Todo hombre ha escuchado esa frase que lidera el repertorio de las féminas cuando se quedan sin argumentos y necesitan ponerle la guinda al pastel: “Es que todos los hombres son iguales”. ¡Sí señor! Y tal parece que cuando la dicen no necesitan explicar nada más, se sobrentiende todo con pronunciarla. Y cómo no, no falta la fiel amiga que la secunda (o no importa si es una desconocida, las une de algún modo "la solidaridad femenina"), y que repite: “sí vale así son todos, están cortados con la misma tijera”. Y así sin más somos reducidos a vulgares figurillas de papel sin cuerpo, sin mente y sin sentimientos, porque otra cosa que no hay que discutirles es que los hombres no contamos con nada de eso.
Sin embargo, cosa curiosa, siguen buscando príncipes azules estando según ellas seguras que se toparan con ranas, continúan comparándonos con animales preocupados por nuestras propias necesidades, pero aun así pretendiendo que nos comportemos como caballeros atentos a las suyas. ¡Y quién las entiende, hombre! O somos una cosa o la otra, o quieren esto o quieren aquello y, sin importar lo que les des, terminan pronunciando la misma trillada frasecita.
Y precisamente eso, el tener todas ese mismo pensamiento, es lo que les impide ser tratadas diferente. ¿Ven cómo son también todas iguales? ¡Ah no, eso sí que no! ¡Como yo no hay dos! Salen corriendo a replicar. Vale, porque ellas sí que son únicas y punto, no hay nada que agregar.
Y ahí están, buscando a alguien que se les compare, que sea lo mismo que ellas de especial y así, van eligiendo sin cesar entre la multitud. A lo que uno desconcertado se dice: -No y que somos todos iguales, quédate con quien sea y listo. Entonces ellas contestan ocurrentes: “Es que esperamos equivocarnos y encontrar algún día alguien distinto entre tanto parecido”. No te digo, es que hasta en este asunto también son indecisas. ¡Mujeres!
Ya quisiera saber yo como identificaría cada una a su chico si fuera igual al resto porque, sinceramente, las únicas similitudes que nos unen “propiamente hablando” es que morimos por las mujeres, nos fascina el deporte y tenemos pene.
Pero ya, hablando en serio chicas, dejen de insistir en conseguir a un hombre de otro mundo, puesto que aquí no hay extraterrestres y es obvio que no podrán conseguirlo. Y acéptenlo, si algún día llegasen a encontrar a alguien real y completamente distinto a todos, se halarían de los pelos reprochándose: ¿por qué rayos no es igual al resto?

[Escrito por un hombre cansado de que lo igualen o lo comparen con todos los de su gremio por mujeres que olvidan comportarse como damas y que aun así esperan ser tratadas como reinas; y que ya crecidas y viviendo en el mundo real, siguen esperando que un caballero vestido de azul baje de un caballo, les prometa un castillo y las convierta en princesas.

Despierten de una vez: las ropas se destiñen, las coronas se caen y los castillos se derrumban, pero aun así el hombre y la mujer no dejan de necesitarse nunca.]

Aldo Simetra




Leía un artículo sobre “la mujer perfecta” en un periódico, que alguien había extraviado o abandonado sobre la mesa fría del cafetín donde me encontraba, cuando llegó ella.
–Lo siento, llego tarde. –se excusó, mesándose el largo cabello y tomando asiento ceremoniosamente en una silla frente a mí.
–Solo un poco. –concedí, mientras dejaba resbalar mi mirada por los contornos de su cuerpo. ¡Y qué cuerpo! Era justo la imagen que le faltó al editor anexar al artículo.
Lo aprecié por completo y lo degusté con deleite, como había hecho desde el primer momento en que apareciera: su busto y sus glúteos prominentes, la cintura pequeña, la larga y abundante cabellera, el rostro refinado.
–Espero que no sea lo suficientemente tarde como para pedir algo de tomar antes de hablar de negocios. –le oí decir observando sus gruesos labios mientras me lanzaba una provocativa mirada. Suspiró con su nariz respingona.
–No, claro que no. –contesté recomponiéndome.
Llamó al mesonero y le pidió “un jugo de naranja sin aditivos químicos, con edulcorante y sin azúcar” y en un santiamén se derrumbó mi embelesamiento.
Entonces, con ese carácter detallista que me distingue y que no suelo demostrar a menudo en público, hice una revista minuciosa de la figura que tenía en frente: Senos demasiado erectos y firmes, al igual que los glúteos (frente y retaguardia de silicona, me parece); cintura demasiado pequeña en proporción a las caderas (liposucción); labios grandes y abultados, aunque atrayentes (botox); rostro perfectamente limpio y terso (cuánto maquillaje), y qué ojos tan profundos enmarcados por unas larguísimas pestañas (postizas claro).
Se llevó una mano hacia un intruso mechón de cabello que empezaba a asomarle en la frente, demasiado largo para servirle de pollina y al mismo tiempo demasiado corto para ir en consonancia con el resto de la menuda cabellera (hum, extensiones), y se lo ocultó detrás de la oreja.
 Al bajar la mano reparé en sus cuidadas uñas acrílicas, muy lindas por cierto, pero, a juzgar por la delicadeza absurda e innata con la que rebuscaba en su cartera, ¿habría necesidad de ponérselas tan largas?
El mesonero depositó su orden sobre la mesa tras citarla graciosamente:
– “Un jugo de naranja sin aditivos químicos, con edulcorante y sin azúcar”, por supuesto.
Y a mí se me ocurre que con tanta artificialidad en el cuerpo, sería el colmo que también se alimentara de eso. Se toma un trago de jugo y suspira complacida diciendo:
– ¡Qué viva la naturalidad! –me dedica una sonrisa con todos los hierros y yo, perdido como estoy en mis cavilaciones, le suelto:
– ¡Si la acabas de matar!
– ¿Ahh? –me pregunta.
Me preparo para hacer un comentario halagador que anule al anterior y entretanto, ruego porque tenga tanta personalidad y neuronas en el cerebro como la cantidad de silicón, plástico y postizos que hay en su cuerpo. Aunque, lo confieso, mientras estuve abstraído en mis pensamientos no pude apartar la vista de su pecho.
Ya saldrán algunas a “elogiarme” con su típica frase “¡qué perro!”, pero si quisieran que miráramos sus sentimientos antes que su físico, no vivirían para resaltar este último.
Doblé el periódico y lo hice a un lado, queriendo dar inicio cuanto antes al asunto retardado; y pensando en que “si la mujer perfecta existiese, sería en definitiva puro plástico moldeado”.


[A veces cuando veo a una mujer extramaquillada, no puedo evitar preguntarme qué habrá o qué quedará debajo de esa máscara y le agradezco al destino haberme presentado a mi chica al natural; primero, porque me ahorró el hacerme esa pregunta y segundo, porque aunque estuviese como ella misma dijo “destruida”, no hay ruina ni maravilla que me resulte así de bellísima.]

Aldo Simetra





Mi pareja y yo estábamos tan desesperados por reavivar nuestra relación que decidimos adquirir un kama-sutra. Ese libro que todo adolescente ha husmeado cuando siente las primeras calenturas y que muchos se avergonzarían de comprar en la edad adulta. Si han sido tan osados como para usar uno, ya quisiera que me contaran qué tan parecido les quedó lo que intentaron a la imagen; y a los que ni siquiera piensan en adquirirlo, mis respetos. Aunque les confieso que se pierden de contenido de primera mano bastante prometedor.
El asunto es que después de haber fracasado tantas veces y terminar frustrados porque lo que hacíamos no se asemejaba mucho a lo que veíamos ilustrado en el libro, saboreamos juntos la decepción frente a la expectativa: Lo que prometía llevarnos al quinto cielo, siquiera nos hizo ver el primero. Fue allí cuando decidimos explorar por nuestra propia cuenta sin importar cómo saliera y nos percatamos de que solo necesitábamos un poco de imaginación.
Si aún eres de los que piensa en comprar un kama-sutra, aunque lo dudo con lo hiper-revolucionado que esta el sexo en internet, te diré que no lo necesitas. Piensa únicamente en cosas sencillas como estas: cuántas formas de sentarte tienes, cuántas de estar de pie, piensa en las habitaciones que hay en tu casa y en el mobiliario en ellas, piensa en superficies como el suelo, las paredes, la barra de la cocina, en palabras como maniatar, amordazar o vendar, versiona algunos juegos, llévate unos cuantos postres y, en lugar de adquirir un kama-sutra para añadir una posición a las pocas que ya conoces o utilizas, saca por tu cuenta infinitas combinaciones. [Ni me pidas que te muestre cómo hacerlas, no me dieron permiso para hacer gráficos sino para que escribiera.]
Lo importante del asunto es hacer cosas distintas con la misma persona, para no tener que cambiarla y hacer lo mismo con otras. Lo único que realmente necesitas es innovar porque la verdad las relaciones no mueren por sobredosis de rutina, por falta de sexo, ni por escasez de variedad, sino por falta de compromiso y ausencia de creatividad.
Desde entonces, si queremos ahorrar agua y electricidad (por aquello de que el calentador consume energía) nos duchamos juntos; si se nos ocurre hacer un body painting para luego usar nuestra piel y cambiar la decoración de la pared, lo hacemos también; si sabemos que no nos quedará mucho tiempo para nosotros luego de los quehaceres sacamos partido de las sacudidas de la lavadora mientras se asea la ropa; si necesitamos tomar aire fresco o recibir un poco de sol y deshacernos de algo de pudor, optamos por retozar desnudos en el balcón.
A veces dejamos que nuestra simple cercanía y nuestras palabras festejen, hay también que darles un poco de protagonismo para que se manifiesten. El único lugar que hemos evitado es sobre la cocina, porque con la llama de la pasión tan encendida, lo último que queremos es quemarnos en la estufa. [Claro que ustedes también pueden probar saliendo de sus casas, pero sean precavidos, las multas de ese tipo son bien altas.]

Ya saldrán unas cuantas mojigatas y unos cuantos moralistas a censurar lo escrito; pero una chica, por más inocente que sea, no lleva velo y manto, y un moralista, que se los digo yo, también tiene orgasmos.



Por: Aldo Simetra

[Tal vez debí presentarme antes, pero no sé muy bien cómo describirme. Solo les diré que mientras visiten este sitio, puede que encuentren mi nombre firmando algunos de sus escritos...*]



Hay personas que pese a estar unos pocos instantes en tu vida,
La iluminan por días.
Hay otras que permanecen años a tu lado y sin embargo,
Solo te cubren de oscuridad.
Esto es para las personas del primer tipo.
Esas que dejan sus huellas dactilares en todo lo que tocan,
Que dejan lindas cicatrices en las heridas que abren,
Que mantienen una antorcha encendida en tus pensamientos para evocarlos con claridad
Y un rincón cálido en tu alma en el que te puedas refugiar.
Esas personas que aun en la distancia se sienten tan cercanas,
Esas a las que no se les puede decir adiós ni con el olvido ni con las palabras,
Esas que si se marchan siempre regresan y si no regresan, siempre quedan.
Porque su sentido, su presencia y su esencia es inalterable:
Sentido incorregible,
Presencia inquebrantable,
Esencia irremplazable.
Esas por las que comprendemos que hay muchas cosas nimias
Y por las que cambiamos el significado de “lo importante”
Porque aun sin tener en cuenta que lo hacen,
Saben ser infinitamente trascendentales.
Gracias...
Porque sin ellas el mundo sería un lugar insignificante.


[Sé que donde estás brillas como una estrella en la oscuridad. Gracias por regalarme un pedazo de tu infinidad.. D. T. - 17/09.]



Tus ojos me recuerdan que hay vida en esta tierra,
Los árboles mecen sus ramas y el mar tiembla cuando te veo.
Parece que todo sabe lo que ocurre cuando nuestras miradas hablan
Y se siente invitado a participar en nuestra silenciosa charla.
Y no importa que intervengan,
Dejemos que las hojas con un roce silben,
Que las olas sus frescas lenguas chasqueen,
Que el viento viaje sin detenerse y revolucione el sonido,
Y que nuestro alrededor cante al compás de lo que sentimos
Mientras nuestros latidos marcan un mismo ritmo.
Y que nuestras pupilas imiten sus movimientos,
Que bailen graciosas sin perder un gesto,
Que reflejen luz, que resalten colores.
¿Quién dirá que no hay magia en nuestros corazones?
Y si nuestra vista al mismo sol opaca,
Y si todo se transforma por y para nosotros más allá de nuestras pestañas,
Y si vemos distinto cuando estamos juntos,
Y si el tiempo de pronto avanza con inverosímil rumbo,
Y si resulta que hasta la muerte nos parece insignificante,
Y si cambiamos o si el mundo cambia mientras el uno en el otro vislumbra su reflejo,
Sabremos que nuestra existencia ha cobrado sentido.
Y no importa cuántas veces,
Pero trocaríamos mil momentos eternos por ese que vivimos,
Aunque fuese efímero.


Hay un instante en que tus ojos se cierran al mundo y se abren solo a una de las tantas personas que lo habitan, y de pronto descubres que no hay límites en el horizonte porque su mirada es infinita. Y entonces lo sabes: Solo existen su mirada y la tuya.






Es muy sencillo estar con alguien, la verdad es básicamente sencillo estar con cualquiera, pero a la gente debería gustarle las cosas más complejas. 
Uno puede salir y flirtear con “X” persona, retozar en una noche de alcohol y placer con ella, despertar al día siguiente rebosante de satisfacción plena y aun así, sentir el alma en lo más hondo hueca. Y con sinceridad, no hay en el mundo peor sensación que esa.
Porque entonces debes hacer frente al doble sentimiento de vacío, debatir entre saberte miserable o no por canjear unos minutos de éxtasis por un incierto cariño, ubicar un lugar para depositar la auto-lástima que te inspiras, intentar no colocar una expresión de decepción en tu rostro cuando vuelvas la cabeza hacia el otro lado de tu cama y lo encuentres desierto, y mantener la entereza suficiente al darte cuenta de que aunque formes parte de un todo, nada forma parte de ti. Hallarte incompleto al tener que reconocer que has decidido reducir tus expectativas al ámbito corporal y resignarte amargamente a tu realidad, pues aunque conseguir alguien con quien dormir sea de sobra lo más fácil, siempre querrás alguien con quien despertar.
Indiscutiblemente, deberíamos apostar por las cosas más complejas, aunque nos cueste, aunque nos duela. Pero ¿sabes?, no tienes que hacerme caso. Tú sal a bailar esta noche, tómate un par de copas para entrar en vigor, quédate otra vez con esa persona que sabes que es alérgica a compartir las sábanas hasta después del amanecer y de seguro no volverás a ver. Y no pienses en lo que dije antes, no es necesario; pese a que luego, cuando tus ojos se cierren al cansancio, sueñes con que en lugar de tropezar con un inquilino de tu piel convengas con su definitivo propietario.




¿Y después de ti, qué queda?
La caricia de tu risa, el suspiro de tu voz, encontrarme en tus pupilas, navegar sobre tu piel, palpitar entre tus brazos, curarme con tu calidez; son cosas que ya no tendré.
Me canso de escuchar esas frases trilladas que la gente suele tener guardadas para cada ocasión y que a mi parecer no sirven para nada, o bueno sí, ayudan a quienes las profieren porque las hace sentirse útiles al pronunciarlas. Aunque yo preferiría que callaran, sus palabras hacen eco en mi cabeza y su significado, si es que lo tienen, se extravía junto con la supuesta gota de consolación que llevan.
Por más que intento darle tiempo al tiempo, de creer en aquello de que un día de estos te olvido (como dicen ellos), pasan las horas, el reloj sigue indiferente su marcha y a mí me queda engañarme con que “el olvido” se está retrasando mucho para no pensar en que en realidad no llegará a borrarte nunca.
¿Y después de ti, qué queda? Ah sí, recuerdos. ¡Como si pudiera hacer algo con ellos!
Me aferro a esos instantes y los revivo tanto que ya casi se gastan en mi memoria su imagen. Ya no encuentro la noción del ahora, el ayer y el hoy se confunden y tropiezan continuamente en mis pensamientos y lo único que identifico en mi presente es ese flashback repentino que me tortura cada vez que quiere, regresándome a momentos viejos que ya no volverán a ser y que me hacen perderme en las estupideces que antes mencioné.
Y trato de ocupar mi mente con otras cosas, de que cobre sentido el montón de palabrerías que escucho, de sacar lo bueno de esto, de hallar la bendita razón por la que ocurrió todo, de obviar o de al menos responder la ingrata pregunta que en mi interior resuena:
¿Y después de ti, qué queda?
Poner la cabeza en alto, colocarme apósitos en las heridas, seguir adelante, echar a un lado lo que fue, aprender la lección, obtener madurez y alegrarme de lo bueno de una bonita historia que prometía ser un cuento y no tuvo un final épico.
¡Tonterías! ¡Al carrizo los recuerdos, al carrizo todo, al carrizo todos, al carrizo tú! Que me quede la soledad y que solo quede yo. Aunque sé perfectamente que si tú no estás aquí, nada queda después de ti.



Las personas odian las excusas, pero pasan la mitad de sus vidas utilizándolas para pedir  disculpas. Como decir “lo siento” no basta, es necesario dar una breve explicación del motivo de sus faltas. Y la verdad no es que sean muy provechosas, en el fondo no sirven para nada, pero tal parece que la gente queda más satisfecha al pronunciarlas o escucharlas.
El esposo entra a altas horas de la noche a su casa y su mujer sabe de sobra que no fue por asuntos de oficina, sin embargo ella espera que al abrir la puerta ese sea el motivo de su tardanza; y éste para no decepcionarla qué le dice: Discúlpame, mi amor, una reunión imprevista se presentó. Y claro que estuvo en una reunión, solo que en la tasca de la esquina en donde en lugar de trabajo abundaba alcohol.
El empleado llega tarde a su sitio de trabajo y va el jefe a pedirle razones de su corta ausencia, entonces el primero para no decir “soy un irresponsable que odia levantarse temprano” y dejarlo anonadado, va y le dice: Lo siento, jefe, es que había demasiado tráfico.
La chica quiere poner fin a su relación pero sin parecer la mala de la película, entonces le parece más acertado decirle a su pareja “Me siento asfixiada, necesito tiempo y espacio” en lugar de hacerle justicia a sus pensamientos y decir: No te soporto un día más, esto llegó hasta aquí.
Te invitan a una de esas tantas celebraciones a las que por todos los medios detestas ir y como temes mostrarte ofensivo al emitir un “no” cortante, vas y respondes con total desenfado: No tienes idea de lo que me encantaría ir, lástima que ya tenga un compromiso.
Y así vas, para cualquier situación que se presente tienes una perfecta excusa para de una u otra forma absolverte, lo curioso es que todos las han usado y escuchado tantas veces que ya nadie las cree. Te digo algo: No es más que mentir en vano, honestamente.

Una buena forma de evitarlas sería que cada quien perdiera ese miedo estúpido a herir con las palabras, que se olvidaran del qué pensarán de mí, y que dejaran de una vez por todas de pedir explicaciones cuando saben de antemano que le darán un argumento desechable. Esto último para ahorrarse la imagen mental de ver como alguien baja lentamente la palanca de un excusado para poder deshacerse de motivos falsos e inútiles. Porque lo sabes no, las excusas no sirven para una mierda y a fin de cuentas, toda la mierda se desecha. 





Báilame un tango al final del día,
De esos que duermen al pensamiento y despiertan al cuerpo
De esos que son más que movimiento.
Dime que me quieres con una caricia que bulla al son de la melodía
Que los labios callen, que la mente ceda
Que el alma reaccione, que las pasiones vuelvan
Antes de que todo se detenga.
Y revíveme con tu cercanía
Que tu aliento cansado haga pausa entre cada paso
Convertirnos en notas, ser marionetas del ritmo
Que nuestros poros lloren al sucumbir al sonido.
Y que la noche caiga al terminar la tonada
Que salgan las campanas a interrumpir la velada
El silencio pone en quieto a nuestra danza
La soledad comienza su batalla.
En la luna plateada se abre una brecha
Un suspiro guarda una esperanza ciega
Hace presencia el toque de queda
Y solo va a dejarnos horas muertas.


Adiós 21..




Irónico que baste solo una canción para recordar a una persona pero que al momento de olvidarla, tengas que escucharlas todas. Abatir tu cabeza con un montón de disonantes melodías estridentes, confusas y hasta desconocidas solo para intentar borrar a una. Agolpar tu cerebro con un millón de letras que, si son muy deprimentes, te hunden en la tristeza y si por el contrario, son alegres, te hacen desvariar, porque parece que no van en consonancia con tu estado anímico real.
Y cerrar los ojos, intentando que tu imaginación no visualice los momentos que el vaivén de la música reproduce en paralelo, a sabiendas de que solo te estas sumergiendo en ellos. Y prohibirle al corazón que se identifique con lo que suena, recriminarlo por ser tan enclenque como para dejarse abatir por sentimientos ajenos, condenarlo por ser tan idiota y caer de nuevo con los versos que cuentan una historia distante y, a veces, hasta falsa, que nada tiene que ver con él.
Y después culparlo. Culparlo por no ayudarnos a evadir el pasado y en cambio, revivirlo en cada nota; y mira tú que cosa tan tonta: ver a los recuerdos adornando cada estrofa para luego sonreírles. ¡Rayos! Quién iba a decir que olvidar sería así de difícil.
Sin embargo, sigues tu tortura; te destruyes al final de cada tonada esperando reconstruirte en la siguiente, deseando que quizá en la canción trescientas tanto tu memoria haya borrado algo, o al menos, que la música no te haga tanto daño.



¿Quieres caerle bien a todo el mundo? Muy fácil: nunca vayas al grano, si es posible usa filtros y di solo lo que quieran escuchar. Sí, ya sé, te convertirás en un hipócrita, pero no importa. Apreciarán lo bien que finges (aunque algunos no lo sepan) sin juzgar que mentir esté mal, porque a fin de cuentas en la sociedad a todos les molesta que les digas la verdad. Que no te incomode el usar máscaras, la gente se asusta cuando no las llevas pues, sabe bien que ese hecho puede romper sus caretas.


Vivimos rodeados de políticos con doble discurso, de líderes religiosos que hacen lo contrario a lo que profesan, de personas que disimulan lo que sienten y piensan, de una sociedad que finge ser perfecta.  Y así, todos somos hipócritas en una realidad de apariencias.





Y con el tiempo la vida va perdiendo ese sabor a novedad. Los años se vuelven rancios, las historias viejas  y repetidas, y la monotonía una vulgar constante que nos apresa. Pareciera que ensayáramos todos los días para la misma obra sin presentarla nunca, que siguiéramos escuchando el mismo disco rayado por pereza de cambiarlo, o que viviéramos enjaulados como pájaros y nos conformáramos con aletear igual todos los días sin alzar el vuelo; lo triste es que al menos ellos sí tienen una excusa porque están en cautiverio.
Ya nada es un descubrimiento, todo tiene ese sabor insípido con que se distingue “lo mismo” y ese olor característico a “guardado” de aquello que se echó a un lado después de haberlo usado mucho. Y nos movemos casi en automático como robots sincronizados, guiándonos por las costumbres, por los hábitos, inmersos en esa bendita rutina de lo cotidiano y pasando por alto hasta lo espontáneo.
Por eso de vez en cuando me río de los chistes malos, bailo en público aunque nada esté sonando, relato algo curioso que me haya pasado aunque me lo haya inventado, desafino cantando una canción que recién haya improvisado, tomo malas decisiones solo para percibir otros resultados, visto de modo extraño aunque parezca un payaso y camino mirando al cielo esperando que alguien sonría al verme tropezar y reaccione al advertir algo fuera de lo normal, o que sea yo quien se ría al verlo caer y así tener, para variar, algo nuevo que contar.


[La monotonía no es más que el aburrimiento de la normalidad.]

Cuando la realidad se colma de tonos grises, es necesario añadir un nuevo color a los matices. 




Cuentan que en algún lugar del mundo, los hombres más bravíos eran probados a caminar en el desierto con un saco de piedras a cuestas que representaban los pecados que habían realizado. En la travesía iban evaluando sus actos y en la medida en que se arrepentían y eran perdonados, el peso se iba aligerando. Las piedras se convertían en polvo que se colaba por el tejido del saco y se unía con la arena del desierto y así eran salvos o por el contrario, en tierra solidificada como una gran lápida y así eran condenados.
Muchos hombres, por temor a sufrir este último destino, tomaron la opción de ir deshaciéndose de las piedras en el camino y surgió así una modificación de la prueba, quedando casi soterrado el propósito y sentido original. Así fue como se dio paso a su nombre final: “lanzar la primera piedra”, con el significado de que después de hacerlo se marcaba el inicio de la liberación de los pecados cometidos.
Un buen día estaba un grupo probándose de esta manera, cada uno lanzaba una piedra al suelo cuando sentía que era absuelto de alguna de sus penas. Todos excepto uno, al que la mayoría juzgaba por el tamaño de sus faltas.
Uno de ellos, orgulloso por haber vaciado gran parte de su bolsa, lo increpó:
-¿Tan mal y tan gravemente has obrado en tu vida que se te es tan difícil despojarte de una sola de tus piedras?
Muchos de los presentes se quedaron boquiabiertos imaginándolo cometer los peores crímenes, otros negaron abrumados y el resto, lo miró con recriminación dejando entrever su indignación. Él no se inmutó, sólo se encogió de hombros sin mudar su rostro de expresión y respondió:
-¿Acaso lanzar piedras ha de limpiar mi conciencia?
-Se supone que en eso consiste la prueba: Aquel que quede libre de pecado, va deshaciéndose de ellas.
-¡Que los ángeles me asistan si la arrogancia me ciega e intento dictaminar mi perdón o mi condena!
-¿Qué dices?
-Aun cuando quedase sin pecado al lanzar la última, no podría redimirme de la soberbia que demostrase al arrojar la primera.
-Pues yo ya he lanzado más de una y siendo así, me parece un buen intercambio. Que la soberbia sea el pago por mis pecados, pero no tendré que cargar con ellos atravesándome el espinazo. Yo viviré soberbio a todas luces y tú morirás como pecador en su escondite.
El increpado meditó un instante y adoptando otro tono de voz preguntó:
-Entonces, ¿cada piedra que arrojas es un pecado que dejas?
-Por supuesto. –respondió el muy orondo y los demás se mostraron de acuerdo.
-Ustedes me miran incrédulos porque no he arrojado una piedra y yo ahora me sorprendo de lo mucho que pecan.
-¿Acaso no está repleta de pecados tu mochila? –replicó con sorna y todos rieron.
-Yo sólo he cargado piedras. –contestó llanamente sin sonreír apenas.
-¿Y por qué razón lo habrías hecho? –preguntó por primera vez escéptico.
-Pretendía enseñarles que un hombre común y corriente puede soportar peso semejante, pero he sido yo el aleccionado: mi carga es ligera porque no me pesan ni mi alma ni mi conciencia; en cambio, ustedes necesitan deshacerse de la suya porque sus penas son tantas que, tener que lidiar encima con esas piedras, les supone una tortura.
Al término de la travesía, los integrantes del poblado se asombraron de ver llegar a un joven enjuto llevando sin ninguna dificultad un aparatoso cargamento, mientras era seguido por un grupo de hombres fornidos que se mostraban bastante disminuidos a pesar de llevar una bolsa sencilla, pero ninguno que llevara las manos vacías. Creyeron entonces que la prueba había perdido efecto y empezaron a temer que el pueblo se sumiera en la perdición, ya que ni siquiera contarían con un héroe libre de pecado que les obsequiase con algún tipo de salvación.
Pese a ello corrió el rumor de que ese mismo grupo que había peregrinado en el desierto había regresado más fuerte, más justo y más noble que la mayoría de los hombres y se había deshecho de gran parte de sus defectos de carácter.
Más tarde, otros siguieron su ejemplo persiguiendo esas virtudes pero a diferencia de sus antecesores, no llevaban la bolsa llena de piedras sino que durante el viaje se iban adueñando de las que vieran y ésa era la sola prueba que mostraban al volver a la aldea, creándose con ese hecho una nueva leyenda. Puede que de allí se originará una vieja canción cuyos versos principales han estado en boca de más de uno por esos lares: “♪Sobran los pecados en donde abundan las piedras, antes de tirarlas es mejor recogerlas...♫".
Con el pasar de los años esta historia se ha desvanecido en el olvido y el único vestigio que ha quedado de ella es un cartel tallado en una gran lápida que reza: “Lance la primera piedra y dictamine su condena”.
Ninguno de sus actuales habitantes sabe con certeza lo que significa, pero suelen llamarla “la roca de la soberbia” en honor a quien talló esas letras.



Con el tiempo uno aprende a distinguir qué le calienta la piel y qué se la enfría, qué le deslumbra el pensamiento y qué se lo aniquila, qué le remueve el alma y qué no alcanza a tocarla, uno aprende qué lo aviva y qué lo mata.
Uno aprende que lo necesario no siempre es imprescindible, que la compañía no siempre cura la soledad, que la abundancia no llena el vacío, que el silencio no espanta al ruido, que la cercanía no acaba con la distancia, que la verdad no siempre desengaña, uno entiende que muchas veces se pierde cuando se gana.
Uno se vuelve experto en camuflar llantos con sonrisas, en comprar y vender caricias, en pedir permiso para robar besos o a tomarlos prestado sin devolverlos, en hablar de la realidad como si fuera un cuento, en paralizar latidos y congelar el cuerpo, en asirse a las sábanas y despegarse del sueño, en coleccionar olvidos, en patrocinar esperas, en gastar el tiempo.
 Uno aprende qué lo aviva y qué lo mata y, aun sabiendo que muchas veces se pierde cuando se gana, seguimos gastando el tiempo en insignificancias: Morimos lentamente cuando nos quedamos tiesos; fingimos que vivimos cuando nada perdemos, y vemos pasar las horas sin movernos.






Me extravié con el reflejo de tu adiós
Y mi radar dejó de detectar tu vibración
Las sombras que antes eran el anticipo de tu voz
Ahora sólo representan los lugares a donde no llega el sol.
Desolada Constelación,
¿En qué sitio ocultaste su respiración?
Cierro los ojos para impedir que su recuerdo
Migre hacia otra dimensión.
Misterioso Tiempo,
No te adueñes de nuestros secretos
Déjalos crecer y tomar vuelo
Hasta que disminuyan a migajas en el silencio.
Sagrada Tortura,
Que me hace vivir con luna y morir de día,
Abre las celdas que encierran mis penas
Y déjalas libres viajar hasta caer en la arena.




Thanks for the song Mistikath.

Para nadie es un secreto que todo ha escaseado en estos tiempos y por ello, no crearé una lista de todos los productos que no se consiguen para evitar convertir esta entrada en un hecho redundante al mencionar lo que ya sabemos que nos hace falta. Omitan los paréntesis si no les hace gracia. 
 Parece que todos los días tenemos “una participación estelar” (iba a colocar papel, pero no hay) en la obra “Lo que fue y lo que nos queda”, que nos amarga (colocaría “endulzar”, pero no tengo azúcar) constantemente la vida porque nos cuesta cada vez más entender las vueltas del personaje que nos toca representar. 
Y no es para menos, mira que andar de cabo a rabo interpretando a un desesperado que corre de un supermercado a otro buscando lo que no se le ha perdido (porque no consigue nada) hasta el cansancio, con el pan (se llama arepa cuando hay harina de maíz, aunque tampoco hay de trigo) del día a día rancio bajo el brazo (no hay desodorantes) y los ojos adormilados por el exceso de té (me referiría a ojeras si hubiese café), masticando el sin sabor del sueño (no hay crema de dientes) en incomprensibles colas (el primero y el último van a la par) para al final regresar con las manos vacías; además de no ser nada fácil y no tener pies ni cabeza, es toda una travesía.  
Lo que más cuesta comprender es la temática indiferente en que se desenvuelve el teatro, en la que se transmite el mensaje de que “la vida es una manteca” (sí, ya sé que la frase no es así, pero no hay mantequilla) y de que hay que tomársela light (es decir, haz dieta y ya) como si todo fuese más sencillo que pelar mandarinas (eso me recuerda que además andamos es pelando…). Sin embargo, no puedes evitar pensar que te están pintando pajaritos preñados (¡y tú queriendo que te muestren “pollo frito”! Olvídalo, que no se encuentra lo primero y se necesita aceite para lo último), como comúnmente pasa con cualquier parapeto montado.
Es que a estas alturas, hasta las historias de amor en el supermercado están escasas. Antes con un tropiezo empezaba el enamoramiento, mientras que ahora fingen que se tropiezan para iniciar la riña y ver quién se lleva el mercado completo. No cabe duda de que ya no sacarán la novela “Amor en tiempos de escasez”; pero hay que buscarle el lado bueno, por ejemplo: Ahora saldrán a relucir muchos caballeros pues, con aquello de que tampoco hay servilletas, sacarán sus pañuelos. 


 – Abuelo, ¿es verdad que antes había leche en polvo?  
– ¡Uff!, hace tiempo mijo. Después, empecé a ordeñar vacas para alimentar a su papaíto.




Triste sería que al final de esta vida no haya nadie que te eche un puñado de tierra encima, nadie que lance una rosa a tu fosa, nadie que rece sobre tu tumba, siquiera alguien que te honre leyendo tu epitafio o que derrame unas lágrimas sobre tu lápida al evocar tu partida.
Tenemos la certeza de que al nacer alguien escucha nuestros gritos, pero al morir ¿habrá alguien que comparta nuestro silencio?
Y si no hay nadie que te diga adiós cuando te quedes tieso, o que cierre tus ojos cuando sea inútil ver con ellos, que te haga compañía hasta que exhales el último aliento, que vista tu piel fría con una de esas prendas que lucías en vida, que deje algún presente en la  urna que te sirva de consuelo, que en el aniversario de tu muerte lleve flores al cementerio o que al menos encienda una vela por respeto o consideración a tus recuerdos.
Qué triste sería si, al final de esta vida, nadie levantara la vista hacia el cielo y le pidiera al Altísimo recibirte con los brazos abiertos, que lo único que quedara de ti en la tierra fuese una piedra con la fecha de nacimiento y deceso grabada en su superficie, que nadie volviese a pronunciar tu nombre y se pudriera en el olvido del mismo modo en que se descompondría tu cuerpo ya extinto.
Sabrías entonces que no vales más que las ratas que acuden a tu ataúd en busca de refugio, y que sólo les importas a los gusanos que se pelean por tu carne y a los parásitos, que carcomen lentamente tus huesos hasta convertirlos en polvo.
Qué triste si al final de esta vida no provocamos ni un diminuto sollozo, un lacerante lamento, ni siquiera un vacío latente en el lugar que en este mundo nos pertenecía o una tenue arruga en el alma de alguien que nos conocía. Pues significaría que nuestra existencia fue vana y que lo único que hicimos, además de retrasar la victoria de la muerte, fue robarle el oxígeno a las plantas. 

Pero después de todo, no hay de qué preocuparse; al final de esta vida sólo serás un cadáver.


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