Uno siempre cree que tiene todo listo para el fin de año y entonces llega el día y se da cuenta de que no tiene nada preparado:

De pronto tu madre llama para preguntarte: Hijo, ¿ya compraste los calzones amarillos? A propósito de eso sale tu novia a consultarte qué tal se vería con un vestido de ese color y tú le respondes que luciría estupenda, siempre y cuando te dejara utilizarla de lumbrera en caso de que hubiese un apagón. Claro que bromeas, pero a ella (a pesar de tener la pinta hecha) no le causa chiste la cuestión.
A todas estas te ofreces para comprar algo que falte y sin saber por qué, terminas haciendo cola en el supermercado para pagar por cosas que a tu parecer no son necesarias como avellanas, maletas y velas. Cuando vuelves del mandado te encuentras con que están practicando como comerse las uvas, las mandarinas, las lentejas, etc. en menos de un minuto, a ver si les da chance de hacerlo al compás de las doce campanadas; y viendo el desastre que hacen, se te ocurre que es mejor meter todo aquello en una licuadora porque es más fácil comerse doce cucharadas de todo junto que doce porciones de cada cosa.
A última hora a tu padre se le pasa por la cabeza que es buen momento para cambiar las persianas, para reparar las bisagras de la puerta o para acomodar la antena y entonces, va tu madre a secundarlo: “Aprovecha que esta Aldo para que te eche una mano”. ¡Bien bonito!
Por si fuera poco, entras en el campo de visión de tu sobrina que te convierte rápidamente en su blanco como si no tuviese suficiente diversión con los regalos del 24. Espera que muestres la misma alegría que ella al enseñarte sus juguetes, luego te convence de que le ayudes a hacer una lista de deseos porque aun no aprende a escribir bien y pide cosas bastante creativas como un cielo rosa o que su muñeca crezca y aprenda a manejar bicicleta sin rueditas. Y a ti te da por preguntarle: “¿Por qué no pides amor, paz, felicidad y esas cosas?” A lo que ella te responde: “¿Y tú te crees que yo soy boba?”.
Más tarde todo marcha contra reloj, hay que hacer esto, hay que hacer aquello, falta lo otro y se anda en una continua corredera; una competencia rara donde caminar esta fuera de regla. Las cosas se vuelven un revoltijo: la media que fulanito dejó en la habitación aparecen en la cocina, aquesta no se ha planchado el pelo porque no consigue la plancha, se pierde un par de zapatos y sultano anda buscándolos descalzo por la casa. Pareciera que nadie va a estar listo antes de lo estipulado.
Lo sorprendente es que a las 11:59 p.m., contra todo pronóstico, todos tienen la copa de champagne en la mano. Y no sé a ustedes, pero a mí me parece que de existir el fin del mundo ese día siempre es el 31 de diciembre y lo mejor de todo, es que sobrevivimos hasta el año que viene.


¡Feliz y Próspero Año 2014!

Aldo Simetra





Querido San Nicolás:

Si usted fuese santo de mi devoción y yo en verdad lo quisiera, le pediría que dejara de humillar al país y aprovechar la escasez de papel higiénico para limpiarse el trasero con nuestras leyes.
Que deje de mejorar su calidad de vida a base de empeorar la del pueblo.
Que se olvide de aumentar la riqueza popular empobreciendo la riqueza privada.
Que deje de promover un socialismo en el que lo único que se comparte a partes iguales es la pobreza y la ignorancia.
Que cese de ahuyentar la tranquilidad y la seguridad fomentando la revolución.
Que deje de utilizarnos de alfombra para subir de categoría.
Que deje de exportar gratuitamente todo lo bueno que tenemos y de importar al país cosas que ni siquiera necesitamos.
Que cese de hacer el payaso criticando a una burguesía de la cual forma parte y señalando a otros de corruptos cuando en eso les lleva ventaja, medalla y título.
Que aprenda a manejar un discurso en el que destile más coherencia y sentido común que saliva.
Que aprenda más de economía y menos de intervención y expropiación. Y ya que estamos, que aprenda de geografía para que al menos sepa dónde está parado y se ubique en tiempo y espacio de vez en cuando.
Que deje descansar los restos y la memoria del anterior mandatario y que por primera vez no se apoye en sus palabras para sentir que ejerce el mando.
Que deje de meter las narices en cosas que no son de su incumbencia y que mejor ponga ambas manos en arreglar todo lo que ha derrumbado a diestra y siniestra.
Que les haga el favor a sus padres de representar su apellido y el favor a sí mismo de diferenciarse un poco de un burro. Y no hago alusión a su inteligencia, sino al montón de paja con la que se alimenta y que luego vomita como verborrea en cada una de sus cadenas.
Que nos devuelva todo lo que se ha llevado, todo lo que nos falta y todo lo que hemos perdido; el hoy y sobre todo, el mañana, porque nos tiene el presente y el futuro jodidos.
Querido San Nicolás, si yo en verdad lo quisiera, no me importaría su nacionalidad porque el mejor regalo que podría darnos sería marcharse de esta tierra y dejarnos, dejarnos pasar una Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo en paz.
Pero sabe, no me hago ilusiones. Porque aún si yo lo quisiera (que no lo quiero) y aun siendo santo de mi devoción (que evidentemente no es), sabría de sobra que si no nos hace el honor de leerse la Constitución, mucho menos se leería esta carta ni nos obsequiaría con al menos la cuarta parte de lo que demanda.
Aunque seguramente Papá Noel sí que la leería y atendería a nuestra petición, pero no me cabe duda de que solo recibiríamos carbón por lo mal ciudadanos que hemos sido y por quedarnos tranquilos viendo como usted, San Nicolás, se llena el saco mientras nosotros nos quedamos vacíos.

¿Y tú qué le vas a pedir a San Nicolás?


Un gobierno es lo que es por los ciudadanos que tiene; y parece ser que así es el país que queremos porque insistimos en conformamos con lo que hasta ahora tenemos.


Discúlpeme si se ha leído esto y no comparte mis ideas. Puede que a usted le gusten las cosas de otro color, pero sepa que este es el que he elegido yo.



A muchos no les gusta esta época del año y ¿por qué debería de gustarles? Es difícil compartir la felicidad de los demás cuando no se tienen motivos para celebrar. Aunque saben algo, en realidad nadie en esta fecha los tiene, pero es una excelente excusa para sonreír un rato y olvidar todo lo que nos hizo mal a lo largo del año. Solo eso. Porque sinceramente pienso que todos andamos con el corazón roto o con algún vacío por dentro, nos sentimos casi la mitad de las veces incompletos, pero muchos hemos aprendido a fingir con el tiempo. ¿No se sienten un poco acompañados al saber esto?
Hay quienes piensan que esta festividad es para la gente alegre, pero la verdad es que es para aquellos que han olvidado ser felices. Así que aprendan a hacer una fiesta de sus cicatrices.

Ya sé que a muchos no les gusta esta época. Pero eso no va a impedirme desearles: ¡Que tengan una Feliz Navidad!! Y pueden ignorar todo lo que está escrito, pero al menos recuerden que todos comparten su soledad.




A veces pensamos que nos falta mucho y que nada tenemos. A veces sonreímos solo porque es demasiado fastidioso andar dando explicaciones de nuestra mala cara y porque en el fondo creemos que nadie va a entendernos si nos dignamos a decir qué pasa. A veces callamos simplemente porque las palabras hieren y preferimos castigarnos con el silencio. A veces no aceptamos nada, pero nos resignamos y fingimos que lo olvidamos para no malgastar energías luchando en vano.
Así vamos creando murallas y corazas, nos vamos encerrando dentro de nosotros mismos y nos refugiamos en un lugar que nos parece más cómodo y menos letal que el resto del mundo. Entonces, damos la impresión de ser soldados valientes que después de haber ido a la guerra regresan fríos, huraños y herméticos, capaces de muchas cosas excepto de tener sentimientos.
Y aunque no nos sentimos (porque sí que los tenemos) agradecidos ni contentos de la percepción que damos no la contradecimos, pues es mejor a que echen un vistazo en nuestro interior y lo encuentren hueco. Y no a causa de que lo hayamos vaciado de todo, sino porque muchas veces, entre la superficialidad de la gente, solo conseguimos llenarlo de nada.

El corazón es un órgano que funciona a toda marcha. Así que en lugar de desgastarlo en cosas vanas y tratarlo como un objeto chatarra, muchos preferimos no encenderlo hasta encontrar una razón importante para hacerlo; pero corriendo el riesgo de que cada uno de los engranajes que le dan vida a su motor, se vayan oxidando con el tiempo.


No hay corazones de piedra, sino piedras cubriendo corazones.





"Que dos baterías me han funcionado mejor que tus besos y que tus abrazos". Eso fue lo que escuchamos mi chica y yo como bienvenida al entrar a una sex shop (sí, en una sex shop y qué hacíamos allí no es asunto suyo, ¿leyó?) Como venía contando, lo que oímos era parte del coro de una canción en donde un tipo es sustituido por un consolador. Aquí se las dejo:

De inmediato me imaginé la situación: Qué mal la debió pasar esa mujer para preferir cambiar a su hombre por esa clase de objeto y qué mal la ha debido de pasar él al saber que no era capaz de satisfacer a su mujer. #Fail. Lo peor del asunto es que los cinco minutos de gloria que no le pudo dar a su chica, no le dejaron más que mala fama a él y ahora serán la evidencia de que sus polvos no hacen nada de magia a la hora del té.


Qué deprimente sería de verdad que a uno le dedicaran esta canción. Por ello me aseguro de tomar mis previsiones. Así que coja dato y si está en graves apuros (si es que sabe de lo que estoy hablando) consulte a su médico. Es esto o que su chica, novia, esposa o etc., decida cambiarlo por "su amigo del baño" que sí le baja las estrellas sin problemas. Lamentable, ¿no cree?

No me vengan con aquello de que esto no es tema de época decembrina, por algo las tasas de natalidad aumentan en el mes de septiembre. Todos saben que mientras el "Niño Jesús" viene en camino, los mortales están procreando al suyo.

Aldo Simetra




Cuando dejas de usar apodos para recordar tus citas y recuerdas el nombre completo de una chica.
Cuando prescindes de tu lista de mujeres para practicar sexo y haces una lista de sexo para practicarlo con una.
Cuando aprendes a fijar la vista más tiempo en sus ojos que en su busto o su trasero.
Cuando no compartes las mismas preferencias que tus amigos hacia cuerpos femeninos porque resulta que prefieres uno en específico.
Cuando parece que solo te basta con la imagen de esa chica para que todas las demás se opaquen.
Cuando soportas verla desarreglada y sin maquillaje sin que tu impresión cambie.
Cuando ese deseo animal de llevártela a la cama se convierte en una perenne ansia acentuada con un anhelo inenarrable de que te pertenezca incondicionalmente y sin reservas.
Cuando desarrollas un sentido ciego de protegerla que te acerca a tu lado más humano y empiezas a ver las cosas desde un punto menos despreocupado.
Entonces lo sabes, estas tremenda e irremediablemente jodido porque te has enamorado.
Y quisieras que ese "jodido" fuese "joda" es decir, una broma; pero sonríes al reparar en ello, aun sin encontrarle una pizca de chiste y por lo idiota que te imaginas y esa necesidad de cerciorarte del hecho sin que te queden dudas, vas a mirarte en el espejo y negando con la cabeza no puedes evitar expresar: ¡Diablos, estoy jodido! Y esto sí que es en serio. 

En caso de que esté pasando por lo mismo, caballero, quiere que le dé un consejo: No pida ninguno. Al fin y al cabo, no soy quién para darlo. Yo llevo bastante rato "jodido" y lo único que puedo hacer a estas alturas es admitirlo.

Aldo Simetra





Hay un momento de la noche que nunca nos evade, que nos espera diligentemente con la misma ansia con que el cansancio se echa a los brazos de Morfeo. Ese momento rodeado de silencio en donde la quietud se pasea oronda y engalanada y sin querer lanza una piedra en nuestro interior que agita la superficie del alma. Entonces, mientras hacemos un resumen de lo que hicimos antes de llegar a la cama y otro de lo que debemos hacer al apartarnos de ella, nuestra mente divaga entre los recuerdos y el presente, nuestra almohada se convierte en confidente y de pronto nuestro lecho se transforma en un juzgado donde la conciencia da cuenta de todos nuestros actos. Y parece que escuchas a las dos partes debatiendo: esto estuvo bien, esto estuvo mal; mientras que la voz de un juez que nunca has sabido identificar determina: a lugar o no a lugar. Se inicia un alboroto en la sala, ya están a un paso de dictaminar el veredicto, no sabes si te absuelven o condenan; pero no te importa, porque con el sueño de defensa y las sábanas de abrigo, todas tus preocupaciones se apagan y van cayendo poco a poco al precipicio del olvido.





Viendo cómo la gente hojea libros de autoayuda para minar su autodestrucción, me siento como un villano al pensar que, sin importar cuántos se lean, su vida seguirá siendo deprimente si continúan a la espera de que cambie por el simple hecho de absorber letras. Es curioso verlos repasar el mismo repertorio de motivación y positivismo como si fuese la fuente de vitaminas que necesitan para moverse, cuando basta con que hagan uso de la voluntad que olvidan que tienen.
Yo profundamente pienso que es un problema de autoestima, y es de lógica que si te sientes inseguro de ti mismo te dé miedo caminar sin tener un guía adelante, un compañero a tu lado o un guardaespaldas detrás. Sin embargo, pareciera que olvidaran que el destino no es algo compartido y que seguir el camino por el que otros han ido los aparta del suyo.
Sí, está bien, no hay que ser tan radical, hay personas que los usan como fuente de sabiduría o como especie de manual. ¡Good for them! Pero en serio, de cuándo acá la gente le hace caso a los consejos más que para recalcar los errores cometidos. Si la vida hubiese venido con instrucciones, no me cabe duda de que al nacer a cada uno le habrían obsequiado un instructivo. Y cuál sería la primera lección, tatatatán: ¡Abra los ojos, ya usted es un ganador!


¡Jajaja! Ya está bueno, antes de seguirme extendiendo y tengan mayor información para cerciorarse de mi nivel de maldad, les dejo con un refrán que de seguro se han cansado de ignorar: "Nadie escarmienta en cabeza ajena". Así que en lugar de leer un libro para obtener respuestas y experiencia en base a las "metidas de pata" de otro, conviértanse en protagonista de uno y dejen que sus actos sean la tinta que lo escriba en esa hoja en blanco que todos llamamos Vida y que muchos dejan inconclusa.
¡Oh por Dios, he sonado exactamente como un libro de auto-ayuda! Aunque bien, no deben de ser tan malos, al menos a quienes los escriben les sirve de algo; porque si hay una cosa que no les refuto a este tipo de libros, es la certeza de que nada ni nadie puede brindarte mayor ayuda que tú mismo.


Aldo Simetra





A veces me pregunto cómo es posible que si Dios nos hizo a su imagen y semejanza seamos, los seres humanos, tan defectuosos. Porque siendo sinceros, todos estamos de algún modo estropeados, todos tenemos algo que necesita de arreglo. Sabiendo esto pienso en la gente insegura, con el orgullo dolido, deprimida, abatida, fracasada, triste o afligida, marcada por la vida y de una u otra manera herida. Aunque no se me escapa que estamos así para cumplir con un propósito; “estamos” no somos, porque es un estado transitorio en el que se nos curan las abolladuras, se nos enderezan las torceduras y se nos pulen las asperezas, y terminamos por convertirnos (dentro de lo que cabe) en una obra maestra perfecta.
Entonces imagino que todo forma parte de un plan preconcebido para darnos cuenta de que Dios no se equivocó cuando nos creó y que ser imperfectos fue justo el regalo que nos dejó. Pero mientras acepto con grandes dotes de resignación y escepticismo su peculiar obsequio, le reprocho que nos haga pasar por tantos esfuerzos y pienso cruelmente que solo somos su fuente de entretenimiento.
Luego me acuerdo de la frase de Eduardo Galeano: "La perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los Dioses". Y agradezco que no me haya dotado de una cosa tan fofa e inútil y que no tenga nada más divertido que hacer que vigilar mis pasos, porque convencida de su presencia mis penas no me duelen tanto. Me atrevo a preguntarle al silencio: "Por qué no me la pone más fácil", sabiendo que él va a escucharme y de inmediato encuentro la respuesta en mis pensamientos: ¿Y tú te crees que el cielo es gratis? Por supuesto que no, pero bien caro que sale.

En fin, menos mal Dios no nos hizo perfectos, echaríamos en falta nuestros defectos sin que hubiera algo apreciable en ese hecho y seguramente, no lo amaríamos por ello.





Para nadie es un secreto que las redes sociales y las relaciones no compaginan, son cosas que deberían ir por separado a menos, claro, que prefiera que sean “otros” los que no se lleven de la mano.
Hay gente que exagera con esto de las redes sociales, que en vez de usarlas como un medio avanzado de comunicación, las usan como medio barato de espionaje.
Si antes tu chica, por ejemplo, te sometía a un riguroso y meticuloso interrogatorio para obtener alguna información, ahora basta con que ingrese a tu perfil y... ¡Tachán! Todas las respuestas están visibles ahí.
Tanto así que cuando va a referirte algún hecho lo hace con toda la verdad en sus manos y sin utilizar frases del tipo: “¿dónde estuviste tal día?”; sino del tipo: “el miércoles estuviste en tal sitio con fulanito o fulanita”. Y uno ya no anda de ingenuo creyendo que es adivina o algo parecido, ni se sorprende preguntando: ¿Y cómo sabes eso? Porque de antemano ya está reprochándose: Malvado Twitter, malvado Instagram, malvado Facebook.
Con respecto a éste último tuve una novia que a cada rato me hacía desear dedicarle esta canción:


Es que era realmente insoportable, parecía querer escribir un cronológico detallado de cada uno de mis pasos. A buena hora se me ocurrió cerrar la cuenta y puedo ahorrarme escuchar reclamos y quejas sin sentido del tipo: ¿Quién es esa zorra que te escribe otra vez? ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Porque verídico, sin importar el nombre que tenga ni quién realmente sea, para tu chica cualquier “tipa” que intente interactuar contigo se arrastra, ladra o camina a cuatro patas.
No es de extrañar que algunos hombres quieran retroceder la comunicación a unas cuantas décadas, a los tiempos en los que abundaban las damas y los caballeros, al menos en esa época la gente se comunicaba por cartas y cualquier noticia, así fuera el chismorreo de un affaire con una cortesana, tardaba en llegar algunas semanas. De manera que tenías suficiente tiempo para interceptar al cartero e impedir que tu novia, o toda tu “red de contactos” en su defecto, se enterara del suceso.
 Claro que tampoco se engañen, desde que las redes sociales son un método infalible para romper situaciones sentimentales, muchos la utilizan adrede para terminar con la pareja que tienen, por dos significativas razones: una, se hacen publicidad gratis con motivo de su recuperada soltería y dos, se ahorran los dramas y la marcas en la cara que les dejaría un fuerte bofetón, suponiendo que no acabase, como en la mayoría de los casos, en buenos términos la relación.
Y bueno, como moraleja, eso que han escuchado es cierto: "Las redes sociales te acercan a quienes tienes lejos, pero también alejan a quienes tienes cerca". Terminan siendo asociales desde el punto en que se vean.


Aldo Simetra





Se quiebra un vaso, un jarrón se hace añicos al chocar contra el suelo, una vajilla se rompe de improviso por un mal movimiento y ya se está buscando la escoba para limpiar los destrozos sin tanto remordimiento. Pero no las personas, ellas se apegan. Rompen sentimientos, rompen ilusiones y ya están intentando recomponer corazones y relaciones. Se sirven del pegamento y del adhesivo que no son capaces siquiera de reparar el cristal más fino o la más barata porcelana, e inútilmente tratan de volver a encajar las piezas de un rompecabezas con la mitad de las piezas extraviadas. Y qué consiguen en el mejor de los casos, un jarrón semiacabado con un montón de cicatrices que se desmorona lentamente al más mínimo contacto o un vaso reconstruido en el que nadie será tan osado de servirse algo.
¿Por qué se esfuerzan en vano? Ya sé, por ese estúpido miedo a perder lo más preciado, por esa tontería de querer mantener igual lo que ya ha cambiado, por ese pensamiento idiota que les hace creer que lo que fue siempre puede ser y permanecer, en fin, por ese bendito “siempre” del que nadie se quiere deshacer. Y mientras tratan inútilmente de curar el daño, parecen tontos dramatizando un papel que en lo absoluto les queda bien: más cinta adhesiva, por favor, un poco de pegamento por aquí y ¡ya está! Vuelven a sonreír. A medias claro, mientras se saludan por educación, mientras esquivan la mirada y se tratan por la política acostumbrada, pero por dentro lo saben: ninguno quiere verse las caras. ¡Que viva la hipocresía!
Y ¡puf! Explota el jarrón, el vaso débilmente se desmorona, otra vez trozos, otra vez polvo. ¿Y qué harán? ¿Volver a juntar lo que, en definitiva, no se completará jamás? ¡Ay! Desháganse de las migajas de una vez por todas y dejen que lo que fue se marche en paz.
Pero si insisten en hacer como los gatos, que después de cagarla le echan tierra a su gracia; recuerden que hay cosas que no se enmascaran, siguen apestando aún a kilómetros de distancia.

[A veces pienso que de tantas personas que se han llevado un trozo de nuestro corazón, el pobre siempre está en constante construcción.]





Todo hombre ha escuchado esa frase que lidera el repertorio de las féminas cuando se quedan sin argumentos y necesitan ponerle la guinda al pastel: “Es que todos los hombres son iguales”. ¡Sí señor! Y tal parece que cuando la dicen no necesitan explicar nada más, se sobrentiende todo con pronunciarla. Y cómo no, no falta la fiel amiga que la secunda (o no importa si es una desconocida, las une de algún modo "la solidaridad femenina"), y que repite: “sí vale así son todos, están cortados con la misma tijera”. Y así sin más somos reducidos a vulgares figurillas de papel sin cuerpo, sin mente y sin sentimientos, porque otra cosa que no hay que discutirles es que los hombres no contamos con nada de eso.
Sin embargo, cosa curiosa, siguen buscando príncipes azules estando según ellas seguras que se toparan con ranas, continúan comparándonos con animales preocupados por nuestras propias necesidades, pero aun así pretendiendo que nos comportemos como caballeros atentos a las suyas. ¡Y quién las entiende, hombre! O somos una cosa o la otra, o quieren esto o quieren aquello y, sin importar lo que les des, terminan pronunciando la misma trillada frasecita.
Y precisamente eso, el tener todas ese mismo pensamiento, es lo que les impide ser tratadas diferente. ¿Ven cómo son también todas iguales? ¡Ah no, eso sí que no! ¡Como yo no hay dos! Salen corriendo a replicar. Vale, porque ellas sí que son únicas y punto, no hay nada que agregar.
Y ahí están, buscando a alguien que se les compare, que sea lo mismo que ellas de especial y así, van eligiendo sin cesar entre la multitud. A lo que uno desconcertado se dice: -No y que somos todos iguales, quédate con quien sea y listo. Entonces ellas contestan ocurrentes: “Es que esperamos equivocarnos y encontrar algún día alguien distinto entre tanto parecido”. No te digo, es que hasta en este asunto también son indecisas. ¡Mujeres!
Ya quisiera saber yo como identificaría cada una a su chico si fuera igual al resto porque, sinceramente, las únicas similitudes que nos unen “propiamente hablando” es que morimos por las mujeres, nos fascina el deporte y tenemos pene.
Pero ya, hablando en serio chicas, dejen de insistir en conseguir a un hombre de otro mundo, puesto que aquí no hay extraterrestres y es obvio que no podrán conseguirlo. Y acéptenlo, si algún día llegasen a encontrar a alguien real y completamente distinto a todos, se halarían de los pelos reprochándose: ¿por qué rayos no es igual al resto?

[Escrito por un hombre cansado de que lo igualen o lo comparen con todos los de su gremio por mujeres que olvidan comportarse como damas y que aun así esperan ser tratadas como reinas; y que ya crecidas y viviendo en el mundo real, siguen esperando que un caballero vestido de azul baje de un caballo, les prometa un castillo y las convierta en princesas.

Despierten de una vez: las ropas se destiñen, las coronas se caen y los castillos se derrumban, pero aun así el hombre y la mujer no dejan de necesitarse nunca.]

Aldo Simetra




Leía un artículo sobre “la mujer perfecta” en un periódico, que alguien había extraviado o abandonado sobre la mesa fría del cafetín donde me encontraba, cuando llegó ella.
–Lo siento, llego tarde. –se excusó, mesándose el largo cabello y tomando asiento ceremoniosamente en una silla frente a mí.
–Solo un poco. –concedí, mientras dejaba resbalar mi mirada por los contornos de su cuerpo. ¡Y qué cuerpo! Era justo la imagen que le faltó al editor anexar al artículo.
Lo aprecié por completo y lo degusté con deleite, como había hecho desde el primer momento en que apareciera: su busto y sus glúteos prominentes, la cintura pequeña, la larga y abundante cabellera, el rostro refinado.
–Espero que no sea lo suficientemente tarde como para pedir algo de tomar antes de hablar de negocios. –le oí decir observando sus gruesos labios mientras me lanzaba una provocativa mirada. Suspiró con su nariz respingona.
–No, claro que no. –contesté recomponiéndome.
Llamó al mesonero y le pidió “un jugo de naranja sin aditivos químicos, con edulcorante y sin azúcar” y en un santiamén se derrumbó mi embelesamiento.
Entonces, con ese carácter detallista que me distingue y que no suelo demostrar a menudo en público, hice una revista minuciosa de la figura que tenía en frente: Senos demasiado erectos y firmes, al igual que los glúteos (frente y retaguardia de silicona, me parece); cintura demasiado pequeña en proporción a las caderas (liposucción); labios grandes y abultados, aunque atrayentes (botox); rostro perfectamente limpio y terso (cuánto maquillaje), y qué ojos tan profundos enmarcados por unas larguísimas pestañas (postizas claro).
Se llevó una mano hacia un intruso mechón de cabello que empezaba a asomarle en la frente, demasiado largo para servirle de pollina y al mismo tiempo demasiado corto para ir en consonancia con el resto de la menuda cabellera (hum, extensiones), y se lo ocultó detrás de la oreja.
 Al bajar la mano reparé en sus cuidadas uñas acrílicas, muy lindas por cierto, pero, a juzgar por la delicadeza absurda e innata con la que rebuscaba en su cartera, ¿habría necesidad de ponérselas tan largas?
El mesonero depositó su orden sobre la mesa tras citarla graciosamente:
– “Un jugo de naranja sin aditivos químicos, con edulcorante y sin azúcar”, por supuesto.
Y a mí se me ocurre que con tanta artificialidad en el cuerpo, sería el colmo que también se alimentara de eso. Se toma un trago de jugo y suspira complacida diciendo:
– ¡Qué viva la naturalidad! –me dedica una sonrisa con todos los hierros y yo, perdido como estoy en mis cavilaciones, le suelto:
– ¡Si la acabas de matar!
– ¿Ahh? –me pregunta.
Me preparo para hacer un comentario halagador que anule al anterior y entretanto, ruego porque tenga tanta personalidad y neuronas en el cerebro como la cantidad de silicón, plástico y postizos que hay en su cuerpo. Aunque, lo confieso, mientras estuve abstraído en mis pensamientos no pude apartar la vista de su pecho.
Ya saldrán algunas a “elogiarme” con su típica frase “¡qué perro!”, pero si quisieran que miráramos sus sentimientos antes que su físico, no vivirían para resaltar este último.
Doblé el periódico y lo hice a un lado, queriendo dar inicio cuanto antes al asunto retardado; y pensando en que “si la mujer perfecta existiese, sería en definitiva puro plástico moldeado”.


[A veces cuando veo a una mujer extramaquillada, no puedo evitar preguntarme qué habrá o qué quedará debajo de esa máscara y le agradezco al destino haberme presentado a mi chica al natural; primero, porque me ahorró el hacerme esa pregunta y segundo, porque aunque estuviese como ella misma dijo “destruida”, no hay ruina ni maravilla que me resulte así de bellísima.]

Aldo Simetra





Mi pareja y yo estábamos tan desesperados por reavivar nuestra relación que decidimos adquirir un kama-sutra. Ese libro que todo adolescente ha husmeado cuando siente las primeras calenturas y que muchos se avergonzarían de comprar en la edad adulta. Si han sido tan osados como para usar uno, ya quisiera que me contaran qué tan parecido les quedó lo que intentaron a la imagen; y a los que ni siquiera piensan en adquirirlo, mis respetos. Aunque les confieso que se pierden de contenido de primera mano bastante prometedor.
El asunto es que después de haber fracasado tantas veces y terminar frustrados porque lo que hacíamos no se asemejaba mucho a lo que veíamos ilustrado en el libro, saboreamos juntos la decepción frente a la expectativa: Lo que prometía llevarnos al quinto cielo, siquiera nos hizo ver el primero. Fue allí cuando decidimos explorar por nuestra propia cuenta sin importar cómo saliera y nos percatamos de que solo necesitábamos un poco de imaginación.
Si aún eres de los que piensa en comprar un kama-sutra, aunque lo dudo con lo hiper-revolucionado que esta el sexo en internet, te diré que no lo necesitas. Piensa únicamente en cosas sencillas como estas: cuántas formas de sentarte tienes, cuántas de estar de pie, piensa en las habitaciones que hay en tu casa y en el mobiliario en ellas, piensa en superficies como el suelo, las paredes, la barra de la cocina, en palabras como maniatar, amordazar o vendar, versiona algunos juegos, llévate unos cuantos postres y, en lugar de adquirir un kama-sutra para añadir una posición a las pocas que ya conoces o utilizas, saca por tu cuenta infinitas combinaciones. [Ni me pidas que te muestre cómo hacerlas, no me dieron permiso para hacer gráficos sino para que escribiera.]
Lo importante del asunto es hacer cosas distintas con la misma persona, para no tener que cambiarla y hacer lo mismo con otras. Lo único que realmente necesitas es innovar porque la verdad las relaciones no mueren por sobredosis de rutina, por falta de sexo, ni por escasez de variedad, sino por falta de compromiso y ausencia de creatividad.
Desde entonces, si queremos ahorrar agua y electricidad (por aquello de que el calentador consume energía) nos duchamos juntos; si se nos ocurre hacer un body painting para luego usar nuestra piel y cambiar la decoración de la pared, lo hacemos también; si sabemos que no nos quedará mucho tiempo para nosotros luego de los quehaceres sacamos partido de las sacudidas de la lavadora mientras se asea la ropa; si necesitamos tomar aire fresco o recibir un poco de sol y deshacernos de algo de pudor, optamos por retozar desnudos en el balcón.
A veces dejamos que nuestra simple cercanía y nuestras palabras festejen, hay también que darles un poco de protagonismo para que se manifiesten. El único lugar que hemos evitado es sobre la cocina, porque con la llama de la pasión tan encendida, lo último que queremos es quemarnos en la estufa. [Claro que ustedes también pueden probar saliendo de sus casas, pero sean precavidos, las multas de ese tipo son bien altas.]

Ya saldrán unas cuantas mojigatas y unos cuantos moralistas a censurar lo escrito; pero una chica, por más inocente que sea, no lleva velo y manto, y un moralista, que se los digo yo, también tiene orgasmos.



Por: Aldo Simetra

[Tal vez debí presentarme antes, pero no sé muy bien cómo describirme. Solo les diré que mientras visiten este sitio, puede que encuentren mi nombre firmando algunos de sus escritos...*]



Hay personas que pese a estar unos pocos instantes en tu vida,
La iluminan por días.
Hay otras que permanecen años a tu lado y sin embargo,
Solo te cubren de oscuridad.
Esto es para las personas del primer tipo.
Esas que dejan sus huellas dactilares en todo lo que tocan,
Que dejan lindas cicatrices en las heridas que abren,
Que mantienen una antorcha encendida en tus pensamientos para evocarlos con claridad
Y un rincón cálido en tu alma en el que te puedas refugiar.
Esas personas que aun en la distancia se sienten tan cercanas,
Esas a las que no se les puede decir adiós ni con el olvido ni con las palabras,
Esas que si se marchan siempre regresan y si no regresan, siempre quedan.
Porque su sentido, su presencia y su esencia es inalterable:
Sentido incorregible,
Presencia inquebrantable,
Esencia irremplazable.
Esas por las que comprendemos que hay muchas cosas nimias
Y por las que cambiamos el significado de “lo importante”
Porque aun sin tener en cuenta que lo hacen,
Saben ser infinitamente trascendentales.
Gracias...
Porque sin ellas el mundo sería un lugar insignificante.


[Sé que donde estás brillas como una estrella en la oscuridad. Gracias por regalarme un pedazo de tu infinidad.. D. T. - 17/09.]



Tus ojos me recuerdan que hay vida en esta tierra,
Los árboles mecen sus ramas y el mar tiembla cuando te veo.
Parece que todo sabe lo que ocurre cuando nuestras miradas hablan
Y se siente invitado a participar en nuestra silenciosa charla.
Y no importa que intervengan,
Dejemos que las hojas con un roce silben,
Que las olas sus frescas lenguas chasqueen,
Que el viento viaje sin detenerse y revolucione el sonido,
Y que nuestro alrededor cante al compás de lo que sentimos
Mientras nuestros latidos marcan un mismo ritmo.
Y que nuestras pupilas imiten sus movimientos,
Que bailen graciosas sin perder un gesto,
Que reflejen luz, que resalten colores.
¿Quién dirá que no hay magia en nuestros corazones?
Y si nuestra vista al mismo sol opaca,
Y si todo se transforma por y para nosotros más allá de nuestras pestañas,
Y si vemos distinto cuando estamos juntos,
Y si el tiempo de pronto avanza con inverosímil rumbo,
Y si resulta que hasta la muerte nos parece insignificante,
Y si cambiamos o si el mundo cambia mientras el uno en el otro vislumbra su reflejo,
Sabremos que nuestra existencia ha cobrado sentido.
Y no importa cuántas veces,
Pero trocaríamos mil momentos eternos por ese que vivimos,
Aunque fuese efímero.


Hay un instante en que tus ojos se cierran al mundo y se abren solo a una de las tantas personas que lo habitan, y de pronto descubres que no hay límites en el horizonte porque su mirada es infinita. Y entonces lo sabes: Solo existen su mirada y la tuya.






Es muy sencillo estar con alguien, la verdad es básicamente sencillo estar con cualquiera, pero a la gente debería gustarle las cosas más complejas. 
Uno puede salir y flirtear con “X” persona, retozar en una noche de alcohol y placer con ella, despertar al día siguiente rebosante de satisfacción plena y aun así, sentir el alma en lo más hondo hueca. Y con sinceridad, no hay en el mundo peor sensación que esa.
Porque entonces debes hacer frente al doble sentimiento de vacío, debatir entre saberte miserable o no por canjear unos minutos de éxtasis por un incierto cariño, ubicar un lugar para depositar la auto-lástima que te inspiras, intentar no colocar una expresión de decepción en tu rostro cuando vuelvas la cabeza hacia el otro lado de tu cama y lo encuentres desierto, y mantener la entereza suficiente al darte cuenta de que aunque formes parte de un todo, nada forma parte de ti. Hallarte incompleto al tener que reconocer que has decidido reducir tus expectativas al ámbito corporal y resignarte amargamente a tu realidad, pues aunque conseguir alguien con quien dormir sea de sobra lo más fácil, siempre querrás alguien con quien despertar.
Indiscutiblemente, deberíamos apostar por las cosas más complejas, aunque nos cueste, aunque nos duela. Pero ¿sabes?, no tienes que hacerme caso. Tú sal a bailar esta noche, tómate un par de copas para entrar en vigor, quédate otra vez con esa persona que sabes que es alérgica a compartir las sábanas hasta después del amanecer y de seguro no volverás a ver. Y no pienses en lo que dije antes, no es necesario; pese a que luego, cuando tus ojos se cierren al cansancio, sueñes con que en lugar de tropezar con un inquilino de tu piel convengas con su definitivo propietario.




¿Y después de ti, qué queda?
La caricia de tu risa, el suspiro de tu voz, encontrarme en tus pupilas, navegar sobre tu piel, palpitar entre tus brazos, curarme con tu calidez; son cosas que ya no tendré.
Me canso de escuchar esas frases trilladas que la gente suele tener guardadas para cada ocasión y que a mi parecer no sirven para nada, o bueno sí, ayudan a quienes las profieren porque las hace sentirse útiles al pronunciarlas. Aunque yo preferiría que callaran, sus palabras hacen eco en mi cabeza y su significado, si es que lo tienen, se extravía junto con la supuesta gota de consolación que llevan.
Por más que intento darle tiempo al tiempo, de creer en aquello de que un día de estos te olvido (como dicen ellos), pasan las horas, el reloj sigue indiferente su marcha y a mí me queda engañarme con que “el olvido” se está retrasando mucho para no pensar en que en realidad no llegará a borrarte nunca.
¿Y después de ti, qué queda? Ah sí, recuerdos. ¡Como si pudiera hacer algo con ellos!
Me aferro a esos instantes y los revivo tanto que ya casi se gastan en mi memoria su imagen. Ya no encuentro la noción del ahora, el ayer y el hoy se confunden y tropiezan continuamente en mis pensamientos y lo único que identifico en mi presente es ese flashback repentino que me tortura cada vez que quiere, regresándome a momentos viejos que ya no volverán a ser y que me hacen perderme en las estupideces que antes mencioné.
Y trato de ocupar mi mente con otras cosas, de que cobre sentido el montón de palabrerías que escucho, de sacar lo bueno de esto, de hallar la bendita razón por la que ocurrió todo, de obviar o de al menos responder la ingrata pregunta que en mi interior resuena:
¿Y después de ti, qué queda?
Poner la cabeza en alto, colocarme apósitos en las heridas, seguir adelante, echar a un lado lo que fue, aprender la lección, obtener madurez y alegrarme de lo bueno de una bonita historia que prometía ser un cuento y no tuvo un final épico.
¡Tonterías! ¡Al carrizo los recuerdos, al carrizo todo, al carrizo todos, al carrizo tú! Que me quede la soledad y que solo quede yo. Aunque sé perfectamente que si tú no estás aquí, nada queda después de ti.



Las personas odian las excusas, pero pasan la mitad de sus vidas utilizándolas para pedir  disculpas. Como decir “lo siento” no basta, es necesario dar una breve explicación del motivo de sus faltas. Y la verdad no es que sean muy provechosas, en el fondo no sirven para nada, pero tal parece que la gente queda más satisfecha al pronunciarlas o escucharlas.
El esposo entra a altas horas de la noche a su casa y su mujer sabe de sobra que no fue por asuntos de oficina, sin embargo ella espera que al abrir la puerta ese sea el motivo de su tardanza; y éste para no decepcionarla qué le dice: Discúlpame, mi amor, una reunión imprevista se presentó. Y claro que estuvo en una reunión, solo que en la tasca de la esquina en donde en lugar de trabajo abundaba alcohol.
El empleado llega tarde a su sitio de trabajo y va el jefe a pedirle razones de su corta ausencia, entonces el primero para no decir “soy un irresponsable que odia levantarse temprano” y dejarlo anonadado, va y le dice: Lo siento, jefe, es que había demasiado tráfico.
La chica quiere poner fin a su relación pero sin parecer la mala de la película, entonces le parece más acertado decirle a su pareja “Me siento asfixiada, necesito tiempo y espacio” en lugar de hacerle justicia a sus pensamientos y decir: No te soporto un día más, esto llegó hasta aquí.
Te invitan a una de esas tantas celebraciones a las que por todos los medios detestas ir y como temes mostrarte ofensivo al emitir un “no” cortante, vas y respondes con total desenfado: No tienes idea de lo que me encantaría ir, lástima que ya tenga un compromiso.
Y así vas, para cualquier situación que se presente tienes una perfecta excusa para de una u otra forma absolverte, lo curioso es que todos las han usado y escuchado tantas veces que ya nadie las cree. Te digo algo: No es más que mentir en vano, honestamente.

Una buena forma de evitarlas sería que cada quien perdiera ese miedo estúpido a herir con las palabras, que se olvidaran del qué pensarán de mí, y que dejaran de una vez por todas de pedir explicaciones cuando saben de antemano que le darán un argumento desechable. Esto último para ahorrarse la imagen mental de ver como alguien baja lentamente la palanca de un excusado para poder deshacerse de motivos falsos e inútiles. Porque lo sabes no, las excusas no sirven para una mierda y a fin de cuentas, toda la mierda se desecha. 



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