No fue el beso no dado
un gesto de despedida,
ni la caricia negada
anticipo del final;
ni tu huida,
anuncio de mi partida
ni mis lágrimas,
causantes de tu pesar.
Si acaso, quizás,
la monotonía:
una mentira,
los tonos de un mono
torpe en el cantar,
una payasada mía
por ti no reída,
un esfuerzo mutuo
no sabido apreciar,
alguna memoria
gastada hace tiempo
de tanto reusarla
para aparentar
y la fotografía
fija en un momento
que otrora
comenzó a expirar.
Ahogo...
Asfixia...
Nos faltó el aire
cuando los cuerpos
se agotaron de sobrar.
La ausencia, sí,
tal vez eso:
estar lejos a un roce
hacernos ¿compañía?
tal cadáveres próximos a enterrar.
Y el vacío tan vivo,
tan ardiente el frío...
—Amor mío,
¿ponemos las pasiones
a descongelar?
—Tranquila, mi vida:
hay cariño en conserva
en el desván.
Vencido, de seguro;
pero ¿a quién culpamos
de no haber mirado
su fecha de caducidad?
Ahora que recuerdo...
quizá sí fue el beso
a medias
en que los labios
no se lograron saciar.
Y acaso, también,
la caricia,
desganada y triste,
que ni un trozo de piel
consiguió erizar.
Huiste y marché,
desde luego,
y ninguno
consideró regresar.
Recuerdas, después,
el aliento...
ese suspiro franco
de libertad.
Fuimos felices
al deshacernos de la carga
que nos lastraba llevar:
tú,
de mis cincuenta y cuatro
promediados;
y yo,
de tus setenta y cinco justos
sin variar.





Fotografía de Oleg Oprisco

Mirar el firmamento
a través de tus ojos,
perseguir el horizonte
en las líneas de tu cuerpo
y en los pliegues de tu piel.
Verte deslumbrar 
junto a mi almohada
al despuntar el alba,
caminarte las tristezas
y llevármelas marcadas
en la planta de los pies.
Adorarte,
redonda y plateada,
a través 
de la duermevela 
y el insomnio
cada noche,
gravitar 
maravillado 
dentro de tu ser,
preguntarle al espacio
y que me respondiera contigo
o me respondieras tú 
cada vez.
Aunque 
ya no me contestan
tu voz 
ni tu presencia
te invento
como antes
para después,
mientras en vano
me encadenas
bajo llave
en el pasado,
que seguirás 
conjugando 
en gerundio
hasta que 
me hayas 
olvidado.
Que los momentos
en los que reinó el nosotros
te pasen factura 
si lo intentas.
Que el tiempo
no marque mi ausencia 
en tus sentires
si me niegas.
“Que 
ya dejaste 
de renombrar
el universo 
con mi nombre”,
dices.
Me encojo de hombros.
De todas formas,
me quedaba grande
y siempre 
preferí
caber en ti.
Admito que,
con penas y glorias,
el mío
(mi universo)
sigue 
llevando
tu nombre,
y ahora
que en ti no quepo
no sé
a dónde 
he de mudarme
ni, 
mucho menos,
a dónde 
pertenezco.







Hay días de días en que pareces levantarte con el pie izquierdo porque todo te sale o te cae mal y empiezas a creer en que debes de estar pagando de forma tardía alguna maldición por haber roto un espejo años atrás. De pronto quieres culpar a todas las escaleras debajo de las cuales pasaste de pequeña por tu altura, a cada uno de los paraguas puestos a secar bajo techo de tu mala suerte, a todas las viejas que te barrieron los pies mientras limpiaban su casa de que no te hayas casado y a todos los gatos negros, aunque te generen simpatía, de todo lo negativo que te esté pasando. No aciertas un paso con otro, te invade una rabia descomunal y el mundo, le guste o no, se va a enterar.
Sacas un pie de casa con el mismo recelo con que lo hiciste de tu cama minutos antes y sin guardarte esperanza alguna de que la sombra agorera recién cosida a tu estampa te deje tregua.
— ¡Buenos días! —Desprende cortesía la vecina entretanto, escoba en mano, te pregunta por la salud y la familia e involuntariamente te ensucia con el polvo de la calle los pies.
¡¿Qué tienen de bueno?! Alguna gente necesitaría una especie de radar para detectar cuándo alguien no está de humor para hablar ni mucho menos para dar muestras de amabilidad. Lo piensas, pero no lo dices. Finges un gesto de conformidad, que te importa muy poco si es demasiado soez y sigues tu camino sin pestañear.
Hasta caminar te da fastidio, debe ser por ello que lo haces a una velocidad inusual, como si quisieras quemar tu ira con las suelas de tus zapatos y consumir los kilómetros por recorrer en un santiamén. Haces el baile del bobo con un par de atravesados que se creen que intentar chocar contigo en ese estado, cuando te resulta insignificante llevarte todo por delante, es una idea digna de premio.
—Lo siento. —Pues fíjate que yo no y favor que le haría al planeta sacando del medio a un montón de gente sin dirección. ¿Qué? ¿Se te perdió la brújula?
 Otra vez, lo piensas pero no lo dices. Te limitas a traspasarlo con los ojos para que te despeje la vista y sobreentienda que no estás para aceptar disculpas. Ya en el bus, sentada en uno de los asientos que da al pasillo para que nadie ose acompañarte durante tu corta estancia en ese medio de transporte, intentas serenarte. Mas es en vano, la arrechera te invade y, a ese ritmo, dirigirá tus pensamientos y movidas durante bastante tiempo. Bienvenida sea su estadía en tu cuerpo.
Alguien parece querer jugarte una broma y le escuchas reírse con un:
—Eh, ¿me permite?
Señala el puesto desocupado a tu lado que da a la ventana y no puedes dejar de preguntarte cómo es posible que habiendo tantos lugares vacíos le haya dado por coincidir precisamente contigo en ese. Cree que la broma no la entendiste y la repite:
—Permiso, joven. ¿O está ocupado?
No te hace ni un ápice de gracia tener que hacerte a un lado para darle pase. Evalúas cambiar de asiento, pero la ira que no conoce de comodidad te obliga a permanecer en él. El sujeto, quien intuye que su primer chiste no hizo efecto, prueba con uno nuevo:
— ¿Sabes? Soy un hombre solo, hace años me separé de mi mujer. Tengo dos hijos con ella que no veo mucho. Cada mes les paso algo para la manutención y eso, tú sabes, pero nada más. Tengo una sobrina como de tu edad que a veces me visita... está estudiando. Es una niña muy cariñosa. Yo trabajo en el supermercado que queda allí en la avenida, en la frutería, es un trabajo relajado. Gano bien, me alcanza para lo básico y para unos cuantos caprichos. Pero como te dije, soy un hombre solo. ¿Tú tienes pareja?
¡Qué labia tan chimba! Estás negando de asombro y rabia desmedida mal contenida y, obvio, confía en que el gesto responde a su pregunta. Sonríe.
—Podemos... Eh, yo estoy buscando una mujer que me haga compañía. ¿Sabes? Soy un hombre religioso...
¡Por Dios! ¡Mátenlo! ¿Tengo un cartel de “chica fácil busca hombre express” en la frente o qué? ¿Y con semejante historial y biografía se cree de veras que quiero tomar cupo en alguno de los “caprichos” de su lista? ¿O que porque sea un hombre “devoto” voy a sucumbir por piedad a los atractivos irresistibles de su calva con pelo aquí no y aquí sí y a la verruga velluda que me grita ¡hooola!, toda fresca y cantarina, desde su nariz?
Lo piensas y por supuesto que, aun cuando las palabras pugnan por salir escupidas de tu boca, no lo dices. En cambio, le manifiestas cínica tu rechazo:
— ¡Pues siga buscando, señor!
Te trae sin cuidado su réplica dolida:
—Entiendo. No soy el hombre para ti.
¡Viejo verde! Encima debes calarte que el chofer le tenga harto miedo al acelerador y te haga eternamente odiosa su compañía. Te provoca gritarle ¡¿dónde carrizo se sacó el carnet de conducir?! ¡Que ni en días de fuerte tráfico te había tocado subirte a un autobús con una marcha tan lenta! ¡Que su desperdicio de velocidad en un sábado por la mañana en el que puede adueñarse a sus anchas de las vías es una tamaña grosería! Pero, claro, no lo dices, solo lo piensas, mientras estudias que el coste a desbordarte la impaciencia podría ser con facilidad equivalente a bajarte sin pagarle el pasaje.
Otra cosa que piensas, pero que no haces y abandonas la desperolada o destartalada camionetica con una furia que viaja a una velocidad tres veces superior a los 30 km/h a los que iba el conductor.
De nuevo simulas desear incendiar el suelo con las suelas de tus zapatos. Un taxista figura ver fuego y encaja una de las ruedas de su coche en un charco mojándote un poco más que la dignidad y haciéndote hervir la sangre a un punto de ebullición mayor que los consabidos cien grados centígrados de temperatura. Tienes la garganta seca por la calentura y paras en un establecimiento para tomar un refresco. No sabes si el dependiente olvidó servírtelo frío o eres tú quien le ha transmitido parte de tu euforia a la bebida. Pides hielo y descubres que el más mínimo contacto de tus dedos con los transparentes y sólidos cubitos acaba por derretirlos hasta dejar un ligero vaho en su lugar. Desistes, pero el calor que te acecha y el ardor en tus amígdalas no es en lo absoluto normal.
Una mujer de ojos achinados te asalta pidiendo ayuda con alguna dirección en un idioma distinto al de tu lengua natal y que entiendes, pero que no tienes ganas de practicar. ¿Tengo cara de mapa o de guía turístico? Lo piensas, mas no se lo dices. Optas por pulverizarla con una mirada indiferente. No es culpa tuya que haya extraviado o dañado su GPS.
Dos motas de polvo de su figura consumida despiden un póstumo aliento en solicitud de auxilio. La cruzas y te das cuenta de que tu caridad también ha ardido en llamas y se ha extinguido.
Ya en tu destino buscas el móvil para comprobar la hora, no está en ningún hueco de tu cartera y lanzas un improperio al percatarte de que no lo llevas.
—Es muy temprano para estar amargada —silba alguien.
¿Ah sí? ¡No me diga! ¿Es que hay una hora específica para que el hígado te supure bilis o algún gurú de la buena vibra y el positivismo se inventó un horario emocional que prohíbe dar rienda suelta a los sentimientos dependiendo de la posición en que apunten el segundero y el minutero?
Lo piensas, sí, pero no lo dices. Te contienes reflexionando en que si le das un par de bofetadas quizá se te pegue una mínima porción de su ánimo empalagoso y dulce. Las manos se te empegostan ante la idea, a tu furia en crecimiento la concepción de tanta melcocha innecesaria junta le asquea.
Una radio cercana anuncia la hora. No te agrada el hecho de que justo ese día te haya dado por ser puntual y ahora te toque esperar a tu cita más de lo normal. Él, buen conocedor de tu precedente, de seguro ha tomado la precaución de llegar de quince a treinta minutos más tarde de lo acordado. Vuelves a recordar el bendito celular y no te alegra nada tener que resignarte a esperar.
Para el momento en que aparece, tu arrechera te dobla la estatura, es un monstruo de dos cabezas con fauces abiertas y salivantes a la defensiva. ¡Y pobre del que se te acerque! Lo observas aproximarse a ti sin protocolo y piensas que el muy imbécil o es suicida o muy valiente. Sin saber por qué, le achacas la culpa de todo. Es que viene muy orondo el coño’e madre cuando llevas más de 40 minutos esperándole con la garganta seca y un humor de perros que si me haces ladrar te muerdo. Que además es culpa suya que hayas olvidado el celular y que un animal de dos patas te haya encharcado el pantalón y que te hayas tenido que calar un viaje insufrible en autobús con un acompañante igual de insoportable. Te cruzas de brazos y le das una patada al suelo ante la frustración, recuerdas haberte traído en los pies el polvo de la calle barrido por la vecina y los pisotones del par de estúpidos que no sabían por cuál lado de la acera ir; también culpa suya, porque si no fuera por él ¡te habrías ahorrado salir!
El muy inocente o ignorante ha tomado clases de cómo lidiar con fieras salvajes en Discovery Channel. Conecta con tus ojos para leer tus intenciones, sin embargo, tú te lo dibujas tal si jurara solemnemente que las suyas no son buenas. Resoplas y despides una humarada de veneno a la que él se presume inmune. Estira una de sus extremidades con cautela, pero retrocedes a la defensiva obsequiándole un rugido colérico en el que pudo tener una formidable visión de toda tu dentadura y el lugar más recóndito de tu boca en donde nace o se pierde tu lengua. Se mantiene estoico a tu regaño salvo para acicalarse la actitud y componerse la camisa.
— ¡Uy, estás como intensa!
— ¡¿PERDÓÓÓÓN?! —No ha tocado la tecla correcta.
—No, que se te ve tensa...
Se pone en marcha tras decirlo llevándote la delantera. Es cuando agradeces verdaderamente no tener garras ya que, de tenerlas, te da la espalda así y no la cuenta. De repente te encuentras siguiéndole o acompañándole el paso y, sin saber cómo, te pierdes, aunque no en idéntico sentido al de la mujer a quien pulverizaste hace nada. Entonces él, que te agarra con la guardia descuidada, va y te suelta:
—Pareces un elefante con la trompa amarrá.
La seriedad e indiferencia de su talante te hace dudar si lo expresa molesto o divertido. Imaginas al elefante, no obstante desconoces si debe generarte pena o gracia y la confusión te produce un pequeño cortocircuito que te obliga a relativizar las últimas horas de la mañana. No entiendes de dónde ha surgido ese afán supersticioso que te ha hecho desdeñar de los espejos rotos, lo gatos negros, las escaleras, las viejas con escoba y los paraguas cuando nunca te has preocupado ni por la mala suerte, ni por tu estatura ni mucho menos por el matrimonio (a Dios gracias), si te encanta que el hombre se agache pa' alcanzate la boca y no tienes ninguna prisa por convertirte en ama de casa trabajadora. En un momento de claridad tampoco comprendes esa antipatía, que juzgas exacerbada y exagerada, hacia todo lo que te rodea e interactúa contigo.
Por instantes perdonas a la vecina, a los dos desorientados, al chofer, a la extranjera, al dependiente... A todos y cada uno de los que a sabiendas ofendiste o heriste, exceptuando al taxista y al donjuán en decadencia de media tinta; al primero por haberte dañado el atuendo y al segundo, por hacerte ver el verde de forma despectiva.
“Pareces un elefante con la trompa amarrá”. ¡Ja! ¡Qué vaina más ridícula! La cuestión te causa gracia, pero ahora, increíblemente, estás arrecha por estar arrecha y no te permites la risa. Luego, como cosa rara, cometes la primera imprudencia en lo que va de día al decir algo que no piensas:
—Es que solo tú puedes cambiarme el ánimo con una frase tan pendeja.





“Red Curtain” - Sherri Lemire

Un cuarto mustio de paredes rojas y luz mortecina. Cortinas y alfombras a juego y al mejor estilo cabaret. Una cama con dosel es el elemento principal de la escena iluminada por dos focos de luz incluso antes de que la acción comience. Uno de los personajes ya está en el escenario, inmerso en su papel. Aguarda en un extremo del mueble con pose premeditadamente sensual, vestida a propósito al descuido con una bata satinada.
El otro, permanece impaciente tras bastidores atento a su señal de entrada; sin embargo, algo en él falla, se precipita y hace su aparición a destiempo, se abalanza colérico contra su compañera de reparto y el telón se abre en el momento justo en que le dedica una serie de insultos encendidos. Ella, estupefacta y sumida en una mezcla de vergüenza e incredulidad, ve correrse las gruesas cortinas y sigue a rajatabla la consabida máxima “the show must go on” al son de Queen.

-          ELLA:—(señalándolo)—, practicante asiduo de lo efímero,
buscas protección o una respuesta velada bajo mi falda.
No sabes que en esa cuna de orgasmos recurrentes
Hay, con seguridad, más incertidumbre que calma.
Tú, que defiendes la premisa de
hacer menos turismo en las ciudades que en las camas,
pretendes, luego, refugiarte en mi regazo
como si el consuelo se incluyese en mis hazañas.
Desdeñas mi trabajo y reclamas mis favores,
yo por lo menos cobro por compartir mis sábanas...
-          ÉL: ¡Y me sales cara!
Solo he venido por placer, mujer.
Ahórrate la plática.
-          ELLA: No te ahorres tú la “platica” (lo mira de reojo con desdén).
Haberlo pensado antes de emitir palabra:
no hubieses hecho ladrar al perro si después
ibas a temerle a su rabia.
-          ÉL: Mejor dame una prueba
de los méritos que te ensalzan
y acabemos
de una vez
con este drama.
Su exigencia iba más allá de cualquier guion o libreto.
-          ELLA: No hay mérito que valga
la miseria que tú pagas.
Por la cantidad que ofreces
afuera encontrarás de sobra
quien te desnude las ganas.
-          ÉL: Antes te agradaba mi dinero.
-          ELLA: Deberías mantener la boca cerrada.
-          ÉL: Solo dime tu precio
y pon fin a tu función de puta honrada.
(Escupe el suelo con desprecio).
Para la mujer, quien entiende que no solo pretende arrojarle saliva con ese gesto, ha quebrantado toda línea ensayada o improvisada.
-          ELLA: No podrías costearlo
aunque te hiciera rebajas.
-          ÉL: ¿Tan invaluable te crees?
-          ELLA: (Niega herida e hiriente) Tan miserable te sé.
(Sale de escena).

Tras bastidores se desarma, se derrite en lágrimas. Se desprende del vestuario de utilería que le asignan cada día, desgarra la bata de satén y la ropa interior de lencería al desvestirse, se araña el rostro con una toallita húmeda intentando librarse del exceso de maquillaje, se arranca el retocado peinado, se mal coloca sus prendas y toma sus pertenencias como si creyese que con esos dos últimos gestos volviese a sí misma, mas sigue siendo una extensión de la persona o el personaje que representó. Quiere abandonar deprisa todo rastro de esa noche. Parte del local a rápidas zancadas y, una vez fuera, se siente abofeteada, por segunda ocasión, por el aire de la calle. La primera bofetada la recibió mientras actuaba cual prostituta frente al último cliente de quien tomaría un céntimo por entremezclar mucho más que sus pieles.
Entretanto se aleja sin rumbo definido, la persiguen los ojos inyectados de veneno de su prometido. “¡Y me sales cara!”, no sabe encajar la idea de estimarse barata para alguien que ama. Las palabras la atormentan sin descanso, tal si musicalizaran su desgracia, pero solo le producen una horrible cacofonía en los oídos y en el alma.  

(Se cierra el telón).





Noche cerrada. Una luz opaca ilumina a medias el portal. La señora del primer piso me ve entrar. La saludo displicente: no tengo ganas de hablar. Es tartamuda y con ella cualquier conversación, por breve que sea, parece durar una eternidad.
El ascensor continúa a la espera de que algún hechizo mágico ponga en funcionamiento las piezas de su engranaje. Las escaleras se van haciendo cada vez más íntimas de las pisadas de los residentes. Tropiezo en un tramo con uno de los vecinos del tercer piso, diestro en los apoyos de metal que le sirven de piernas mientras yo parezco pedirle permiso a mis rodillas o tobillos en la subida.
Los escalones se quejan a su marcha y dudo de si les harán más daño sus muletas o mis zapatos.
— ¿Te agarró el tráfico? —Me saluda Brenda en el descansillo. Es la única persona en el edificio que me reconoce por mi andar. Dicen que al carecer de visión es normal que se le agudice el oído, mas yo prefiero creer que distingue mis pasos porque me tiene cariño. Cosa contraria a la vieja del cuarto:
— ¡Hoy dormimos temprano y sin ruido, joven! —Me advierte o me recuerda. Solo en una ocasión celebré una reunión en el apartamento y la mujer no me ha perdonado que le impidiera o le interrumpiera el sueño.
Me pregunto cómo fue posible que no pudiera pegar ojo si, según, es sorda. Pienso que también tiene fama de chismosa y comprendo pronto que su desvelo se debió a otra cosa.
“Quinto piso”, anuncio. Voy firmando mi sentencia desde el pasillo antes de forzar la cerradura entretanto me acosa la idea de que nunca había caído tan bajo a tanta altura.
Al abrir la puerta me reciben fieles la oscuridad y el silencio. Me quedo mudo para rendirle honores al uno y dejo las luces apagadas para no espantar a la otra. El vacío, invitado puntual y frecuente, me envuelve. Me tiro en el mueble sintiéndome lisiado por la falta de voluntad y la pereza, sería un asunto insolidario destinarle a alguna de mis extremidades o mis sentidos la más insignificante tarea. Cierro los ojos sin buscar o esperar descanso, solo perder de vista al insomnio.
Un mensaje de voz se activa de forma automática en la contestadora, no lo oigo.
“Quizá sea tuyo”, susurro a nada de quedarme dormido.
—Sí... —medio escucho. Se encienden las luces, pero mantengo los párpados presionados. No sé si desvarío o estoy soñando.
— ¡¿Cómo has entrado?! ¡¿Qué haces aquí?!
¿Gritos o murmullos? Sudor en las manos, un hiriente objeto de metal me transmite su frío. Ignoro si estoy despierto o es una pesadilla, repito.




Fotografía de Amandine van Ray

Las casualidades no existen. Mientras lo compruebo puedes creer en el azar o el destino. Sin embargo, solo somos parte de una red en la cual se entrecruzan a diestro y siniestro causa y efecto. A Joe le entretenía manipular a mayor o menor escala las hebras de esa red, sentirse de algún modo hacedor de sus consecuencias. Para Esther, no era propiamente lo contrario, mas digamos que prefería esperar a ver lo que le deparaban las estrellas. Un sábado ajetreado, con la oscuridad cerniendo sus garras sobre la ciudad, sus pies la condujeron a cierto antro, o eso le gustó pensar. Joe, por su lado, con maña aprendida de titiritero, ya se encontraba en el lugar...
— ¡Y así estamos: cagándola y dejando que nos caguen! —Bebió hasta el fondo y depositó el vaso sobre la barra con un fuerte y tosco sonido, para luego abstraerse en elucubraciones atravesando con la vista el moldeado y cilíndrico cristal.
—Si te imaginas al mundo como un gran excusado, no puedes más que toparte con mierda a tu paso —escuchó de quien justo tomaba asiento a su lado. Miró de soslayo, la estudió con toda la discreción y disimulo de los que te permiten hacer uso las mujeres atractivas, detallando de arriba abajo, ida y vuelta, su figura.
—Es muy fácil decirlo desde unos lombardi  —objetó y, para aliviar el nudo que se le hizo en la garganta o para enmascarar que su manzana de Adán se movía porque debía tragar saliva antes de babearse la camisa, se llevó nuevamente el vaso a los labios pasando por alto que estaba vacío. Algo ofuscado, un simple gesto bastó para que el bartender le sirviera otro trago.
—Loubutin —escuchó acompañado de una lacónica risa.
— ¿Qué?
—Si te refieres a la marca de zapatos, es lou-bu-tin.
—Me vale cómo se pronuncie...
—Para tu información, acá no la importan. Y nada que ver conmigo, por cierto.
— ¿Quién sabe? Las prendas hablan por su dueño. –Esta vez le pasó re-vista insolente.
—No me digas, cliché andante. ¿Te suena aquello de que todos los hombres son imbéciles? Contigo al lado, empiezo a tomármelo en serio.
Antes de mostrarse ofendido prefirió darle la vuelta a su argumento:
—En la mayoría de los casos, cuando una mujer generaliza con el sexo masculino, con seguridad, y a menos que haya tenido la fortuna o desventura de recibir de piernas abiertas al mundo, solo se está refiriendo a los pobres desgraciados (no se sabe si por naturaleza propia de ellos mismos o por obra de ellas) con los que se ha cruzado... Tú no pareces haberte cruzado con muchos. A ver: me apuesto el siguiente trago a que tres o cuatro cuando más y sin excluir a tu padre y tu hermano del conjunto. Así que en la vida solo te has involucrado con dos… ¡y con suerte! Mal que te pese que ambos te hayan resultado igual de... ¿imbéciles?
—Reafirmo lo dicho. A propósito, me debes un trago: soy hija única, tarado.
— ¡Así que solo uno! ¿En serio? —Rió cínico sin ápice de comedimiento—. No sé si sentirme halagado de que hayas visto un reflejo de todos los hombres del mundo en mí o reírme de que tu entorno masculino sea tan reducido como para empezar y acabar conmigo.
— ¿Es así cómo evitas que el número de “citas” de a quien conquistas no superen las tuyas? —Tras hacer una mueca despectiva, replica ligeramente afectada—: La verdad, no sé en qué cabeza cabría compararte con el resto.
— ¿Es eso un cumplido?
Por primera vez Esther le devuelve la mirada, presuntuosa, aguijoneándolo satisfecha con sus pupilas. De pronto, se encienden las luces del local. La suerte de música ochentosa que lo ambienta es interrumpida al tiempo por un estallido. Tres sujetos armados se abren paso sin dificultad entre la multitud mientras escupen órdenes a diestro y siniestro: “¡manos arriba!”, “¡todos abajo!”, “¡desháganse de sus pertenencias!”, “¡a la menor vacilación les volamos la cabeza!”. Una oleada de terror, gritos y pasos desesperados arrasa al establecimiento. El ruido de un par de detonaciones es suficiente para someter a la mayoría de la concurrencia. Ella, imperturbable desde la barra, se dirige tal si nada al mozo:
—Un Martini para mí y lo que guste para usted, invita el charlatán de aquí. —A lo que el empleado rechazara cortésmente el convite alegando que no le estaba permitido beber durante el turno, añade: —Pues cóbreselo como importe adicional en la propina.
—Es un muy lindo gesto de tu parte malgastar a tu antojo mi dinero. —Protesta un Joe sonreído y su diversión es entorpecida por una orden que rechaza al momento de oírla:
— ¡He dicho “al suelo”, par de tórtolos!
—Ahora no, estamos muy ocupados por aquí —tras decirlo retoma o continúa el diálogo con la mujer haciendo gala de una tranquilidad pasmosa—. ¿Sabías que el que llevas es mi color favorito?
— ¡Oh! No me diga que no tiene espacio para un asalto en su agenda... —replica el delincuente—  ¡Eeh, Sybil: el presidente de Imbéciles y Compañía se cree que para los atracos hay que pedir cita!
— ¡Idiota! ¡No uses nuestros nombres de pila! —Lo reprende alguno de sus compañeros de crimen.
“Principiantes...” Determinaría un par al unísono, entretanto el local parecía transformarse en el escenario de dos tramas entremezcladas y desarrolladas en paralelo.
—Seguro que “tu color favorito” encierra una gama muy variada que se adapta al atuendo de la chica de turno —azuza Esther...
— ¿Se han fijado en que voy armado? —Intenta llamar la atención el malhechor.
—No sé quién caería con eso. —Agrega Esther subiendo las cejas y sonriendo descarada. Su observación busca alcanzar dos objetivos con una bala.
Al bandido le basta con un “¡ya les muestro!” para anunciar que en breve desencadenará un brote de violencia a la vez que Joe, pillado desprevenido en su propio truco, rebate el argumento de Esther lanzando por lo bajo:
—Te sorprendería el número. —A lo que ella, enlazándolo con algún punto inicial de la conversación, contraataca pícara con un:
—Lo mismo digo.
Sin bajar la guardia en su ensayado ritual de galanteo, Joe le obsequia un guiño que dura más de lo acostumbrado al percibir el aliento de una ráfaga de balas demasiado cerca de su ojo derecho. Ni tiempo tiene de dedicarle su desdén y desaprobación al emisor cuando lo ve acosar a la mujer en la barra y manosearla tal si escogiera una verdura en el supermercado. El siguiente comentario del individuo le aclararía que aunque no hubiera acertado la especie, aquel si la estaba viendo como alguna clase de alimento.
 — ¡Uff! ¡Puro lomito y punta trasera! Y yo con ganas de comer... ¡Grrr! —Bramó cual primate en celo—.  ¡Eh, jefe, ¿no podemos dejar el trabajo para después?!
— ¡Más hambre pasarás tras rejas donde nos caiga la poli, inútil!
—Aparta tu mano de cuarta de esas carnes de primera —intervino Joe, provocando que el hombre se sintiera ofendido no por el descenso de categoría, sino por la alusión despectiva al dedo faltante en su extremidad izquierda. Ignoró que también había logrado ofender a Esther, quien aprovechó el breve desconcierto de su captor para asestarle un rodillazo en las ingles y, ya libre de su acoso, lanzarle unas palabras a Joe a modo de desquite.
— ¿Sabes? Tu visión es contagiosa.
— ¿Sí?
—Te veo y no tengo que recurrir a la imaginación para sentir un impulso irreprimible de tirar de la cadena del retrete.
Al terminar la frase subió ambas cejas, relamiéndose. Volvió a su Martini y, consciente de ser vista, jugueteó con la aceituna entre sus labios antes de devorarla con los dientes. La imagen aturdió por segunda vez al delincuente, que ya se encontraba consternado por el dolor en su entrepierna; pero mayor conmoción hubo de causar en Joe, quien no dudó ni tardó en trasladar el cuadro a un contexto más obsceno, en el cual encontraba una manera placentera de compensarse por las palabras recién oídas. Tras segundos de deleite, señaló:
—Yo, al contrario, me lo pensaría dos veces. Sé que jamás podría plasmar en la porcelana unas heces tan bonitas como las que tengo enfrente. Es más, no me importaría en lo absoluto dañar mis zapatos si me tropiezo contigo.
—Espero que eso no sea un halago, porque es de lo peor que he oído.
—Pues vamos casi empatados porque no recuerdo haberle permitido nunca a mujer alguna insultarme tal cual lo has hecho y salir ilesa de ello —sus ojos la atravesaban con resentimiento mal curado.
— ¿En serio te dejaste atacar por una chica estando armado? —El comentario, proveniente de algún otro integrante de la banda, iba dirigido al atracador pero igual podría estarlo para Joe. En vano intentó defenderse el aludido:
—Eh... ehh...
—Suenas un tanto... dolido —esta vez se dirigía Esther a Joe, aunque de igual modo podría apuntar al balbuceante atracador—. ¿Debería mostrar arrepentimiento?
— ¡Bah! ¡Ya me encargo yo de esos dos! —Exclamó al límite del hartazgo otro de los novatos asaltantes.
Joe chasqueó la lengua en tono negativo, un gesto que podría significar una réplica o advertencia tanto para el malhechor que se acercaba como para Esther, antes de añadir:
—Deberías tenerme miedo.
Una sonrisa socarrona cruzó su rostro, dio un paso hacia la mujer que no vaciló ante su avance. El más osado aspirante a maleante les dio alcance e intentó separarles, pero se vio obligado a frenar en seco ante un trompazo disparado por sorpresa por el puño de Joe. Para mayor irritación del individuo, Esther, cómplice, quebró la copa del Martini sobre su cabeza luego de terminarse ceremoniosa el contenido. Con todo, lo que más lo enfureció fue escucharlos decir al unísono:
— ¡Idiota!
No tardó en comportarse como tal. En un alarde exagerado e innecesario de fuerza bruta se abalanzó sobre una mesa cercana y la lanzó hacia el lado opuesto de la estancia. Se escucharon gritos entre la concurrencia y más de uno se desvivió por poner su anatomía a resguardo de la trayectoria errática del mueble. A punto estaba de repetir su temeraria acción cuando...
— ¡¡NI TE ATREVAS!! ¡O te romperé la crisma con ella! ¡¿Tienes idea de cuántas semanas de paga, incluidas tus propinas, cuesta?! ¿¡QUÉ PITO! toca este gentío aquí si se supone que hoy ¡NO A-BRI-MOS AL PÚ-BLI-CO!? ¡Brando! ¡BRAAAANDO!! ¡¿No oyes que te estoy llamando?! ¡¿Dónde estás, cretino?! ¡VEN Y DAME LA PUTA CARA PARA ROMPÉRTELA A PATADAS! ¿Para esto te dejo encargado del local? ¡LAAAAAAAAARGO!! ¡¡Todos fueeera!!! ¡DE-SA-LO-JEN! ¡Joe! ¡Sybil! ¡¡Quiero esto en orden antes de que pueda firmarle a cada uno y al incapaz de Brando una carta de despido!! ¡¡Y MÁS LES VALE QUE ESAS BOTELLAS NO SEAN DE MI BODEGA!!! 
—Eh... ehh... ¿jefe? Es solo, je-je, una... drama-tización. En lo que...
— ¡¡ME IMPORTA UN REVERENDÍSIMO CARAJO!!! ¡Dan menos problemas las piedras en las pelotas!! ¡MUÉVANSE, MIERDA! ¡BRAANDOOO! ¡MALDITO SEAS, MUCHACHO! ¡Esta sí que no te la paso!!
A regañadientes la mayoría acató sus órdenes, el resto se debatía entre marcharse sin más o continuar con las instrucciones de un previo y estructurado plan. Joe siguió los pasos de Esther junto al primer grupo para interceptarla una vez afuera.
—Tus amigos son muy malos actores —apostilló ella con cierta suspicacia antes de que él tuviera oportunidad de emitir palabra, hallándose inmersa en una extraña telaraña cuyos hilos no había logrado ver.
—Yo diría que tus actores son muy buenos amigos —resaltó Joe tentando al destino, dudando, una novedad para él en esa noche, de los efectos de sus actos.
A esas alturas ambos ignoraban hasta qué punto cada cual había sido parte actora o manipulada, y aunque tenían la certeza de que ambos habían recurrido a su tiempo a Brando, también sabían de sobra que aquel no iba a aclararles nada. Joe, esperanzado, jugó su última carta:
— ¿Salimos?
—Ya estamos fuera... —Esther entendía en calidad de qué hacía la pregunta, pero quería tejer por su cuenta el final.
Joe se sonrojó apenado. Era como si de repente hubiera perdido el dominio de las riendas y ya no supiese a dónde iría a parar.
Esther se le aproximó resuelta, disminuyendo vertiginosamente la distancia entre ellos; fingió juguetear con su chaqueta y susurró retándolo con la vista:
—Debería tenerte miedo, ¿no? —El hombre sonrió tímido y luchó contra su azoramiento rascándose torpe la nuca—. Necesitas mejorar tus técnicas de seducción —añadió como frase de despedida.
Joe la vio alejarse confundido y por hacer algo, más que por otra cosa, se ajustó las solapas de la chaqueta. Extrañado, se palpó el bolsillo delantero, lo revisó y río sin comedimiento para luego gritar a espaldas de Esther:
— ¡Y tú tus maneras de decir adiós!
Entusiasmado y mudado de sí mismo ante el asombro regresó al local, tropezó con Brando en el portal:
— Dime que por lo menos ha valido el “numerito”... No sabes lo que va a costar calmar al boss.
—De más. ¡Ya tengo el suyo!
Joe le muestra triunfante la tarjetica recién sacada del bolsillo de su chaqueta. El nombre de Esther y su teléfono están en ella.



—Hasta siempre, Aldo. ¿Nos vemos en el espejo?
—Estaré justo en tu reflejo.



Fotografía de Oleg Oprisco

Corría el año 2013 cuando, cansada por vez primera de mis propias letras, estuve a punto de recoger la tienda y borrarme de este espacio; sentía que le faltaba algo a mi escritura (demasiado para ser franca) y pa’ las cagadas que escribía ni yo misma me habría extrañado... Entonces apareció Aldo a mostrarme las cosas desde otra perspectiva con una lección breve y, en apariencia, sencilla: “necesitas escribir como si nadie te leyera”. Tarea fácil para mí: nadie lo hacía; pensé de inmediato, pero no lo fue y todavía cuesta. Requiere de cierto grado de confianza, independencia, desnudez, entrega y osadía que suele esfumarse cuando te acercas con total intención al papel o al ordenador, y a pesar de ser ellos de naturaleza más endeble que la tuya, tú tiemblas por los dos. Aún así le aprendí a dar más de lo que daba en cada línea, a idear desde un lado distinto al del sarcasmo y la tristeza; a aprovechar otras emociones, por separado o en conjunto; a recurrir a la espontaneidad de cuando en cuando, a divertirme con el texto, a tomarme en serio, a soltar prejuicios, a superar miedos, a dejar de lado la vergüenza, las limitaciones y cadenas del “esto no va a gustar”, del “qué se pensarán de mí”, del “¡ah-ah, ni loca publico algo así!”... Me descubrió una yo que no conocía y me enseñó a crear como no sabía o no estaba segura de que podía hacerlo. 
Desde que apareció, o perdón, desde que me lo inventé, Aldo me ha prestado su nombre cada que me ha dado miedo o recelo acercarme al texto o a mis más turbias emociones y a su vez he disfrutado de la soltura e idea de libertad proporcionadas por una nimia porción de anonimato (siempre que, claro, el más sagaz lector lo haya pasado por alto).
Sin embargo, ya va siendo hora de despedirle; digamos que su viaje, que no el mío, ha terminado ya.
Gracias por seguirme el juego o no delatarme, o mejor: por creer que acá en el Trébol escribían dos autores y no únicamente Fritzy y su álter-ego.



Ah, ¡feliz Día de los Santos Inocentes!





Ha salido en las noticias que gracias al calentamiento global los polos se derriten. La maestra, antes de salir de vacaciones, les ha mostrado imágenes de los charcos de agua en que se han convertido las zonas más heladas del planeta. Ángela deduce que el tiempo no hará favorable la entrega de obsequios y le expresa su preocupación a Julia:
—Santa la pasará muy mal en el viaje con tantos baches en el camino. 
— ¿A ti qué más te da? Con tal de que el 24 tu regalo esté debajo del arbolito... —Se encoje de hombros al decirlo, entregándole a su amiga la indiferencia de consuelo.
A ella no la engañan las noticias, ha visitado en compañía de su madre una docena de centros comerciales para la víspera y se ha cansado de sentarse en las piernas de Papás Noel viejos y barbudos para asegurarse de recibir su lista. “¡Ash, lo que tiene que hacer una niña para Navidad!”, suspiraba pasándose con expresión exagerada el dorso de la mano por la frente para limpiarse un supuesto rastro de sudor. Nunca logró responderse si era el mismo Santa siempre o si había más de uno, pero concluía que con tantos regados o multiplicados por el mundo, no había forma de que su pedido no llegara a su destino.
Así se lo había aseverado días antes a Andrés, cuyo silencio pareció secundarle la observación. No supo que la mudez premeditada del niño fue solo un gesto de solidaridad para no arruinarle la fantasía. Él hace mucho que dudaba de la existencia del gordo de barba blanca vestido de rojo, desde que un día tuvo la pesadilla de que aquel se quedaba sin trineos y se convertía en Caperucita mientras un lobo lo perseguía. No le gustó encontrar al día siguiente, jugando a las escondidas, el traje del uno y de la otra en el armario de sus padres ni tampoco que Marcos se riera de él al relatarle el hecho:
— ¡Ja, ja!, si tu papá es el lobo y tu mamá, Caperucita, a ti fijo te toca hacer de abuelita.
Le dio un puntapié en la parte posterior de la rodilla, pero, todavía doblado en el suelo, a Marcos la risa no se le agotó. Cosa que más tarde Andrés agradeció, porque de no encontrarse tan contento, sin dudarlo, le habría devuelto el golpe. Aun así, no le perdonó a su compañero que no lo tomase en serio.
Sin embargo, la falta de seriedad de Marcos tenía excusa: hacía rato que no creía en cuentos y mucho menos en San Nicolás. Tres años hace desde que descubrió el secreto por su cuenta y se hizo a la idea de que sus padres o eran bien tontos o, lo que es lo mismo, carecían de astucia: solo a ellos se les ocurría llevarlo a hacer las compras a la juguetería y esconderlas al llegar a casa, para que después aparecieran a igual tiempo que el Niño Jesús en el pesebre. No obstante, si quería seguir recibiendo obsequios, le convenía mantener cerrado el pico. Cada vez que rememoraba el ir con sus padres a la juguetería le entraban risas:
—A ver Marquitos... escoge algo de éste a éste renglón del estante. —Eran así de precisos, tanto que al niño le entusiasmaba contemplar su reacción cuando se empecinaba con algo fuera de su alcance (o de su bolsillo): se miraban entre ellos, se ponían rojos y nerviosos, balbuceaban y luego usaban una frase por el estilo: “¡Pero Marquitos! ¿Te crees que el Niño Jesús es rico?”.
Por el contrario, quien mantenía su fe pese a todo era Clarissa. Esperanzada, no pedía gran cosa salvo que Santa o San Nicolás o el Niño Dios, fuesen quienes fuesen, por una vez le mandaran una señal de que la recordaban.
Se levantó la mañana del 25 y fue directa hacia el árbol de Navidad, para encontrar el mismo espacio sin llenar entre sus raíces de plástico.
— ¡No puede ser que me haya portado tan mal este año! —Lo peor era tener que ceder al chantaje emocional de sus padres:
—Ah, estará todavía de camino. Mira, le han florecido caramelos al pino —le señalaban los dulces que adornaban sus ramas. Mientras, a ella se le pasaban por la cabeza todas las travesuras que había hecho desde el inicio de clases, pero no terminaba de cuadrarle nada...
— ¡Ah-ah, qué va! ¡Ven lo que pasa cuando un bebé o un viejito se encargan de entregar juguetes!  
—Quizá si el otro año te portas mejor, chiquilla...
— ¡Que no, mamá! Así no funciona —explica—. A los niños malos por lo menos les traen carbón. ¡Entre que uno no sabe leer y el otro necesita lentes, está claro que ninguno entendió bien mi dirección!
Se marchó enfurruñada sin reparar en cómo su madre se hacía eco del reclamo:
— ¿Será que sí se acordarán de ella los reyes?
La frase era una indirecta en busca de pinchar a su marido. Mas éste, inmerso en su inmensa tacañería, ni se daba por aludido:
—Mujer, si los servicios de encomienda no se llegan al barrio, ¿qué iba a hacerlo la realeza? Mejor vele diciendo la verdad...
— ¿Que es...? —Si el hombre se hubiera percatado de la presión ejercida por su mandíbula al decirlo, se habría ahorrado el contestar.
—Que el bendito Niño Dios es sordo e indiferente a las peticiones de nacimiento y que aquí no hay chimenea...
De la que se armó en casa luego de ese comentario no se enteraron las noticias ni mucho menos Clarissa, quien llevaba días viendo a su padre lucir tres arañazos en una mejilla y un pequeño bulto amoratado sobre la ceja izquierda.
Cenaban cuando finalmente se resolvió a preguntarle la causa de tales marcas en su cara, la respuesta la dejó pasmada:
—Nada, me he peleado con el bebé y el viejo barrigón de los regalos para que arreglaran lo de la dirección. —A su mujer, que medía cada una de sus palabras observándolo de soslayo, no se le pasó por alto su talante socarrón.
— ¡¿Y qué te han dicho?! —Insistió la niña haciendo evidente su entusiasmo.
—Te envían disculpas por la tardanza...
—Y... —azuzó su esposa.
—Aquí tienes.
Una caja con un enorme lazo plateado se robó el protagonismo en la estancia. Un vecino espiaba la escena desde la ventana de enfrente sin dar crédito a la reacción de la niña, quien, a su parecer, actuaba como si fuera la primera vez que Santa o San Nicolás o el Niño Dios, fuesen quienes fuesen, le hacían un presente.






“Word” by Andrey Bobir

¿Cuántas almas y deseos incumplidos guardarán las estrellas?
Carmina extravía su mirada por el techo mustio y sombrío de una habitación en penumbra. Hace meses la vela un cielo de color ocre mortecino y los únicos astros que lo iluminan tienen la forma de los nudos y acebolladuras de los tablones de madera podrida que descansan a escasos palmos de distancia sobre su cabeza.
¿Cuántas lágrimas habrá camuflado la lluvia?
Al lado, muy cerca de su oreja derecha, nunca deja de escampar una gotera. Su flujo exiguo e intermitente le causa sordera. Supone que afuera las tempestades no cesan. Adentro tampoco. Se lo susurra una voz en su oreja izquierda, por dónde cree que en las malas horas se le cuelan los demonios a persuadirla con pensamientos malditos. Le atormenta la idea de que todos, mojados o no, en el interior llevan un diluvio.
¿Cuántos suspiros y anhelos arrastrará el viento? ¿Cuántas ganas habrá recogido el mar en su orilla?
Coge aliento con cuidado, temiendo que una inspiración suya baste para hacer desaparecer su mundo inmediato junto con quienes lo habitan. El olor a salitre desprendido de la tierra y las cuatro paredes que la contienen se lo impide. Tose en un intento vano de devolver la pestilencia que involuntariamente se ha tragado. Es inevitable no pensar que de algún modo su cuerpo le hace casa al vicio. Expira con dificultad sabedora de por qué percibe tan cargado el aire: todavía anhela poder arrasar todo de un soplo sin sentirse culpable.
¿Cuántos secretos se han escondido en la noche y cuántos más pasan desapercibidos a la luz del día? ¿De cuántos insomnios habrá sido testigo la luna?
Un bostezo inesperado le impone calma, pero sabe de sobra que a pesar del cansancio no podrá obedecer: sus párpados enemistados, lejos de ofrecer rendición, hacen guardia permanente para no plegarse, y el campo de batalla en el que se ha convertido su estómago, en falso sosegado con el agua y pan escasos recibidos, presenta apoyo para que la paz nunca la visite.
¿A cuánto asciende la lista de personas extraviadas en las nubes? ¿Con cuántas canciones se llenará la ausencia?
“Pa-a-az”, tararea mientras un escalofrío le recorre el centro de la espalda. Esa palabra siempre le cae cual balde de agua helada. La relaciona con la muerte, de todas las veces en que ha debido desearle descanso a los restos de alguien que quiso y ahora habita terrenos desconocidos. Los rememora en silencio. Se autocastiga preguntando inútilmente su paradero. La única certeza que le queda es el  convencimiento de estar tan perdida como ellos y de que la tranquilidad completa solo la alcanzará cuando también se descompongan sus huesos. 
¿Cuántos fantasmas se alojan en el vacío? ¿De cuántos amores no expresos habrá sido testigo el silencio y de cuántos otros prohibidos habrá sido cómplice?
Una sombra informe surge de un rincón y baila sin decoro frente a ella. No puede transferir su silueta a algo o nadie conocido, pero aun así le pone nombre. La llama sigilosa con una mano y presume acompañarla en sus movimientos haciéndola resbalar entre sus dedos... cada gesto sutil a la nada esconde una caricia a alguien que está lejos.
¿Cuánto polvo acumula el recuerdo? ¿Cuánta esperanza hay puesta en el horizonte?
Estornuda, no sabe si por la suciedad o el frío; con seguridad por ambos. Toda su pena se evidencia de golpe en un hondo suspiro a la par que su alma grita por auxilio. La socorrería dejándole emprender el vuelo, sin embargo no hay ventanas desde donde desplegar las alas y teme que termine tan prisionera como ella en esa pocilga que le hace las veces de morada. Dibuja una línea imaginaria más allá de donde alcanza su visión sin distinguir un punto definido. Sus pupilas le sirven de enlace hacia otra dimensión cada vez que necesita inaugurarse otro universo. “Aún no estoy allí”, se dice. “Pero un día...”
¿Cuántos parpadeos separan al despertar del sueño...?
— ¡Ah, niña!
El timbre de una voz la interna en sus pesadillas.
¿A los cuántos malos tragos cogen mejor sabor las penas?”
Se le hace un nudo en la garganta y la saliva se le acumula momentáneamente en la boca. La náusea hace presencia para anunciarle que no tiene estómago para un infortunio más.
— ¡Ya deja la contadera!
¿Cuántos errores puntúan para presumir de experiencia?”
—Mejor prueba con ovejas...
¿Cuántas capas de fragilidad oculta la dureza?”
—...me deprimes a la mitad de tus compañeras y la otra, se queda en vela no más por oírte.
Se desmorona de repente, apenas sin dar muestras de ello. Las lágrimas le bañan las pupilas, pero, como resultado de la práctica obligada de la contención, ninguna resbala por sus mejillas.
— ¡Así no me van a rendir mañana con la clientela!
“¿Cuánta inocencia lleva a cuestas el verano? ¿Cuántas cosquillas ha recibido el cielo a causa de los orgasmos?”
Ríe sacudida por tenues espasmos tal si alguien le hurgara el vientre de improviso, mas sus carcajadas desentonan en la estancia y esbozan trazas de locura en una docena de miradas.
— ¿Con cuántos zapatos se ha encariñado esa piedra del camino? ¿Cuántos árboles llevan en su corteza un tatuaje no elegido...?
Mientras lo dice se repasa una y otra vez una cicatriz reciente en el antebrazo, vestigio mudo de cuándo dejó de pertenecerse y empezó a convertirse en propiedad... de alguien más.
— ¿Cuánto cansancio abarca un bostezo? ¿Y cuánta hambre? ¿Y cuánto...?
— ¡Cállate, ¿quieres?!
La pregunta no demanda respuesta. Su rostro se contorsiona brutalmente al recibir el impacto de una bofetada a mano cerrada. La fuerza del envite la vuelca hacia el suelo, choca con una cubeta en donde se recogía el llanto a cuentagotas del techo y ésta desparrama el contenido mojando sus harapos y salpicando a un par de sus compañeras de cuarto. No obstante, lo que detiene su caída es el tabique más cercano, cuya superficie se desmorona al contacto con su cuerpo y la impulsa de regreso a la raída e inmunda colcha en la que minutos antes intentaba conciliar el sueño. Para sumar a su pesar, una viga embarazada de termitas decide dar a luz sobre su cabeza, un millar de partículas de polvo consiguen descanso dentro de sus ojos y su boca, dándole al instante la bienvenida a un incontrolable acceso de tos. Recibe una severa palmada en el mero centro de la espalda que la sume en otra especie de ahogo...
— ¡Duérmete ya o te mando a encerrar con Bruto! Será peor que atender a diez bárbaros a la vez. —Varias expresiones de pavor y asombro se despliegan al unísono— ¡Y ustedes también! Donde vea a alguna bostezar durante la jornada...
La mudez y la escasez de ruido imponen silencio, juntas perfilan un cuadro de sumisión y forzada obediencia. —“¡Ya deja la contadera! ¡Ya deja la contadera!”—. Carmina se rebela entre sollozos. Internamente hace una relación de su edad, los años vividos y por vivir, los días de cautiverio y de libertad, los kilogramos de su carne y su piel, cual mercancía inacabable, vendidos y aún por vender, las monedas de las cuales solo había cobrado el sonido y las que todavía le faltaban escuchar... las cuentas jamás le terminaban de cuadrar.




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