Fotografía de Jeannette Woitzik

— ¡Tanto para decirle que te gusta! ¿No le puedes decir “me gustas” y ya?
—No, así no más no. Tengo que decírselo sin decírselo.
— ¡Asssh! ¡Qué complicado!
—Pues sí, pero mi hermana dice que a las chicas no les gustan las cosas simples.
—Pues yo soy una chica y preferiría que el chico me dijese que le gusto en dos palabras, que me queda más claro, antes de hacerme leer un testamento en el que debo suponerlo.
—Espérate a que crezcas...
— ¡Soy de tu mismo tamaño, idiota!
—Ehm... por eso no tienes novio.
Paula se marchó entre ofuscada y molesta callándose su réplica, que revelaba que la verdadera razón por la cual no tenía novio era porque él no la miraba.
A Andrés, por su lado, demasiado esperanzado en sus propósitos, nadie logró frustrarle la voluntad de entregar el texto dedicado a la niña que, según palabras suyas, le robaba el aliento.
La carta fue leída un lunes por la mañana, entre el descanso de Historia y Matemáticas:
“Asta q te conoci, lo unico q me quitaba el aire era la clase de educ. fisica de los jueves después del mediodía. El profe Torres nos tortura con un entrenamiento propio de la armada y luego toca ir a la siguiente clase con el uniforme enpapado y el sudor dandonós un 2do baño del q nadie sale aseado. Contigo casi nunca pego una Te ví arrugar la naríz, la semana pasada... me dio verguenza verte toda fresquesita y perfumada y yo apestando a qué rayos. Luego el viernes, quise arreglarlo y se me debio pasar ful la mano xq, las 2 hrs del taller de biología anduviste estornudando al lado mío. Espero seas alergica a la colonia de mi tío y no a mi. Es broma pero esta ok si no te da gracia. Igual a tí te sobra asta sería xq, 100pre me contentas Como aquel día en castellano cuando discutistes con la profe x aquella palabra con doble escritura q ya se me olvido. No sabes las ganas q tengo de aorcar a esa vieja, me tiene fastidiado con su obcesión con los acentos y su corregidera como si se esperara q los de la real academia española de la q tanto habla fueran a premiarla x hacernos la vida imposible con la pronunciación y la ortografia. Las patadas q recibiria si fundaran una real academia latina... (otra ves bromeo, x si a caso) x eso me encantó q le llevaras la contraria. Recuerdo reirme mientras peleaban y la cara de disgusto q me lansastes después. Lo siento si te ofendi pero, quiero q sepas q me burlaba de ella y no de tí.
X sierto q te luce el cabello ensortijado y los lentes sin montura y le hice pagar a mi amigo Tony q te comparara con una esponja de alanbre con cristales.
Lamentó q te halla dicho en público algo haci.
Esto no es una carta de disculpa, x si lo parese. es solo q no se q piensas de mi, ni si quiera se si me piensas... Yo si te pienso, todo el tiempo, incluso sin querer.
Espero q x fin contigo pegue una chamita y te atrevas hacer mi pareja no solo en el taller de biología.
Pd: me encanta tu alanbrera, x si no lo sabias”.
—No te hubieras molestado —el papel que contenía la declaración fue doblado en cuatro.
— ¿Eso es todo? ¿No vas a decir más nada?
—Mmm, ¿gracias?
— ¿Gracias?
—Pero es que no entiendo.
—...
— ¿Por qué me la has escrito?
— ¿Por qué?
—Sí, ¿por qué?
—Porque... porque... es que tú...
— ¿Sí...?
—Me gustas...
—Oh... Lo sien-to —la carta fue devuelta a las manos de su emisor; la destinataria, entretanto, emprendió la huida—. Y... ah... Pon más atención en Castellano, lo necesitas...
El chico estupefacto por la implícita, aunque no expresa negativa, apenas reaccionó. Pensaba en su amiga, a quien lo sucedido le daba la razón.
— ¡Y de paso la tuve que romper porque ni siquiera se la quedó! —Le refirió él más tarde, todavía absorto en su primer rechazo.
— ¡Te lo dije! De haberme hecho caso te habrías ahorrado la tinta del bolígrafo y el papel, y también la inspiración —respondió antipática Paula. Le seguía resultando odioso e innecesario el asunto de la carta.
Estaba dolida en el fondo, aunque lo disimulara; insistía en que no había sido escrita para quien sí la esperaba.





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Martes 23 sobre las 7:30 pm. Lo recuerdo como si fuera ayer porque así fue. Yo no debería estar allí, pero la idiotez me hablaba más alto que la cordura. También me llamaba a gritos su voz aguda y sibilante, aunque reconozco que menos de lo que lo hacían su escote en “V” descendiendo sin piedad a los infiernos y la raja de medio lado de su minifalda negra marcando una pronta absolución en las alturas.
Yo no debería estar allí, pero a veces nos gusta ser metal atraídos por voluntad o por fuerza hacia el campo magnético de una consabida desgracia. Dirían que fui por la fiesta, aunque nunca supe qué diablos celebraban. A mí me movía otra causa: había licor a montones para vaciar la mente, música bastante alta para perder el sentido y ella... con su minifalda negra y su escote pronunciado dispara libido. Nos ubicamos con la mirada justo al llegar, a pesar de no tener permitido romper con la regla de evitar el contacto visual. Lo siguiente sería fingir, cual si tal cosa, que cada uno observaba más lejos o más cerca de la anatomía del otro. La deseé y le deseé suerte en la tarea mientras yo, ya teniendo grabado su cuerpo de costado a costado más allá de las retinas, anunciaba mi fracaso.
En la barra servían escocés, seco. Me vendría bien uno a las rocas con el regusto de su sabor en mi boca. Sin embargo, no estábamos para exigencias. Me lo resaltaba la mano que, reposando confiada en la base de su espalda, la escoltaba y guiaba por toda la sala. ¿Pensaría aquel, igual que hacía yo luego de haber palpado en el mismo sitio su desnudez, que la tela estorbaba? Lo vi palmearle el trasero con falsa discreción y no tuve duda de ello.
— ¿A las rocas, señor? —Costumbre o mera cortesía.
—Seco. Seco irá mejor.
El ardor del trago en la garganta alivia uno peor. Ahora no solo tendría que evitar el contacto visual, sino el verlos moverse de aquí a allá. Su exhibicionismo compartido me empezaba a irritar.
—Qué manía esta de llamar fiestas a las reuniones, ¿no crees?
Una castaña de ojos pequeños me persuade, se apoya a la barra de espaldas. Luce atractiva e insinuante. Quizá...
— ¿Te aburres? —Reacciono.
Hace un gesto figurando caer dormida y luego resopla obstinada en respuesta.
— ¡Bien por ellos! —Alude al motivo del festejo, mas sigo sin tenerlo claro—. Me compraré un gato y como es un gran paso, voy a celebrarlo.
Capto la ironía y río sin ánimos.
—A propósito, estás invitado —su mueca desvía mi atención a sus labios.
Estoy por contestarle medio divertido y sorprendido cuando algún despistado nos interrumpe derramando una bebida sobre su vestido.
Conozco de sobra el timbre de la voz que se disculpa, en vano, entretanto la mujer corre hacia el lavabo para limpiar su atuendo.
—Te vigilo —me advierte por lo bajo y al alejarse se gira haciendo una señal de que la siga.
Fondo blanco y ya estoy tras sus pasos sin necesidad de pensarlo.
Entramos a algún cuartucho oscuro. Yo, entre manos ocupadas y otras cosas, escucho su reclamo:
—No coquetees aquí.
— ¿Qué más te da el sitio? —Me sabe mejor el whisky con la lengua pegada a su cuello.
—Entonces no frente a mí —descubro sin sobresaltos que su despiste fue premeditado.
— ¿Y quién te lo impide a ti? —A mis manos les empieza a sobrar su ropa interior.
—Puedes mirar a otro lado... —Me entran ganas de hacerle tragar el comentario. Rompo el beso halándola del pelo y mis dedos que la apretujaban se clavan castigadores en su trasero.
—O puedo volver y desencajarle la quijada —la reto.
Me sostiene la mirada a la vez que sus manos hurgan mi sexo, me incita mordiendo mi barbilla y espeta:
—No tenemos tiempo para eso.
Me la tomo a tragos y sorbos desesperados. Su humedad compensa con creces la aridez del escocés. Pronto estallamos, ambos servidos a las rocas... derretidas. Su labial deja huella del delito en mi piel.
De repente la claridad retorna. No hay testigos ni abogados y quien nos pilla in fraganti se autoproclama juez.
Todavía me vierto en ella cuando se escucha el disparo. Su Señoría falla a favor del arma que nos ha sentenciado.
No sé qué día es hoy ni si debería estar aquí, pero tengo presente como si fuera ayer, y estoy seguro de que lo fue, ese Martes 23.





Fotografía de Martín De Pasquale

—Tienes los pies llenos de cemento. Fíjate, están atascados en el suelo. Los tobillos enterrados en el piso...
— ¿Cómo?
—Mira a tu alrededor, todo objeto en esta sala se mueve más que tú. Y según gozas de mayor libertad. Observa la mesa, los rayones bajo sus patas... a veces rueda por inercia. ¿Y la silla? Nunca se queda en un solo sitio. ¡Y tú te estancas!
—Pero ¿qué dices? Yo cami...
—En un mismo punto. ¡Bah! Nunca he visto un círculo con un radio de acción tan reducido. Inexistente, en tu caso. ¡¿Será posible?!
— ¿No estás confundiendo conceptos?
— ¿Siempre eres así de cuadrado?
—No se me dan las figuras... Pero, volviendo al tema, yo...
—Sí, sí, sí, tienes pies, ya sé. Y sin embargo, ¿a dónde te han llevado? ¿Qué tan lejos has ido? Los pingüinos que andan con las patas tan juntas al menos llegan a destino.
— ¡No pue...!
—Oh, sí, sí puedo. Para muestra: ¿cuántos pasos has dado desde que entraste a esta habitación?
— ¿Cuántos pasos? ¿Qué sé...? La verdad no los...
— ¿Los? ¡Uno! ¡Solo uno! Y yo diría que el mismo.
— ¿Cómo puedo dar siempre el mismo paso?
— Te repites, ¿no lo ves? “Paso uno: caminar”. No hay más.
—Pero ¡si dices que no camino!
— Sí.
— ¡Que me quedo estancado en el mismo punto!
—Sí.
— ¡Que no me he movido ni llegado a sitio alguno!
—Sí. Ahora suenas convencido. Es un avance.
— ¿Convencido? ¡Si solo te remedo!
—Falsa alarma. Un paso atrás...
—Perdón, te aludo.
—La imitación es la confirmación de algo aprendido.
—No te imito. ¿Avance dices?
—Por lo visto, tampoco aprendes. A propósito, te repites...
—Pero ¿avanzo?
— ¿Cuántos pasos has dado?
—Ninguno.
—Te respondes por tu cuenta.
—A lo mejor no deseo llegar a lugar alguno.
—Plantado de raíz...
—A lo mejor solo quiero... estar... tranquilo.
—Dirás que solo quieres “estar”. Quedarse quieto no es lo equivalente a tener paz.
— ¿Estar? Sí. ¿Qué no es lo mismo que hace cada objeto aquí?
—La mesa y la silla tienen un carácter funcional...
— ¡Calcuta!
— ¿Qué?
—“Vivir para servir”, ¿no es así? ¿Y qué hay de la otra parte que te-reza: “no se puede servir sin que te usen”?
—Depende, ¿temes ser usado o ser útil?
—Temo ser.
—Le temes a tu existencia pero quieres estar, ¡qué contrariedad!
— ¿Por imprevista o discordante?
—Por ambas quizá. Y al cabo, sigues en el mismo punto.
—El punto lo es todo: el final, el principio...
— ¿Y qué de lo que hay en medio?
—Dime tú, aún no amplío el radio de acción de mi círculo.
—Vuelves a sonar convencido.
—Solo te remedo.
—Imitación, de nuevo.
—No soy el único que se repite. Mira a tu alrededor. Después de todo, además de la mesa y la silla, hay un espejo en la habitación.





Fotografía de Oleg Oprisco

Labios resecos y voz destemplada,
recuerdos derramados
cual vino en copa rota.
Rojo en el suelo,
acaso mezcla de sangre y ebriedad:
no sé si me ha cortado
el cristal del licor no recetado
o el filo de tu frialdad.
Ojos henchidos
no de ira ni de orgullo,
dolor recogido en el lagrimal.
Humedad en las sábanas,
¿accidente o propósito?
La lavará la ausencia o la soledad.
Manos que tiemblan,
frío convertido en el vestigio
de un suspiro.
Susurros...
Aliento viciado
con regusto a silencio forzado,
algún platillo insípido
y el humo rancio
de un viejo cigarrillo.
Cae al suelo,
encendido,
levanto la copa
vacía,
manchada,
rota,
y brindo.




Y diré que como tú ninguna
y será verdad...
Ni el sol,
la misma luna...
Las yemas de los dedos
rasgadas por tu ausencia
y aún no aprendo a tocar tu adiós
con los acordes en regla,
cada lágrima suena más tétrica
y aún no sé
cómo afinar la nostalgia
en las noches en vela.
Las cuerdas del alma gastadas
y la garganta siempre anudada
en la segunda nota:
re-conocerte
re-encontrarte
re-construirte
recordarte...
y hacer de tu recuerdo un arte.
Que no me pese
ese pacto no acordado
de vivir
evocando tu retrato.
Admirarlo
y entonar la melodía
que te revela más infinita
que la estrella titilante.
El sol,
la misma luna,
se me harán... 
se me hacen
pequeños
para abarcarte.
En cambio,
para añorarte
sobran espacios...
Cada suspiro de anhelo
produce uno nuevo
y me colmas,
me re-inventas,
el cielo.
Y no es mentira:
como tú
nada,
nadie,
nunca.






Si lo piensas bien, salvo extraterrestres quizá, nadie hay ahí afuera. Ningún ente, ningún ser, nada que te contenga. Nadie quien te vigile con mirada omnipresente, nadie que vaya a premiarte los aciertos ni a perdonarte desde algún lugar distante y extraordinario por tus faltas. No hay pecados, solo errores, y no hay nada más profano que los dioses.
No hay rezos ni oraciones ni plegarias, solo culto y doctrina, inventado, innecesaria. La religión es solo otra materia que te inculcan con el sustituto atrapabobos de “modo o estilo de vida”. ¡Ja! Hay cientos. Elige alguna y estás hecho.
La creación es solo recreación. Mira hacia arriba, “las alturas”, una cúpula celeste vacía. Puede que el vacío, ¿oyes el eco?, sea tu “Dios” y no lo sepas. Puede que tú mismo seas tu “Dios” y te dé pena.
Porque aterra, ¿cierto?, saber que eres tu salvación e infierno, tu paraíso y condena, desconocer si los ángeles y demonios que te albergan están muertos o de fiesta.
Además, te pesa y te pesas... No puedes solo y el auxilio siempre debe venir de afuera, (no me compres ese libro de autoayuda ni lo vendas): cuando vas sin rumbo por algún callejón peligroso y oscuro, y temes que alguno de tus “hermanos” se vuelva en tu contra y te arrebate el tan preciado último suspiro; cuando por diversión, la tragedia se hace cercana, el dolor acecha y la rabia o las lágrimas muestran su sonrisa más perversa; cuando tus pasos conducen a inverosímiles laberintos en los que no sabes en qué puerta o cuál pasillo dar con otros o contigo; cuando la vida te queda grande, repite y asegura que sin importar lo que hagas nunca va a calzarte a la medida, subraya tu insignificancia y tú, reducto de la nada, te descubres incapaz de cargar contigo y con el mundo...
Y la pregunta, siempre despierta e incansable, haciendo ruido en tu cabeza.
La duda es el único silencio que te queda.
No hay respuestas. Vienen tergiversadas con suposiciones y falsas certezas que tú aceptas.
Al fin y al cabo, en este espacio en el que has aterrizado de improviso, estás de paso.
Escudo y excusa.
La nada es lo único que perdura.
Y mientras, solo eres: un parpadeo en las cuerdas del tiempo (otra falacia), el titilar efímero de una estrella en la galaxia.
Nada más.
Solo eso.
Solo...
Tú.
Y después... Un eco, ¿recuerdas?, el vacío.
Y tu dios, que comparte tu esencia y concibes como invento no nacido, siempre muere, no por ti, sino contigo.




Harmony of destruction – Andrey Bobir

Cuando el timbre sonó la Sra. Guillermina se encontraba haciéndole la limpieza al cuarto del “bueno para nada de su hijo”, aprovechando que ya tenía la comida a punto de cocción sobre el fogón.
— ¡Juan Esteban! ¡Alguno que atienda la puerta! ¡Juan Esteban! —Se desgañitaba sin que nadie acudiera.
A pesar de no estar de acuerdo con esa costumbre ridícula y manida de que padre e hijo llevarán el mismo nombre como para que el primero se perpetuase en su descendencia, en su momento accedió sin reparos, consolándose con el despropósito de que al menos ahorraría saliva al llamarlos al unísono. Sin embargo, ahora que lo ponía en práctica, ninguno se daba por aludido.
— ¡Tilín, tilín, tilín, tilín! —Insistía. Quien quiera que fuera parecía decidido a romper el dispositivo del timbre o, en su defecto, los oídos de quienes habitaran la vivienda, si no le abrían ipso facto la puerta.
— ¡Pero ¿quién será el animal, Dios bendito?! ¡¿Quién será el animal?!
Se asomó con disimulo a la ventana de la habitación de su hijo para espiar la entrada de la casa y...
— ¡No puede ser! ¡La Tragedia! —No se contuvo. Gritó con mayor ímpetu— ¡Juaaan Esteeeban! ¡Es Fauuusta, tu madre! ¡¡Ábrele!!
Ahí sí, estando seguro de que la cosa no iba con él, se manifestó su hijo:
— ¡Paaapáááá, la abueeelaaaa!
A lo que el hombre replicó, ya sin poder fingir no haber escuchado el llamado:
— ¡Pero ábrele tú, mi amor, ¿qué te cuesta?!
La mujer soltó los trastos sucios de Juan Esteban júnior en un rincón, dejando la jornada de aseo incompleta y se dirigió rauda, refunfuñando, hacia las escaleras.
— ¡Asssh! Hay que ver... ¡Me caso con un flojo y engendro a otro!
Una vez frente a la puerta, llaves en mano, se alisó el vestido, se medio peinó el cabello con los dedos colocándose unos cuantos mechones intrusos tras las orejas y respiró profundo, tal si se preparara a mantenerse un largo rato sin oxígeno.
— ¡Suegra! ¡Qué sorpresa! —Expresó con una reluciente y ensayada sonrisa tras abrir—. No-la-esperaba —masculló entre dientes sin esforzarse en ocultar un ápice de su verdadero sentir en esa afirmación.
— ¿Qué ahora tiene una que pedir cita para visitar a su hijo? —La saludó haciendo evidente su desdén.
—No, claro que no —concedió conciliadora—. Solo que tenía tiempo que no se dejaba caer por aquí. —“¡Por fortuna!”, pensaba. ¿Y ahora de dónde sacaría energía para calarse a esa vieja tan agorera como contrario a ella lo era su nombre de pila? Es que sin duda la compusieron al bautizarla, no se explicaba tanto desatino entre un nombre y la persona que lo llevaba.
No más atravesar el umbral y ver a su hijo aparecer, la mujer le abrió los brazos convertida de repente en la representación misma de la ternura, haciendo demasiado evidente la diferencia entre la calidez con la que trataba a su más que crecido retoño y la frialdad dispensada a su nuera.
— ¿Cómo está el sol que alumbra esta casa? —Preguntó lúdica y zalamera. A lo que el hijo, cómplice, respondió casi de memoria imitando su cálido gesto de bienvenida:
— ¡Radiante! Cada día estás más y más radiante, vieja.
Su mujer los observaba con ojos achinados de recelo y labios prensados de incredulidad, entretanto pensaba “¡qué ridículo es éste par! ¿Juan Esteban no le pudo heredar otra cosa a la mamá?”. Se los imaginaba a ambos tal perro moviendo la cola ante un intento de juego del amo, y no sabía qué papel representaba cada cual.
— ¡Abue! ¡Cómo brilla usted! —“¡Otro más!”, gruñó dentro de sus pensamientos la Sra. Guillermina, pegando la vista al techo— ¿Qué me ha traído?
“Al menos me salió astuto el niño y lo hace por interés. ¡No todo está perdido!”, se consoló de pronto.
— ¡Ay, mi Juanchito! ¿No me le han enseñado que se saluda con la palma abierta, pero no con la mano extendida? Págueme primero los besos que me debe, que tiene tiempo sin verme.
El muchacho cedió a la exigencia de su abuela resignado, con una sonrisa ensayada de oreja a oreja que no dejaba lugar a dudas de a quién se la había heredado. La Sra. Guillermina, sin embargo, no reconoció el gesto propio en el rostro del hijo y hastiada de ser testigo mudo de tanto inusual desperdicio de almíbar, se excusó para atender su cocina.
— ¡Uff! Me muero por probar tu nueva especialidad al carbón, hija. —Alcanzó a oír a la suegra mientras se alejaba.
— ¿Al carbón? —Inquirió un Juan Esteban júnior confundido. Su abuela le despejó la duda entre risas:
— ¿Qué? ¿Ya no quema todo lo que pone sobre la hornilla?
“¡¿Cómo no se moría comiendo de su mano la insufrible vieja?!”, se cuestionaba frente a la olla, recién apagado el fogón, drenando la frustración sumida en un particular monólogo interno: “Es que si no fuera porque me tocaba asistir al funeral, ¡le envenenaba la comida! Favor que le haría la desgraciada a la humanidad con su partida. Cuando mucho la llorará el hijo, que a estas alturas debería indemnizarme por los daños y disgustos que me ha causado durante años su madre. ¡¿Cómo no iba a entrar en paro el pobre del marido con una mujer así a su lado?! ¡Por Dios! ¡Es que nada más por calársela y haberse casado con ella deberían canonizarlo! ¿Cómo no dejé quemar el arroz para que hablara con gusto la infausta aquella? ¡¿No podía irse a largar veneno a otra parte?! Pero no, ¡tenía que venir a joderle la existencia a la nuera...! ¿Quién me mandó, Señor, quién me mandó? ¡Con todo lo que me habían prevenido que meterse con hijo único era una maldición! “Ul sul cu ulumbru ustu cusu” —la remedó­—. ¡Vieja ridícula! ¡Y de paso sale el nieto a decirle que brilla y el hijo dizque está radiante! ¡No te digo! Solo por ese detallito me provoca dejarlos pasar hambre y no servir el almuerzo... Ah, pero lo voy a hacer solo para acortar la tarde. ¡Y que ni se le ocurra a la mujer ponerse exquisita! Porque, aunque sea el diablo en persona, no me va a temblar el pulso para correrla al mejor estilo “San Blas”: ¡Ya comiste, ya te vas!”...
Quien la sacó del encendido soliloquio fue el hijo al irrumpir en la cocina, primero merodeando como mosca y luego, cual paloma de plaza poniendo las garras y el pico en cualquier migaja o bocado que le dejasen tomar.
— ¡Ca-ca! —Lo reprendió obsequiándole una palmada en la mano que le hizo soltar al instante la pieza de pollo que había intentado robar—. Basta que le suenen las tripas y ahí sí se aparece sin que lo llamen, ¿verdad?
— ¡Ay, mamá!
— ¡Ay, mamá, nada! Haga el favor de poner la mesa, que ya voy a servir.
El hecho de llenarse el estómago pronto le despertó una vena obediente al muchacho y salió hacendoso a cumplir con el mandato.
No tardaron todos en estar reunidos alrededor de la mesa en el comedor, al mejor estilo de una familia “común”. La Sra. Guillermina creyó que el estar concentrados en llenarse la boca desplazaría cualquier conversación, más era obvio que menospreciaba las cualidades “dicharacheras” de su suegra.
—Miren a mi Juanchito. Le agradezco tanto a Dios que se parezca a su papá. Es que hasta hacen la misma mueca al masticar y agarran el cubierto igual —por breves segundos padre e hijo se observaron mutuamente sin saber con certeza a cuál de los dos se refería la Sra. Fausta—. Si el bueno de Juan Esteban estuviese vivo, ¡sentiría tanto orgullo!
Para la única que quedó claro a quién aludía de forma directa el comentario fue para la Sra. Guillermina, que daba por sentado que su suegra decía aquello porque estaba del todo negada a que el nieto le guardara parecido alguno con la madre. “Por esta vez le voy a dar la razón”, pensó, “¡es que se parecen hasta en el desorden que dejan en la habitación!”.
— ¿Y tú, hija...? Ya sé que cuidar un hogar no es tarea sencilla, pero veo que los años te empiezan a pasar factura. No sé, te noto más... ¿envejecida?
Provocó que su nuera se tensara: “no, si yo soy vieja, esta señora fácilmente pasa por museo. ¡Con la colección de arrugas que debe tener en el cuerpo...!”
— ¡Jo-jo! ¡Aja-jaajaaajjaja! —Juan Esteban júnior, imprudente, no pudo evitar privarse de la risa—. ¡Pero, abue! ¡Jajaja! ¿Cómo dice eso, ¡jaja!, con tantas canas en la cabeza?
Al padre le salpicó la gracia, mas por respeto a su madre lapidó cualquier deseo de reír.
—A mí las canas no me restan belleza —se defendió ufana, pronunciando la última palabra con toque cantarín—. Al contrario: ¡si vieran la clase de hombres que todavía se me acercan!
“¡Uf! Arqueólogos, seguro”, concluyó en silencio la Sra. Guillermina para en seguida espolear a su suegra a viva voz con un:
—No me cabe duda de que usted se conserva tan bien como una reliquia.
—Yo a mi edad todavía levanto, cariño.
“El polvo...”.
—Es más, un día de éstos les presento a Alfredo.
— ¡Maamááá! —Le recriminó el hijo, sorprendido.
— ¡¿Qué?! Una todavía puede echar un pie dentro y fuera de la pista, ¿sabe?
“Y cerca de la tumba también…”
— ¡Jajaj! ¡Papá, has visto qué coqueta está la abuela!
Lo asaltó una sonrisa nerviosa y esta vez sí, no se limitó reír. Las carcajadas de uno y otro contagiaron a la Sra. Guillermina y la risa de ésta provocó la indignación de la Sra. Fausta, a quien no le molestaba tanto que uno u otro se riera tanto como ver contenta a la nuera. Se dedicó a revolver indiferente la comida de su plato con talante despectivo y luego, adornando su rostro con un rictus severo en los labios azuzó:
—Hay que ver cómo los hijos le comen a su esposa, lo que le escupirían en la cara a su mamá...
La Sra. Guillermina, tras un notable esfuerzo, simuló dejar pasar el comentario. Se desquitó exteriorizando alguno de sus desdeñosos pensamientos.
— ¿Y a qué se dedica el hombre?
— ¿Quién? ¿Alfredo?
— ¡El mismo! ¿No tendrá relación con la arqueología, o sí?
La suegra prefirió no apresurarse a contestar.
— ¿Por qué lo preguntas, querida? —Fue más amable de lo normal, aunque eso no obró impacto en su nuera.
— ¡Porque deben de encantarle los infaustos vejestorios!
El silencio que cundió en la sala no se atrevió a profanarlo ni el chirriar de los cubiertos. Un Juan Esteban padre, tímido, intentó restablecer la paz:
—Mi amor, discúlpate con mi madre. —Fue un muy mal inicio y lo confirmó apenas un segundo después.
— ¡Que se disculpe ella conmigo por tener que soportarle!
La Sra. Fausta lanzó la servilleta sobre la mesa en un acto de evidente grosería que dejaba traslucir todo su enfado. Apartó la silla y se levantó regia haciéndole, ella sí, honores a su nombre.
— ¡Bueno, es hora de irme! ¡Espero no dejarlos en oscuridad!
Se encaminó rauda, ceremoniosa y furibunda hacia la puerta, mientras su hijo le pisaba, preocupado, los talones.
Ignoró cuánto le tomó tranquilizar a su mamá en su marcha, pero de lo que sí estuvo seguro fue de que el tiempo transcurrido no había logrado sosegar a su mujer, quien no más verlo regresar, y como si se la tuviese guardada, le lanzó sin rodeos a la cara:
— ¡Mira —los brazos cruzados y la diestra levantada con el dedo índice cerrado sobre el pulgar en señal de advertencia—, vele diciendo a tu madre que el único sol que alumbra ésta casa soy yo! Y que en su caso, cada vez que atraviesa la puerta ¡ESTO QUEDA PIOORRR QUE CUANDO HAY UN APAGÓN!!
El marido, prensando los labios en afán juguetón, preguntó divertido:
— ¿Lo dices por cuando llega o cuando se va?
El hijo, aún presente, le rió la broma. No obstante, la Sra. Guillermina lo atravesó iracunda con la vista, temblándoles ligeramente las fosas de la nariz. Se puso de pie enérgica y abandonó a sus Juan Esteban sin mayores aspavientos.
— ¡Se nos fue la luz! —Anunciaron ambos al unísono en singular sincronía.
Tras un par de risas, sin embargo, al padre de familia, con la lección ya aprendida a lo largo de años de matrimonio y buen conocedor de que entre menos la mujer exteriorizara su disgusto, mayores serían las represalias tomadas contra él, lo invadió cierta sensación de angustia que quiso aliviar de inmediato. Se lo expresó de manera retórica a Juan Esteban júnior a la vez que salía en pos de la Sra. Guillermina:
—Voy a arreglar las cuentas con la electricidad porque si no, esta noche duermo sin calefacción... Y usted, Juancho, vaya arreglando la mesa.
— ¡Ah, no! ¿Y yo por qué?
Su papá lo silenció con una amenaza velada que a Juan Esteban le recordaba su última travesura:
—Quiere la laptop, ¿no?





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Christian Schloe – The Poet

La luna llena no l'alcanza'l lobo que aúlla.
¿Dices que no le alcanza al lobo o que el lobo no la alcanza?
Ambas.
¿Por qué?
Por el vacío que le deja su lejanía.
Quieres decir, ¿por su ausencia y su distancia?
No puede prenderla ni tenerla.
¿Para qué querría poseerla o amarrarla?
Para no perderla.
Solo perdemos lo que alguna vez ha sido nuestro.
Justo por eso la admira en silencio.
En silencio no, lo rompen sus aullidos.
Es cierto. Pero ella no escucha.
Porque está ausente y distante...
O porque es sorda y ajena.
¿Y quién es su dueño?
Pregúntale a las estrellas.





No fue el beso no dado
un gesto de despedida,
ni la caricia negada
anticipo del final;
ni tu huida,
anuncio de mi partida
ni mis lágrimas,
causantes de tu pesar.
Si acaso, quizás,
la monotonía:
una mentira,
los tonos de un mono
torpe en el cantar,
una payasada mía
por ti no reída,
un esfuerzo mutuo
no sabido apreciar,
alguna memoria
gastada hace tiempo
de tanto reusarla
para aparentar
y la fotografía
fija en un momento
que otrora
comenzó a expirar.
Ahogo...
Asfixia...
Nos faltó el aire
cuando los cuerpos
se agotaron de sobrar.
La ausencia, sí,
tal vez eso:
estar lejos a un roce
hacernos ¿compañía?
tal cadáveres próximos 
a enterrar.
Y el vacío tan vivo,
tan ardiente el frío...
—Amor mío,
¿ponemos las pasiones
a descongelar?
—Tranquila, mi vida:
hay cariño en conserva
en el desván.
Vencido, de seguro;
pero ¿a quién culpamos
de no haber mirado
su fecha de caducidad?
Ahora que recuerdo...
quizá sí fue el beso
a medias
en que los labios
no se lograron saciar.
Y acaso, también,
la caricia,
desganada y triste,
que ni un trozo de piel
consiguió erizar.
Huiste y marché,
desde luego,
y ninguno
consideró regresar.
Recuerdas, después,
el aliento...
ese suspiro franco
de libertad.
Fuimos felices
al deshacernos de la carga
que nos lastraba llevar:
tú,
de mis cincuenta y cuatro
promediados;
y yo,
de tus setenta y cinco justos
sin variar.





Fotografía de Oleg Oprisco

Mirar el firmamento
a través de tus ojos,
perseguir el horizonte
en las líneas de tu cuerpo
y en los pliegues de tu piel.
Verte deslumbrar 
junto a mi almohada
al despuntar el alba,
caminarte las tristezas
y llevármelas marcadas
en la planta de los pies.
Adorarte,
redonda y plateada,
a través 
de la duermevela 
y el insomnio
cada noche,
gravitar 
maravillado 
dentro de tu ser,
preguntarle al espacio
y que me respondiera contigo
o me respondieras tú 
cada vez.
Aunque 
ya no me contestan
tu voz 
ni tu presencia
te invento
como antes
para después,
mientras en vano
me encadenas
bajo llave
en el pasado,
que seguirás 
conjugando 
en gerundio
hasta que 
me hayas 
olvidado.
Que los momentos
en los que reinó el nosotros
te pasen factura 
si lo intentas.
Que el tiempo
no marque mi ausencia 
en tus sentires
si me niegas.
“Que 
ya dejaste 
de renombrar
el universo 
con mi nombre”,
dices.
Me encojo de hombros.
De todas formas,
me quedaba grande
y siempre 
preferí
caber en ti.
Admito que,
con penas y glorias,
el mío
(mi universo)
sigue 
llevando
tu nombre,
y ahora
que en ti no quepo
no sé
a dónde 
he de mudarme
ni, 
mucho menos,
a dónde 
pertenezco.







Hay días de días en que pareces levantarte con el pie izquierdo porque todo te sale o te cae mal y empiezas a creer en que debes de estar pagando de forma tardía alguna maldición por haber roto un espejo años atrás. De pronto quieres culpar a todas las escaleras debajo de las cuales pasaste de pequeña por tu altura, a cada uno de los paraguas puestos a secar bajo techo de tu mala suerte, a todas las viejas que te barrieron los pies mientras limpiaban su casa de que no te hayas casado y a todos los gatos negros, aunque te generen simpatía, de todo lo negativo que te esté pasando. No aciertas un paso con otro, te invade una rabia descomunal y el mundo, le guste o no, se va a enterar.
Sacas un pie de casa con el mismo recelo con que lo hiciste de tu cama minutos antes y sin guardarte esperanza alguna de que la sombra agorera recién cosida a tu estampa te deje tregua.
— ¡Buenos días! —Desprende cortesía la vecina entretanto, escoba en mano, te pregunta por la salud y la familia e involuntariamente te ensucia con el polvo de la calle los pies.
¡¿Qué tienen de bueno?! Alguna gente necesitaría una especie de radar para detectar cuándo alguien no está de humor para hablar ni mucho menos para dar muestras de amabilidad. Lo piensas, pero no lo dices. Finges un gesto de conformidad, que te importa muy poco si es demasiado soez y sigues tu camino sin pestañear.
Hasta caminar te da fastidio, debe ser por ello que lo haces a una velocidad inusual, como si quisieras quemar tu ira con las suelas de tus zapatos y consumir los kilómetros por recorrer en un santiamén. Haces el baile del bobo con un par de atravesados que se creen que intentar chocar contigo en ese estado, cuando te resulta insignificante llevarte todo por delante, es una idea digna de premio.
—Lo siento. —Pues fíjate que yo no y favor que le haría al planeta sacando del medio a un montón de gente sin dirección. ¿Qué? ¿Se te perdió la brújula?
 Otra vez, lo piensas pero no lo dices. Te limitas a traspasarlo con los ojos para que te despeje la vista y sobreentienda que no estás para aceptar disculpas. Ya en el bus, sentada en uno de los asientos que da al pasillo para que nadie ose acompañarte durante tu corta estancia en ese medio de transporte, intentas serenarte. Mas es en vano, la arrechera te invade y, a ese ritmo, dirigirá tus pensamientos y movidas durante bastante tiempo. Bienvenida sea su estadía en tu cuerpo.
Alguien parece querer jugarte una broma y le escuchas reírse con un:
—Eh, ¿me permite?
Señala el puesto desocupado a tu lado que da a la ventana y no puedes dejar de preguntarte cómo es posible que habiendo tantos lugares vacíos le haya dado por coincidir precisamente contigo en ese. Cree que la broma no la entendiste y la repite:
—Permiso, joven. ¿O está ocupado?
No te hace ni un ápice de gracia tener que hacerte a un lado para darle pase. Evalúas cambiar de asiento, pero la ira que no conoce de comodidad te obliga a permanecer en él. El sujeto, quien intuye que su primer chiste no hizo efecto, prueba con uno nuevo:
— ¿Sabes? Soy un hombre solo, hace años me separé de mi mujer. Tengo dos hijos con ella que no veo mucho. Cada mes les paso algo para la manutención y eso, tú sabes, pero nada más. Tengo una sobrina como de tu edad que a veces me visita... está estudiando. Es una niña muy cariñosa. Yo trabajo en el supermercado que queda allí en la avenida, en la frutería, es un trabajo relajado. Gano bien, me alcanza para lo básico y para unos cuantos caprichos. Pero como te dije, soy un hombre solo. ¿Tú tienes pareja?
¡Qué labia tan chimba! Estás negando de asombro y rabia desmedida mal contenida y, obvio, confía en que el gesto responde a su pregunta. Sonríe.
—Podemos... Eh, yo estoy buscando una mujer que me haga compañía. ¿Sabes? Soy un hombre religioso...
¡Por Dios! ¡Mátenlo! ¿Tengo un cartel de “chica fácil busca hombre express” en la frente o qué? ¿Y con semejante historial y biografía se cree de veras que quiero tomar cupo en alguno de los “caprichos” de su lista? ¿O que porque sea un hombre “devoto” voy a sucumbir por piedad a los atractivos irresistibles de su calva con pelo aquí no y aquí sí y a la verruga velluda que me grita ¡hooola!, toda fresca y cantarina, desde su nariz?
Lo piensas y por supuesto que, aun cuando las palabras pugnan por salir escupidas de tu boca, no lo dices. En cambio, le manifiestas cínica tu rechazo:
— ¡Pues siga buscando, señor!
Te trae sin cuidado su réplica dolida:
—Entiendo. No soy el hombre para ti.
¡Viejo verde! Encima debes calarte que el chofer le tenga harto miedo al acelerador y te haga eternamente odiosa su compañía. Te provoca gritarle ¡¿dónde carrizo se sacó el carnet de conducir?! ¡Que ni en días de fuerte tráfico te había tocado subirte a un autobús con una marcha tan lenta! ¡Que su desperdicio de velocidad en un sábado por la mañana en el que puede adueñarse a sus anchas de las vías es una tamaña grosería! Pero, claro, no lo dices, solo lo piensas, mientras estudias que el coste a desbordarte la impaciencia podría ser con facilidad equivalente a bajarte sin pagarle el pasaje.
Otra cosa que piensas, pero que no haces y abandonas la desperolada o destartalada camionetica con una furia que viaja a una velocidad tres veces superior a los 30 km/h a los que iba el conductor.
De nuevo simulas desear incendiar el suelo con las suelas de tus zapatos. Un taxista figura ver fuego y encaja una de las ruedas de su coche en un charco mojándote un poco más que la dignidad y haciéndote hervir la sangre a un punto de ebullición mayor que los consabidos cien grados centígrados de temperatura. Tienes la garganta seca por la calentura y paras en un establecimiento para tomar un refresco. No sabes si el dependiente olvidó servírtelo frío o eres tú quien le ha transmitido parte de tu euforia a la bebida. Pides hielo y descubres que el más mínimo contacto de tus dedos con los transparentes y sólidos cubitos acaba por derretirlos hasta dejar un ligero vaho en su lugar. Desistes, pero el calor que te acecha y el ardor en tus amígdalas no es en lo absoluto normal.
Una mujer de ojos achinados te asalta pidiendo ayuda con alguna dirección en un idioma distinto al de tu lengua natal y que entiendes, pero que no tienes ganas de practicar. ¿Tengo cara de mapa o de guía turístico? Lo piensas, mas no se lo dices. Optas por pulverizarla con una mirada indiferente. No es culpa tuya que haya extraviado o dañado su GPS.
Dos motas de polvo de su figura consumida despiden un póstumo aliento en solicitud de auxilio. La cruzas y te das cuenta de que tu caridad también ha ardido en llamas y se ha extinguido.
Ya en tu destino buscas el móvil para comprobar la hora, no está en ningún hueco de tu cartera y lanzas un improperio al percatarte de que no lo llevas.
—Es muy temprano para estar amargada —silba alguien.
¿Ah sí? ¡No me diga! ¿Es que hay una hora específica para que el hígado te supure bilis o algún gurú de la buena vibra y el positivismo se inventó un horario emocional que prohíbe dar rienda suelta a los sentimientos dependiendo de la posición en que apunten el segundero y el minutero?
Lo piensas, sí, pero no lo dices. Te contienes reflexionando en que si le das un par de bofetadas quizá se te pegue una mínima porción de su ánimo empalagoso y dulce. Las manos se te empegostan ante la idea, a tu furia en crecimiento la concepción de tanta melcocha innecesaria junta le asquea.
Una radio cercana anuncia la hora. No te agrada el hecho de que justo ese día te haya dado por ser puntual y ahora te toque esperar a tu cita más de lo normal. Él, buen conocedor de tu precedente, de seguro ha tomado la precaución de llegar de quince a treinta minutos más tarde de lo acordado. Vuelves a recordar el bendito celular y no te alegra nada tener que resignarte a esperar.
Para el momento en que aparece, tu arrechera te dobla la estatura, es un monstruo de dos cabezas con fauces abiertas y salivantes a la defensiva. ¡Y pobre del que se te acerque! Lo observas aproximarse a ti sin protocolo y piensas que el muy imbécil o es suicida o muy valiente. Sin saber por qué, le achacas la culpa de todo. Es que viene muy orondo el coño’e madre cuando llevas más de 40 minutos esperándole con la garganta seca y un humor de perros que si me haces ladrar te muerdo. Que además es culpa suya que hayas olvidado el celular y que un animal de dos patas te haya encharcado el pantalón y que te hayas tenido que calar un viaje insufrible en autobús con un acompañante igual de insoportable. Te cruzas de brazos y le das una patada al suelo ante la frustración, recuerdas haberte traído en los pies el polvo de la calle barrido por la vecina y los pisotones del par de estúpidos que no sabían por cuál lado de la acera ir; también culpa suya, porque si no fuera por él ¡te habrías ahorrado salir!
El muy inocente o ignorante ha tomado clases de cómo lidiar con fieras salvajes en Discovery Channel. Conecta con tus ojos para leer tus intenciones, sin embargo, tú te lo dibujas tal si jurara solemnemente que las suyas no son buenas. Resoplas y despides una humarada de veneno a la que él se presume inmune. Estira una de sus extremidades con cautela, pero retrocedes a la defensiva obsequiándole un rugido colérico en el que pudo tener una formidable visión de toda tu dentadura y el lugar más recóndito de tu boca en donde nace o se pierde tu lengua. Se mantiene estoico a tu regaño salvo para acicalarse la actitud y componerse la camisa.
— ¡Uy, estás como intensa!
— ¡¿PERDÓÓÓÓN?! —No ha tocado la tecla correcta.
—No, que se te ve tensa...
Se pone en marcha tras decirlo llevándote la delantera. Es cuando agradeces verdaderamente no tener garras ya que, de tenerlas, te da la espalda así y no la cuenta. De repente te encuentras siguiéndole o acompañándole el paso y, sin saber cómo, te pierdes, aunque no en idéntico sentido al de la mujer a quien pulverizaste hace nada. Entonces él, que te agarra con la guardia descuidada, va y te suelta:
—Pareces un elefante con la trompa amarrá.
La seriedad e indiferencia de su talante te hace dudar si lo expresa molesto o divertido. Imaginas al elefante, no obstante desconoces si debe generarte pena o gracia y la confusión te produce un pequeño cortocircuito que te obliga a relativizar las últimas horas de la mañana. No entiendes de dónde ha surgido ese afán supersticioso que te ha hecho desdeñar de los espejos rotos, lo gatos negros, las escaleras, las viejas con escoba y los paraguas cuando nunca te has preocupado ni por la mala suerte, ni por tu estatura ni mucho menos por el matrimonio (a Dios gracias), si te encanta que el hombre se agache pa' alcanzate la boca y no tienes ninguna prisa por convertirte en ama de casa trabajadora. En un momento de claridad tampoco comprendes esa antipatía, que juzgas exacerbada y exagerada, hacia todo lo que te rodea e interactúa contigo.
Por instantes perdonas a la vecina, a los dos desorientados, al chofer, a la extranjera, al dependiente... A todos y cada uno de los que a sabiendas ofendiste o heriste, exceptuando al taxista y al donjuán en decadencia de media tinta; al primero por haberte dañado el atuendo y al segundo, por hacerte ver el verde de forma despectiva.
“Pareces un elefante con la trompa amarrá”. ¡Ja! ¡Qué vaina más ridícula! La cuestión te causa gracia, pero ahora, increíblemente, estás arrecha por estar arrecha y no te permites la risa. Luego, como cosa rara, cometes la primera imprudencia en lo que va de día al decir algo que no piensas:
—Es que solo tú puedes cambiarme el ánimo con una frase tan pendeja.





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