No durmió la noche del 15 de agosto luego de ver casi obligada la película de terror favorita de Mario: todos los sonidos le ponían los pelos de punta, cada sombra se le figuraba la antesala de un evento trágico. 
— ¿A que ahora te arrepientes de no haberte decidido por la porno? 
Apenas distinguía el brillo de sus pupilas traviesas en la oscuridad, si se hubiera esforzado un poco también habría alcanzado a notar la mueca malévola en que había transmutado su sonrisa. 
—No, me arrepiento de que me convencieras de venir aquí a pasar el rato. 
— ¿Hubieras preferido un motel? 
— ¿Quieres apartar la cabeza de la bragueta de tu pantalón? 
—Ehh, ¿a cuál cabeza te refieres?
—No es gracioso. 
Su queja fue seguida de un estruendo distante. Justo en la cocina se escuchó tintinar a la cubertería. El crujir de las vajillas al impactar contra el suelo la sobresaltó.
— ¿No habías dicho que la casa estaba sola? —Susurró.
—Pues parece que ya no... —Le encantó verla taparse la boca con sorpresa y preocupación tal si aprisionara un grito. Una de sus manos desfiló, con premeditado sigilo, por debajo de su blusa—. Ahora estamos tú y yo. 
La chica ni se enteró o ni quiso enterarse de su tentativa, aunque su piel, convertida en una superficie áspera reaccionando a los escalofríos, debió decir más en su lugar. El cuello se le estiró en mayor grado de lo habitual entretanto dirigía su atención hacia la cocina. Algo andaba muy mal. 
—Ve a ver. 
— ¿Y si mejor me quedo a desnudarte? 
Se deshacía en besos buscando darle alivio a la tensión del cuello de la chica y, por ex-tensión, a la de su entrepierna. 
—Tú lo que quieres es que la muerte nos pille in fraganti como a esos ancianos a los que un infarto los sorprende en pleno orgasmo. 
—Pues si hay que morir que sea gozando —en un gesto brusco le apretujó un seno. 
— ¡No es gracioso! 
Su exclamación esta vez fue seguida de un fuerte ventarrón que sacudió las persianas emitiendo un ruido perturbador; la ventana, abierta de golpe, tembló enérgica sobre sus goznes y de improviso algo se coló raudo al interior al tiempo que toda la calma y contención de la muchacha huían de sí misma. 
Le castañetearon los dientes, no solo del frío, le vacilaron las rodillas y se pasmó de la impresión al sentir algo tibio y peludo rozándole los pies. Para más colmo la sensación de un cálido aliento le transmitió vibraciones, primero alrededor de la nuca y después, en la espina dorsal. Ya se estaba preparando para reprender a Mario, no obstante al dar la vuelta descubrió estar siendo olfateada por... por... ¿el vacío? 
Vaharadas reinventaban la oscuridad. 
— ¿Mario? 
Le respondió el arrastre de unas cadenas o al menos con eso identificó lo oído. 
— ¡Mario!
Ahora le pareció que el suelo era torturado por pezuñas. 
— ¡¿Ma-rio?! —La inseguridad se hacía latente en el timbre de su voz, cada vez más ronco—. No es gracioso...  
En vano forzaba la vista entre las sombras, era incapaz de despegar los pies del lugar que ocupaban, pero el cuello continuaba alargándose tal si pretendiera con ello agudizar su visión. 
Al unísono se repitieron todos los ruidos y sensaciones juntos: un tintineo, vidrios rotos, siluetas informes yendo y viniendo, algo colándose bajo su blusa, su cuello y su espalda mojadas de... sudor, frío, tensión, otro gesto brusco, un castañeteo, la ventana reclamando su atención y las persianas y las pisadas o cadenas arrastradas y aquello que invadió la estancia sin permiso y el cuerpo no identificable o identificado pasando por encima de sus pies. Un suspiro o un susurro o una especie de olfateo... de la nada... el estómago se le vacía, fallan sus rodillas, se le pone la piel de gallina y solo le falta cacarear. “¿Mario?”, dice pero en realidad emite un grito que nadie alcanza a escuchar. Su boca es silenciada en la oscuridad, su cuerpo es presa de algún ente que la oprime y la encadena, toda la brisa que entra a bocanadas por el vano de la ventana parece caber en su aliento, que ahora se (y la) disuelve en un vahído. 
Tiembla por algo más que los nervios, cree estar a punto de que le sobrevenga la muerte con el susto por orgasmo y agoniza... 
— ¡Oh, vamos! ¿No pensarías en serio que la ficción iba a congelarnos o comernos atravesando la pantalla del tv? —Se burla Mario, devolviéndole la respiración y los labios, y obsequiándole sus dedos carentes de pezuñas a su piel. 
—No es gracioso —replica ella entre dientes. Al unísono vuelve a sentir la cosa peluda bordeándole los pies. Se estremece y lo sacude de una patada, por arte de magia o malas intenciones caducas regresa la luz. Se escucha un afectado maullido. Mario sonríe divertido otra vez.
—Por supuesto que lo es. 
La chica mira ceñuda y con recelo al gato que en la penumbra se frotaba contra sus extremidades y le dedica una mueca de enfado a Mario, quien de inmediato trata de hacerla desaparecer acariciando sus mejillas.
—Entonces, ¿vemos la porno o qué? —Predice la expresión recriminadora y cansina de la chica con una precisión que le hace reír. La observa alzar la mirada hacia el techo y en seguida la escucha hablar con una estudiada condescendencia que no tarda en ser bien recibida.
— ¿Para qué? Si la vamos a hacer... 
A Mario le encantaban las quincenas. Sin embargo, en esa de agosto no pudo dormir recordándola a ella. Encendió la tv con la esperanza de que un grito de espanto la trajera de vuelta y le murmuró al vacío:
—También te he dejado la ventana abierta.




“Here’s a night cap for you, dear” by Danny Galieote

No sé qué me pasó. Juro que no suelo ser así de impulsiva. Simplemente me descontrolé y mira que sí, que sí me tomo las pastillas. Es que no soporté oír tu nombre en su boca... añorándote, describiéndote como su amor soñado y paladeándote despacio con solo pronunciarte. Me trajo el horrible recuerdo de esa vez en que me los conseguí en plan “solo amigos” en el centro comercial y, espiándolos desde el lateral de una vitrina, nos hicieron testigos a un maniquí y a mí de quién hacía sonar más rápido y más fuerte la campanilla del otro con la punta de la lengua. Todavía me chirrían los oídos. No pude consentir que luego me besaras sin antes hacerte cepillar los dientes.
Sé que las letras de tu nombre no me pertenecen para custodiarlas con tanto celo, pero oírte en su voz chillona (¡que ni sé có-mo so-por-tas!) me hizo sentir rabia de todo lo que pudiese haber compartido contigo y me acentuó el egoísmo de no quererte ni en otros labios ni en otras pieles.
En serio que no lo pensé. De haberlo hecho habría salido mejor: ella, más magullada y torturada en cuerpo y alma, peor para la foto; y yo, libre de toda culpa y en verdad satisfecha. 
No tenía claro el pensamiento, lo confieso, cuando me abalancé hacia ella dispuesta a voltearle las entrañas. De pronto me cansé de dejarla calva y me di cuenta de que, pese a los rasguños y otras insignificantes (te lo juro) heridas, mis uñas no eran tan afiladas ni mis manos tan hirientes. Y ve que te lo he dicho siempre: “no-me-de-jes-las-bo-te-llas-de-cer-ve-za-va-cí-as-so-bre-la-me-sa, cielo”. Pero qué pena que te perdieses cómo ella veía con una el infierno. O quizás no, tal vez no lo habrías disfrutado tanto como yo. 
Ni te imaginas la impotencia que me dio no haberle desfigurado la cara tan bonita, tan tersa, tan delicada, tan tan... para que no te volvieran a dar ganas ni de acercártele. Me indigné tanto que sin querer le terminé clavando la botella rota en el cuello, ¡qué mala puntería tengo!
Lo de batuquearla contra la pared y pretender que su cabeza era un martillo no se me ocurrió a mí, te lo juro. Ella me enseñó el truco intentándolo conmigo y yo... ¿qué más remedio? Se lo aprendí. Aunque creo que eso no fue lo definitivo, sino lo de después. Perdió el equilibrio y dio de bruces contra la mesa de cristal. Por cierto, te tocará comprarme una nueva, porque la vaca aquella con su peso me la hizo añicos en segundos y no volvió a levantarse del suelo; la mesa, claro, no ella, ¿a quién le importa ella? Para vengarme quise también hacerla añicos, pero me frustró el deseo... Se desmayó. ¡Se desmayó la insulsa aquella! Todavía no despierta. Tienes que ver cómo hemos quedado... la casa y yo, por supuesto. Somos un completo desastre. Hay un olor a óxido inaguantable.
Y ella, bueno, ¡¿a quién le importa?! No despierta, debe ser de reacción lenta. Solo así concibo que no entendiera que andabas conmigo ¿o fue que no se lo explicaste, cariño? Con lo bien que se te dan los dibujitos... ¡Aunque con no examinarle la garganta...! Espero no notes que te falta un cuchillo.
Ahora que lo pienso... Ahora, ¡ja...! Ahora que lo pienso eres tú quien debería estar dormido a mis pies y no ella. Ella no, qué pena, ella no. ¡Dónde te consiga en otro centro comercial...! Mejor, mejor... ¡Arrrg!  Me calmo. ¡Las pastiiiillaas...! ¡¿Dónde carrizo están las ben-diii-tas pas-tiii-llas?! ¡Jaa-ja! Deberías estar durmiendo a mis pies... Es que cuando se me mete una cosa en la cabeza... 
Camisa y pantalón fuera, odio llevar rastros de aquella encima. Espero no tener que mandarte a cepillar los dientes otra vez y otra vez y otra.
Mensajito con foto incluida solo para ti: “Amor, dónde estás? La ropa me pica y ardo porque sean tus dedos los que me vistan”. Enviado. 
No tardarás en llegar, ¿verdad que no? Lo sé porque llevamos puesto tu conjunto favorito. 
Debes ser tú quien duerma a mis pies, tú. 
Tengo que limpiar este reguero y llevar a esta mujer a otro sitio porque, te lo juro, mientras yo viva, cielo, ni a la tumba irán juntos.




Pintura de Kathwren Jenkins

Los lirios se mecen sobre el agua,
parecen acunar
entre sus pétalos
nuestras carencias;
la soledad, las ausencias,
esas en las que siempre hay algo
que nos evade o nos aleja.
Aleja y a lo lejos...
los kilómetros se extienden
y se expanden los espacios.
Cabremos en todos y aún así,
la distancia
sostendrá en sus extremos dos extraños
a los que el tiempo,
más que moldear,
habrá mellado.
Pactaremos el olvido,
sin quererlo y sin cumplirlo,
mientras el sueño
encuentre nuevas formas de revivirnos.
Pero los lirios,
como una comunidad
de marchantes elegantes,
seguirán nadando con gracia
en el estanque.
No se hunden ni ahogan,
mantendrán el equilibrio si les llueve;
su tallo,
aunque encorvado,
todavía firme
ante las adversidades...
¿Lirios o...?
Dos... extraños.
El querer tiene más exiliados
que cualquier régimen autoritario.
Nostalgia, me calas;
los mismos lirios
visten de blanco la añoranza.
Asómate al estanque seco
donde ya ninguno emerge
y mira cómo los sostiene
la nada que hoy nos pierde.





Ojos extraídos para no llorar; las cuencas, vacías. Pánico de que el mirar exteriorice el interior... hueco. Nunca distinguir si hay un agujero negro frente a sí, la oscuridad alrededor o una alcantarilla bajo los pies. “Cuidado con las ratas”, se dice. Todas asquean, incluso las de cuatro patas.
Se siente y se sienta en una cueva. Apesta. La nariz empieza a estorbar, funciona demasiado bien y esa es la irregularidad. Es mutilada con saña, ya no asusta exponer las entrañas. Quizá nadie ve; en verdad, nadie ve. Cree ser habitante de un mundo de sombras, obvia que otrora creó, también, sin ver.
Cinco agujeros en el rostro y el horror de concebir la cama como urna de lo bien que vivifica su cadáver. Pugnan los dedos de la mano siniestra por el anillo del rostro que mejor les luce: el índice y el meñique en los ojos vaciados; el corazón y el anular en la nariz cercenada, y el pulgar en la boca, aún intacta. Inconscientemente un símbolo es invocado: los cuernos del diablo. ¿Existe? No sabe... si aloja el infierno o si el infierno le aloja.
Algo llama. ¿Llamas? Rabia por arrancarse la piel antes de que el fuego lo haga. A gritos tapados los oídos, reventados los tímpanos y las cuerdas vocales, sangra.
Queda la boca, todavía. El martirio. No paz, si... lencio; mas, aun sin voz, está prohibido.





Si es cuestión de sincerarnos,
ya perdí la cuenta de los poemas que llevan tu nombre
o a los que tu nombre lleva;
—me encantan tus labios rosas viendo las estrellas—
sin ti o contigo el silencio no es escape
ni tampoco una guarida,
—qué decir de tus ojos marrones
desarmando mis heridas—
y el desvelo siempre vela un muerto
que estrena nuestros rostros
en cada pesadilla.
—por tus manos inquietas y hacendosas,
la vida—
Si es cuestión de hablar de más,
me doblegan tus ausencias,
—y tu esencia
reinaugura mi existencia—
me rasgan tu humor afilado
y tu nostalgia incesante,
—tus pies descalzos aferrados a la tierra—
y no veas cómo parte
el fervor con que te anclas a la nada...
—la voz con la que a mi nombre
le reanimas los fonemas—
Si es cuestión de hablar de menos,
me bastarían dos vocablos,
—el punto de quiebre de mis desvaríos—
cinco sonidos precisos
u ocho con uno doblado.
—tus carcajadas renovando mis sentidos—
Pero si es cuestión de mentirnos,
sin piedad y con resabios,
—un parpadeo,
el boleto a cada uno de tus mundos—
eres pobre argumento
de mi alegría o de mi llanto.
—...—
El vacío de una obra sin aplausos.






Un tren se avecina raudo a la estación. 09:11:54. Tras la franja amarilla Nadia revisa un texto en su móvil, Jessie se distrae con las pulseras coloridas que adornan su muñeca.
— ¡Mami, quiero una! ¡Quiero una!
La chica, conmovida, se la regala. Total, tiene varias.
Paul sonríe ante el gesto. Cabecea y tamborilea los dedos a la altura de los bolsillos del pantalón al ritmo de alguna melodía filtrada en sus audífonos. Le contagia su buena vibra a Rita, a quien le da por cantar. Juntos envían señales al radar de Berta y Eugenia:
— ¿Has visto cómo acompasan esos dos?
Víctor niega con la cabeza en dirección al par; no de jóvenes, sino de ancianas. Le han recordado alguna ocurrencia de su abuela. Viste corbata con camiseta.
Mauro le echa buen ojo a él y a su atuendo y se espanta, le parece que atenta contra su “sentido del glamour”. Aún así le comenta a Lina:
— Me lo como completito... ¡Pero sin el envoltorio!
Su amiga, en cambio, está sin estar. Mantiene los ojos abiertos en el limbo. Desde el otro lado Jesús la vigila. No Cristo, sino el niño que desde el lado contrario del andén le hace muecas para traerla de vuelta a la estación. 09:12:28.
Delante de la franja amarilla Luis otea el interior del túnel y zapatea impaciente con un pie. Le transmite su desespero a Mildred, quien se fija en su reloj pulsera con insistencia, aunque no en su hija Sofía que se cree modelo o equilibrista sobre la línea pintada con ñemas de huevos sobre el suelo. Todavía piensa en el desayuno y en que le habría gustado comerlos.
David, disminuido en su rincón, la señala en la distancia; pero a él nadie lo ve.
Ahora muchos dirigen la vista hacia el mismo sitio que lo hacía Luis y otros, hacia arriba, al vacío. Intentan captar el mensaje que sale de los parlantes, tal si les funcionase a medias el sentido del oído.
Los altavoces tosen y carraspean o quizá, quien habla a través de ellos.
—Ssse les cof-cof... cuerda a losss ssh... suarios mantener... coff trasss... ffff... anja... illa. El trrr...n cof-q-cof ssstá ingres... do ssss... ción —09:12:57— no presss cof... rá ssssr... vicio co-coff-mercial cof —dos segundos de estática o una respiración profunda—. Favor aguardar tras...
Silencio. Escrito con “s” de shock.
El tren sigue sin prestar servicio comercial, sin embargo, no contemos el final.
Puede que alguno no sufra nada más de incapacidad auditiva, sino también de mudez.
Luis mira en la dirección en que lo hacen todos.
Jesús se adueña de la expresión de Lina, le ha robado el limbo o ella lo ha abandonado. Tal vez a él su tocayo sí lo vigila.
Mauro permanece espantado, el sinsentido (no precisamente del glamour) atenta contra él.
Víctor se ha olvidado de su abuela y las ancianas, quienes a su vez han olvidado a los  dos que iban más al compás que a la par.
— ¡Mami, mami, mami! —Jessie solo llora y grita.
Nadia se ha quedado sin móvil que revisar.
Mildred, con desespero nacido no de afuera, sino de adentro, se fija... Se fija en que no está su hija.
Sofía saborea sus dos huevitos fritos de un lado, ha logrado que le sirvan el desayuno en la estación. 09:13:02.
David, desde su hueco donde a todos mira, todavía la ve caminar sobre la franja amarilla.




Fotografía de Jenna Martin

Fue el mar,
lo tengo claro.
No el oleaje de tu verbo en mi garganta
ni la arena de tu tacto
resecándome la piel.
Fue el mar,
te tengo dicho.
No ese desvarío
de olfatear
tus besos
y saborear
tu voz.
Arriba,
en el cielo destemplado,
dos aves sobrevuelan
en doble y mutua negación;
un “no nos olvidemos nunca”
se convierte en bruma,
la promesa encalla en el adiós.
Y tus labios...
cerrados para mí a salicanto.
Y tus ojos...
dos veleros atracados lejos
de esta orilla en que no soy.
Fue el mar
y yo fui espuma,
un burbujeo pronto
que ya mermó.
Fue el mar
y esta manía
de confundir la sal
con la saliva y el sudor.
Fue el mar...
o no.





Caricatura de Rayma Suprani

De más está decir que acá se sobrevive al borde del ahogo o la asfixia en una “patria” sin constitución (no por inexistencia, sino por falta de uso), “amparada” por un gobierno de idéntica consistencia a la de un castillo de naipes sobre el que parece nunca querer soplar el aire, cuyos dirigentes tal puñado de ilusionistas se salvaguardan tras una cortina de humo y, sin tanto arte pero sí con mucho truco, solo pueden jactarse de haber sabido conducir magistralmente a un país hacia la ruina.
Ahora somos el resultado de haber tenido la conciencia prestada o hipotecada cuando nos tocó usarla. La bandera, otro símbolo, cuelga de cabeza y en su tercera franja se desangran no solo quienes hicieron un viaje sin vuelta para enderezarla, sino quienes aun padecemos por su causa.
Pronto, si es que ya no lo está, se teñirá completa del rojo socialista y revolucionario que nos han vendido (lea bien, vendido, no regalado) como una promesa de cambio, y que como toda promesa hay todavía quien falla en darse cuenta de que no es más que una cáscara vacía, la cual insiste en comprar pese a lo carísima y jodida que nos tienen la supuesta calidad de vida. Ese que aun lleva los ojos en el rostro a manera de adorno o solo para omitir su ceguera. No sé si me da más vergüenza o pena.
El militar no depondrá su arma, mientras sus órdenes sean “dispara” cualquiera le parecerá un buen blanco en el que atinar. Ojalá algún día deje de cumplirlas.
Al gobierno, no se cansa de demostrarlo, le da lo mismo un territorio con o sin ciudadanos (lea bien otra vez: ciudadanos; no ladrones ni saqueadores ni vividores ni colectivos ni malandros con los cuales, gracias a su naturaleza criminal, sí se conduele).
A los ciudadanos nada les es indiferente y la mayoría, que siempre tiene más peso, rechaza por todos los medios al régimen imperante y no le queda más que convertirse en el golpe de viento que destruya ese castillo de naipes que juega con el destino de millones de venezolanos; que estamos más que hartos de vivir con el escepticismo por las nubes al mirar el piso y con la esperanza rondando el suelo cada vez que miramos hacia el cielo exclamando: ¡¿hasta cuándo esto?!



Shoulder Hill Valley - Carl Warner

Encender la bombilla justo cuando afuera es noche y el calor de otros soles le recuerda a nuestros cuerpos su origen terrenal. El cielo se avergüenza entonces, asomado tras la ventana, por hacerle sombra al desvelo y quedar relegado en segundo plano. Se arrepiente de haber retenido a Morfeo estando siempre sueltos y despiertos el ocio y el deseo. Es cuando ordena llenar la luna o sacarle brillo a una constelación de estrellas. No miramos ninguna, estamos también llenos y brillantes. Rebosantes. El suelo nos acoge cálido, la bombilla deja de alumbrar opacada por otros destellos más vivos. La oscuridad ahora es completa y no se distingue el espacio ni las alturas, que entre susurros se confiesan sus pesares: es que ya nadie cede al chantaje de las cosas celestiales.




Fotografía de Jeannette Woitzik

— ¡Tanto para decirle que te gusta! ¿No le puedes decir “me gustas” y ya?
—No, así no más no. Tengo que decírselo sin decírselo.
— ¡Asssh! ¡Qué complicado!
—Pues sí, pero mi hermana dice que a las chicas no les gustan las cosas simples.
—Pues yo soy una chica y preferiría que el chico me dijese que le gusto en dos palabras, que me queda más claro, antes de hacerme leer un testamento en el que debo suponerlo.
—Espérate a que crezcas...
— ¡Soy de tu mismo tamaño, idiota!
—Ehm... por eso no tienes novio.
Paula se marchó entre ofuscada y molesta callándose su réplica, que revelaba que la verdadera razón por la cual no tenía novio era porque él no la miraba.
A Andrés, por su lado, demasiado esperanzado en sus propósitos, nadie logró frustrarle la voluntad de entregar el texto dedicado a la niña que, según palabras suyas, le robaba el aliento.
La carta fue leída un lunes por la mañana, entre el descanso de Historia y Matemáticas:
“Asta q te conoci, lo unico q me quitaba el aire era la clase de educ. fisica de los jueves después del mediodía. El profe Torres nos tortura con un entrenamiento propio de la armada y luego toca ir a la siguiente clase con el uniforme enpapado y el sudor dandonós un 2do baño del q nadie sale aseado. Contigo casi nunca pego una Te ví arrugar la naríz, la semana pasada... me dio verguenza verte toda fresquesita y perfumada y yo apestando a qué rayos. Luego el viernes, quise arreglarlo y se me debio pasar ful la mano xq, las 2 hrs del taller de biología anduviste estornudando al lado mío. Espero seas alergica a la colonia de mi tío y no a mi. Es broma pero esta ok si no te da gracia. Igual a tí te sobra asta sería xq, 100pre me contentas Como aquel día en castellano cuando discutistes con la profe x aquella palabra con doble escritura q ya se me olvido. No sabes las ganas q tengo de aorcar a esa vieja, me tiene fastidiado con su obcesión con los acentos y su corregidera como si se esperara q los de la real academia española de la q tanto habla fueran a premiarla x hacernos la vida imposible con la pronunciación y la ortografia. Las patadas q recibiria si fundaran una real academia latina... (otra ves bromeo, x si a caso) x eso me encantó q le llevaras la contraria. Recuerdo reirme mientras peleaban y la cara de disgusto q me lansastes después. Lo siento si te ofendi pero, quiero q sepas q me burlaba de ella y no de tí.
X sierto q te luce el cabello ensortijado y los lentes sin montura y le hice pagar a mi amigo Tony q te comparara con una esponja de alanbre con cristales.
Lamentó q te halla dicho en público algo haci.
Esto no es una carta de disculpa, x si lo parese. es solo q no se q piensas de mi, ni si quiera se si me piensas... Yo si te pienso, todo el tiempo, incluso sin querer.
Espero q x fin contigo pegue una chamita y te atrevas hacer mi pareja no solo en el taller de biología.
Pd: me encanta tu alanbrera, x si no lo sabias”.
—No te hubieras molestado —el papel que contenía la declaración fue doblado en cuatro.
— ¿Eso es todo? ¿No vas a decir más nada?
—Mmm, ¿gracias?
— ¿Gracias?
—Pero es que no entiendo.
—...
— ¿Por qué me la has escrito?
— ¿Por qué?
—Sí, ¿por qué?
—Porque... porque... es que tú...
— ¿Sí...?
—Me gustas...
—Oh... Lo sien-to —la carta fue devuelta a las manos de su emisor; la destinataria, entretanto, emprendió la huida—. Y... ah... Pon más atención en Castellano, lo necesitas...
El chico estupefacto por la implícita, aunque no expresa negativa, apenas reaccionó. Pensaba en su amiga, a quien lo sucedido le daba la razón.
— ¡Y de paso la tuve que romper porque ni siquiera se la quedó! —Le refirió él más tarde, todavía absorto en su primer rechazo.
— ¡Te lo dije! De haberme hecho caso te habrías ahorrado la tinta del bolígrafo y el papel, y también la inspiración —respondió antipática Paula. Le seguía resultando odioso e innecesario el asunto de la carta.
Estaba dolida en el fondo, aunque lo disimulara; insistía en que no había sido escrita para quien sí la esperaba.





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Martes 23 sobre las 7:30 pm. Lo recuerdo como si fuera ayer porque así fue. Yo no debería estar allí, pero la idiotez me hablaba más alto que la cordura. También me llamaba a gritos su voz aguda y sibilante, aunque reconozco que menos de lo que lo hacían su escote en “V” descendiendo sin piedad a los infiernos y la raja de medio lado de su minifalda negra marcando una pronta absolución en las alturas.
Yo no debería estar allí, pero a veces nos gusta ser metal atraídos por voluntad o por fuerza hacia el campo magnético de una consabida desgracia. Dirían que fui por la fiesta, aunque nunca supe qué diablos celebraban. A mí me movía otra causa: había licor a montones para vaciar la mente, música bastante alta para perder el sentido y ella... con su minifalda negra y su escote pronunciado dispara libido. Nos ubicamos con la mirada justo al llegar, a pesar de no tener permitido romper con la regla de evitar el contacto visual. Lo siguiente sería fingir, cual si tal cosa, que cada uno observaba más lejos o más cerca de la anatomía del otro. La deseé y le deseé suerte en la tarea mientras yo, ya teniendo grabado su cuerpo de costado a costado más allá de las retinas, anunciaba mi fracaso.
En la barra servían escocés, seco. Me vendría bien uno a las rocas con el regusto de su sabor en mi boca. Sin embargo, no estábamos para exigencias. Me lo resaltaba la mano que, reposando confiada en la base de su espalda, la escoltaba y guiaba por toda la sala. ¿Pensaría aquel, igual que hacía yo luego de haber palpado en el mismo sitio su desnudez, que la tela estorbaba? Lo vi palmearle el trasero con falsa discreción y no tuve duda de ello.
— ¿A las rocas, señor? —Costumbre o mera cortesía.
—Seco. Seco irá mejor.
El ardor del trago en la garganta alivia uno peor. Ahora no solo tendría que evitar el contacto visual, sino el verlos moverse de aquí a allá. Su exhibicionismo compartido me empezaba a irritar.
—Qué manía esta de llamar fiestas a las reuniones, ¿no crees?
Una castaña de ojos pequeños me persuade, se apoya a la barra de espaldas. Luce atractiva e insinuante. Quizá...
— ¿Te aburres? —Reacciono.
Hace un gesto figurando caer dormida y luego resopla obstinada en respuesta.
— ¡Bien por ellos! —Alude al motivo del festejo, mas sigo sin tenerlo claro—. Me compraré un gato y como es un gran paso, voy a celebrarlo.
Capto la ironía y río sin ánimos.
—A propósito, estás invitado —su mueca desvía mi atención a sus labios.
Estoy por contestarle medio divertido y sorprendido cuando algún despistado nos interrumpe derramando una bebida sobre su vestido.
Conozco de sobra el timbre de la voz que se disculpa, en vano, entretanto la mujer corre hacia el lavabo para limpiar su atuendo.
—Te vigilo —me advierte por lo bajo y al alejarse se gira haciendo una señal de que la siga.
Fondo blanco y ya estoy tras sus pasos sin necesidad de pensarlo.
Entramos a algún cuartucho oscuro. Yo, entre manos ocupadas y otras cosas, escucho su reclamo:
—No coquetees aquí.
— ¿Qué más te da el sitio? —Me sabe mejor el whisky con la lengua pegada a su cuello.
—Entonces no frente a mí —descubro sin sobresaltos que su despiste fue premeditado.
— ¿Y quién te lo impide a ti? —A mis manos les empieza a sobrar su ropa interior.
—Puedes mirar a otro lado... —Me entran ganas de hacerle tragar el comentario. Rompo el beso halándola del pelo y mis dedos que la apretujaban se clavan castigadores en su trasero.
—O puedo volver y desencajarle la quijada —la reto.
Me sostiene la mirada a la vez que sus manos hurgan mi sexo, me incita mordiendo mi barbilla y espeta:
—No tenemos tiempo para eso.
Me la tomo a tragos y sorbos desesperados. Su humedad compensa con creces la aridez del escocés. Pronto estallamos, ambos servidos a las rocas... derretidas. Su labial deja huella del delito en mi piel.
De repente la claridad retorna. No hay testigos ni abogados y quien nos pilla in fraganti se autoproclama juez.
Todavía me vierto en ella cuando se escucha el disparo. Su Señoría falla a favor del arma que nos ha sentenciado.
No sé qué día es hoy ni si debería estar aquí, pero tengo presente como si fuera ayer, y estoy seguro de que lo fue, ese Martes 23.





Fotografía de Martín De Pasquale

—Tienes los pies llenos de cemento. Fíjate, están atascados en el suelo. Los tobillos enterrados en el piso...
— ¿Cómo?
—Mira a tu alrededor, todo objeto en esta sala se mueve más que tú. Y según gozas de mayor libertad. Observa la mesa, los rayones bajo sus patas... a veces rueda por inercia. ¿Y la silla? Nunca se queda en un solo sitio. ¡Y tú te estancas!
—Pero ¿qué dices? Yo cami...
—En un mismo punto. ¡Bah! Nunca he visto un círculo con un radio de acción tan reducido. Inexistente, en tu caso. ¡¿Será posible?!
— ¿No estás confundiendo conceptos?
— ¿Siempre eres así de cuadrado?
—No se me dan las figuras... Pero, volviendo al tema, yo...
—Sí, sí, sí, tienes pies, ya sé. Y sin embargo, ¿a dónde te han llevado? ¿Qué tan lejos has ido? Los pingüinos que andan con las patas tan juntas al menos llegan a destino.
— ¡No pue...!
—Oh, sí, sí puedo. Para muestra: ¿cuántos pasos has dado desde que entraste a esta habitación?
— ¿Cuántos pasos? ¿Qué sé...? La verdad no los...
— ¿Los? ¡Uno! ¡Solo uno! Y yo diría que el mismo.
— ¿Cómo puedo dar siempre el mismo paso?
— Te repites, ¿no lo ves? “Paso uno: caminar”. No hay más.
—Pero ¡si dices que no camino!
— Sí.
— ¡Que me quedo estancado en el mismo punto!
—Sí.
— ¡Que no me he movido ni llegado a sitio alguno!
—Sí. Ahora suenas convencido. Es un avance.
— ¿Convencido? ¡Si solo te remedo!
—Falsa alarma. Un paso atrás...
—Perdón, te aludo.
—La imitación es la confirmación de algo aprendido.
—No te imito. ¿Avance dices?
—Por lo visto, tampoco aprendes. A propósito, te repites...
—Pero ¿avanzo?
— ¿Cuántos pasos has dado?
—Ninguno.
—Te respondes por tu cuenta.
—A lo mejor no deseo llegar a lugar alguno.
—Plantado de raíz...
—A lo mejor solo quiero... estar... tranquilo.
—Dirás que solo quieres “estar”. Quedarse quieto no es lo equivalente a tener paz.
— ¿Estar? Sí. ¿Qué no es lo mismo que hace cada objeto aquí?
—La mesa y la silla tienen un carácter funcional...
— ¡Calcuta!
— ¿Qué?
—“Vivir para servir”, ¿no es así? ¿Y qué hay de la otra parte que te-reza: “no se puede servir sin que te usen”?
—Depende, ¿temes ser usado o ser útil?
—Temo ser.
—Le temes a tu existencia pero quieres estar, ¡qué contrariedad!
— ¿Por imprevista o discordante?
—Por ambas quizá. Y al cabo, sigues en el mismo punto.
—El punto lo es todo: el final, el principio...
— ¿Y qué de lo que hay en medio?
—Dime tú, aún no amplío el radio de acción de mi círculo.
—Vuelves a sonar convencido.
—Solo te remedo.
—Imitación, de nuevo.
—No soy el único que se repite. Mira a tu alrededor. Después de todo, además de la mesa y la silla, hay un espejo en la habitación.





Fotografía de Oleg Oprisco

Labios resecos y voz destemplada,
recuerdos derramados
cual vino en copa rota.
Rojo en el suelo,
acaso mezcla de sangre y ebriedad:
no sé si me ha cortado
el cristal del licor no recetado
o el filo de tu frialdad.
Ojos henchidos
no de ira ni de orgullo,
dolor recogido en el lagrimal.
Humedad en las sábanas,
¿accidente o propósito?
La lavará la ausencia o la soledad.
Manos que tiemblan,
frío convertido en el vestigio
de un suspiro.
Susurros...
Aliento viciado
con regusto a silencio forzado,
algún platillo insípido
y el humo rancio
de un viejo cigarrillo.
Cae al suelo,
encendido,
levanto la copa
vacía,
manchada,
rota,
y brindo.




Y diré que como tú ninguna
y será verdad...
Ni el sol,
la misma luna...
Las yemas de los dedos
rasgadas por tu ausencia
y aún no aprendo a tocar tu adiós
con los acordes en regla,
cada lágrima suena más tétrica
y aún no sé
cómo afinar la nostalgia
en las noches en vela.
Las cuerdas del alma gastadas
y la garganta siempre anudada
en la segunda nota:
re-conocerte
re-encontrarte
re-construirte
recordarte...
y hacer de tu recuerdo un arte.
Que no me pese
ese pacto no acordado
de vivir
evocando tu retrato.
Admirarlo
y entonar la melodía
que te revela más infinita
que la estrella titilante.
El sol,
la misma luna,
se me harán... 
se me hacen
pequeños
para abarcarte.
En cambio,
para añorarte
sobran espacios...
Cada suspiro de anhelo
produce uno nuevo
y me colmas,
me re-inventas,
el cielo.
Y no es mentira:
como tú
nada,
nadie,
nunca.






Si lo piensas bien, salvo extraterrestres quizá, nadie hay ahí afuera. Ningún ente, ningún ser, nada que te contenga. Nadie quien te vigile con mirada omnipresente, nadie que vaya a premiarte los aciertos ni a perdonarte desde algún lugar distante y extraordinario por tus faltas. No hay pecados, solo errores, y no hay nada más profano que los dioses.
No hay rezos ni oraciones ni plegarias, solo culto y doctrina, inventado, innecesaria. La religión es solo otra materia que te inculcan con el sustituto atrapabobos de “modo o estilo de vida”. ¡Ja! Hay cientos. Elige alguna y estás hecho.
La creación es solo recreación. Mira hacia arriba, “las alturas”, una cúpula celeste vacía. Puede que el vacío, ¿oyes el eco?, sea tu “Dios” y no lo sepas. Puede que tú mismo seas tu “Dios” y te dé pena.
Porque aterra, ¿cierto?, saber que eres tu salvación e infierno, tu paraíso y condena, desconocer si los ángeles y demonios que te albergan están muertos o de fiesta.
Además, te pesa y te pesas... No puedes solo y el auxilio siempre debe venir de afuera, (no me compres ese libro de autoayuda ni lo vendas): cuando vas sin rumbo por algún callejón peligroso y oscuro, y temes que alguno de tus “hermanos” se vuelva en tu contra y te arrebate el tan preciado último suspiro; cuando por diversión, la tragedia se hace cercana, el dolor acecha y la rabia o las lágrimas muestran su sonrisa más perversa; cuando tus pasos conducen a inverosímiles laberintos en los que no sabes en qué puerta o cuál pasillo dar con otros o contigo; cuando la vida te queda grande, repite y asegura que sin importar lo que hagas nunca va a calzarte a la medida, subraya tu insignificancia y tú, reducto de la nada, te descubres incapaz de cargar contigo y con el mundo...
Y la pregunta, siempre despierta e incansable, haciendo ruido en tu cabeza.
La duda es el único silencio que te queda.
No hay respuestas. Vienen tergiversadas con suposiciones y falsas certezas que tú aceptas.
Al fin y al cabo, en este espacio en el que has aterrizado de improviso, estás de paso.
Escudo y excusa.
La nada es lo único que perdura.
Y mientras, solo eres: un parpadeo en las cuerdas del tiempo (otra falacia), el titilar efímero de una estrella en la galaxia.
Nada más.
Solo eso.
Solo...
Tú.
Y después... Un eco, ¿recuerdas?, el vacío.
Y tu dios, que comparte tu esencia y concibes como invento no nacido, siempre muere, no por ti, sino contigo.




Harmony of destruction – Andrey Bobir

Cuando el timbre sonó la Sra. Guillermina se encontraba haciéndole la limpieza al cuarto del “bueno para nada de su hijo”, aprovechando que ya tenía la comida a punto de cocción sobre el fogón.
— ¡Juan Esteban! ¡Alguno que atienda la puerta! ¡Juan Esteban! —Se desgañitaba sin que nadie acudiera.
A pesar de no estar de acuerdo con esa costumbre ridícula y manida de que padre e hijo llevarán el mismo nombre como para que el primero se perpetuase en su descendencia, en su momento accedió sin reparos, consolándose con el despropósito de que al menos ahorraría saliva al llamarlos al unísono. Sin embargo, ahora que lo ponía en práctica, ninguno se daba por aludido.
— ¡Tilín, tilín, tilín, tilín! —Insistía. Quien quiera que fuera parecía decidido a romper el dispositivo del timbre o, en su defecto, los oídos de quienes habitaran la vivienda, si no le abrían ipso facto la puerta.
— ¡Pero ¿quién será el animal, Dios bendito?! ¡¿Quién será el animal?!
Se asomó con disimulo a la ventana de la habitación de su hijo para espiar la entrada de la casa y...
— ¡No puede ser! ¡La Tragedia! —No se contuvo. Gritó con mayor ímpetu— ¡Juaaan Esteeeban! ¡Es Fauuusta, tu madre! ¡¡Ábrele!!
Ahí sí, estando seguro de que la cosa no iba con él, se manifestó su hijo:
— ¡Paaapáááá, la abueeelaaaa!
A lo que el hombre replicó, ya sin poder fingir no haber escuchado el llamado:
— ¡Pero ábrele tú, mi amor, ¿qué te cuesta?!
La mujer soltó los trastos sucios de Juan Esteban júnior en un rincón, dejando la jornada de aseo incompleta y se dirigió rauda, refunfuñando, hacia las escaleras.
— ¡Asssh! Hay que ver... ¡Me caso con un flojo y engendro a otro!
Una vez frente a la puerta, llaves en mano, se alisó el vestido, se medio peinó el cabello con los dedos colocándose unos cuantos mechones intrusos tras las orejas y respiró profundo, tal si se preparara a mantenerse un largo rato sin oxígeno.
— ¡Suegra! ¡Qué sorpresa! —Expresó con una reluciente y ensayada sonrisa tras abrir—. No-la-esperaba —masculló entre dientes sin esforzarse en ocultar un ápice de su verdadero sentir en esa afirmación.
— ¿Qué ahora tiene una que pedir cita para visitar a su hijo? —La saludó haciendo evidente su desdén.
—No, claro que no —concedió conciliadora—. Solo que tenía tiempo que no se dejaba caer por aquí. —“¡Por fortuna!”, pensaba. ¿Y ahora de dónde sacaría energía para calarse a esa vieja tan agorera como contrario a ella lo era su nombre de pila? Es que sin duda la compusieron al bautizarla, no se explicaba tanto desatino entre un nombre y la persona que lo llevaba.
No más atravesar el umbral y ver a su hijo aparecer, la mujer le abrió los brazos convertida de repente en la representación misma de la ternura, haciendo demasiado evidente la diferencia entre la calidez con la que trataba a su más que crecido retoño y la frialdad dispensada a su nuera.
— ¿Cómo está el sol que alumbra esta casa? —Preguntó lúdica y zalamera. A lo que el hijo, cómplice, respondió casi de memoria imitando su cálido gesto de bienvenida:
— ¡Radiante! Cada día estás más y más radiante, vieja.
Su mujer los observaba con ojos achinados de recelo y labios prensados de incredulidad, entretanto pensaba “¡qué ridículo es éste par! ¿Juan Esteban no le pudo heredar otra cosa a la mamá?”. Se los imaginaba a ambos tal perro moviendo la cola ante un intento de juego del amo, y no sabía qué papel representaba cada cual.
— ¡Abue! ¡Cómo brilla usted! —“¡Otro más!”, gruñó dentro de sus pensamientos la Sra. Guillermina, pegando la vista al techo— ¿Qué me ha traído?
“Al menos me salió astuto el niño y lo hace por interés. ¡No todo está perdido!”, se consoló de pronto.
— ¡Ay, mi Juanchito! ¿No me le han enseñado que se saluda con la palma abierta, pero no con la mano extendida? Págueme primero los besos que me debe, que tiene tiempo sin verme.
El muchacho cedió a la exigencia de su abuela resignado, con una sonrisa ensayada de oreja a oreja que no dejaba lugar a dudas de a quién se la había heredado. La Sra. Guillermina, sin embargo, no reconoció el gesto propio en el rostro del hijo y hastiada de ser testigo mudo de tanto inusual desperdicio de almíbar, se excusó para atender su cocina.
— ¡Uff! Me muero por probar tu nueva especialidad al carbón, hija. —Alcanzó a oír a la suegra mientras se alejaba.
— ¿Al carbón? —Inquirió un Juan Esteban júnior confundido. Su abuela le despejó la duda entre risas:
— ¿Qué? ¿Ya no quema todo lo que pone sobre la hornilla?
“¡¿Cómo no se moría comiendo de su mano la insufrible vieja?!”, se cuestionaba frente a la olla, recién apagado el fogón, drenando la frustración sumida en un particular monólogo interno: “Es que si no fuera porque me tocaba asistir al funeral, ¡le envenenaba la comida! Favor que le haría la desgraciada a la humanidad con su partida. Cuando mucho la llorará el hijo, que a estas alturas debería indemnizarme por los daños y disgustos que me ha causado durante años su madre. ¡¿Cómo no iba a entrar en paro el pobre del marido con una mujer así a su lado?! ¡Por Dios! ¡Es que nada más por calársela y haberse casado con ella deberían canonizarlo! ¿Cómo no dejé quemar el arroz para que hablara con gusto la infausta aquella? ¡¿No podía irse a largar veneno a otra parte?! Pero no, ¡tenía que venir a joderle la existencia a la nuera...! ¿Quién me mandó, Señor, quién me mandó? ¡Con todo lo que me habían prevenido que meterse con hijo único era una maldición! “Ul sul cu ulumbru ustu cusu” —la remedó­—. ¡Vieja ridícula! ¡Y de paso sale el nieto a decirle que brilla y el hijo dizque está radiante! ¡No te digo! Solo por ese detallito me provoca dejarlos pasar hambre y no servir el almuerzo... Ah, pero lo voy a hacer solo para acortar la tarde. ¡Y que ni se le ocurra a la mujer ponerse exquisita! Porque, aunque sea el diablo en persona, no me va a temblar el pulso para correrla al mejor estilo “San Blas”: ¡Ya comiste, ya te vas!”...
Quien la sacó del encendido soliloquio fue el hijo al irrumpir en la cocina, primero merodeando como mosca y luego, cual paloma de plaza poniendo las garras y el pico en cualquier migaja o bocado que le dejasen tomar.
— ¡Ca-ca! —Lo reprendió obsequiándole una palmada en la mano que le hizo soltar al instante la pieza de pollo que había intentado robar—. Basta que le suenen las tripas y ahí sí se aparece sin que lo llamen, ¿verdad?
— ¡Ay, mamá!
— ¡Ay, mamá, nada! Haga el favor de poner la mesa, que ya voy a servir.
El hecho de llenarse el estómago pronto le despertó una vena obediente al muchacho y salió hacendoso a cumplir con el mandato.
No tardaron todos en estar reunidos alrededor de la mesa en el comedor, al mejor estilo de una familia “común”. La Sra. Guillermina creyó que el estar concentrados en llenarse la boca desplazaría cualquier conversación, más era obvio que menospreciaba las cualidades “dicharacheras” de su suegra.
—Miren a mi Juanchito. Le agradezco tanto a Dios que se parezca a su papá. Es que hasta hacen la misma mueca al masticar y agarran el cubierto igual —por breves segundos padre e hijo se observaron mutuamente sin saber con certeza a cuál de los dos se refería la Sra. Fausta—. Si el bueno de Juan Esteban estuviese vivo, ¡sentiría tanto orgullo!
Para la única que quedó claro a quién aludía de forma directa el comentario fue para la Sra. Guillermina, que daba por sentado que su suegra decía aquello porque estaba del todo negada a que el nieto le guardara parecido alguno con la madre. “Por esta vez le voy a dar la razón”, pensó, “¡es que se parecen hasta en el desorden que dejan en la habitación!”.
— ¿Y tú, hija...? Ya sé que cuidar un hogar no es tarea sencilla, pero veo que los años te empiezan a pasar factura. No sé, te noto más... ¿envejecida?
Provocó que su nuera se tensara: “no, si yo soy vieja, esta señora fácilmente pasa por museo. ¡Con la colección de arrugas que debe tener en el cuerpo...!”
— ¡Jo-jo! ¡Aja-jaajaaajjaja! —Juan Esteban júnior, imprudente, no pudo evitar privarse de la risa—. ¡Pero, abue! ¡Jajaja! ¿Cómo dice eso, ¡jaja!, con tantas canas en la cabeza?
Al padre le salpicó la gracia, mas por respeto a su madre lapidó cualquier deseo de reír.
—A mí las canas no me restan belleza —se defendió ufana, pronunciando la última palabra con toque cantarín—. Al contrario: ¡si vieran la clase de hombres que todavía se me acercan!
“¡Uf! Arqueólogos, seguro”, concluyó en silencio la Sra. Guillermina para en seguida espolear a su suegra a viva voz con un:
—No me cabe duda de que usted se conserva tan bien como una reliquia.
—Yo a mi edad todavía levanto, cariño.
“El polvo...”.
—Es más, un día de éstos les presento a Alfredo.
— ¡Maamááá! —Le recriminó el hijo, sorprendido.
— ¡¿Qué?! Una todavía puede echar un pie dentro y fuera de la pista, ¿sabe?
“Y cerca de la tumba también…”
— ¡Jajaj! ¡Papá, has visto qué coqueta está la abuela!
Lo asaltó una sonrisa nerviosa y esta vez sí, no se limitó reír. Las carcajadas de uno y otro contagiaron a la Sra. Guillermina y la risa de ésta provocó la indignación de la Sra. Fausta, a quien no le molestaba tanto que uno u otro se riera tanto como ver contenta a la nuera. Se dedicó a revolver indiferente la comida de su plato con talante despectivo y luego, adornando su rostro con un rictus severo en los labios azuzó:
—Hay que ver cómo los hijos le comen a su esposa, lo que le escupirían en la cara a su mamá...
La Sra. Guillermina, tras un notable esfuerzo, simuló dejar pasar el comentario. Se desquitó exteriorizando alguno de sus desdeñosos pensamientos.
— ¿Y a qué se dedica el hombre?
— ¿Quién? ¿Alfredo?
— ¡El mismo! ¿No tendrá relación con la arqueología, o sí?
La suegra prefirió no apresurarse a contestar.
— ¿Por qué lo preguntas, querida? —Fue más amable de lo normal, aunque eso no obró impacto en su nuera.
— ¡Porque deben de encantarle los infaustos vejestorios!
El silencio que cundió en la sala no se atrevió a profanarlo ni el chirriar de los cubiertos. Un Juan Esteban padre, tímido, intentó restablecer la paz:
—Mi amor, discúlpate con mi madre. —Fue un muy mal inicio y lo confirmó apenas un segundo después.
— ¡Que se disculpe ella conmigo por tener que soportarle!
La Sra. Fausta lanzó la servilleta sobre la mesa en un acto de evidente grosería que dejaba traslucir todo su enfado. Apartó la silla y se levantó regia haciéndole, ella sí, honores a su nombre.
— ¡Bueno, es hora de irme! ¡Espero no dejarlos en oscuridad!
Se encaminó rauda, ceremoniosa y furibunda hacia la puerta, mientras su hijo le pisaba, preocupado, los talones.
Ignoró cuánto le tomó tranquilizar a su mamá en su marcha, pero de lo que sí estuvo seguro fue de que el tiempo transcurrido no había logrado sosegar a su mujer, quien no más verlo regresar, y como si se la tuviese guardada, le lanzó sin rodeos a la cara:
— ¡Mira —los brazos cruzados y la diestra levantada con el dedo índice cerrado sobre el pulgar en señal de advertencia—, vele diciendo a tu madre que el único sol que alumbra ésta casa soy yo! Y que en su caso, cada vez que atraviesa la puerta ¡ESTO QUEDA PIOORRR QUE CUANDO HAY UN APAGÓN!!
El marido, prensando los labios en afán juguetón, preguntó divertido:
— ¿Lo dices por cuando llega o cuando se va?
El hijo, aún presente, le rió la broma. No obstante, la Sra. Guillermina lo atravesó iracunda con la vista, temblándoles ligeramente las fosas de la nariz. Se puso de pie enérgica y abandonó a sus Juan Esteban sin mayores aspavientos.
— ¡Se nos fue la luz! —Anunciaron ambos al unísono en singular sincronía.
Tras un par de risas, sin embargo, al padre de familia, con la lección ya aprendida a lo largo de años de matrimonio y buen conocedor de que entre menos la mujer exteriorizara su disgusto, mayores serían las represalias tomadas contra él, lo invadió cierta sensación de angustia que quiso aliviar de inmediato. Se lo expresó de manera retórica a Juan Esteban júnior a la vez que salía en pos de la Sra. Guillermina:
—Voy a arreglar las cuentas con la electricidad porque si no, esta noche duermo sin calefacción... Y usted, Juancho, vaya arreglando la mesa.
— ¡Ah, no! ¿Y yo por qué?
Su papá lo silenció con una amenaza velada que a Juan Esteban le recordaba su última travesura:
—Quiere la laptop, ¿no?





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