Decían que no tenía domicilio fijo, que iba por los caminos hechizando a cuanta dama con o sin alcurnia se le cruzara, que sabía de prácticas de brujería y le bastaba con una prenda usada para ejercer su influjo en sus víctimas. Decían que venía de un pueblo lejano y sin nombre, en donde había dejado a la primera desdichada en sufrir por sus infernales encantos llorando, esperándolo y levantando oraciones por lo que le hizo o dejó de hacer. Decían que lo traía la lluvia y cuando no, que a su marcha diluviaba en el lugar. Los más osados se atrevían a contar historias en las que en las noches de temperatura alta cambiaba de forma y, tomando la apariencia de temibles bestias, salía a causar destrozos y a nutrirse de la sangre y la carne de inocentes almas. Decían, decían, decían... Pero a Inés no le importaba. Desde el instante en que lo había visto se le metió una sola idea en la cabeza y la alimentaba con ansias:
Me acabo de dar cuenta de que la tierra es demasiado vasta y yo, demasiado pequeña para...
¿Y? Fue interrumpida en seco.
¿Ve al hombre que va allá? Con él, que parece guardar dentro de sí lo mejor de dos mundos, me ahorro el recorrerla entera.
¿Cuáles dos mundos, casquisuelta? Si apenas se ha pasado por éste y nadie sabe de do viene.
Entonces dos razas. Porque mire, mire... ¡Mírele esos ojos de querubines y ese color que se gasta! Que me han escuchado los rezos cuando he pedido un catire o un negro y me los han combinado en uno para complacerme.
Hay que ver en qué bobadas se gasta usted las plegarias, niña... ¡Bájese de esa nube! Jacinto no es santo de devoción por estos pagos.
Son puras habladurías saltó a defenderlo. Las viejas cacatúas de este pueblo pueden convertir hasta la picada de un mosquito en una leyenda o un mito.
Pues incluso si así fuera replicó en tono de burla, remedándola mientras la observaba de soslayo, mejor que el mosquito no le pique.
¡Bah! Santo de devoción o no, yo religiosamente le encendía una vela y le rezaba en su altar cada noche sin falta. Más de un milagro ha de hacer... ¡Ja! ¡Ja! Se encogió de hombros coqueta al decirlo.
¡Póngase a creer! No le vaya a pasar como a la desamparada de Carmencita que de tanto buscar maravillas, en nueve meses le tocó alumbrar una. Ahí sí supo a punta de sangre, sudor y lágrimas lo que era una intervención divina.
¡Venga! ¡Venga! ¿Se fijó? También me ha volteado a ver... ¡Pero, Tita! ¡Por amor al Creador! ¡Disimule, disimule! ¿Qué se va a pensar?
¿La verdad, niña? La mujer suspiró cansina negando con la cabeza. Que a usted lo suelta de cascos le salta a todas luces.
¡Uy, qué ojos que tiene! ¿Si ve cómo me ven? ¡Y de qué modo! Prorrumpió en risas nerviosas ¿Cree que le guste, Tita?
Si le importa lo que yo creo, piense que el mejor milagro que puede hacerle ese señor es ¡de-sa-pa-re-cer!
Sin embargo, lo único que pareció esfumarse fue la sensatez de Inés. Asedió y persiguió al foráneo con vehemencia, cual adolescente perdida que en tentativas de adultez ladra por alguien que le rompa la realidad, las bobadas, los sueños, el alma, la inocencia, los miedos y, con seguridad, el himen (si no estaba roto ya); que no la iban a beatificar por mantenerse casta y pura, y todo aquello no podía llegar libre de manchas, tachaduras o enmiendas a la urna. Y ladrando a igual tiempo por ser quien le rompiera la realidad, las bobadas, los sueños, el alma y en éste punto las demás cosas las ponía en duda... quién sabe qué más a Jacinto.
Se la pasaba de lao a lao y de aquí pa’llá recolectando rastros de él, toda persona con la que lo viera interactuar mínimamente se convertía de inmediato en fuente de información. Pronto, y sin apenas dirigirle la palabra, llegó a armar un cronograma milimetrado de sus itinerarios.
Si se lo topaba de frente siempre salía a relucir, nunca omitiendo sorpresa, la casualidad como causante del encuentro. Las dos primeras veces Jacinto se dejó envolver por la magia del azar, pero a la tercera comenzó a oler rastros de intencionalidad en los cruces de camino con Inés. El instinto sabueso se le fue agudizando merced a la frecuencia y variedad con la que se repetían los fortuitos tropiezos y en seguida sus sospechas ganaron solidez. Zorro astuto, conocedor de ser el destinario de las gracias y atenciones de tan descarriada coneja, no aguantó dos pedidas para tomar partido en el juego; su ausencia de miramientos se arraigó al ser éstos doblegados con un tajante argumento: “a mí no me han enseñado a hacerle el feo a nadie y además, aun cuando no esté de cumpleaños, yo no miro con malos ojos los obsequios...”
¡Menos si llevan carmín en los labios y están buenos por los cuatro costados!
¿Anda hablando solo, compadre? No ha terminado de desempacar y ya tiene la cabeza llena de pajaritos...
¡¿Qué es pues?!
¿No tendrá alguno nombre de mujer?
Sabrá Dios...
¡Ja, ja...! Ya lo quieren para criar polluelos.
Qué va, hombre, la que me revolotea en la azotea no es de las que hacen nido.
Ajá... y usted como que se cayó de uno, ¡ya le aviso!
En consonancia con su naturaleza errante, Jacinto desoyó cualquier anuncio o consejo y siguió viento en popa, a veces propiciándolos por su cuenta, los galanteos con Inés. Más tarde, en uno de esos acalorados y ya casi acostumbrados intercambios de osadía y desenfado que mantenía fervorosamente con la susodicha, hubo de darle a su compañero la razón al entrever una ligera insinuación escapándosele a aquella de la boca.
Es que donde usted me pruebe, Jacinto, no me suelta. Se lo había susurrado muy cerca de la oreja, todo lo cerca que se lo permitían las buenas costumbres y las reglas del decoro, rozándole con cierta sutileza el hombro mientras se despedía pasándole por un lado. A él se le habían activado de repente las alarmas, pero ni corto ni perezoso la atajó en su huida reteniéndola de un brazo y contraatacó descarado:
¡Ay de usted, seño Inés! Es al revés. La diferencia es que yo no me dejo prender.
A Inés le sobraron dedos de frente para entender que si en alguna ocasión había abrigado una mínima esperanza de compartir más que algo casual con Jacinto, bien podía abandonarla sin remilgos e ir haciéndose a la idea de que por muy dispuesta que estuviera a serle desayuno, almuerzo y cena, aquel solo iba a corresponderle de postre o una que otra merienda.
No obstante, ya se sabe que la terquedad, más que el deseo, es de vista sorda y oídos ciegos; y a Inés, la estrella de la obstinación la alumbraba sin descanso desde su nacimiento.
Su tenacidad excesiva dio al fin frutos en las fiestas de los solares de abril, época en la que el astro rey asolaba con furia y sin piedad a todo ser vivo del pueblo y estos para desquitarse se solazaban con celebraciones que absurda y necesariamente tenían carácter de nocturnidad. Para la víspera se colocaban toneles de bebidas refrescantes y espirituosas en las puertas de las casas, se encendían y apagaban los cuatro fuegos en cada una de las esquinas de la plaza, se secuestraban los zapatos y se bailaba descalzo, se asistía al ritual de la mandioca, en las techumbres se salaban bacalaos y, quizá por prevención o simple ocio, se amarraba a los gatos.
Era ya muy entrada la noche cuando a Inés, alborozada por los vaivenes del jolgorio, le pareció ver a uno suelto luego de que una suerte de humareda sacudiera la mitad de su atuendo y le arrancara una pieza. Supersticiosa recién conversa, animada tal vez por los efectos de la danza y la embriaguez en su espíritu, se decidió a atrapar al felino temiendo que su libertad amenazara el buen curso del festejo. No había contado con que el minino no estaba dispuesto a que le diesen caza y en la insistencia de ella por lograr su cometido, terminaría siendo conducida a los lugares menos pensados del pueblo.
Así, después de deambular por callejuelas y pasajes de dudosa reputación y procedencia, se encontró susurrando “misu, misu, misu” en la cubierta de una casa mediana, atrayendo con torpeza al presuntuoso animalillo doméstico que mostraba total indiferencia a su llamado. Le había perdido el rastro y esperaba que un nuevo maullido delatara su ubicación cuando fue sorprendida por el timbre de una voz:
No me diga que se le subió la gata a la azotea, seño Inés.
Pensó que alucinaba, un ligero escalofrío le recorrió el mero centro de la espalda, percibió un deje de burla en las palabras proferidas y, sin girarse hacia su interlocutor por temor a estar siendo engatusada por la oscuridad y su imaginación, se puso de inmediato a la defensiva.
Si así fuera, ¿qué? Soltó a bocajarro.
Que usted no tiene siete vidas y si resbala no va a caer de pie.
¿Y usted sí? Lo azuzó perspicaz, atreviéndose a encarar las sombras. Distinguió un querube bajado del cielo o subido de los mil infiernos con la camisa de lino arremangada y desabotonada revelándole una grieta de su pecho bruñido de fuego, en cuya piel se reflejaban las llamaradas que crepitaban allá en la plaza. Sus ojos chispeantes la irradiaban cual rayos de sol naciente y por momentos se figuró estar siendo alcanzada por la candela que flameaba peligrosamente a lo lejos.
El hombre, rodeado de cierto aire de misterio, sonrío quedo sin contestarle. Un par de segundos más tarde añadió:
Creo que esto es suyo Inés reconoció el chal que le había robado el viento. ¿Nadie le ha enseñado que dejar prendas por el camino es de mal augurio?
No me diga que se ha encaramado hasta acá arriba solo para traérmela.
Supuse que no le gustaría perderla.
¡Hasta veinte veces...! Si es usted quien va a encontrarla.
Se hizo el silencio. Se horadaron y quemaron primero con la vista hasta que el uno eclipsó al otro con su cercanía. El punto donde descansaban sus pasiones cual volcán durmiente se vio amenazado a la distancia de un roce y cedió luego, tal masa de rocas ígneas en efervescencia, al concretarse éste de manera certera y contundente.
Desencadenados al instante sus sentires se retaron labio a labio, sopesaron y midieron a pulso y mano abierta cada pliegue y turgencia al amparo y desamparo de sus vestiduras, hirvieron a cuantos grados centígrados les demandase sus prisas y caricias, el calor y el sopor les humedeció el cuerpo a golpe de rocío; abandonados a su antojo se les nubló la vista y sus otros sentidos, encabezados por el tacto, les sirvieron de guía.
  Boca arriba, a mitad de faena, con Jacinto al cuello y las tejas imprimiéndole filigranas en la espalda, escuchó un gruñido afectado y sus pensamientos regresaron al minino.
¿No oye a un gato?
Sin ánimos de aceptar distracciones ni interrumpir el acto, arrumbando por otros contornos y redondeces, el interpelado contestó displicente:
Son los cánticos del festejo allá abajo.
Que no, que es el gato. Hay que amarrarlo. Suena como si se le hubiera atragantado una espina. ¿No le huele también a pescado?
A mí me huele es a usted, seño Inés.
¡Saque la cabeza de allí y afine el olfato! Alguien debió de haber olvidado el bacalao en el techado...
¡Escuche! Oiga cómo sube y baja la marea... Ya saldrán los hombres a pescar. ¿Si ve que huele es a mar y que me ha bebido de más?
Fuese lo que fuese lo que había tomado podía dar fe de no haber perdido el juicio ni estar ebria. Aunque no había vuelto a oír al gato, la queda insinuación de Jacinto no bastó para disipar el concentrado aroma que se colaba por sus fosas nasales. Decidió no ponerse exquisita: tener a un hombre igual a aquel sobre ella en un tejado no era un lujo que se podía permitir todos los días.
Sin embargo, atosigada con la idea de que el evento terminase demasiado pronto como para engrosar los volúmenes de su memoria, empezó a incordiarlo con peticiones necias y absurdas, no por irracionales sino por apartadas de lo común. Que si “béseme acá arriba en cruz”, o “sópleme aquí abajo al son del Gloria a Dios”, que si “póngame sus dientes en procesión en este costado” o “escríbame la profesión de fe de este otro a labio pelado”.
A Jacinto, quien fiel a su temperamento libre siempre había despreciado cualquier tipo de instrucción y que además no entendía de qué iba o venía tanto afán litúrgico, le dio la impresión de estar regresando a la escuela o acudiendo a misa. Entonces objetó con desenfado:
Quédese quieta, que yo ya aprobé materias y la iglesia la visito los domingos.
Se figuró que en lo sucesivo no habría sitio para más impedimentos ni extravagancias hasta que, absorto y entregado de lleno a los deleites del momento, Inés reclamó su atención en una parte en la que él ya reparaba y a la que se dedicaba con denuedo. Se ofuscó, sintiose invitado sentado a la mesa de sus anfitriones a quien se obligara a hablar cada vez que se llevara una porción de un suculento alimento a los labios. Ni bien había acabado de oír: “a poco le gusta que le haya agarrado el ruedo y puéstole a la moda el ropaje”, cuando ya replicaba al colmo del desespero: “¡lo mismo da si la entrada de la cueva está desierta o llena de maleza con tal que me reciba y dé cobijo!”. Y añadió, minadas todas sus reservas de paciencia:
¿Se va a dejar querer o no?
Inés, lejos de inmutarse, lo encaró calma sin desprenderse de su picardía ni su habitual fuerza de carácter:
Eso le pregunto yo a usted, Jacinto. ¿Se va...? Fue silenciada en un arrebato del interpelado, quien fauces abiertas le robó la lengua tragándose, junto a las reticencias de ella, cualquier intención de devolvérsela. Inés se convirtió en presa bajo sus garras, encantada; pero, sabedora de tener también parte en el festín, no se dejó despedazar sin presentar batalla. Fueron fieras descuartizándose con zarpas y dientes; esclavos de su vehemencia y protegidos por un cielo sin estrellas, la piel se les volvió pequeña. No quedó rincón en sus cuerpos sin rasgar ni pliegue sin rumiar. Babearon y boquearon contra el otro, famélicos a intervalos y ahítos de éxtasis desmedido después. Cual animales se bebieron y engulleron en sudor y sangre, se desgañitaron hacia las alturas despertando al dios que hubiera de crearles y haciendo estremecer con su ímpetu a cada teja obligada a aguantarles hasta que el descanso o el cansancio, precedido por un postrer bostezo, hiciera justicia y anunciara justo a las 3:33 a.m. tiempo muerto.
Pavesas de brasas extintas reposaban cómplices sobre la tez de Inés cuando una ráfaga inoportuna la sacó de golpe de un profundo estado de ensoñación. Ni parpadeando tres veces logró responderse qué había sido de lo que recordaba de las últimas horas: solo estaba ella en un techado mustio y hediondo a pescado. Una brizna de ilusión la invadió al oír un maullido; pensó que, tal como evocaba la noche pasada, anticipaba la llegada de Jacinto. En su lugar, hizo acto de presencia el mismo gato negro que, confiado y descarado, frotaba su pelaje contra ella a la par que daba tres vueltas alrededor de su pierna izquierda para luego alejarse arrastrando un trapo blanco prendido de su hocico.
Reconoció la tela al instante y se la arrebató de un tirón:
¡Eso es mío! Precisó hecha una posesa retando al felino. Éste le replicó devolviéndole la mirada ladina y amenazante de unos ojos verdes de otro mundo que la paralizaron en seco. Creyó reconocer en ellos a su...
¿Jacinto?
Al gato se le erizaron cola y lomo, permaneció en alerta un segundo y en seguida desapareció de un salto del tejado. Al unísono la escena fue inmortalizada por un relámpago, se escuchó un trueno rugir en la distancia, una gota de lluvia tomaba forma de lágrima deslizándose rauda por una mejilla, el cielo se rompió con fuerza precipitándose inefable sobre Inés, quien aferrando la camisa de Jacinto a su pecho desnudo y ahora empapado, ni siquiera se molestó en preguntarse cuándo sabría nuevamente de él. Después de todo, tenía una prenda suya para hacerlo volver.





Relacionado con: Magia Negra
Ilustración de Emilia Sirakova

Decirte que tu nombre es un tatuaje
descolorido y maltrecho
sobre una piel con elasticidad ya caduca.
Las letras que lo integran
apenas se distinguen y aun así
no está libre de condena
quien en silencio lo pronuncia.
Decirte que la oscuridad
ha hecho un pacto con tus sombras
y pareces multiplicarte a deshoras.
La penumbra tiene tu forma,
mas tu silueta ha mudado a otra.
Decirte que la ausencia
nunca había estado tan entera,
tan completa
hasta que la invocó tu ida.
El vacío se ensancha en tu recuerdo;
quisiera quedarte justo para abarcarte,
pero siempre le sobra espacio
al echarte de menos.
Callar que la distancia no te sabe lejos.
Ignorar que el tiempo
es inmune al andar del segundero.
Obviar que al olvido
le es indiferente perderte.
Al silencio, antes sabio, 
le falla el juicio
y grita, disparatado, 
que te quedes.
Mas la pérdida, esa piltrafa,
presume su presencia inoportuna,
descarada. 
Le resto importancia.
Tengo tu extravío,
la incertidumbre del desvelo
para soñarte con ojos abiertos,
el frío de la nostalgia,
la dulce reminiscencia
de un sentimiento
que encontró el vuelo,
el sosiego de las verdades
para calentarme el alma
en noches eternas
y días muertos,
la soledad esperanzada
con la que suelo
enterarme de cómo estás
y de qué has hecho...
Me lanzas dos lacónicas respuestas.
Simulo conformarme con ellas.
El “¿te pierdo o me abandonas?”
titila de nuevo en mi memoria.
Empieza, otra vez, la misma historia
que ya no cuento.
Quiero decir...
decirte tanto...
pero callo,
ignoro,
obvio,
enmudezco
y grito un disparate en silencio.





La moneda tiene siempre dos caras. Y si tú estás en la frontal, mi Hyde, ¿quién hay detrás?
En esencia estamos hechos de lo mismo, mis miedos coinciden con los tuyos y nuestros odios convergen casi que en el mismo punto. Me velas la espalda y la luna, que no son más que mi locura y el vértigo de presentar saludos desarmada en primera fila. Cargas con el lastre de no poder ser otro cuando me canso de ser yo y alivias el mío al resaltarme que aunque a veces quiera mudarme de mí misma, ni siendo otro soy distinta. Me aguantas y dejas una antorcha encendida para que encuentre el camino de retorno cuando viajo ligero a la deriva. Nadas mis profundidades y dejas que me refleje en otras aguas sin terror a ahogarme. Eres siempre un desafío en el que el temor y las limitaciones se ridiculizan, una fuga inexorable a la fantasía con pase privilegiado a la libertad no estereotipada y desinhibida.
Y por momentos: desaparecen las ancianas gritándome sin razón en una esquina, las sombras dejan de hacer de mi figura representaciones grotescas, el suelo no me calza en la cabeza, el alma no se desangra de pena ni propia ni ajena, y el ruido se agazapa en un rincón sin robar mi atención. Soy dueña por instantes de lo que me inspira, entro y salgo a mi antojo de la celda en que tanto el carcelero como el preso son igual de prisioneros, el eufemismo de “ser vivo” cobra sentido tanto en verbo como en sustantivo, al igual que ese andar de paso por el mundo.
¿Que si existimos? ¿Acaso importa? ¿Que si somos? Eso ya es otra cosa. Quizá aquello de crear mientras se es creado y viceversa, lo responda. Entretanto, antes, ahora o después seguiremos siendo, más que autor, personaje y texto tomándose un café en la trama, yo: ego; y tú, mi más preciada creación: aquella pataleta que hacen las “letras” a oscuras, en singular y a la inversa con dos consonantes en permanente y empedernida protesta.
Hoy es 17 de noviembre, otra vez. Tal vez naces o mueres, yo qué sé.





Relacionado con: ¿Quién soy?
The erotic void – Adam Martinakis

“Como esperaba, no terminó bien mi tentativa de aproximarme a tus labios con sigilo. Siempre, cuando se trata de ti o contigo de por medio, la más nimia prevención muda a torpeza, el borde traicionero de mis pupilas pone en evidencia mis intenciones más perversas, y tú presagias con estremecedora certeza mis movidas, de antemano condicionadas por tu cercanía.
Tampoco acabó como planeaba mi excusa disimulada para mantenerme a resguardo de tus suspicaces pestañas, a millares de olas lejos del deseo, justo en la orilla contraria a los contornos de tus dedos... se nos desborda el mar y no sabemos.
De más está decir que no valió de nada el fingirme molesta por eso que inventé que hiciste y tú, obvio, no recuerdas; ni ponerme malhumorada y violenta solo para que no cruzaras esa línea después de la cual se me descarrilan los sentidos... las emociones... sin ápice de vergüenza. ¿Qué culpa tendrían ellas?
Lo cierto es que, irreverente como eres, precipitaste el caos de mil maneras hasta hacerme olvidar quién entre nos fungió de causa y cuál de efecto. Traspasaste la franja amarilla en el instante mismo en el que el tren iba sin frenos y...” 
–Tuvieron que venir tus besos a arrumbar hacia mi boca...
– ¿Y vestirla a la moda parisina?
–Uhm, ¡qué exquisita!
– ¿Mi boca o Paris?
–...
–Y el oleaje de las palmas de tus manos a...
– ¿Mojar las arenas de tus costados?
– ¡Cuidado con la marea! Hay nadadores cerca...
– ¡Ni que lo digas! ¿Me prestas esa revista?
Ella cede entre recelosa y curiosa, y no puede más que contener la risa y ajustarse los lentes de sol sobre los ojos tras observar el nuevo uso que le han dado a su ejemplar de Vogue. Él, tumbado en una silla de playa bajo una sombrilla que a duras penas alivia los treinta tantos grados de temperatura (no solo del clima), posa el magazine abierto en equis página sobre un lugar específico por debajo de su vientre. La mira sabiéndola culpable y, aun divertido, resopla. Ya se había imaginado que su forzada y apresurada intentona por separarse de su cuerpo, quedando tanto asunto pendiente de por medio, no empezaría bien: cuando se trataba de ella siempre llevaba las de perder.






Sabrás de mi partida, demasiado tarde
justo cuando ansíes verme regresar;
acuéstate temprano y ya no me esperes:
no me necesitas en tu despertar.

No me necesitas... y es asunto viejo, pero
te cansarás de buscarme en la soledad.
Me echarás de menos casi sin remedio;
ruégale al vacío que te otorgue paz.

Ruégale a la noche que no muerda el frío,
que no sume espectros a tu penar;
que te conceda la fortuna del olvido,
que la ausencia no te pese de más.

Que no te pese, que no te pese...
ni la consciencia... ni la maldad...
Reinaugura con mi nombre el silencio
y que la nada te responda en mi lugar.





–Habrá momentos en que el mundo de pronto se te tornará pequeño o serás tú quien se encoja. Dejarás de creer en todo lo que te rodea y... eso, de algún modo, también te incluirá a ti. Descubrirás que tus santos son falsos o inventados y no hallarás a quién atribuirle los milagros. Advertirás que las verdades que te han enseñado cojean de tal lado o de cierto pie, y te preguntarás cómo el tiempo las ha logrado mantener. De un día para otro tus héroes se convertirán en villanos y tus antiguos villanos ascenderán a otra casta de malvados; serás partícipe de un cuento en el que nunca habrás querido estar. Reclamarás el final. Sentirás que has vivido de ficciones y te entristecerá haber crecido al borde de la realidad. 
“Para mañana: más pantomima de desayuno”, te dirán; presentirás que no te apetecerá. No te la tragarás.
Te rechinarán los dientes de la rabia y no encontrarás muchas cosas que morder. Tropezarás con tus ídolos caídos y, desde el suelo, debatirás entre patearlos fuera de tu camino o ayudarlos a levantarse de nuevo. Querrás prenderle fuego a su altar y olvidarte de que alguna vez te oyeron rezar. Lo desearás. Y no te importará verlos en llamas aunque con ello arda una parte de ti o el mundo jamás se vuelva a ensanchar. 
–Entonces, será oportuno arrasarlo todo sin pestañear... 
–Tendrás los ojos inyectados de impotencia ante lo absurdo abiertos de par en par, sí, pero no te atreverás. 
– ¿Por qué no? 
–Ni tú mismo lo sabrás. 



Aldo Simetra



En el momento justo en que el cariño se nos empezó a extinguir, supimos que llegaríamos tarde a lo que de él quedase. Tus pies dibujaron un sendero de distancia que yo no recorrí y tú no deshiciste. No quise seguirte. 
Mis ojos edificaron un muro de olvido que tú no irrumpiste y yo no derribé. Ninguno tenía intención de volver. 
Nos alcanzó el aliento de la despedida: el mío a ti como una brisa efímera, el tuyo a mí como un susurro calmo. “No mires atrás”, entonamos juntos al viento: yo, acariciando tu voz entre mi cuello; tú, quizá intentando atrapar la mía entre tus labios. 
Las manos nos quedaron pequeñas para abarcar la ausencia, puede que por ello apenas nos obsequiáramos el gesto final acostumbrado. 
El adiós llegó, no cabe duda... mas se instaló gritándonos fuerte y claro que aún haciéndonos cualquiera fácil el quererle, difícilmente alcanzaría a reemplazarnos. 




Fotografía de James Chororos

A veces creo que no es un desastre pensarla, aunque sus memorias solo tarden un segundo en perfilarse y una eternidad en suavizar los sinsabores de su adiós. Se engalanan con el negro del vacío que dejó, para luego empolvarse en cada resquicio de la soledad. 
La ausencia no conoce de etiqueta: sin protocolo de por medio siempre se hace notar; lo extraño es que sepa qué zapatos calzar con cada traje y yo, a piel desnuda y pies descalzos, jamás vista a la par. 
En ocasiones, decía, imagino que no es gran desastre que me invada, sentirla nacer nudo en la garganta, alojarla en algún extremo peligroso del ahogo o de la asfixia, vivirla en paralelo a mis movidas. Los latidos hacen huelga cada que se manifiesta, reclaman contención y algo de juicio. Es como pretender abarcar la lluvia en un pozo entretanto se razona un sentimiento o un impulso. Lo intento y... miento a pulso.
Pero repito: a veces no es mayor desastre recordarla, dejarme tocar por las tonadas tristes de su contrariada proximidad, andar con un cartel de “cerrado por demolición o defunción” (da igual, en ninguna queda mucho por salvar), en algún lugar donde duela de menos o de más. La gravedad del asunto no es tema de importancia, quizá sí de física... bendito cuerpo celeste alrededor del cual no paro de girar. 
Aun cuando sean poco más que el reflejo de mis idas y venidas, me marearé en torno a sus vueltas hasta la náusea o hasta hacerme inmune al vértigo de caer en ella todas las penúltimas veces que me falten por contar. 
Y es que no será jamás catástrofe ni peor tragedia mientras me dañe lo mismo que me consuela. A todas estas, sigue vigente ese tratado inviable entre su indiferencia y mi embeleso, mal que me pese. Y yo, a veces, solo a veces, creo...



Aldo Simetra



Tal vez ya no de noche, sino de día,
colada en otras sábanas que no sean las tuyas,
encuentre, más que placer, tranquilidad y dicha.

Tal vez más temprano y con menos prisa,
ya no en trenes ni autopistas ni concurridas rutas,
un extraño ocupe tu lugar al perfilarse en mis pupilas.

Tal vez baste un par de labios nuevos para dejar de nombrarte,
o, acaso, un par de manos distintas en las que encontrarme.
Dejar... dejar de mirar al cielo y preguntarle si te sabe,
despegar del suelo la vista y soltar... soltar... soltarte.

La piel, recubierta de otras huellas, cambiará de dueño;
el alma, vertida en otra esencia, tomará otro vuelo.
Quizá en mí te haga trizas o estragos el tiempo...
Mas hoy me acecha, incansable, tu recuerdo.





“Oh Shit, Chipped A Nail” by Danny Galieote


El hombre se había despojado de sus pantalones y, como de costumbre, los había tirado de cualquier forma sobre la cama. Laura, esposa, madre y ama de casa hacendosa, había salido presurosa en virtud del santo resguardo del orden y la limpieza del hogar a depositar las respectivas prendas en el cesto de la ropa sucia y, al hacerse con ellas, una hebra dorada, larga y ondulada se le había enredado entre los dedos. La tomó, la estiró de punta a punta, le hizo un minucioso examen de párpados entrecerrados y poder ultra-senso-perceptivo de sus pupilas y sin protocolo expresó los resultados del estudio en un lacónico: ¡ESTE PELO NO ES MÍO! De inmediato, prueba en mano, saltó a comunicárselo al marido: 
— ¿Me puedes explicar qué es esto, Sigisfredo? 
El aludido alzó las cejas, después frunció el ceño y contestó con aburrimiento, haciéndose el desentendido:
— ¿Te falla la vista, mujer? Un pelo, ¿qué más va a ser? 
—Ahórrate el chistecito: ¡no me refiero a lo que es, sino a lo que significa!
Él, por supuesto, sabía de sobra a qué se refería. Nada más evocarlo le producía un placentero cosquilleo en la entrepierna. Llevaba todo el camino de regreso reviviendo la escena. Lo inesperado de que manos al volante, en plena carretera y con el auto en marcha, a su acompañante le diera por, salvando únicamente la barrera de la cremallera, liberar a su canario pinto de su encierro y agasajarlo al mejor estilo francés en medio de un beso lánguido y enardecido que le hizo brincar de la emoción y levantar al instante el vuelo hasta entonar, luego de un par de contenidos gorjeos, su más estridente y sonoro trino.
Segundos más tarde, al perder en completo éxtasis el control del vehículo y el rumbo marcado, habría de saberse víctima de un experimento por parte de su acompañante: tras dejarle las alas empapadas al pajarito, abandonándolo a su suerte sin preocuparse porque quedara desamparado y a la intemperie, dictaminó con cierta pedante suficiencia mientras ayudaba a reconducir el auto: ¡hay que ver cómo es verdad que los hombres no pueden hacer dos cosas a la vez! 
Sigisfredo estuvo a nada de objetar que las condiciones urdidas por ella para demostrar esa hipótesis equidistaban de ser justas, mas prefirió argumentar que estaba dotado de atención selectiva y que, además, ocuparse de dos acciones al unísono le suponía un gasto innecesario de energía. 
Los ojos fijos y endiablados de su mujer, con las córneas pugnado por no derretirse en su intento de encenderlo en llamas, lo alertaron de que se había ensimismado por más tiempo del normal. Su réplica llegó con demora:
— ¿Qué quieres que te diga, chica? Si te teñiste hace poco, no me acuerdo; y si es una cana, te aviso, querida, que la juventud se te está echando a perder. Y ya que estamos, a ver si le das mejor uso a la aspiradora o al cepillo de barrer...
— ¡Lo dice quien nunca le ha echado una escoba a la sala por temor a que la hombría se le caiga...! ¿Cuándo te casaste con la cachifa? Que yo que soy tu esposa ni me enteré. 
— ¡Qué va! ¡Macho que se respete no se enreda en esas chácharas! 
— ¿Ah, no? Si quieres aprovecha y tráete a la rubia aquella a que haga la labor doméstica. Así yo me ocupo de hacer el supuesto trabajo de oficina que te obliga a extender la jornada cada dos o tres días a la semana. 
— ¡¿Qué fue?! ¿De cuál rubia me hablas? 
— ¿Cómo que de cuál rubia? ¡La peliteñida dueña de éste pelo, chico! —El filamento se tensó entre sus dedos hasta romperse—. ¿En esa cháchara no te costó enredarte, no? 
— ¡No, señor! —Contestó enérgico y en seguida enmendó lo dicho— ¡Tú y tus novelones de media tarde entre ceja y ceja! Deja el melodrama, mujer, que no te pienso servir de audiencia. 
Le dio la espalda al decirlo y se escabulló hacia el baño, poniéndole fin a la disputa con el sonido del agua cayendo de la ducha. 
Por su parte, Laura, con la mirada encendida y rabiando por prenderle fuego a algo más que el dorso de la camisa a Sigisfredo, intentaba en vano contener toda la ira que el “¡¡ÉSTE DESGRACIADO ME LA HA VUELTO A HACER!!”, fulgurando en su cabeza a la misma intensidad y frecuencia de sus palpitaciones, le infundía. 
Tuvo oportunidad de comprobar su desesperada certidumbre un bullicioso viernes, dos días exactos luego del desafortunado descubrimiento enmarcado por la penumbra del número trece que lo fechaba. Felicitándose por haber guardado un ticket de estacionamiento que registraba un rumbo inusual en la rutina de Sigisfredo, pidió señas del destino señalado y se apersonó en las inmediaciones del establecimiento: un hotelucho sin mucha fama y poca gloria cuyo único requisito de entrada eran las ganas y el dinero.
Llevaba contados 27 autos de variado color y modelo cuando distinguió al de su marido aproximarse a la taquilla, la ventanilla medio abierta del lado del copiloto le descubrió como en un fogonazo una melena dorada. Creyó reconocer a su dueña de refilón y estuvo a punto de desconfiar del poder ultra-senso-perceptivo de sus pupilas hasta que una imagen se activó en su cabeza rememorándole un instante preciso de la mañana de ese día:
La Tati y la vecina nueva enfrascadas en una frívola discusión que inflamaba o desinflaba la vanidad de la una de acuerdo a la intervención de la otra y que derivó en una ridícula pelea, haladas de extensiones de cabello y arañazos de uñas postizas incluidos, cuando alguna de las dos soltó a los cuatro vientos: “¡naturales mis looolas! ¡Que por lo menos reboootaan! ¡¿Qué van a estar siendo reales ese par de piedras?!”
Sin embargo, lo que más le llamó la atención a Laura no fue el color de las palabras proferidas de esquina a esquina del ring de boxeo en que se convirtió el vecindario, sino el del atuendo de una de las combatientes: un vestido fluorescente, chillón y con transparencias en el que el modisto decidió ahorrar tela y que parecía diseñado para convertir a quien lo usara en punto obligado de referencia donde fuera, más si el personaje que lo vestía optaba por pintarse la bemba de un morado berenjena idéntico al de la túnica del Nazareno en pleno viacrucis.
Más tarde, ya entrada la noche, medio asimilado el mal trago bebido en el vulgar cementerio de orgasmos y en el momento justo en que el bueno de Sigisfredo se dignase a atravesar la puerta del hogar, habría de recibirlo con un irónico “¿terminaste de pagar promesa, cariño?” entre dientes, cuya verdadera intención no hubiera pasado desapercibida por su marido si ella hubiese pronunciado el resto del reclamo, finalizado en su mente con un “¿o a la fulana se le acabó el labial?”.
Conseguiría secundar esto último al instante en que su hija, un ángel oscuro de menos de diez años, interrogara preocupada a su padre acerca de un moretón que relucía entre su pecho y su cuello. Por toda respuesta, el interrogado se aclaró la mancha frotándola con los dedos.
Con todo, Laura no durmió esa noche ni las tres siguientes: el cómo limarse los cuernos que sobresalían de su cabeza le impedía conciliar el sueño. Y en esta ocasión no le bastaba con dejarle un mensajito a modo de advertencia a Sigisfredo en la entrepierna. Necesitaba algo concluyente, para castigo de él y tranquilidad de ella.
A la quinta madrugada en vela se le prendió el bombillo con una idea un tanto “des-cabellada”, la cual no rechazó precisamente por la alusión indirecta a la ausencia de hebras doradas subyacente en la palabra. La maduró con cierta pasión perversa y la cocinó a fuego lento con una meticulosidad propia de las mentes retorcidas.
Fue suficiente con hacerle un pedido especial a quien se convertiría en su proveedor oficial de... “insumos”, el mismo del frasquito de gotas potentes, para poner en marcha su plan. Sigisfredo, único destinado a sufrir los daños provocados por el ingenio malsano de su esposa, no habría de enterarse de nada, aun cuando empezara a padecerlos.
Para él, los cambios de apetito que venía sobrellevando las pasadas semanas se debían a que su mujer estaba perdiendo la sazón, y a ello también le achacó los retortijones y demás molestias estomacales que le hacían acudir al baño con mayor frecuencia y sin dilación. La sensación de pesadez y flojera que lo abotargaba de vez en vez eran mera obra del cansancio y la dificultad para enfocar objetos tras horas de tener los ojos clavados en montones de documentos, lo confirmaba. Incluso a la suavidad que comenzó a experimentar en la piel, acompañada de un ligero escozor, supo encontrarle motivo:
— ¡Cónchale, Laura! ¿Qué te cuesta comprar un gel de baño normal? Vete a saber qué mariqueras tiene el mejunje nuevo que trajiste que me está dando alergia...
— ¿Desde cuándo tú tan delicadito?
— ¡No te burles! Es en serio, chica —a mitad de la última palabra se le quebró la voz y fingió que tosía para aclararse la garganta.
— ¡Has usado el mismo por años y hasta hoy es que te vienes a quejar!
— ¡Es que hasta hoy es que me viene a picar! —refunfuñó.
— ¡Pues ráscate y ya!
— ¡Hay que ver que contigo no se puede hablar! Así no sé dónde vamos a acabar...
Ella conocía a la perfección la respuesta, mas no tenía intención alguna de revelársela. Prefirió azuzarlo, divertida:
—Uy, querido, si no te conociera diría que estás muy... ¿“hormonal”?
Se la quedó mirando ceñudo y de soslayo y, antes de agregar palabra, prefirió borrarse de su campo de visión, sin siquiera distinguir que su mujer luchaba por aguantar la risa.
No obstante, lo de “hormonal” no le gustó. El tono utilizado por Laura al señalarlo repercutía de algún modo en su masculinidad y lo impelía a afianzarla. De inmediato le envió un mensaje a “Claudio” a través del móvil: “Junta. Mañana al final de la tarde. Sobre cinco letras de cambio”.
Sabía que quien iba realmente a recibir el texto lo sobreentendería sin problema. Se entretuvo recordando que en un principio se le había ocurrido guardar el número entre sus contactos con el título de “Sra. de los dulces”, pero eso le habría obligado a consentir más de la cuenta a su mujer, e incluso a su hija, con uno que otro antojo para mantener la tapadera.
No se imaginó que su tentativa de subirse la autoestima vendría también mal condimentada con nuevos disgustos. El primero lo tuvo nada más entrar al hotel con la reciente mega adquisición del vecindario y descubrir que de repente la libido se le había ido a los pies. Confió en que era algo temporal e insignificante cuando las maniobras de su compañera bastaron para que su soldado presentase saludos enhiesto y firme, pero luego... ¡oh, malvado sea el señor! Hubo de rebajarlo a cadete por rendirse y abandonar la guardia sin apenas dar batalla.
El episodio lo noqueó y le volteó por completo el ánimo; quiso ovillarse sobre la cama por la que, al parecer, había pagado en vano, mas optó por sentarse abatido en uno de sus bordes mientras las sienes le palpitaban con desmesura. Para mayor inri, la frase expelida de su boca al Claudia tratar otra vez de contentarlo, terminó por instalar un ave de mal agüero en su aura:
—Ay, no, mujer, otro día: me duele la cabeza.
Salió de allí pitando sin que le cupiera duda de que, ahora sí, algo le estaba ocurriendo.
Al fin, después de mucho tiempo, llegó a una hora razonable a su casa. Sin ni reparar en la sorpresa con la que fue recibido por su esposa, subió expedito a la habitación y la dejó dando gritos en el rellano de la escalera:
—¡¡Una raya en el cielo!! ¡Tú aquí temprano!! ¡Ya me contarás a qué santo le debo el milagro...!
Sigisfredo la ignoró. Urgido de excusas o explicaciones caminó de un lado a otro hasta formar una zanja en el suelo del cuarto. Lo invadió una especie de ¿presentimiento?, ¿a él? Y corrió a revisarse al baño. No encontró novedad: estaba tan arrugado y colgante como lo conocía, y libre de cualquier posible marca de advertencia que pudiera evidenciar alguna mala obra de Laura. ¿Qué podía estar mal?
La respuesta acudió al segundo inspeccionándose más de cerca: ¿eran ideas suyas o se le había encogido un testículo? ¡Se le había encogido un testículo! Cálmate, Sigisfredo, estás histérica... ¡¿histérica?! ¡Dios, necesitaba visitar a un doctor!
Enterrando todas sus reticencias debajo de la suela de sus zapatos, llamó al centro de salud e hizo una cita, quedó agendada para dentro de una semana. Colgó satisfecho:
— ¡Listo! ¡En ocho días se acaba ésta vaina!
Sin embargo, su revista médica fue pospuesta no una, sino cuatro veces, y no pudo librarse del asunto hasta al término de un mes.
En último momento se arrepintió de ir al atenazarle un nuevo pálpito, pero un mal de estómago de los mil infiernos que lo coronó rey y le impidió separarse de su trono la noche entera, lo hizo volver en sí y mantenerse en su resolución.
No debió haber ido.
Se enteraría al día siguiente, demasiado tarde para percatarse de que todo cuanto había sufrido los postreros meses hasta su estadía en la clínica tenían el sello de Laura por doquier.
Para la hora en que vino a saberlo, la susodicha y su angelito oscuro se tomaban unas merecidas vacaciones en una playa sin nombre:
— ¿Má? ¿Y apá por qué no vino?
—Está despidiendo a un amigo y además, tiene mucho trabajo, cielo.
Al tiempo, la reciente mega adquisición del vecindario, dueña del cabello rubio y la bemba morado berenjena, recibía una tarjeta de regalo casi anónima:
“VÁLIDO SOLO POR HOY. No será en el cinco letras, pero te aseguro que te encantará... La dirección al reverso. P.D.: No se aceptan devoluciones”.
Entretanto, Sigisfredo recuperaba la consciencia a punta de gritos:
— ¡No-no, no es mi problema! ¡Que se intercambiaran los expedientes es... es...! Usted... ustedes... ¡¡Solo quítenmelo ahora!! Yo ya... yo no... ¡¡Ya no quiero tener un p...!!
— ¿Se encuentra bien? —Una voz calma y monocorde se sobrepuso a la anterior y le impidió terminar de oír la queja.
¿Por qué no iba a estarlo? Sintió la lengua pesada y se dio cuenta de que apenas había pronunciado vocablo.
Consternado y totalmente desubicado en tiempo y espacio, se halló tendido boca arriba sobre una cama, dentro de lo que parecía una habitación de hospital, sin comprender cómo había llegado allí. A lo sumo, recordaba haber acudido a una simple revista médica.
El batablanca que permanecía de pie detrás de la puerta cerrada de la estancia se lo explicó sin preámbulos y con una tranquilidad y frialdad pasmosas:
—Buenas noticias, Sigisfredo: la reasignación de su sexo ha sido todo un éxito. Sin embargo —suspiró con pesadumbre—, me temo que se le ha aplicado al paciente incorrecto.
Sigisfredo apretó los párpados incrédulo. ¡¿Rea... qué?! ¡Ja, ja, ja! Esto sí que debe ser un sueño. ¡Ja, ja, ja! ¿A qué hora es que va a sonar el despertador? Ya casi siento el codazo de Laura en alguna de mis costillas para que me levante a trabajar... ¡Ja, ja, reasignación de sexo...!
El despertador no sonó, el codazo de Laura tampoco llegó, pero sí que volvió a escuchar la voz del médico. Hablaba de postoperatorios, demandas, complicaciones, le ofrecía encarecidas disculpas y, en un lapsus de egocentrismo disfrazado de orgullo excesivo, se felicitaba por la labor hecha...
Ninguna de esas cosas le importaba a Sigisfredo. Cuando reunió valor para abrir los ojos y escrutar su entrepierna, vio materializada la peor de sus pesadillas y se sintió morir de todas las formas posibles. Lloró y sollozó como nunca, sin preocuparse un ápice porque se le perdieran los respetos, y por vez primera no supo contestarse a una pregunta que otrora y en incontables ocasiones había respondido en más de un sentido y de las mil maneras:
— ¡¿Y ahora qué coño voy a hacer yo con una vagina?!





Relacionado con: Laura Bobbitt



“— ¿Y si te dijera que ganarás la fortuna en el momento justo en que estés a punto de morir?
— ¡Ja! ¡Qué conveniente! Yo nunca juego a la lotería.
—Lo harás en adelante, aunque sea tan solo para saber cuándo estés cerca de perder la vida”. 

Martín ingresaba exactamente a las 15:00 horas al local que hacía esquina junto con la academia de baile en donde su chica impartía clases cuando un mensaje entrante iluminó, primero, la pantalla de su móvil y su rostro, después: “Salgo en 15, amor. Ven a buscarme. No tardes”. Un emoticono de un corazón y otro de un beso como punto final a la frase. Ese día más de uno, incluyendo su novia, quería algo de él, pero él lo ignoraba. “Te espero”, tecleó, guardó el aparato en uno de sus bolsillos y raudo le solicitó a la dependienta un batido especial de yogurt.
Son 219 con 15, señor.
Extendió tres billetes y esperó el cambio. Pedido en mano tomó asiento en una de las mesas e indiferente paseó la vista por el lugar. A su derecha, un muchacho de actitud desenfadada hasta en la manera de sentarse y de vestir tomaba sitio un par de mesas más allá. Frente a él una mujer emperifollada de pies a cabeza, con sombrero, guantes y lentes de sol para rematar su exagerado atuendo, se llevaba una taza a los labios sorbiendo recelosa el contenido. Como en un acto reflejo él también se llevó su bebida a los labios, pero en su caso con fruición. Quizá si no se hubiera deleitado con el sabor del preparado se habría dado cuenta de que afuera, a través del cristal, dos personas más echaban una ojeada indiscreta hacia el interior deteniéndose de forma insistente en su figura: un hombre de aspecto sombrío, y una muchacha apocada de ojos vivaces y prendas que parecían haber visto mejores épocas.
Un nuevo texto hizo vibrar su teléfono: “Bro, me prestas? Se me ha quedado corta la quincena”. Concentrado en teclear “este cajero está inhabilitado para procesar retiros” a modo de respuesta, no se percató de que cuatro pares de ojos lo contemplaban: tres, con inquietud; dos, con suspicacia; uno, con ilusión, y todos con ansias. Juntos integraban una especie de cuadrilátero invisible en el que cada cual, desde su esquina, tergiversaba el instante que presenciaba o del que, de una u otra manera, tomaba parte en relación con el centro de sus miradas:
La joven de apariencia apocada, casi una quinceañera, se llevaba una mano al estómago mientras se relamía un rastro inexistente de yogurt de la comisura de la boca. La aspereza de su lengua y un oportuno gruñido de sus entrañas bastaron para despertarla de su ensueño. El atuendo de la señora del lado opuesto de la vitrina le retrató tiempos mejores que aún no había vivido. Notó en su semblante cierta preocupación hacia el muchacho que se tomaba el alimento que deseaba. Se preguntó si lo conocería y se los imaginó siendo parte de una escena de telenovela barata en la que la madre intentaba recuperar el contacto con su hijo luego de abandonarlo en la infancia. En el exterior, a su izquierda, justo a un paso atrás de ella se perfiló una sombra. Su voz hizo una despreciable declamación que la paralizó. Repasó aprehensiva el interior del establecimiento intentando rechazar sus pensamientos. Sin embargo, el arma que relucía con escaso disimulo del costado del sujeto la obligaba a dar crédito a lo que había oído.
La mujer en extremo ataviada llevaba buen rato observando celosamente hacia el mismo punto cuando el objeto de su embelesamiento puso atención en ella. Sintiéndose descubierta se forzó a beber otro trago de lo que había renombrado “la peor infusión antes jamás probada en su vida”. Presa del nerviosismo, apretó sus manos enguantadas y aventuró la vista alrededor. Un “buen aspirante a maleante” la contempló sagaz y tras un segundo le dedicó un gesto atrevido con sus cejas. Volteó de inmediato a nada de mostrarse escandalizada y sus ojos se detuvieron en una desamparada del otro lado del cristal. “Pobre”, pensó antes de que la atenazara una oleada de arrepentimiento y culpabilidad. Evocó su juventud, volvió la mirada al frente con nostalgia, el tema de la maternidad frustrada saltó sin quererlo a su memoria, quiso ignorarlo en vano castigándose con un nuevo sorbo de la peor infusión que jamás había probado. Le quedó un regusto amargo en el paladar junto con la impresión de que otra vez era un 15 de septiembre de un año cualquiera.
El muchacho cuya única carta de presentación parecía ser la dejadez tenía la mira más allá del vidrio que separaba la calle del local. El hombre que figuraba montar vigilancia a pocos metros de la acera no le daba buena espina. Le traía a la mente la máxima bien conocida por él  y sus camaradas que instaba a, a la sola presencia de zamuros y antes de convertirse en carroña, marcar la milla. No obstante, un par de asuntos lo retenían. Sin que le importara en realidad la hora marcada, un reloj lo estaba sacando de quicio; y unos zapatos, no siendo tampoco relevante a dónde iban o qué habían pisado, le robaban el control. Temió estar poniéndose en evidencia y rastreó la estancia: nadie lo registraba, ni siquiera la señorona con aires de puta cara que marcaba su entrada próxima de ingresos en una mesa cercana. Le hizo un guiño, dándole a entender que tenía las expectativas fijadas en el cliente incorrecto. Después de palparse los bolsillos y comprobar que no podría granjearse  ni la quinceava parte de sus servicios, se cuestionó iluso si aceptaría un “amistoso trueque” en lugar de efectivo.
El hombre de vestimenta oscura se entretenía mascando un palillo a la vez que sopesaba sus opciones. “No había moros en la costa”, estudiaba, “y además, los zarrapastrosos no hablan”; esto último iba dedicado a la jovenzuela que lo espiaba a pocos metros de distancia. Debatió si sería conveniente darle un par de billetes para que se borrara de escena. Rechazó la idea con un simple “que se gane la plata por su cuenta”, y redimió su conciencia con un argumento de talante similar: “no trabajo para apadrinar mendigos”. A propósito, tenía tareas que cumplir por las que ya había cobrado un suculento adelanto. Si no fuera por el desadaptado que simulaba guardarle las espaldas a su encomienda, ya las habría llevado a cabo. Aunque existía la posibilidad de que quisieran asegurarse de los resultados de la misión y se hubieran procurado, en última instancia, algún otro colaborador; quien, a primera impresión y por descontado, se le dibujaba como una muy mediocre elección. Con la zurda se ajustó el cinturón, la otra mano acudiendo al fin a la cita pospuesta con la fiel semiautomática que lo acompañaba. Se hacía tarde y había quince fajos de billetes grandes esperándole.
Entretanto, el móvil de Martín insistía en reclamar su atención. Esta vez, sin embargo, con una melodía. Atendió sin necesitar fijarse en el número e inconscientemente su expresión mudó a una sonrisa. El timbre de una voz, mucho más armónico para él que la canción que había elegido para sus llamadas, le endulzó el oído:
 ¿Dónde estás que no te veo,  cariño? 
Estoy contigo en menos de un minuto. 
Se levantó enérgico de su asiento al decirlo y emprendió su marcha incitando a quienes lo vigilaban a realizar su próxima movida: cuatro se pusieron en guardia, tres evaluaron el sitio certero en el que asestar una fulminante estocada, dos relativizaron el tiempo que tendrían para huir luego de hacerse con lo que deseaban, y alguno se decantó por mantenerse a raya. 
Quince segundos antes de que sus destinos se entrecruzaran, en el momento justo cuando Martín atravesaba la puerta del local, se encendió una radio. Sintonizaba con muy mala señal los resultados de un sorteo. Martín revisó su reloj: 15:15, y en seguida rebuscó en uno de sus bolsillos. Apenas si tuvo oportunidad de extrañarse de que la hora en ese instante y la cifra de su tiquete coincidieran con el número de su suerte.



Aldo Simetra



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