectador de tan espléndida función, se me tensa la garganta, se me hace agua la boca, se me hinchan las venas, la mente presurosa manda estímulos al cuerpo y este, como soldado en posición de "firme", se planta y obedece.
Hay silencio en el aire que aplaca el murmullo de nuestras respiraciones. Hay calor en la estancia que absorbe el vapor que emanan nuestras pieles. Mis dedos se deslizan con cuidado y la exploran con detenimiento, palpan su consistencia, captan sus sutilezas.
Ella se estremece y se tensa. Preparada acepta mi tacto y me recibe dócilmente cuando me introduzco. Escucho un pequeño gemido:
– ¿Duele? –pregunto.
–Solo un poco –contesta.
Hago una pausa para que se aclimate, dándole tiempo a que se acostumbre a la presión que ejerzo en su interior.
– ¿Y ahora? –Cuestiono mientras entro de nuevo en movimiento.
–Mejora. –Sonrío ante su respuesta y sigo con lo mío.
– ¿Doctor? –La sola mención de la palabra resquebraja mi fantasía–. No se lo tome a mal, pero tiene usted muy buena mano.
Yo sonrío otra vez, pero me hago el desentendido al tiempo que pienso: ¡Y eso que no la ha probado fuera del consultorio!
Intento volver a la fantasía de antes, pero continúo con la revisión de rutina sin que la realidad se me escape. Es una pena que ella sea mi paciente y yo solo el médico ginecólogo a quien le pesa el título cada vez que hace cita con la dueña de esa cascada carnosa, a la que ansía recorrerle el cauce de otra forma. Suspiro resignado y...
–Doctor, ¿puedo hacerle otra pregunta?
–Claro.
– ¿Mentiría si le pregunto si tiene novia?
Me animo a responderle e inconscientemente surge una interrogante en mis pensamientos: ¿cuánto tarda en cumplirse un deseo?


Aldo Simetra



Relacionado con: Fuego


Las puertas del ascensor se cierran y con ellas se liberan mis emociones como en ascendente espiral. Hacen de mí un torbellino las ganas, el deseo contenido, la desesperación por tenerla cerca, la ansiedad de que mi lengua se adentre en su boca sin tregua. Más allá de la mía hay un nudo inmenso, un obstáculo creciente que no me permite hablar ni tragar saliva y se extiende hasta llegar a la base del estómago causándome náuseas y vértigo. ¡Arg! Esta maldita sensación, un inmundo viaje al interior del vacío.
Ella permanece a mi lado un paso por delante de mí. Nos miramos de reojo, la tensión crece, ambos sudamos y preferimos culpar de ello al hecho de que el ascensor no tenga aire acondicionado. Uno de los dos rompe el pesado y agobiante silencio que nos oprime, nos frustra:
– ¿Me has echado algo de menos?
Mi respuesta no sale de forma automática, más bien se queda atrapada sin salir de mis labios y yo me encuentro casi sin percibirlo haciendo un reconteo de la inversión de mis horas diarias. ¿Echarla de menos? De pronto me pierdo dentro del discurso de un monólogo no articulado:
"Duermo ocho horas, al levantarme invierto otra más antes de enfilar hacia el trabajo que me queda a una hora de carretera. Paso ocho horas más en la oficina resolviendo líos que ni me importan ni son míos. Luego otra hora de regreso a casa; ceno, me doy una ducha y gasto otra más. Un par de horas frente al tv, otro par entretenido con un libro hasta caer dormido y vuelta a empezar. Así que no me queda tiempo para pensar en ella ni lo quiero". Eso, dile justo eso –me aúpa la consciencia. A lo que yo replico reiniciando el soliloquio:
"O tal vez debería decirle que de ocho horas con suerte duermo la mitad y la otra, los ojos abiertos se pelean con el desvelo... el desvelo de su piel, de su cuerpo bajo su ropa, bajo mis dedos. La jornada laboral por mí podría reducirse al tercio, después de todo, preocupado por los otros casi dos tercios de mi vida que ella adorna hasta en la sombra, solo trabajo un treinta por ciento. El camino de regreso siempre me desvía a otro lado en donde me quedo más de lo necesario, me salto el intervalo de la cena, nunca sé a qué hora llego a casa para encender una tv que nadie mira o abrir un libro que siempre abandono en el prólogo mientras el insomnio me entretiene para no bajar los párpados e imaginarla con otro”.
¡Rayos! ¿Cómo demonios le digo todo eso? Después de tanto venimos a toparnos por capricho y maldad de la vida en un bendito elevador que ni siquiera cumple correctamente su función; chirría cargando nuestro peso, se desliza con una lentitud endiablada, si avanzara más a prisa hace rato que podría haber evitado su pregunta.
Mi mente me traiciona gritándome la verdad por encima de mis otros pensamientos: Lo cierto es que vives buscando más horas para pensar en ella, como si con todas las que posee el día no fuera más que suficiente. Por el contrario, y en consonancia con la primera parte de mi no verbalizado parlamento, contesto finalmente:
–Lo siento, no tengo tiempo para pensar en ti.
Ella titubeó apenas por un segundo y colocándose unos lentes oscuros, que no tengo idea de dónde sacó, me dio presta la espalda ocultando quién sabe qué en su rostro, y entonces la oí decir:
–Yo sí, pero no lo desperdicio.
Casi vi posarse mi mano sobre su hombro para luego girarla velozmente, tomarla de los brazos hasta ubicarla justo frente a mí, sostener su cintura, estrecharla, disculparme por lo dicho y aclararle que sí, que la extrañaba de más, que la echaba mucho de menos. Pero justo en ese instante se abrieron por fin las puertas y lo único que fui capaz de ver fue a ella saliendo con determinación a su piso, dejándome frustrado con la intención a medio camino a la vez que el ascensor volvía a encerrarme dentro de sus paredes grises y asfixiantes.
Se pone de nuevo en marcha el viaje al interior del vacío y nada impide que yo me reconcoma en el mío.


Aldo Simetra





Yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste que se encendieron los colores, brillaron y vibraron las cornetas, retumbaron las canciones, las palomas se olvidaron de las treguas, las nubes hicieron huelga, el sol trabajó horas extras, los dientes firmaron un tratado para que los labios no los escondieran, los aromas hicieron fiesta, al viento le faltó decoro para no ganarle la pelea a las prendas, la gente olvidó sus caretas y salió a la calle sin vergüenza, los perros atraparon a su cola y luego corrieron para no ser atrapados por ésta, los niños se olvidaron de ser grandes y decretaron que los adultos decrecieran, el polvo y el humo estornudaron y asustados se marcharon del planeta, los cojos bailaron en dos pies y ¡cuidado!: los mancos aprendieron a usar tijeras.
Se volvieron locos el karma, el déjà vu y el carpe diem; el mañana se negó a ser mencionado, el ayer se paró en seco, se rompieron los relojes y por primera vez se sintió inútil el tiempo. Se marcharon los portales; los candados, las puertas y las cadenas se quedaron sin empleo y salió en las noticias que se extravió el mapamundi porque las fronteras y los límites desaparecieron. ¡Mira que he llegado lejos!
Hasta la imaginación cruzó sus intangibles confines y secuestró a la realidad y, pese a que fijó un mísero precio de rescate, a nadie le interesó pagar su libertad.
Yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste que la desnudez se paseó oronda, el alma dejó de pagar condena en el cuerpo, el corazón amordazó a la conciencia, los impulsos se rebelaron y quemaron sus celdas. Las bocas no hablaron: los pensamientos reclamaron sus derechos de no ser expresados y la voz se hizo silencio excepto cuando la despertaron los latidos y entonces, se volvió eco. Hasta la cosa más simple se colmó de gloria, florecieron los jardines, el otoño se sintió ridículo conservando sus hojas y el invierno se halló fuera de sitio sin humedad y sin nieve.
Yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste que ahora la piden a gritos mis latidos dormidos, la voz que no se hace eco, los pensamientos zurdos que ahora hablan sin derecho, los impulsos reprimidos en su cárcel de cenizas, el corazón esclavizado que sirve mudo a la conciencia, el alma una vez más condenada a muerte lenta, la desnudez acobardada que volvió a esconderse sin remedio, la creatividad contrita otra vez relegada al segundo puesto; otra vez esos límites, otra vez esos cercos, otra vez esos candados martirizando secretos.
Las puertas otra vez en sus puestos coartando el paso, dejándonos al otro lado. Ya en las noticias los mismos titulares rancios no anuncian algo que pueda alentarnos.
¡Qué triste es estar tan cerca del extremo opuesto de lo que se quiere!
El tiempo puso en orden los relojes, el ayer continuó sin sorpresas, el mañana renunció a sus vacaciones y perdió el cálculo de las veces que es llamada sin que se le tome en cuenta; el carpe diem, el déjà vu y el karma recuperaron la cordura y enloquecieron a los que la poseían; el polvo y el humo regresaron cargados de mugre y de tráfico. Los mancos ya no cortan, se sienten cortados; los cojos, ni para caminar quieren dar saltos.
Los niños se aburrieron de ser pequeños, pero mantienen su decreto para poder gobernar sin tapujos sobre los adultos (si es que los dejan). Los perros nunca han vuelto a atrapar su cola. La gente sale a la calle sin vergüenza, pero con el disfraz y la máscara puesta. ¡Ahora sí que se debe tener cuidado!: el viento se ha serenado y ya no hay quien descubra lo que muchos ocultan bajo sus prendas.
Y yo sigo sin saber qué magia tuvo lugar cuando llegaste que me parece que los aromas se la pasan en duelo, los labios mantienen bajo presión a los dientes, el sol ahora trabaja estrictamente lo necesario ausentándose los domingos y días feriados; al contrario de las nubes, que parecen laborar sin descanso.
Las palomas no sé si se acuerdan de sus treguas porque se han convertido en sendos pajarracos. Las canciones se apagaron. ¿Cuándo carrizo han brillado las cornetas? Y si alguna vez hubo magia cuando llegaste solo sé que hoy predomina el blanco y negro, las estaciones nunca han alterado su curso ni se han movido de su sitio, y a las flores que había en el jardín se les agotó el encanto en el mismo momento en que me percaté de que tampoco podía responderme qué clase de magia obró cuando te marchaste.
¿Te fijas en este punto lo difícil que se han vuelto las rimas? El mundo, siempre en prosa, olvidó la felicidad de la poesía.
El jardinero segó esta mañana la última flor que quedaba. Al verme llorar sobre su tallo cercenado dijo:
–Lo siento, señorita, si gusta puedo volver a plantarla. –Me emocioné un tanto, pero negué en el acto y respondí:
–Más bien se había usted tardado mucho en cortarla.
El hombre asintió y desapareció en silencio.
–Y yo no sé qué magia tuvo lugar cuando llegaste, quizá nunca lo sepa –solté finalmente mientras arrancaba el tallo–. Pero si acaso la hubo, que vuelva a brotar a otra parte.






Ya no vuelvo a fingir una sonrisa
Hace rato que mi alma pide luto.
Ya no vuelvo a fingir que estoy de fiesta
Hace rato que mi cuerpo está vencido.
Hay una brisa, un susurro, un eco
Martillándome el oído
Golpeando tras mi oreja
Rogando que lo atrape
Para ahorcarme a mí misma
Y así acabar conmigo.
El frío se ha colado en mi esqueleto
Que se estremece
Baila una marcha fúnebre, grotesca
Me amedrenta
Oxida las articulaciones
Quema cada centímetro óseo
Me resquebraja, me yerra 
De pie me hace polvo.
Ya estaré tiesa cuando perezca.
El silencio es un grito inarticulado
Un cementerio de voces muertas
Se hace secreto que todos guardan
Una cárcel de sonidos en la garganta.
La arena del otro lado de la cama me escuece los ojos cuando despierto
La calle es el cuaderno de un niño obligado a trazarle a las hojas el margen
La misma piedra se reúne conmigo en el camino
Y otra maleducada se interpone en el medio sin pedir perdón ni permiso.
El roto de mi bolsillo se deshilacha 
También en las dos tierras, la que habito y la que me sostiene, hay sendos agujeros.
El ciego de la esquina sigue viendo culpables de sus cuencas vacías en tuertos y falsos videntes. 
El tiempo perdido me espera
El indeseable de turno me cobra, me solicita, me abre la puerta y me encierra.
El motivo de mi existencia se repliega, se abandona, se humilla, no ofrece resistencia.
El torrente de mis venas me esquiva.
Siempre que vuelvo a casa
Una manada de lobos con la luna extraviada olfatea mis pisadas.
No sé si huir de sus colmillos o acercarme a su pelaje.
Desde arriba alguien me observa incrédulo y me alborota el pelo con su aliento.
¿O seré yo quien no cree?
La certeza titila en el horizonte, pero no se queda quieta.
Aún hay una cerradura de la que no tengo llave
El mismo muro me golpea la cara
Del otro lado un fantasma
En el espejo una sombra por reflejo.
– ¿Dormirás desnuda o alquilarás un disfraz? –me pregunta la luz.
No respondo y paso el interruptor.
Una bruja se pasea en la oscuridad
El olvido se reproduce, se rebobina, se clava en la parte más tétrica y se detiene.
Una brisa, un susurro, un eco
Me martillan el oído
El frío se cuela en mi esqueleto
Ha invadido mi cerebro
El exceso de realidad me congela
Se me derriten los sueños
Se me salan las mejillas
Volteo hacia el otro lado de la cama 
Topo con una máscara
Una especie de cortocircuito
La maldita bombilla me tiende una trampa.
Reto al insomnio a duelo
Mis ojos disparan a traición
Hay un payaso riéndose de mí pero no conmigo en la habitación
Comienza la pesadilla:
Mi alma está de luto
Mi cuerpo está vencido
Se acabó la fiesta
Y ni las sonrisas fingidas me quedan.
Hay también un vacío milenario, asonante, repetitivo 
Y mientras permanece le pregunto:
– ¿El hombre nunca se ha encontrado o siempre ha estado perdido?







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