“— ¿Y si te dijera que ganarás la fortuna en el momento justo en que estés a punto de morir?
— ¡Ja! ¡Qué conveniente! Yo nunca juego a la lotería.
—Lo harás en adelante, aunque sea tan solo para saber cuándo estés cerca de perder la vida”. 

Martín ingresaba exactamente a las 15:00 horas al local que hacía esquina junto con la academia de baile en donde su chica impartía clases cuando un mensaje entrante iluminó, primero, la pantalla de su móvil y su rostro, después: “Salgo en 15, amor. Ven a buscarme. No tardes”. Un emoticono de un corazón y otro de un beso como punto final a la frase. Ese día más de uno, incluyendo su novia, quería algo de él, pero él lo ignoraba. “Te espero”, tecleó, guardó el aparato en uno de sus bolsillos y raudo le solicitó a la dependienta un batido especial de yogurt.
Son 219 con 15, señor.
Extendió tres billetes y esperó el cambio. Pedido en mano tomó asiento en una de las mesas e indiferente paseó la vista por el lugar. A su derecha, un muchacho de actitud desenfadada hasta en la manera de sentarse y de vestir tomaba sitio un par de mesas más allá. Frente a él una mujer emperifollada de pies a cabeza, con sombrero, guantes y lentes de sol para rematar su exagerado atuendo, se llevaba una taza a los labios sorbiendo recelosa el contenido. Como en un acto reflejo él también se llevó su bebida a los labios, pero en su caso con fruición. Quizá si no se hubiera deleitado con el sabor del preparado se habría dado cuenta de que afuera, a través del cristal, dos personas más echaban una ojeada indiscreta hacia el interior deteniéndose de forma insistente en su figura: un hombre de aspecto sombrío, y una muchacha apocada de ojos vivaces y prendas que parecían haber visto mejores épocas.
Un nuevo texto hizo vibrar su teléfono: “Bro, me prestas? Se me ha quedado corta la quincena”. Concentrado en teclear “este cajero está inhabilitado para procesar retiros” a modo de respuesta, no se percató de que cuatro pares de ojos lo contemplaban: tres, con inquietud; dos, con suspicacia; uno, con ilusión, y todos con ansias. Juntos integraban una especie de cuadrilátero invisible en el que cada cual, desde su esquina, tergiversaba el instante que presenciaba o del que, de una u otra manera, tomaba parte en relación con el centro de sus miradas:
La joven de apariencia apocada, casi una quinceañera, se llevaba una mano al estómago mientras se relamía un rastro inexistente de yogurt de la comisura de la boca. La aspereza de su lengua y un oportuno gruñido de sus entrañas bastaron para despertarla de su ensueño. El atuendo de la señora del lado opuesto de la vitrina le retrató tiempos mejores que aún no había vivido. Notó en su semblante cierta preocupación hacia el muchacho que se tomaba el alimento que deseaba. Se preguntó si lo conocería y se los imaginó siendo parte de una escena de telenovela barata en la que la madre intentaba recuperar el contacto con su hijo luego de abandonarlo en la infancia. En el exterior, a su izquierda, justo a un paso atrás de ella se perfiló una sombra. Su voz hizo una despreciable declamación que la paralizó. Repasó aprehensiva el interior del establecimiento intentando rechazar sus pensamientos. Sin embargo, el arma que relucía con escaso disimulo del costado del sujeto la obligaba a dar crédito a lo que había oído.
La mujer en extremo ataviada llevaba buen rato observando celosamente hacia el mismo punto cuando el objeto de su embelesamiento puso atención en ella. Sintiéndose descubierta se forzó a beber otro trago de lo que había renombrado “la peor infusión antes jamás probada en su vida”. Presa del nerviosismo, apretó sus manos enguantadas y aventuró la vista alrededor. Un “buen aspirante a maleante” la contempló sagaz y tras un segundo le dedicó un gesto atrevido con sus cejas. Volteó de inmediato a nada de mostrarse escandalizada y sus ojos se detuvieron en una desamparada del otro lado del cristal. “Pobre”, pensó antes de que la atenazara una oleada de arrepentimiento y culpabilidad. Evocó su juventud, volvió la mirada al frente con nostalgia, el tema de la maternidad frustrada saltó sin quererlo a su memoria, quiso ignorarlo en vano castigándose con un nuevo sorbo de la peor infusión que jamás había probado. Le quedó un regusto amargo en el paladar junto con la impresión de que otra vez era un 15 de septiembre de un año cualquiera.
El muchacho cuya única carta de presentación parecía ser la dejadez tenía la mira más allá del vidrio que separaba la calle del local. El hombre que figuraba montar vigilancia a pocos metros de la acera no le daba buena espina. Le traía a la mente la máxima bien conocida por él  y sus camaradas que instaba a, a la sola presencia de zamuros y antes de convertirse en carroña, marcar la milla. No obstante, un par de asuntos lo retenían. Sin que le importara en realidad la hora marcada, un reloj lo estaba sacando de quicio; y unos zapatos, no siendo tampoco relevante a dónde iban o qué habían pisado, le robaban el control. Temió estar poniéndose en evidencia y rastreó la estancia: nadie lo registraba, ni siquiera la señorona con aires de puta cara que marcaba su entrada próxima de ingresos en una mesa cercana. Le hizo un guiño, dándole a entender que tenía las expectativas fijadas en el cliente incorrecto. Después de palparse los bolsillos y comprobar que no podría granjearse  ni la quinceava parte de sus servicios, se cuestionó iluso si aceptaría un “amistoso trueque” en lugar de efectivo.
El hombre de vestimenta oscura se entretenía mascando un palillo a la vez que sopesaba sus opciones. “No había moros en la costa”, estudiaba, “y además, los zarrapastrosos no hablan”; esto último iba dedicado a la jovenzuela que lo espiaba a pocos metros de distancia. Debatió si sería conveniente darle un par de billetes para que se borrara de escena. Rechazó la idea con un simple “que se gane la plata por su cuenta”, y redimió su conciencia con un argumento de talante similar: “no trabajo para apadrinar mendigos”. A propósito, tenía tareas que cumplir por las que ya había cobrado un suculento adelanto. Si no fuera por el desadaptado que simulaba guardarle las espaldas a su encomienda, ya las habría llevado a cabo. Aunque existía la posibilidad de que quisieran asegurarse de los resultados de la misión y se hubieran procurado, en última instancia, algún otro colaborador; quien, a primera impresión y por descontado, se le dibujaba como una muy mediocre elección. Con la zurda se ajustó el cinturón, la otra mano acudiendo al fin a la cita pospuesta con la fiel semiautomática que lo acompañaba. Se hacía tarde y había quince fajos de billetes grandes esperándole.
Entretanto, el móvil de Martín insistía en reclamar su atención. Esta vez, sin embargo, con una melodía. Atendió sin necesitar fijarse en el número e inconscientemente su expresión mudó a una sonrisa. El timbre de una voz, mucho más armónico para él que la canción que había elegido para sus llamadas, le endulzó el oído:
 ¿Dónde estás que no te veo,  cariño? 
Estoy contigo en menos de un minuto. 
Se levantó enérgico de su asiento al decirlo y emprendió su marcha incitando a quienes lo vigilaban a realizar su próxima movida: cuatro se pusieron en guardia, tres evaluaron el sitio certero en el que asestar una fulminante estocada, dos relativizaron el tiempo que tendrían para huir luego de hacerse con lo que deseaban, y alguno se decantó por mantenerse a raya. 
Quince segundos antes de que sus destinos se entrecruzaran, en el momento justo cuando Martín atravesaba la puerta del local, se encendió una radio. Sintonizaba con muy mala señal los resultados de un sorteo. Martín revisó su reloj: 15:15, y en seguida rebuscó en uno de sus bolsillos. Apenas si tuvo oportunidad de extrañarse de que la hora en ese instante y la cifra de su tiquete coincidieran con el número de su suerte.



Aldo Simetra



Fotografía de Martin Stranka

Si querer supone lanzarse a un abismo, desprotegido,
a pesar del miedo, sin vértigos ni renuncios.
Si el acto de amar es de por sí un suicidio,
y los amantes, dos locos que no temen al delito.

Si, llamado arte, magia o nigromancia,
su influjo alcanza a sublimar dos almas;
a fusionar dos cuerpos sin que medie el sexo
traspasando distancias, espacios o tiempos.

Si, enajenados, ya fuera de este mundo
lo eterno cobra vida hasta en lo efímero
y cabe un universo en un segundo.

Aún si vale todo ello lo mismo que un suspiro:
¡Qué despreciable estar cuerdo y... protegido!
¡Y qué soberbia cobardía no saltar al vacío!





Rainy Day - Jenna Martin

Cuando miro las estrellas me acuerdo de Neruda,
de cómo tiritan azules los astros a lo lejos,
escucho a Alex Ubago recitando sus versos
y dudo si llegaste a quererme
tanto como yo aún te quiero.

El fuego de la lumbre o el de una fogata
evoca incendios jamás extintos acá dentro del alma,
me conduce a Bécquer y sus probabilidades,
y pienso que, pese a todas ellas,
tampoco en mí la llama de tu amor podrá apagarse.

Cuando, transitando por la vida,
me encuentro en un abismo o una encrucijada
y perdida
recurro a Benedetti buscando protección y calma,
imagínote tranquilo
en algún rincón del mundo
y rezo porque estés a salvo
aún sin estar conmigo.

Cuando, en noches en que no acude el sueño,
el insomnio me convierte en un despojo,
y con Mistral repaso el modo cruel
en que poco a poco se nos va todo,
me invade el miedo profundo y monstruoso
de que de tu recuerdo más fiel ya me borro. 

Seguiré guardando tu fotografía,
diría Cortázar:
no para acordarme de ti cuando la miro,
sino para mirarla cuando me acuerdo de ti
a cada instante y a cada hora,
en cada sitio y en cada aurora,
gozando de compañía o estando sola,
en la alegría y en la penumbra,
leyendo prosa o poesía,
mirando al cielo o acaso al suelo,
viéndote mozo y también... viejo.

“Juventud, divino tesoro...”,
suspiro.
Mi voz, débil eco de Rubén Darío;
los labios mustios,
el rostro húmedo, 
sin todavía comprender por qué 
cuando quiero llorar, no lloro 
y otras veces, como hoy, en ti pensando, 
lloro sin querer...

Ay, mi Andresito Blanco,
es noche aciaga y mengua la luna;
si antes crédito no daba a tu palabra mi locura,
ahora te lo concede muda  mi desdicha.
Y es que, el amor que en otoño viene,
razón tenías,
si le dejamos ir, más nunca vuelve.





Last kiss - Adam Martinakis

A usted las pocas veces que sonríe se le forman unos hoyuelos en las mejillas en los que gustosa me entierro viva. A mí siempre me han atraído las causas perdidas y no sé si de antemano me destinan al fracaso su barba de más de cinco días, campo fértil para cosechar caricias, o ese aire de desamparo con el que claman por auxilio sus pupilas.
Yo ya sabía que a sus labios, carcomidos por la dureza del tiempo y las palabras profanas, había que devolverles la humedad con la calidez de otro aliento que, alevoso, les propiciara una lluvia de buenos deseos puertas adentro. No me los deje sueltos ni cerca al final de una frase vana o inacabada o, ay de mí, no respondo por ellos.
Su tez áspera me recuenta las batallas que ha librado y sus manos endurecidas por no sé yo qué pruebas claman porque acabe al fin la guerra, despreocúpese: vengo en son de paz. Abra los puños y aprenda que el sosiego se puede tocar. 
Mientras, para no perder la costumbre y aprovechar el paso de las horas, voy ideando qué hacer con esa manía irresistible suya de caminar como halado por la vida, con el cabello desgreñado de nunca haber aceptado una invitación a la barbería, vestido con la marca más cara de dejadez y desenfado, y engalanado con ese vaivén taciturno que emana de su ánimo. Y ese talante serio, meditabundo, con el que parece congeniar con entes de otro espacio aunque quepan en sí mismo; la indiferencia con que se interna en las tareas cotidianas tal si todo alrededor careciera de importancia; esa naturalidad que lo arropa y parece apartarlo de estereotipos, dejándolo a salvo de modos y modas vigentes...
Puede que luego descubra que no he hecho más que adorarlo con locura desmedida, pero mire que ha sido fructífero extraviarme en sus lindeles. Ya me lo sé de memoria y puedo recitarlo al detalle del derecho al revés y viceversa, desde adentro hacia afuera, de la carcajada a la angustia, del enojo al silencio, del suspiro a la duda, de la alegría al grito, de la congoja al gemido, del llanto al “te quiero”, del ida sin vuelta “te quedas conmigo”.
Desvarío cuando, abandonándose a mí, sale al unísono en mi auxilio y su aliento se convierte en promesa de calma y regocijo. Yo que siempre me había dejado arrastrar por causas perdidas, quién lo diría... que aún vencida, saldría ganando con la suya.





“Afuera, a su alrededor, se hacía más honda la herida: la calle con sus idas y venidas, sus llegadas, sus esperas, el puesto de dulces caseros que le gustaban a ella, el semáforo con sus cambios de luz desacertados, el cruzado que en lugar de rayas tenía cuadros y ese cartel anunciando permanentemente el nombre de la esquina de modo errado; el muro recién pintado sin rastros del grafiti que una vez le dedicó, la plaza que aún renovada conservaba los mismos bancos en los que, a falta de excusas mejores, la noche los pillaba desprevenidos; el aire con sus aromas rancios de tanto que se le acostumbró el olfato y...”
— ¿Y?
—Ahí termina.
— ¿Cómo que ahí termina?
—Es todo lo que tengo. 
— ¿Nada más? 
—Estoy bloqueado.
—No va tan mal.
— ¡Ja! ¡¿Tan?!
—Continúalo. 
—Eso quisiera... 
—Pero...
— ¿Pero? ¿Pero? ¡El pero es ella! No me concentro, anida mi cabeza con cada idea nueva o vieja. Todo cuánto escribo la invoca. Parece montar guardia a la vuelta de cualquier frase, prestarle sombra a cada palabra, recelar en el más nimio signo de puntuación. A veces la veo sonreírme al inicio de un párrafo y antes de acabarlo me abandona, subrayando su ausencia y dejándome el texto siempre a medias. 
— ¿Ella?
—Sí. Ni veas lo que joroba tener así de enajenado el pensamiento, que tus sentires se plieguen y desdoblen a la simple manifestación de una persona cuyo nombre, además, te fascina pronunciar; que sea causa y consecuencia de tu más alto grado de euforia y tu más exacerbada inapetencia, que sea cruz y cara a la vez, tu mayor dilema, un pozo de dudas y una gota de sosiego. Va tu imaginación y te atormenta, te hace la misma pregunta cincuenta veces al día y tú te esfuerzas por obviar la respuesta: dentro de ti la sabes nula. Te frustras, te hartas de vivir liado en una montaña rusa de emociones y quieres odiarla, molestarte con ella y su recuerdo porque ya lo estás contigo, pero no puedes más que encontrarla inocente de cuánto te hace o sin hacerte, te hizo.
— ¿Sin hacerte?
—En esto del querer el dos por uno no es tan asequible como en una promoción. 
— ¡Ja, ja! Y el uno por dos le sale caro al corazón...
— ¡Bah! El corazón es un músculo al que se le atribuyen cualidades que no posee. Los sentimientos habitan en la cabeza. Si la mayoría lo supiera...
— ¿No habría tantos poetas?
—Tontos fingiendo serlo, querrás decir.
—Y mientras... tus escritos siguen inacabados. Quizá deberías dejarte de remilgos: tendrías menos hojas en blanco.
— ¿Quién dice que el estar llenas las dotaría de contenido? De igual modo, serían un compendio de ella. No ceso de citarla y reclamarla en cada oración; desdibujada en mi presente, acabo esbozándola en la ficción.
—Estás jodido...
— ¡Buff! No creo que haga falta decirlo. 



Aldo Simetra





Puedes tener el nombre de todos mis males,
pero no te lo concedo.
También el de todos mis remedios.
Puedes dinamitar mi mundo y crear otros nuevos,
en punto muerto
la tierra y el cielo son solo terrenos.
Podría consentirte un último exceso,
una primera migaja,
pero se agota el tiempo.
Un nosotros se amilana ante lo pequeño,
llora en las esquinas,
se desangra en cada puerto,
muta en la avenida,
vaga a medias 
derritiéndose sobre el pavimento;
sus rastros 
los secará el sol de un infierno viejo.
El caminar a manos vacías
te hace inmune a profetas modernos:
te vuelve sorda cuando mencionan males y remedios;
muda, cuando insisten en que en otras lenguas 
las palabras surten otro efecto;
ciega, cuando figuran que hay por construir 
cientos de universos.
Al cruzar la calle 
a la hora justa en la que se nos entorpeció el vuelo,
los pies 
se detendrán una vez más en tiempo muerto.
Entonces, 
en un reincidente y postrer consenso,
quizá migaja o exceso,
el viento, 
luego de que los labios nos lo cobren,
barrerá los fonemas que nos nombren.






Esta vez no tuve que recurrir a artificios que me plantaran de golpe en la realidad para descubrir si lo vivido era parte de una mala pasada de mi mente perversa: la imaginación no suele ser así de despiadada. Quizá pude o debí valerme de ella y engañarme un tanto, no obstante hace menos daño una verdad hueca que una ilusión rota. Me dolió lo suyo tu cercanía y que la brisa me llevara tu aliento viciado de otros besos. Se me extravió tu esencia salpicada con las notas de otro aroma y mi olfato rechazó respirarte de otra forma.
 ¿Estornudas?
¿Es lo que parece? Por supuesto que no, solo es una reacción adversa a la idea de ti vertida en otras pieles o a la idea de otras pieles vertidas en ti. Te me contaminas tú y tu recuerdo. Y por extensión, me contamino yo que todavía colecciono tus secuelas en mí.
— ¿Un pañuelo?
¿Tuyo o de ella? Dile que se lo guarde justo al lado de su... a-ma-bi-li-dad. No lo quiero. Puede que su simple tacto me saque llagas en las manos al reconocer el tejido que en otros tiempos me alivió alergias más sinceras y reales que la que entre comillas me afecta.
Debe de ser el clima, está cargado este día.
¡Ni te imaginas! Ni te cuento lo que pesa, lo que asfixia. Me sofoca, se me empaña la vista, te me metes como polvo y humo en los ojos y la sola presencia de aquella me suda de rabia la camisa.
 ¿Vas muy lejos?
No contigo atravesado en mi camino. No debiste quebrantar la distancia que dejaba al presente y al pasado en dos esquinas casi opuestas, diferentes. Verte después de tanto... tan ajeno, tan cambiado, con tanta fragancia a nuevo... ¿cuánto tiempo llevan? Despierta del olvido un vaho a usado, a rancio, a viejo, impregnado en lo que fuimos. ¿Cuánto hace ya que no...?  Me en-feerrrrma. El aire que respiras junto a ella, que compartan más que el aire, que te mire como si, como si... ¡A ver, niña, ¿se te cayó un dios del cielo?! ¡No te enseñaron que la idolatría está prohibida! Que se refleje en tus pupilas, que le dediques sonrisas... ¡hey, respétame la cara, desgraciado, esa era una de mis favoritas! ¿Era? Que la roces, que la mimes, que tus manos se acostumbren a su tacto... ¡Suéltala! ¡Suéltala te digo! ¡No se va a perder si no la agarras de la mano! Que tonteen, que le digas cosas al oído, que ya no compartas secretos conmigo... ¡qué carrizo le has contado que se ha reído! ¡Cielos!! ¡¿Por qué no cae un rayo de allá arriba y la pulveriza para acabar así con mi martirio?!
Va y te besa. ¡Aja-jaaa-jaja! La condenada ¡va y te besa! Por tu bien deberías impedírselo, si es que de veras la quieres en tu futuro. Sé perfectamente lo que intenta la muy... Con lo que me encantaría agriarle el ánimo y frustrarle los malos propósitos al decirle que no se esfuerce, que primero fue sábado que domingo... aunque me deprime pensar que ella sí termine yendo a la iglesia contigo.
He perdido los estribos...
Caro...
No puedo, no quiero, no-no...
 ¿Caro?
¿Aún me llama Caro?
 ¡Caro!
¡Aún me llama Caro!
 ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? De repente te has quedado en blanco.
Suele suceder al descubrir que de un modo u otro te han vaciado. De todo, de ti... ¡Pero con qué plenitud y fatalidad invoco tu nombre y lo que has dejado en o te has llevado de mí! ¿Que qué me pasa? Mira, yo qué sé. Es el sol que quema horrores. El calor, ¡uff! Me siento barquilla derritiéndose ante la indiferencia del chiquillo que justo ha dejado de lamerla cuando le han pasado por el frente un copo de helado mucho más provocativo. ¿Qué me pasa? Empegostada, se me adhiere la ropa a la piel, me pesa la blusa, me aprieta el brassiere. Pero, ¡por Dios! ¿Qué cargo en la cartera? ¿Piedras? Se me calienta la cabeza, creo que a ratos me explota. Se me acalambran las plantas de los pies, ya me están avisando que busque algún punto de soporte: en breve no me van a sostener. ¿Qué me pasa? El sol, el calor, ¿ya te dije? Quizá también sea el frío... ¡estos climas de locos! Se me eriza la piel así tal cosa, me estremezco tampoco sé por qué...
¡¿Qué me pasa?! ¡¿En serio?! ¡Me maravilla tu estrechez de miras! Tan reducida que no repara ni en la tristeza que me traes, la agonía que me causas, la ira contenida, el nudo que me colapsa la garganta, la sensación de desamparo que me inunda, el grito reprimido por el asombro de que estés ¡con otra! Mi pensamiento calculador y maquiavélico trabajando en paralelo imaginado formas de mata... de acab... de aplas... No, no, no son instintos asesinos, cariño, sino un samaritano deseo porque ella disfrute de unas vacaciones indefinidas fuera de este mundo. ¿Quién no estaría mejor, por ejemplo, en el paraíso? Y si le tenían deparado el infierno, ¡ni veas de lo que te libro! ¡¡¿Que qué me pasa?!!
Ah, no es nada. Estaba recordando dónde estacioné el auto.
 ¡Cuándo no tú tan distraída! Apuesto a que lo has dejado a una cuadra. ¡Ja, ja, no has cambiado nada!
 ¡Y tú menos! Salvo por, ¿cómo se llama...? Esa que te cuelga del brazo... Sigues teniendo una memoria selectiva excelente. ¿A que todavía es capaz de recordar al detalle el calendario de un evento deportivo y nunca un cumpleaños ni cuándo tiene cita con el dentista?
La otra observa de soslayo; aunque a ella va dirigida la pregunta, no responde. Se ha percatado de cierto aire de complicidad que la excluye.
Jajaj, eso no es justo. Aún no me olvido del tuyo.
Se hace el silencio. Un silencio incómodo a tres partes en el que mis labios pugnan por distenderse y entre su vacilación, acaban por sonreírle extasiadas mis pupilas. Él luce encantador punzándome a muerte con las suyas, me hiere dos veces su mirada: primero porque reconozco que aún me tiene afecto, y luego, porque sé que es nada más eso: sus ojos han cambiado de dueño. Se desviven por ella como otrora me daba el lujo de que lo hicieran por mí. ¡Ahhh! ¡Cómo me lastima verlo! Más así. Se ve... ¿feliz?
Ella es... preciosa. Me produce envidia de la más cara y dañina, me hierve la sangre admitirlo. Después de todo, tiene a su lado lo que todavía anhelo en el mío. Si tan solo fueran igual de míos su rostro o su cuerpo o su cabello, si acaso mi voz tuviese su mismo cariz... sería mi mano la que él aferraría justo ahora, sería mi boca la que hace nada se deslizó rendida por su tez. No sería jamás ella, sino yo, de nuevo y una y otra vez.
“Doña amabilidad” no ha puesto reparos en que me acompañen al auto. “Por si me pierdo en el camino”, ha bromeado él. Me he negado en banda. He dado con el vehículo justo en la otra acera y además me siento “bien”, sea lo que sea a lo que eso se refiera. Nos despedimos sin rencores (¡es para subrayarlo!) y los abandono con una idea clara e imperturbable bullendo en mi cabeza.
Entro al carro y me incorporo al volante, lo aferro con furia inusitada, los veo alejarse a través del parabrisas. Es extraño el modo en que de repente un único pensamiento te renueva, te colma de un asombroso entendimiento y todo se ve más nítido bajo otro lente. Es curioso cómo luego tus neuronas van despertando hasta tus más precarios impulsos, cómo va tomando forma la intencionalidad hasta adueñarse por completo de tu voluntad y entonces la acción más deleznable se torna tan atrayente, tan racional, tan... ineludible.
Eso explicaría la determinación con que colocara la llave en el contacto, encendiera el motor del auto, maniobrara la reversa, me posicionara en la vía; aunque a mayor distancia, la misma vista frente al parabrisas. Un panorama de posibilidades, la calle desierta, las malas intenciones... ¿de verdad son malas?, colmadas a rebosar. El acelerador toma protagonismo, lo piso a fondo, dirijo el auto hacia mi objetivo, pierdo conciencia de a cuántos kilómetros por hora lo conduzco y, mientras hago cálculos, el impacto de dos cuerpos contra el parachoques descoloca mis sentidos.
Salen disparados por el aire en opuestas direcciones, la literalidad de “sacar a alguien del camino” representada al mejor estilo en una escena impresionista matutina. Mis ojos se desviven por inmortalizar cada detalle: dos manos separadas de golpe, dos masas de diferentes pesos y constituciones deformándose de manera grotesca, un baile mórbido de extremidades buscando en vano a dónde asirse o un nuevo conjunto al que pertenecer, la fuerza inimaginable con que son sacudidos a la vez en distintas partes de su anatomía, el crujir desquiciante provocado por el choque... “choque”, de pronto encuentro cierto placer culpable en esa palabra, de su corpórea existencia contra las más inverosímiles materias, su integridad rota en cientos de porciones ante la contundencia de un solo envite, los destrozos secundarios que carece de importancia mencionar. Sí, puede que de rebote se haya hecho polvo la vitrina de alguna tienda o el parabrisas de otro auto cercano, mas no quiero entretenerme en esos pormenores. En cambio, sí quiero deleitarme en lo mandado en un santiamén al garete, en la adrenalina condimentada de alivio que me invade, hay tanto rojo esparcido por doquier y dos marionetas despojadas de los hilos que las ataban a la vida vueltas nada sin representar algún papel.
Alguien toca la ventanilla, me habla a través de ella, me cuesta un mundo y cerca de más de tres llamados de atención a mi psique entenderle. ¿La bajo? No le escucho. Pienso en daños colaterales involuntariamente autoinfligidos. Se me abren y cierran los párpados con insoportable lentitud un par de veces sin siquiera verle.
 ¿Está bien?
Alguien grita: ¡Llamen a emergencias!
 ¿Está bien? Responda, ¿se encuentra bien?
¡Dios, hasta cuándo esa pregunta!
 ¿Está sangrando? ¡Está sangrando! ¡Emergencias! ¡¡Llamen a emergencias!!
¿Sangrando? ¿Dónde? Intento moverme, pero todo me duele. No puedo bajar la cabeza ni para observar mi regazo: pesa... demasiado. A duras penas consigo llevarme una mano a la cara, rozo torpe mi nariz, mis dedos se embadurnan con algo viscoso. Afuera hay excesivo ruido de fondo: bocinas, ladridos... “¿dónde... tán?”, “vie... amino”. Sonidos de ambulancia... “resista, ¿sí? ¡Re...!”. Murmullos, pitidos... “¡por... cielos, juro... venir!”, “se atravesó en...”. Patrullas, más gritos... “¡hey, no... los ojos! ¿Me...s... cha?”. ¿Campanas...?
¡Ah, aturrrden! Es curioso... cómo la imaginación suele traicionarnos. Me río de mi sueño despierto frustrado. Todavía puedo verlos doblar la esquina. Tremendo pecado pedirle al cielo que, de morir, me haga reencarnar en ella para volver a tenerte. Un sacrilegio mayor o más despreciable desearlo. Algo me quema las mejillas. El mismo ¿hombre? grita desde la ventanilla palabras que no llego a oír. Quiero pensar que es una lágrima que ha corrido a despedirse de tus labios y ha malgastado la sal en el camino al no encontrarlos. Me pregunto cuánto tarda perder la noción de todo en esta antesala donde no hay luz ni negros ni blancos ni...




Fotografía de Lee Jeffries

La vida se trata de aprovechar lo que te rodea o lo que te lleve tu entorno, venga del aire, del agua o de la tierra. Del fuego no. El fuego todo lo quema o... lo cocina. Sí que es útil para cocer lo que sea que los otros tres elementos provean. Hoy tocó tierra. El menú sin convertirse en presa se pasea orondo por allí. Va una... van dos... van tres... A la cuarta, más gorda y por ende nutritiva, no la dejamos ir. Uno se vuelve experto cada vez no solo en atrapar, sino también en elegir. La única que cuesta es la primera, lo demás sigue fácil después de esa. Para que no se escabulla con alguna artimaña de sus dientes o pezuñas hay que estar alerta hasta tirarla al fogón, consistente en una rejilla si se quiere al horno o una rama, si se quiere en brasas. Algunas veces se consigue una cazuela, pero el guisado siempre es un problema. Al igual que la falta de cubiertos.
— ¡Espera! Todavía no está. 
—Va, pero no la dejes quemar.
¡Qué impaciente! Cierto que uno se descuida un minuto y en lugar de carne cocida come carbón, aunque así sigue siendo mejor que cruda. Esta sale al punto y tostadita; unos segundos que se enfrié un poco y mesa servida, con las manos todo se simplifica.
— ¿Qué parte me dejas esta vez? ¿La de la cola o la cabeza?
—La que quieras. Eso sí: si mañana toca el mismo menú, las ratas las cazas tú. 
Ojalá pudiéramos cambiar el platillo... Mientras tanto, nos quedará soñar con pollo o pescado fritos a cada mordisco. 

Aldo Simetra




Antes de que cuente diez:
Busca la caricia no dada en la yema de tus dedos.
Calma los aullidos del lobo herido dentro de tu pecho.
Descuelga el lastre que te has guindado bajo los ojos.
Encuentra y pierde el sueño mutilado en el trasnocho.
Fúgate de esta realidad infame y vana.
Guarda... no, mejor no te guardes nada.
Hazte una senda con las cicatrices que te marcan.
Inspira. Déjale la respiración a las plantas.
Jura ser tu ley y religión.
Kilometra con cada paso tu andar.
Lábrate un presente y echa allí raíces.
Mata por el beso que te hinche los labios.
Niégate a mirar solo con los ojos o los estarás desperdiciando.
Ñoñea. De vez en cuando no hace daño.
¿Olvidar? La memoria es un regalo.
Pacta nunca renunciar a tus quimeras.
Quiere hasta romper y hasta que duela.
Ríe y suda y ronca y gime.
Sacúdete la vergüenza que te reprime.
Tómate en serio y haz de ti un chiste.
Ubica un planeta en el espacio si te mandan desalojar las nubes.
Viaja o vaga o vuela aunque la muerte te visite.
¡Whisky! Que tus párpados inmortalicen cada segundo irrepetible.
Xerografíate en ti mismo o en ninguno.
Y si yaces o si no logras todo antes de que la cuenta acabe
Zapatea, zumba o zafa, que ya habrás hecho bastante.




Ilustración de Ricardo Salamanca

La expresión y el semblante que su rostro había tomado tras la confesión hecha no dejaban lugar a dudas. Sin embargo, el sujeto en cuestión ponía en tela de juicio la verosimilitud de su afirmación.
No más llegar se había echado con total despreocupación en el mueble y allí permanecía tal si la casa fuese de su absoluta propiedad. Ni bien llevaba quince minutos en la estancia cuando ya se estaba hurgando con insistencia la nariz, no debían de ser pocos los inquilinos que pagaban renta allí. No abría la boca sin manotear o soltar una palabrota por cada cuatro frases coherentes y el punto final de cada una, o no me queda claro si el comienzo, lo constituía un “bro”, apócope de “brother”, supongo, con el que señalaba ser partidario de masticar pobremente al menos dos idiomas sin dominar con corrección alguno.
Antes de responder a cualquier elucubración o pregunta, parecía que su cerebro descansara en su entrepierna y allí buscaba breve inspiración para salir de “n” dilema. Cuando me empezaba a temer que el sofá podría ofenderse de sostener a tan insigne figura, escucho:
—Bro, ¿tiene un rinconcito pa’ cambiales el aire a mis puta fosas nasale? Aquí hiede a oxígeno, bro.
Intuyo que desea intoxicar a la gentuza que vive alquilada en la cámara de su sentido del olfato y como no estoy muy seguro de la sustancia o el material que utiliza para tales fines lo invito afuera, cualquier lugar le vendrá mejor que el interior de la residencia. Entretanto nos dirigimos al destino señalado pienso que es todo un arte vestir los pantalones sin cinturón por debajo del trasero y caminar sin que resbalen al suelo. Ya en el exterior, el hombre se sienta en la acera, hurga en sus bolsillos y en un santiamén se prepara un pitillo. Inhala distraído par de veces.
— ¿Te lío uno, bro?
— ¿Qué llevan?
— ¡Jo-jo! ¡Bro-jo! —tose o se ahoga o ríe, o las tres a igual tiempo. Se levanta del suelo y apoya la espalda y uno de los pies en una pared cercana mientras se soba o se arregla la entrepierna—. Ja, jo, si tuviera una fucking idea, no me los fumaría. Jala no más. Son la nota, bro.
Le manifiesto abiertamente mi rechazo y de buenas a primeras se interna en un peculiar soliloquio, ofreciendo un buen abreboca de la jerga que maneja:
—Un día de esto le damo pa’ mi barriá. Ahí no hay bitch ni zorra que se me resista, bro —de nuevo se palpa el bulto del pantalón—, sas mozas lo que’tán es buena. Tú me’ices y te cuadro una jeva. Pero prestá, que si las dejo libre se me alebrestan, bro —da una honda calada—, yo con la Gloria voy es formal, de hace rato la tengo en la mira y me sobra puntería, bro, esa chama me pone a full mecha —silba en dirección al cielo—, espero que la family no se me ponga comiquita, bro, y tú relaxed que yo sé da la cara por ella. El otro día le puse el freno a un man que me le andaba echando los guau-guau, un mardito bicho, bro —se aclara con estridencia la garganta y arroja el alma en un esputo—, de una le rompí la jeta al cabrón a punta’e coñazo pa’ que se enserie, bro-jo, ¡ja!, me’a burda’e risa, ahora cuando me ve pira, el motherfucker sabe que si se me resbala le doy quiebre. Discúlpeme el léxico, bro, no se me haga la mente que soy tremenda joyita, palabra que yo lo que soy e’un varón —para reafirmarlo su mano sale, por enésima vez, al encuentro de sus genitales— y con esa niña voy resteao, bro.
Para alivio de mis oídos lo interrumpe el sonido de su móvil. Tras leer en la pantalla unos segundos me hace una consulta:
—Bro, ¿“pecera” va con “z” o con “s”? Por aquí un socio me está echando pa’tras un business y quiero meterle en el coco al bastardo que más rapi’o de lo que corre una bala pasa’e pez gordo a pez muerto si se sale del estanque.
A nada de un severo pasmo me ahorro el responder. Mi capacidad de reacción se anula de forma automática.
— ¡Mierda! Me están tronando arrechamente las tripas, bro, ¿entramo pa’entro o qué? Me huele a que su vieja ya tiene la papa lista y además, bro, tengo que cambiale el agua al bird.
A esas alturas ya había tenido demasiado del sujeto, suficiente de sus “bro” para hacerme sobrada cuenta de que el único hermano que con seguridad tendría espacio en mi vida era mujer y por nada en el mundo permitiría que se convirtiera en la de él.
Por gajes del oficio, a veces la vida familiar puede tornarse en un verdadero trabajo, estuve obligado a “congeniar” con el hombre durante otros tres cuartos de hora. Apenas él irse suspiré de alivio y pasé el mal trago de la visita con uno más reparador del mejor whisky.
Sentado frente al escritorio, en mi despacho, escucho a lo lejos pasos acercándose. Su ritmo frenético me anuncia a quién pertenecen. Me anticipo a su llegada e inicio una llamada. Rebosante de una extraña mezcla de expectativa y felicidad invade la estancia. Coloco al contacto en espera para interrogarla. Contesta afirmativamente, sumida en un estado de euforia excesiva, a cada una de mis preguntas y yo no quepo en mí del desconcierto. Pienso de nuevo en el sujeto e insisto escéptico:
— ¿En serio?
—Sííí. ¡Y ni te imaginas cuánto!
En seguida, sin develar nada, doy media vuelta girando sobre el asiento y retomo la llamada:
—Procede. Sin fallos. Liquida el asunto lo antes posible y mantenme al tanto.
Cuelgo.
— ¿Con quién hablabas?
—Son solo “business”, Gloria.  —Ajena a todo, no percibe la ironía en la frase proferida—. Ya sabes, negocios.
Pronto recibiré un mensaje con la confirmación del éxito de la encomienda. Observo a mi hermana, dentro de su burbuja de amor y fantasía, sonreírme inocente. Lo que me tocará consolarla cuando... En fin, todo sea por un bien mayor.
“¿Bro, “pecera” va con “z” o con “s”?” ¡Dios! Me vuelven a la cabeza la conducta y las palabras de tan modélico individuo y no hallo manera  de responderme de dónde habrá heredado Gloria semejante mal gusto. Suspiro atónito. Lo que hay que hacer por la sangre...
Peces muertos... Más tarde, en algún lugar, habrá que cambiar el agua del estanque.



Aldo Simetra




Habitan fantasmas en los azulejos negros
negros cual el luto que antes te guardé;
gritan sus pesares tal si fuera a oírles,
yo oculto los míos por si pueden ver.

Escuálidos dentro de sus mustios trapos
se mecen al compás de sonatas de ayer;
yo canto melodías rotas sin descanso
con nuevos harapos y distinta piel.

Mueven sus mandíbulas en grotescos gestos
quizá para asustar, no estaría de más;
yo, por cobardía, no estaría de menos,
presiono las mías hasta para hablar.

En mueca infinita mastican mi silencio.
En fingida calma me trago su penar.
Habitan fantasmas en los azulejos negros...
Y yo, mismo cielo mismo infierno,
entre ellos soy un espectro más.






El Metro tiene la particularidad de hacer que cualquier día de la semana parezca miércoles, nunca falta algo o alguien que se atraviese: el ensimismado que rivaliza con las tortugas, la ancianita con su bastón, el señor que hace mudanza a diario y se trae par de maletas bajo el brazo, el grupo que le es fiel a la Semana Santa porque jamás sale de una procesión, la falla que siempre aparece cuando menos se le llama, los pasos de las personas sin dirección, el retraso de los trenes (algo muy puntual, irónicamente), los malos pensamientos y la mala educación, un cartel de advertencia mal colocado y hasta los apellidos cuando no se está de buen humor. 
Así que un miércoles cualquiera, más porque lo haya parecido que por otra cosa, Karina, luego de haber librado con éxito la carrera de obstáculos desde la entrada de la estación hasta el abordaje del tren, luchaba por mantener su puesto en la competencia de quién aguantaba más la respiración dentro del vagón. Las reglas eran sencillas: solo debía retener el aire aprisionada entre un gentío cual sardina en lata hasta llegar a su destino, con intervalos de descanso cada vez que se abrían las puertas del tren. Lo que complicaba el asunto era el sopor y la ausencia de ventilación, y para ella y una docena más la cosa empeoró cuando alguien decidió perfumar el reducido espacio con sus efluvios gástricos. 
La imagen de repulsa se repitió al unísono en varias caras mientras el concentrado aroma se propagaba inclemente en la estancia. Una exclamación ahogada, reproducida en dos fases entrecortadas con un “¡ugh! ¡fo!”, anunció al primer perdedor de la lúdica batalla. A otro empezaron a aguársele los ojos, otra infló los cachetes con repugnancia intentando en vano contenerse y explotó justo, y afortunadamente, al abrirse las puertas del tren. La mayoría abandonó al trote el vagón, llevándose a la pobre mujer por el medio. Karina se había hecho a un lado y alejádose lo más posible del revoltillo provocado por el gentío y el charco en el piso. Se relajó, aspiró una profunda bocanada de nitrógeno y oxígeno viciados; todavía no llegaba a su destino y la lata que simulaba ser el vagón a esa hora, había expulsado a la mitad de las sardinas que transportaba.
Con más aire y espacio para compartir, Karina les echó una ojeada a los pasajeros y cruzó miradas con un muchacho frente a ella que la observaba con demasiado interés. Fingió indiferencia un instante, pero luego la invadió el nerviosismo al advertir que la estudiaba repetitivamente de la cabeza a los pies. Entretanto él con seguridad se recreaba la vista y la imaginación con su figura, ella aprovechó también de evaluarlo y le habría dado el visto bueno si, por el contrario, la cadena que lucía en el cuello y el corte que llevaba en una ceja no le hubiera causado tan mala espina. 
Las alarmas se le activaron cuando en medio de un intenso encontronazo de sus pupilas el hombre se encaminó raudo y amenazante hacia ella. Karina pensó en correr hacia el extremo opuesto del vagón al tiempo que lo veía acercarse, se persignó mentalmente tres veces, le temblaron las piernas, rezó un padre nuestro y se encomendó a la virgen. A dos pasos de que él le diera alcance tuvo un fogonazo de su sonrisa malvada y de inmediato todo se sumió en la oscuridad. Se tambaleó y se apresuró a resguardarse en un rincón aferrando su cartera tal si se le fuera en ello la vida. Tardó un momento en entender qué había pasado hasta que escuchó “¡coooño, un apagón!” y se demoró otro más para caer en la cuenta de que en la corta y desesperada carrera alguien le había roto la sandalia de un pisotón. Media hora entre penumbras y sombras después se hizo la luz y se sorprendió de no divisar de nuevo al muchacho. 
Al final del día, relatándole a una amiga la anécdota, confesaba de qué modo aquél la había impresionado:
–Creí que me iba a hacer algo. ¡Me pegó un padre y señor susto! ¡Pero era de un lindo...! 
A lo que la amiga replicaba:
– ¡¿Qué lindo ni que nada, pendeja?! Ese claro que iba pendiente de atracarte. Más bien corriste con suerte.
El susodicho, en una situación o escenario similar, también daba cuenta de su versión de los hechos a un amigo:
–Estaba full buena, pana. ¡Escríbelo que le gusté! Si no fuera porque se fue la luz...
– ¡Ja, ja, ja! Sí Luis... ¡Con la cara de monstro que tienes tú! Esa seguro que te veía no más porque pensaba que la ibas a robar... ¡El susto que se debió llevar! 
Como decía, el Metro tiene la particularidad de hacer que cualquier día de la semana parezca miércoles y que nunca falte algo o alguien que, para bien o para mal, se te atraviese. 




Ilustración de Ricardo Salamanca

Rompe fuente de manera líquida y sonora, sumiendo en un estado de alarma a las personas del local. Se paraliza en seco, contiene algo más que la respiración, su expresión se repite deformada en el rostro de la clientela y parece también dejarlos impávidos. Al instante de pasmo general le sigue un jaleo de sillas y pasos apresurados. Inhala y exhala precipitadamente. Suda frío, entra en pánico, los ojos crecen dos veces de tamaño. Busca asidero sin hallarlo. Se le contrae el vientre bajo, su interior se agita ante la expectativa; aunque lo huele en el aire, no quiere pensar en lo que se avecina y de hecho, siguiendo el hilo de las vicisitudes, no necesita hacerlo.
Dentro de un habitáculo de paredes pálidas, luz mortecina y ambiente cargante, su imaginación se iba consolidando de a poco en la realidad. Un fuerte tirón que volvió a atenazarle el vientre repercutiendo en su estómago y la parte inferior de su espalda, le hizo gritar y retorcerse hasta el infinito; el dolor y desespero convertían en un asunto de vida o muerte el aferrarse a algo... apretarlo, reducirlo sin contemplaciones con sus puños. En su mente no dejaban de escucharse voces que azuzaban y amenazaban a la vez su cordura: “¿está difícil?”. “Sí, muy difícil”. “¡Uno... dos... tres... inhale!”. “De repente se detuvo”. “Creo que viene atravesado o...” “¡Puje, puje!”. “¡Es tremendo cabezón!”. “¡Más fuerte, vamos!”. “Tal vez la abertura sea muy angosta”. “¡Puuuje! ¡Otra vez....!”. “Quizá requiera un poco de dilatación”. “Podemos...”
De inmediato le invadieron el pensamiento fragmentos de una anécdota relatada por su madre. No recordaba bien de qué iba, sin embargo en su mente se repetía como especie de lamento un: “doctoooor, quíteme el pitocíííín, por faavooor”. Fue suficiente para rechazar de forma tajante cualquier método de aceleración de la labor. Sudaba a mares, temblaba de pies a cabeza entre estertores y contracciones varias, las venas hinchadas a punto de explotar por debajo de su epidermis, empezaba a dormírsele una parte del cuerpo en tan ardua jornada. Se sentía desfallecer, era mucho más de lo que podía o tenía disposición de soportar. “¡No desista!”. “¡Vamos, que usted puede!”. “¡Puje más, puje más!”.
En un instante inesperado experimentó cómo se le volteaban de adentro hacia fuera las entrañas, la piel, el alma... sus paredes internas desgarrándose y expandiéndose sin límites, rompiéndose y sangrando en cada pliegue del trayecto. “¡Ya casi sale!”. “¡Ya casi sale!”. Fue un mísero consuelo oírlo, pero fue en aumento minutos después al ser consciente de que la expulsión, aunque violenta y desastrosa, había sido satisfactoria y completa. Soltó un par de lágrimas por el esfuerzo y al rato otro más al enfrentarse con su creación. ¡No se podía creer que semejante monstruosidad hubiera salido de su interior! Hizo lo propio tras desconocerla: deshacerse de tal engendro sin dilación.
Pasadas las horas negras, había llegado el momento de dar la nueva a quienes esperaban en la estancia, del lado opuesto de la puerta. Se escuchó un lacónico: “fue un parto difícil”. Quien lo había proferido se acariciaba de modo extraño un costado, abarcando con disimulo una porción de su pecho y su barriga, tal si intentara alisarse con ese gesto la vestimenta. Los presentes le dedicaron miradas incriminatorias cargadas de reprobación y desprecio a partes iguales; alguno se compadeció observándole con esa aprehensión a medio camino de la pena y la consideración. Aún así suspiró de alivio: lo peor había pasado.
“Si no fuera por el contexto...”, meditó para luego concluir en voz alta:
–Definitivamente, no es lo mismo decir aquello al salir de un quirófano que de un cuarto de baño prestado.
Una contra otra se frotó las manos y, con la seguridad de deber nada a cambio, se apresuró a abandonar el lugar con la frente en alto.

Aldo Simetra



Lo último que recuerdo es al silencio pegándome un grito desde el mismo sitio en que, en la lejanía, la noche se rompía con tus aullidos. Las sombras invocaban tu silueta desgarbada, siempre tétrica. Un remanso de oscuridad envileció la brisa que arpegiaba suspiros a la luz de las velas. Me venció el eco de tus pasos resquebrajando el suelo. “Al polvo volverás, al polvo volverás...”, entonaban con gravedad las piedras entregadas a su sino. Los latidos anunciaron tiempo muerto al develarse el mío. De frío a cálido, de cálido a frío... lo cuentan los segundos. Se me entumeció el cuerpo. Perdí el sentido justo cuando me devoró tu aliento.





“Manual Trauma” by Pekthong

—Los poetas, amantes de la estética y lo bello,
hablan de ficción y obvian al mundo.
Olvidan que no solo hay ángeles de hebras doradas
ni son siempre los demonios oscuros.
Inmersos en ensoñaciones y fantasías
hacen oda a la pulcritud y a la pureza;
es cierto que recuerdan los suburbios,
pero solo si hay bar en que agriar sus penas.
Todos son versos al alba o a la plateada luna,
muchachas de ojos claros y piel de aceituna,
diosas o adonis, varones gallardos,
aunque de los últimos no se hable tanto.
Todo es vender el amor como enfermedad,
vitorear a la soledad como veneno y cura
y entre más honda parezca la herida,
no es secreto,
más puede prescindir el poema de rima.
—Hay poesía en prosa...
—Y prosa en poesía,
¡qué congoja!
— ¿Defender la música y menospreciar la belleza?
—Defender la musicalidad y la armonía.
¿Ignora que es melodía sin acordes la poesía?
—Entre sus disertaciones se me pierde su queja.
—Pues es simple, caballero: la forma, el tema...
La maravilla opacando lo ordinario,
la hermosura vapuleando la fealdad,
ese existir por encima de las nubes
sin narrar que bajo las uñas hay tierra sin labrar.
Aunque a veces trágicos,
simulan ser todos cuentos de hadas
que, se coma o no perdices, encandilan sin parar.
Mucha ficción y poca realidad, ya le digo.
Es eso lo que me causa pesar.
— ¿Y por qué habrían de privarse estas gentes
de lo mágico y lo bello y lo sutil?
¿Qué importa a qué hagan oda
o a qué dediquen versos
si su sentir logran transmitir?
—Se engaña:
es lo despertado en otros su paga.
Son ágiles en moldear palabras
sin que por ello tenga que sufrir su alma.
Se engaña
si cree que el sentimiento plasmado en sus textos
es justamente el mismo que les da origen;
bien es sabido, por ejemplo,
que para escribir una tragedia
no es requisito estar triste.
— ¿Y qué peso tiene de qué emoción dispongan
si hacen arte por igual con la alegría o la congoja?
Enfrente usted si gusta a la sinceridad y al dramatismo
que nunca acabará vencido éste último.
— ¡Adiós a la autenticidad de emociones!
¡Qué perfidia!
—En la invención, como en el mundo real,
sentir y actuar según qué papel,
es una necesidad.
— ¿Así osa usted hablar de realismo? ¿De qué tipo?
¿Ese que pregona la pureza en tiempos de corrupción?
—Todavía hay almas impolutas entre la multitud.
— ¿Que usa la beldad falsa o fabricada de protagonista
y a la fealdad y simpleza da un papel de segundón?
—Los horrores y lo simple
no son tema interesante de conversación.
— ¿Que lapida lo vulgar y lo corriente
aun siendo el pan y vino de las masas?
—Es ley encontrar más deleite
en los platos exóticos que en la dieta diaria.
— ¡¿Que rinde homenaje y pleitesía a la virtud y a las doncellas
y a la perversión y a las putas,
aunque gocen de sus gracias,
las desprecian?!
— ¡No siga! ¡Exponer lo grotesco es obsceno!
— ¡Obsceno es esconderlo!
Con todas las palabras que los necios
han dotado de oro y plata para engalanar sus textos
se podría erigir un templo.
—¿Y qué propone entonces?
—Profanarlo.
La funcionalidad del lenguaje se pierde cuando
solo sus mejores vocablos son utilizados.
¿Ha visto cada vez cuántos eufemismos han creado
para rehuir usar un mero término zafio?
— ¡Por Dios bendito!
¡Ojalá no esté aludiendo a las metáforas!
Va usted perdido...
¿No se da cuenta de que son los dotes de aquellos a quienes desdeña
lo que hace que cada cosa escrita suene dulce y placentera?
— ¿Acaso lee usted con las orejas?
—Tanto como posiblemente escuche usted con la vista.
Recuperemos la educación y la rima, si gusta,
¿No será el exceso de romanticismo lo que denuncia?
— ¡Ah, el romance...!
Desde que la estupidez y el melodrama lo apadrinan
ha dejado de ser arte.
—Discrepo.
Tales atributos...
no hacen más que resaltar su intensidad y sentimiento.
Sin duda ha de considerarlo extraño,
no obstante, siempre he tenido a bien pensar
que todo el que escribe es romántico,
aunque no necesariamente cualquiera sea poeta.
—Parece usted uno.
Y no suponga que es un cumplido.
Su observación, por apasionada que se ofrezca,
sin remedio me empuja
a juzgar estúpido y melodramático a cualquiera
dedicado a la escritura.
— ¡Bah! ¿Un prosista naturalista?
—Alguien que aborrece convertirse en su propia crítica.
— ¡Vaya! No lo hubiera imaginado.
Al final, ¿cuál era, caballero, su reclamo?
— ¿Se fija usted? Eso nunca queda claro.



Aldo Simetra


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