–Las cajas cerradas siempre me han ofrecido un misterio y más cuando vienen con advertencias. Cada vez que abro una no estoy satisfaciendo, al contrario de lo que se pensaría, mi curiosidad mórbida ni mi empecinamiento en romper reglas, es más que eso. Estoy ejerciendo mi derecho al libre conocimiento y a la seguridad (por ausencia de vacilación o sospecha), estoy rompiendo con la tendencia absurda de temerle a lo desconocido, con la ignorancia resignada que representa quedarse con la duda y con lo inverosímil e irracional de seguir sin reparo o previa discusión toda norma impuesta o adquirida. Bien mirado, no es más que un reto carente de rebeldía.
– ¿Es eso una explicación o una disculpa?
– Señor, que su grado de apreciación decida.
–Yo no soy el necio que la ha abierto. Así que decide tú cómo lidiar con lo que hay dentro.

Aldo Simetra 




A Helena le molestaba la duda. Le gustaban las cosas claras. Lo aplicaba hasta cuando no le correspondía del mismo modo a alguien e iba solícita y directa al grano a encararle. Mantenía que si provocaba en alguno el deseo de lanzarse a un precipicio por su cariño, era conveniente que el susodicho supiera que ella no le iba a servir de enfermera ni sentiría lástima por las heridas que se hiciera.
En caso de que sucediera a la inversa, prefería estar bien enterada de por quién no debía arrojarse a un abismo y por quién sí valía la pena quedar magullada; si el posible destinatario de sus atenciones no se daba por aludido o no apresuraba el asunto, ella misma le plantaba cara.
Siguiendo este criterio, un tanto hastiada de oír tanta palabrería bonita, pero vacía de motivación, se propuso confrontar un día a Marcos. Sin protocolo y sin rodeo alguno le manifestó su interés hacia él y le dejó claro que si iba en serio, ella también. El muchacho tras rascarse la nuca algo contrariado le expresó su negativa con un simple: “a mí nada más me gusta ver cómo se sonrojan las chavas cuando les digo esas cosas. Además, tengo novia”. Si se sonrojó en esa ocasión fue de la rabia, lo pensó idiota por decir cosas sin propósito y sin sentido, se supo tonta y se le resintió un poco el orgullo; el día siguiente se le ocurrió que le cuadricularía la cara a Marcos si se atrevía siquiera a saludarla, pero para fortuna de él (o de ella), no le vio ni el rastro. Cosa que ya luego, sosegada, agradeció; puesto que había concluido que no tenía importancia perder tiempo molestándose con semejante estupidez.
Creyó que no habría más novedades en ese tema hasta que conoció a Pedro. A diferencia de Marcos, el muchacho solo había cruzado palabra con ella el momento en que se lo presentaron y únicamente para emitir las dos sílabas que formaban su nombre de pila. Las sucesivas oportunidades en las que tuvieron al mismo tiempo la suerte y la desgracia de encontrarse, Pedro se quedaba de piedra viéndola como un pasmarote. Cierta vez, lo único que logró sacarlo de su ensimismamiento fue una mosca que equivocó el vuelo hacia una de las fosas de su nariz.
Ella no acababa de entender a qué se debía tanto retraso repentino en Pedro, aunque sus amigas le recontraexplicaran la razón.
–Es que tú lo pones tonto, niña. –Intentó hacerle ver su madre. Y ella replicó sin ápice de arrepentimiento o rastros de compasión:
– ¡Pues que se busque una que lo ponga listo! Yo no puedo con esa cara de Bobotrón-3000 con la que me mira, que pareciera retratar a todos los mongoles del mundo juntos.
– ¡Pero, Helena! ¿No te da ni un tantito de pena, mija? –Le reprochaba. Y entonces, la muchacha, algo avergonzada objetaba:
–Bueno, sí, un poco. ¡Pero no por él, sino por los mongoles!
Continuó sin dar su brazo a torcer en ese asunto incluso al provocar actitudes similares en un par de chicos más. Cuando alguien le insinúo sutilmente que aquellos comportamientos los inspiraba el reflejo de lo que veían, casi puso un brinco en el cielo al exclamar que ella ni de broma se veía así de mongólica y tampoco era la mitad de boba. Tiempo después llegó a pensar que solo atraía a idiotas.
Su percepción empezó a dar un vuelco con la llegada de Christopher. La mención del nombre le evocó a la Navidad la primera vez que lo oyó, pero de inmediato pensó en lo excéntricos que debían de ser sus padres por ponerle un nombre tan extranjero a su hijo y al instante siguiente, en lo presumido que debía ser el carajito. Iba al mismo curso que ella y no, no tuvo conductas similares a las del otro par de chicos, ni se lo presentaron como a Pedro, ni mucho menos le prodigaba alabanzas carentes de utilidad o interés. La verdad es que no hacía nada, nada que le hiciera prestarle atención, nada que le molestara o le fastidiara, nada que le hiciera ver que sabía de su existencia o que mínimamente le gustaba. Y esa nada parecía ser todo lo que necesitaba.
En los descansos entre clase y clase, se sorprendía buscándolo entre los demás alumnos e intentando divisarlo en cada dependencia de la institución. No lo perdía de vista ni de lejos. Y con él fue el primero con el que su criterio falló.
La ocasión en que se armó de valor para aplicarlo, ella iba bajando un grupo de escaleras entre tanto él las subía, lo medio saludó a distancia con la palma tímidamente en alto, él le correspondió abriendo demasiado los ojos y subiendo otro poco las cejas, pero por una vez se estaban viendo fijo y... ♪Navidad, Navidad, hoy es Navidad...♫ Helena escuchó campanas al mirar sus ojos oscuros, olvidó que estaba en un escalón y no en un terreno llano, dio un paso y su pie descansó en el vacío mientras su cuerpo comenzó a descender las escaleras a trompicones sin emplear sus extremidades inferiores.
Si hay algo que después fue imposible que no recordara  de esa caída, fueron las veces en que se dijo “torpe” a sí misma. Se lo dijo tres veces mentalmente al pasar el último peldaño. Luego un par más cuando Christopher corrió a auxiliarla entre asustado y divertido a los pies de la escalera. El doble de las que llevaba cuando, convencido de que no se había hecho gran daño y aún podía caminar, le soltó por lo bajo en tono jocoso: “¡vaya manera de dar vueltas por las escaleras! ¿Dónde te has dejado la cuerda?”. Y durante la semana entera se lo siguió repitiendo cada vez que alguien aludía a ella como “el trompo” al relatar el suceso. Sacó dos lecciones de aquello: 1. Jamás abordar a un chico en un lugar de paso; y 2. Jamás abordar a un chico en un sitio público.
De tanta conmoción que le produjo aquel acontecimiento estuvo a punto de marcarlo en su almanaque como un día memorable. A la noche, ya en casa, observándose al espejo la marca que en la frente le había dejado su torpeza, rememoró el hecho desde el saludo hasta el odioso comentario de Christopher sin darse cuenta de que en el ínterin se había quedado lela.
Al volver en sí, se topó con la imagen de un rostro atontado que sonreía bobaliconamente sin enfocar la vista en algo en concreto. No habría reparado del todo en que era su reflejo si al exclamar “¡madre mía, semerenda...!”, no vislumbrara al unísono sus labios en movimiento. Como era de esperar, no terminó la frase y al fin terminó sintiendo tantísima pena por Pedro.
Cogió la manía de caminar con la cabeza gacha, en parte por la vergüenza de su descomunal caída y en otra, por prevención. Quería evitar a toda costa que alguien tuviese oportunidad de ver lo que había visto ella en su espejo el día anterior.
Momentos más tarde tuvo el chance de comprobar que su voluntad no iba en consonancia con algún místico designio y que para su pesar, el azar, el destino o alguna otra cosa insidiosa trabajaban en su contra. En un descanso entre clase y clase, haciendo un rodeo innecesario que solo obedecía a su empeño de no emplear las escaleras ni toparse con Christopher, se dio de bruces contra el susodicho y de inmediato quiso mandar toda su prevención al carrizo, puesto que el tropiezo no habría tenido lugar si anduviera viendo al frente y no al piso. Sin embargo, su vergüenza no la pudo enviar al mismo sitio en lo que escuchó al muchacho decir: “cuando quieras empezar a girar, me avisas” y percatarse así de que la sostenía. Deseó encontrarse en el hoyo para su entierro con unas cuantas paladas de tierra cubriendo el féretro hasta que para mejorar o empeorar el asunto le escuchó añadir:
–Tienes unos ojos muy lindos. – “¿Ah? ¿Qué dice de mis ojos?”, pensó. No obstante, hizo dominio de sí y respondió:
–Eso... eso ya me lo han dicho.
– ¿Ah, sí? ¿Y seguro que también te han dicho que tienes unos labios de caramelo?
“Ehh... no, eso no... ¡Pero tampoco era que fuera algo del otro mundo!”, se dijo, aunque solo contestó con un simple gemido de afirmación que sonó como un “ajam”.
– ¡Bah! Da igual. A mí no me importa qué te hayan dicho, sino lo que quiero hacer con ellos.
“¡¿Y éste quién se cree?!”
Se aclaró la garganta y se atrevió a preguntar inocentemente:
– ¿Y eso cómo qué sería?
–Probarlos, por supuesto. Y saborear su relleno.
Se le borraron las líneas del pensamiento, el estómago se le tensó, empezó a sentir...
Calor... ¿o frío? No, no, calor. Le vino a la cabeza la imagen del espejo y se espantó. Parpadeó, se obligó a replicar alguna frase coherente y lo único que salió disparado de su boca fue:
–En la cantina también venden caramelos.
Al oír aquello Christopher prensó los labios privándose una carcajada. A Helena no le gustó sentirse burlada. Empezó a sentir rabia, a molestarle su cercanía y ya le estaba preparando un rótulo con las letras de la palabra “idiota” en mayúsculas, cuando le oyó susurrarle complacido:
– ¿Las pecas siempre te hacen ver así de chistosa o solo pasa cuando te pones roja?
¿Dónde estaba el bendito hoyo, ¡caramba!, para que la desapareciera?
A pesar de sus súplicas, la tierra no se abrió ese día. Y entonces, Christopher tuvo ocasión de divertirse otro par de veces a su costa, de compartir con ella más que un par de encuentros azarosos, de relacionarse más allá de un salón de clases, de invitarla a su casa y luego acudir a la suya a regañadientes, de girar con ella, de comprobar que siempre la hacían ver chistosa las pecas; de saber de qué estaban rellenos no solo sus labios, sino también sus pupilas y de enterarse de dónde había dejado la cuerda el día en que rodó por la escaleras.
Helena, por su parte, tuvo ocasión de designar con una sola palabra los aumentos y descensos de temperatura que Christopher le inspiraba cuando la abrumaba la incapacidad de experimentarlos por separado; de disfrutar los beneficios de hacer tareas en conjunto, incluso cuando los libros permanecieran cerrados; de comprobar que sus padres no tenían nada de excéntricos, pero sí mucho de extranjeros; que el hijo les había salido tan sencillo que lo mismo se comía los espaguetis con cubiertos que desde la boca del cuenco apurándolos con los dedos; de descubrir el relleno de sus labios, de saber de qué estaban hechas sus manos, de decretar nuevas efemérides en el calendario...
La primera vez que Christopher la besó se pasó tanto tiempo frente al almanaque pensando bajo qué rótulo marcar la anécdota que al momento de escribir, la punta del marcador ya estaba seca. Había estado decidiendo inútilmente si colocar la leyenda en plural o en singular, porque bien “sabía” (y en este punto se pasaba la lengua por los labios cual tonta) que sus bocas se habían presentado y reconocido en reiteradas oportunidades aquella tarde. Al final, marcó la fecha con la palabra “albóndigas” y lo dejó estar. Días después, de paso por su casa, Christopher habría de preguntarle a qué hacía alusión aquello y ella se encontraría respondiéndole, como para salir del apuro, que cada que le tocaba cocinar anotaba la comida para no repetir el mismo plato muy seguido. “¡Caray, pero si nada más cocinas una sola vez al mes!”, replicaría el muchacho divertido.
La vez primera en que sintió las manos de Christopher en donde nunca había sentido las de nadie, la espina dorsal se le enderezó de un respingo, se le tensaron los músculos y se paralizó en seco con los ojos abiertos cual lagartija expectante. La sola idea de desconocer hasta dónde llegaría el recorrido la agobiaba, pero por suerte el muchacho no resultó ser un explorador avieso y pronto le ganó confianza. Otra vez se encontró enfrentándose a su almanaque sin saber qué señalar con exactitud, sin embargo, a diferencia de la anterior, desistió; se dijo que era redundante estampar en el papel lo que ya llevaba impreso a tacto en la piel.
La primerísima de las primeras veces, la épica, la amistad y el compañerismo se habían convertido oficialmente en algo más íntimo. Ella le respondía a él como Lena y él le respondía a ella como Cristo. Los labios se le desbocaron en una tarde de esas en que los libros se resienten por pasar desapercibidos y las prisas los agarraron desprevenidos cuando las manos se le perdieron por rincones en donde los rayos del sol no son bien recibidos. Todo fue viento en popa hasta que se encontraron sin prendas y la desnudez les dejó claro que de ahí no había vuelta. Él dudó un segundo por miedo a que ella se le escapara; ella también, por miedo a que él no hiciera nada. Pronto el nerviosismo de una y la desesperación del otro jugaron a su favor y ahuyentaron, a punta de besos tiernos e intrépidos, de caricias curiosas y torpes, de miradas arreboladas y cómplices, de respiraciones entrecortadas y acompasadas, y de sensaciones extrañas (por desconocidas), todo rastro de vacilación o duda.
De nuevo se hallaría indecisa ante su almanaque destacando el acontecimiento, pero en esa ocasión por no saber si marcarlo o no. Rememoraba ese no saber dónde poner las manos ni qué hacer con ellas, la incertidumbre a lo que le seguía a cada movimiento y a cada caricia, el temor haciéndola inspirar más de lo normal, los nervios haciéndola temblar, la cercanía de Christopher suave, cálida, lenta, precipitada, cadenciosa que la agitaba, la obnubilaba y la hacía transpirar como si sus poros estuviesen abiertos de par en par; la expectativa, la ansiedad, la atracción traspasando las barreras de la inocencia y convirtiéndose en deseo, ver a Christopher sobre ella, sentir a Christopher sobre ella y luego... Y en ese “luego” era dónde descansaba toda su indecisión. Porque le había gustado todo, pese a su inexperiencia, excepto sentir dolor. Evocó el color de aquella incómoda humedad en su entrepierna y al unísono acudió a su pensamiento aquella máxima de su madre que rezaba que los momentos más significativos en la vida de una mujer, la naturaleza se tomaba el atrevimiento de marcarlos con el rojo de la sangre. Sonrió. Se dijo que de esos momentos ya llevaba dos de tres y, satisfecha, guardó intacto el marcador.
Con el tiempo y la destreza ganada con la práctica y la repetición, se celebró el no haber resaltado ese último suceso en el calendario, puesto a que descubrió que lo que lo hacía remarcable, como a los anteriores, no era en esencia su relevancia, sino su novedad. La revelación la invadió como una especie de alumbramiento junto con otras verdades una noche de septiembre que no tuvo siquiera que apuntar porque el recuerdo se le grabó a fuego en la memoria del cuerpo. Fue cuando, tal si formaran parte de una danza exquisitamente coreografiada, Christopher y ella lograron entregarse y rendirse al otro a ciegas, con fluidez y desenvoltura, sin movimientos mecánicos y sin más pausas que las que el momento requería, dejándose llevar sin importar quién o qué los traería de vuelta, si es que la había. Así comprendió la sutileza de las cosas, que no había que forzarlas para que pasaran, y se olvidó de su criterio.
Abstraída en la mirada de Christopher pegó un brinco en el cielo al percibir que lo que ambos se inspiraban y cruzaba sus pupilas a igual tiempo era reflejo del mismo sentimiento. Ahí entendió el principio de esa idiotez que tanto había rechazado y disfrutó ser partícipe de ella, pero no pudo evitar seguir considerando idiota a todo el que la padeciera, incluyéndose.
Descubrió también, entre otras cosas, que existía una innata sincronía entre los cuerpos, que las sensaciones aunque no se expresaran en palabras, no eran mudas (lo supo en cada quejido entre sus pieles, en cada gemido involuntario, en cada suspiro contenido); que la Navidad no llegaba solo en diciembre, que la Nochebuena no tenía por qué celebrarse una sola vez al año. Aprendió que podía rezarle e implorarle a dos Cristos totalmente distintos y aún así, exaltarlos a ambos a un mismo tiempo al acercarse a lo divino; y que era en el recuerdo, y no en el almanaque, donde eran dignos de registrarse los acontecimientos memorables.
Le pareció que empezaba a nevar, como si esa vez la atmósfera o algún místico designio trabajaran a su favor y en consonancia con su repentina lucidez. Mientras un montón de copos blancos se dispersaban sobre ellos escuchó a Christopher decir: “¡dime que no es romántico tener sobre nuestras cabezas un desconchón de ese tamaño!”. Miró hacia arriba, justo encima de ellos un trozo del techo lucía destartalado y les lanzaba partículas de cal y yeso, volvió la vista hacia Cristo que la escudriñaba con una expresión imposible a la vez que una placa blanquecina le cubría de a poco el pelo, y solo deseó reírse con ganas. Mandó a su lucidez al mismo sitio en el cual todavía moraba su prevención, la respuesta se la grabó a Cristo en la piel en ese lenguaje que excluía a las palabras, la risa brotó por su cuenta amena e incontenible y estuvo segura, lo pareciera o no, de que había noche-buena en la habitación y nevaba y era diciembre. Porque habiendo descubierto la inutilidad del calendario y de la exclusividad de las fechas, podía, de esa vez en adelante, darse el lujo de inmortalizar a su antojo cada instante que viviera.




Fotografía de Patrick Runte

Mariana todas las mañanas se asoma a la ventanilla del negocio de su hermana solo para ver al chico de mochila azul y camisa blanca. El chico de mochila azul y camisa blanca a quien Mariana asomada a la ventanilla del negocio de su hermana ve todas las mañanas, llega cada día a la parada con la esperanza de hablar con la chica con la que sueña antes de irse a la cama. Él se hace llamar Francisco y la chica, Fernanda.
La chica con la que espera hablar en la parada y con la que sueña antes de irse a la cama el chico de mochila azul y camisa blanca a quien Mariana asomada a la ventanilla del negocio de su hermana ve todas las mañanas, toma apresurada el primer autobús en salir ansiando encontrar entre los asientos al joven de chaleco y sonrisa distraída que le alegra algo más que la vista.
Gabriel, el joven de chaleco y sonrisa distraída que le alegra algo más que la vista y le hace tomar apresurada el primer autobús en salir a la chica con la que espera hablar en la parada y con la que sueña antes de irse a la cama el chico de mochila azul y camisa blanca a quien Mariana asomada a la ventanilla del negocio de su hermana ve todas las mañanas, procura sentarse siempre junto a un lugar vacío y al bajar paga dos puestos aunque solo haya usado uno.
Desde otro plano, alguien que se sabe destinatario del puesto que ha reservado el joven de chaleco y sonrisa distraída que le alegra algo más que la vista y le hace tomar apresurada el primer autobús en salir a la chica con la que espera hablar en la parada y con la que sueña antes de irse a la cama el chico de mochila azul y camisa blanca a quien Mariana asomada a la ventanilla del negocio de su hermana ve todas las mañanas, flota y se dispersa en la nada. Y quiere querer, pensar, sentir o creer que puede usar el asiento junto a Gabriel, quien quiere poder ceder el puesto que guarda junto a sí y alegrarle algo más que la vista a la chica del autobús, quien quiere pensar que dejará de correr tras una sonrisa distraída e intercambiará más que un “hola” con el chico de camisa blanca y mochila azul, quien quiere creer que puede hacer algo más que devolverle la vista a la chica de la ventanilla, quien quiere sentir que alguien desde otro plano aún la escucha...
Es otro día y Mariana piensa que debería cerrar la ventanilla porque jamás será la chica con quien Francisco sueña.
Es otro día y Francisco piensa que debería seguir su camino porque nunca será quien le alegré más que la vista a Fernanda.
Es otro día y Fernanda piensa que debería dejar marchar el primer autobús en salir porque nunca logrará tener un lugar junto a Gabriel.
Es otro día y Gabriel piensa que debería dejar de guardarle espacio al vacío porque en este plano nadie va a ocupar el sitio.
Es otro día y alguien o algo flotante y disperso en la nada piensa... ¿...?
De cualquier modo, se abre una ventanilla, un chico de camisa blanca y mochila azul espera...
– ¡Hey, chico! ¿No llevas desayuno? –El aludido niega con la cabeza y medio sonríe.
...alguien se apresura a tomar el autobús...
–Eh, hola. Disculpa...
–Hola. Lo siento, voy tarde. –Lo corta displicente.
...hay un joven de chaleco sentado junto a un puesto libre...
–Disculpe, ¿me permite? –Inquiere un pasajero.
–Lo siento, está ocupado –responde.
...Y la nada impregna el ambiente.
Algo flota en el aire, uniendo con hilos invisibles el mismo sentimiento en una frase que se construye a cuatro partes desde una igual cantidad de puntos escasamente distantes:
“¡Puta... –Comienza un chico de mochila azul y camisa blanca al reemprender su camino y dejar atrás una tienda de comestibles.
...vida...!” –Prosigue una muchacha mientras mira alejarse un autobús desde la ventanilla del negocio de su hermana.
“¡Antojado... –Retoma una chica sentada en los últimos puestos de un colectivo con la vista perdida en un asiento vacío.
...corazón!” –Termina un joven de chaleco, abstraído en sus pensamientos y sonriéndole de forma distraída al viento.
Como enmarcando la exclamación a cuatro voces, se escucha un eco.


Aldo Simetra




Nada. El tipo no llegaba. Y nada que le gustaba al rubio. Es que estar en ese bar-restaurant de no sé dónde esperando a no sé quién (al tipo), era culpa de él (del rubio). Es que si hiciera algo más que guiñarle el ojo de vez en vez y repasarle “disimuladamente” el cuerpo con la vista, hace rato que podría haberse ahorrado estar sentada sola en esa mesa, a casi nada de quedar plantada y a un trago de acabarse la copa que la conduciría a quedar ebria. Eso le pasaba por no saber poner a raya a la Ninfa y terminar siendo partícipe, aun contra su voluntad, de sus ocurrencias. Todavía recordaba con ligera vergüenza la conversación que había mantenido días atrás con ella...
– ¿Qué te traes con ese?
–No sé de quién me hablas.
–Conmigo ni lo intentes: cuanto tú vas, yo ya fui dos veces. Y no es por robarte comida del plato, pero con un ejemplar como aquel, si voy, puede que hasta ni regrese.
– ¡Pues que te aproveche! A mí, como diría el Darcy de Jane Austen, me resulta aceptable, pero sigue sin tentarme.
– Nunca digas de esa agua no beberé y menos en tiempos de escasez, jaja. ¡Sal de los libros, niña! Entre tanto tomo entero que te tragas, aquella debe estar cansada de tener que conformarse con el índice.
– ¡Ja! ¡Sucia! Yo no... no...
– ¡Jajaja...! Los hombres cuentan con la diestra o la zurda y nosotras, con cinco dedos en cada una, querida.
– ¡Por Dios! ¡Lo tuyo es ninfomanía!
–Pues quizá, que bien debo honrar mi nombre... ¡pero lo tuyo es un desperdicio! Se entiende que a veces no haya con quien; ¡pero mira que tenerla disponible las 24 horas del día, los 365 días del año y no hacerle un cariñito ni en feriado...!
Negó indignada resoplando y guardó silencio frustrada.
–Yo que tú me perdía o, mejor dicho, me encontraba con el rubio al que según tú ni le has puesto el ojo ni te da sed. Que se ve que está hecho a prueba de fuego y quizá hasta te apague uno que otro incendio.
– ¡Ah, no, no! Te digo que...
– ¡Jajaja! ¡Solo te falta la aureola, mujer...!

–Disculpe, ¿puedo servirle algo? ¿Le traigo otra botella? –Le interrumpió el mozo. No sabía qué cosa, pero algo había interrumpido. Cerró los ojos frunciendo el ceño y sorbiendo los restos de la exquisita bebida antes de contestar.
–No, no-lo disculpo... Sírvame... ¿otra botella? No... no... la cuenta. Sírvame... la... cuenta. –Mal indicio. Ya había experimentado en ocasiones anteriores que a su aparente ausencia de seguridad en tales momentos, le seguían comportamientos inciertos.
Cuando salió del local, volteó repetitivamente la cabeza hacia la puerta acabada de atravesar como si no recordara bien qué había estado haciendo allí o como si no le encontrase sentido. Se pasó el dorso de la mano por la cabeza para apartarse unos mechones de cabello y tratar de despejar sus ideas. Dio un paso sin pensarlo y luego otro sin percatarse de que salía de la acera, y llegó al otro lado de la calle preguntándose de dónde habían surgido de repente tantos pitidos y por qué de improviso todos los autos parecían querer chocar contra ella en lugar de seguir por otro rumbo su camino. Sentía pesada la vista, los objetos aparecían tan deformados que asemejaban venir de otra dimensión o formar parte de un universo paralelo. Se lo atribuyó al sueño y al hecho de no llevar anteojos, y se dijo que necesitaba un café.
Aún conservaba rastros de lucidez cuando se topó con lo que consideró una cafetería, no obstante pareció perderlos  todos al hacerle el pedido al mozo. Golpeó varias veces la barra antes de dejar oír:
–Un café... como yo, por-favor.
– ¿Cómo así? –replicó el mozo, dejando de lado las reglas de atención y cortesía.
– ¡Negro y con sabor! –se fue en risas.
El mozo extrañado ante la solicitud se dispuso a servir receloso a la clienta. Sin siquiera dejarle colocar el pedido sobre la encimera, la mujer tomó la taza y le dio un gran sorbo al café, que al segundo siguiente terminó desparramado sobre el empleado.
– ¡Puaj! ¡Yo ni de broma sé así! –Volvió  a reír y como si reparara de forma tardía en lo que había hecho exclamó–: ¡Ups! Lo-sien...to.
Claro que las risas que adornaban los comienzos o finales de sus frases hacían dudar de cualquier ápice de arrepentimiento.
Fue necesaria la llegada de otro cliente para que el mozo saliera de su estado de perplejidad y recordara sus funciones. Le hizo corroborar si había alguien esperándolo y al recibir una respuesta negativa entendió que su cita no se concretaría ese día.
– Jaja, ¿Tú también? ¡Feliz día del árbol! –Risas.
¡Qué chiste tan malo! –Murmuró, preparándose a obsequiar con todo su desdén a quien lo había emitido.
–Disculpe, le... –intervino presto el mozo.
Al voltear, sin embargo, distinguió a la loca que había visto dar giros en medio de la calle con la luz del semáforo en verde para después regresar al local de donde minutos antes había salido. El recordar el hecho le causó gracia. Iba abandonar el lugar, pero...
–Solo un buen café, por favor  –...tomó asiento y escuchó risas a su lado seguidas de un:
– ¡Uff! Ese es peor que el mío.
– ¿Perdón? –Le reclamó a la mujer sin entender. Más risas a su derecha.
–Nada, jaja, que disfrute su café. –Mientras lo decía emprendía su marcha. El mozo hizo amago de retenerla:
–Eh... señora, que se...
– ¡¿Señora?! ¿Y acaso tú te sacaste la partida de nacimiento ayer? –Más risas de camino a la puerta.
De improviso varios eventos ocurrieron de manera simultánea o, para mantener la fidelidad de los hechos, con una diferencia de tiempo insignificante entre ellas: El mozo que le pone enfrente el pedido al cliente a la vez que grita sobre su hombro “¡hey, seño-señorita, que se va sin pagar!”, el hombre que le da un trago a la bebida, la mujer traspasando el umbral, un café que vuelve a desparramarse, el hombre que asqueado exclama “¡pero qué rayos me está haciendo beber!”, la mujer que entre risas se despide lanzando un “¡se lo dije!”,  el empleado que termina salpicado por segunda vez y con la irritación elevada al cuadrado, el hombre que se pone de pie en actitud de evidente partida, pero con la suficiente cortesía para pagar por los supuestos gastos de él y los de la señorita y encima, compadecerse del estado del mozo y dejarle propina.
Justo ponía él un pie fuera del local, distinguió a la loca hacer lo mismo con la acera. Al instante siguiente se encontró preguntándose cómo había ella sobrevivido la vez anterior, advirtiéndole alarmado “¡noo, que está en verde!”, halándola del brazo y poniéndola a resguardo fuera de la calle.
Con todo y la efímera impresión del momento, la loca, porque no podía llamarle de otra forma, reía; y no supo si fue por ese motivo o porque se esperaba otra cosa que no pudo reaccionar con algo más que extrañeza a su pregunta.
– ¿Y... tu cita?
–Supongo que se cansó de esperarme –se sorprendió respondiendo–. ¿Y qué pasó con la tuya?
–Se... retra-só.
Por primera vez se apagaron las risas, ganó el silencio y se vieron fijo con una seriedad explosiva. Él se contuvo de guiñarle el ojo, mas no de repasarle descarado el cuerpo con la vista. “¡Debí haber llegado temprano!”, se decía. Sin embargo, no fue eso lo que dejó oír.
– ¿Te invito un café? Pero de los buenos. –En esta ocasión la risa al final de la frase la prorrumpió él, entre tanto pensaba en bebérsela a ella con o sin azúcar.
“Tal vez si hubiera esperado más...”, se lamentaba ella. Pero no, no quería café. En ese instante cualquier cosa que se tomara le resultaría poco menos que aceptable en comparación con lo mucho que le tentaba él. Sin embargo, la ausencia de anteojos le hacía guiñarle el ojo y cada vez que lo abría se convencía de que un latte macchiato igual al que tenía en frente le sentaría más que bien.
Algo en el ambiente hablaba por ellos alentado, tal vez, por la mano de él aferrándole todavía el brazo, sus dedos ejerciendo presión sobre su piel, el cúmulo de sensaciones que se desprendían del punto de unión entre sus cuerpos en el cual él imprimía levemente su fuerza sobre ella. Algo avivado también por la ligereza con la que ella se dejaba asir, la conmoción que a él le causaba su cercanía y su tacto; ese acaloramiento, agitación o nerviosismo que viajaba libre alrededor y a través de ambos.
La respuesta se supo de sobra. A ese punto, ni ella necesitó emitirla ni él escucharla. Con la imaginación suficiente se puede adivinar con muy poco margen de error lo que pasaba por sus cabezas y lo que a continuación se avecinaba, así que...
 –No mencionaré una palabra.
Mañana del jueves, día de trabajo, de camino a la oficina. A alguien le ha dado por hablar en voz alta.
– ¿Decías?
Le sonríe al móvil, sus pulgares se desplazan ávidos por su superficie y apenas levanta la vista para contestar:
–Ah, no es nada, Ninfa. –Pasa de largo y un par de ojos entreabiertos lo siguen con recelo.
Así que nada, ¿eh?
Ya en la oficina, alguien se asusta o se sorprende, o ambas cosas juntas; deja caer su teléfono sobre el escritorio como si se le estuvieran quemando las manos al tiempo que escucha:
– ¿Te regaron la plantita?
– ¡Ninfa! –Suelta en actitud de censura, aunque en realidad intenta ocultar su azoramiento. Siente un leve cosquilleo en las mejillas y agradece que su piel no ceda al rubor. Ni le responde ni le da charla a su inquisidora y en cambio, toma de nuevo el móvil con cierta exaltación, se levanta de su silla, se encamina a la puerta de la estancia y antes de perderse en los pasillos anuncia:
–Voy por un latte,¿se te antoja algo?
¡Jum! ¡Quién sabe cuándo regrese...!
Le contestan negativamente con un movimiento de cabeza y desaparece manipulando muy animada el celular.
Una sonrisa maliciosa empieza a distenderse, todo empieza a cuadrar. Y no ha sido necesario mirar la solicitud de secreto que ella le había hecho al rubio vía mensaje de texto mientras lo veía hablar en voz alta por el pasillo. Ni mucho menos, las obscenidades que por el mismo medio él le hacía llegar en el justo instante en que la sorprendí en la oficina... Es que cuando ellos van, yo ya he ido dos veces; y en el ínterin hasta me da tiempo de comprobar que uno se ha vuelto adicto a un particular tipo de cafeína y que a la otra el latte macchiato no le sienta nada mal.






Esquivar el amor es una consecuencia inmediata de ser renuente al cariño, y viceversa. Los principios o preceptos básicos de tal resistencia implican:

Construir un muro de dos metros aunque se mida un poco más del metro y medio para que nadie ose cruzar sus barreras.
Descreer de manera desmedida en el amor a primera vista.
Abstenerse de cualquier forma de contacto físico o abstracto (incluye mantener una distancia mínima entre pieles de un centímetro, abrazar menos de diez veces al año, no saludar o despedirse con besos ni siquiera habiendo de por medio periodos de reencuentro largos, dar la mano solo en entrevistas de trabajo y utilizar el teléfono o cualquier medio artificial de comunicación estrictamente lo necesario).
Evitar cualquier forma de desnudo y, si es obligatorio quedarse al descubierto, cubrir el corazón y la mente con escudos a prueba de cualquier tipo de tentaciones o flaquezas.
Esconderse y defenderse de quien por superar la altura de dos metros o por encontrar una brecha en su muro pretenda descubrirlo(a). (Las medias verdades, los rodeos, las mentiras blancas y cualquier otro tipo de artimañas son válidas).
Guardar en un tarro hermético los sentimientos.
Mantener un semblante monocromático e imperturbable. En su defecto, se admiten únicamente dos expresiones faciales: serio(a) o contento(a), por contraste. (Practicar frente al espejo es recomendable).
Se permite llorar exclusivamente en privado; por ninguna razón atreverse a soltar lágrimas frente a otro ser humano, puede ser contraproducente para ambos.
Volverse maestro(a) en el arte de la ausencia incompleta que juega a rozar el olvido.
Ejercitar la “renuncia”.
Ser comedido(a).
No pedir consejos y evitar darlos.
No abusar de la compañía; la relación interpersonal más importante que debe mantener es consigo mismo(a).
Ser fiel a la premisa de que nadie más que usted puede solucionar sus problemas.
Cumplir los tres últimos apartados a pie de letra. De lo contrario, se corre el riesgo de desarrollar dependencia.
Abrazar los miedos propios y no deshacerse de ápice alguno de desconfianza. (Lo/la mantendrán en guardia).
Disfrazarse de seguridad y autosuficiencia excesivas, pondrá a cualquiera a raya dándole a entender que no lo/la necesita.
Omitir detalles de su personalidad.
Alejarse de la sinceridad extrema.
Jamás, jamás de los jamases incurrir en cursilerías.
Y por último, tiene abiertamente permitido ser tímido(a), huraño(a) y/o taciturno(a).

Si, pese a todo, alguien logra traspasar la distancia infranqueable de los diez milímetros, derribar sus defensas y hacer mella en su escudo; ponga pies en polvorosa o, si aún está a tiempo y no son de gran cuidado sus injurias: ¡huya! Si no, cumplo con informarle compañero(a), y quieran los cielos que no sea para su mal, terminará abandonando toda reticencia y el amor no volverá a serle esquivo nunca más.


Aldo Simetra





Mientras se confunden el "temprano" y el "tarde" el reloj se ha detenido a las y punto de esa hora que es la equivalente a la sumatoria de los números de esa cifra que tanto te preocupa. Yo, aunque pudiera, no te ofrezco ayuda y te dejo perder tiempo devanándote los sesos en superfluas cantidades.
Tu semblante me anuncia que el asunto no marcha como debería; entonces imagino que debe ser igual de complicado a calcular la duración del ahora, los mililitros o litros de saliva que se invierten o se pierden en un beso, el empuje de la inflación en los países con la peor economía del planeta, la salinidad y la densidad de una lágrima o la velocidad en que ésta resbala por la mejilla, los grados Celsius a los que se considera que una persona no es cruda y los grados Fahrenheit a los que se le considera fría, la magnitud de la fuerza excitatriz de un orgasmo, el total de imágenes que capta la retina por minuto, los decibelios contenidos en un grito, la medida de altitud exacta en donde se desborda la paciencia... Cuando presumo que estás por hacer el cálculo de las brazadas que separan mis riberas de la franja continental que te rodea te contengo y, entre burlona y divertida, dejo caer por lo bajo que si el mar no se cruza a nado, mucho menos el océano. Frunces el ceño, reprochándome con ese gesto el comentario y mi deliberado desinterés hacia tus cuentas. Es cuando me decido a ayudarte y tu rostro se contorsiona en esa mueca aspirante a alcanzar la sonrisa plena. Y me gusta... Tu mueca, tu sonrisa. Y reparo en que sí quiero contar contigo –tic-tac, tic-tac, el reloj ha retomado su curso–. Contar, decía, así sea en letras o en números. 





Hay una sensación extraña en el aire. El tabique sobre nuestras cabezas amenaza con resquebrajarse. Trozos colgantes de su estructura se pelean sigilosamente por obtener el primer turno para despojarnos de la vista...
No los mires.
No los mires...
¡No los mires!
Las rejas proyectan sombras en las paredes, parecen aprisionarnos dos veces dentro de este espacio incompleto que ni es jaula ni habitación y es ambas al mismo tiempo. Se oyen pasos mellando el suelo, que se queja crujiendo en sintonía con los sonidos que nos repiquetean los sentidos y nos hacen eco en el cuerpo. Un murmullo sostenido intercambia sitio con un concierto de gritos y quejidos. Hay una sensación extraña en el aire. Percibo el miedo. Lo huelo... No me gusta esta antesala al silencio.

Aldo Simetra




Sus pasos lo llevaron hasta más allá de la Avenida Tres Piensos, justo frente a la plaza de los almendros. A pesar de lo mucho que le gustaba la calle en la cual se detuvo, hacía mucho que no se pasaba por allí. ¿Por qué? ¿Quién iba a saberlo? Quizá el tiempo, quizá ese suspiro de nostalgia que ahora se mezclaba con el vaivén del viento.
Pequeños pedazos de papel empezaron a lloverle encima y levantó la cabeza en un intento de vislumbrar de dónde provenían. Alcanzó a ver medio brazo y parte de una castaña cabellera desaparecer en el interior de una ventana. Bajó la vista lentamente, ninguna expresión en el rostro. Uno de los trozos de papel se había posado sobre su chaqueta y en lugar de sacudírselo y proseguir su camino, lo tomó, escogió un par más del suelo e intentó descifrar inútilmente su contenido.
Quien hubiese roto la hoja antes de echarla a volar por su ventana había escrito:
“A veces me acuesto, miro el techo y pienso en ti. Y me digo que ese y no el verdadero fue nuestro cielo porque no tuvimos que compartirlo con el resto. Todavía esta esa mancha en la pared que nos sacó carcajadas cuando se instaló allí y que sucesivamente cada que mirábamos nos hacía sonreír. La bombilla es la misma bajo la cual salían a la luz nuestras querellas y a la que de vez en vez dejábamos en el olvido cuando usábamos las manos como prendas. Aquella muda de ropa tuya que llegó con la excusa de "por si acaso" se ha quedado haciendo guardia en el armario. Y el espejo, ¿te acuerdas?, aquel en el que nunca nos dio tanta vergüenza mirarnos como la que debía sentir él al reflejarnos, sigue custodiando la misma esquina en donde a su través se confrontan otros tantos rincones del cuarto.
Todo sigue igual, o al menos casi todo. Lo que fuimos ha decidido perpetuarse sin nosotros. Pero, lo siento. Ha pasado ya algún tiempo y es hora de que el cielo que nos amparó bajo este techo se enfrente a otras caras, encuentre otros dueños... Así que voy a sacar de las esquinas las telarañas de nuestros besos, voy a mirar seria la mancha mientras desaparece debajo de unos cuantos brochazos de pintura o un colorido tapiz, voy a descolgar del armario cualquier ápice de prevención y cambiaré la bombilla por una lámpara que no me dé tanto calor.
Sacudiré el polvo de las carcajadas, de las caricias, de los recuerdos y abriré la ventana para que se disperse en aires nuevos. Y suspiraré, tal vez de alivio, tal vez de nostalgia, tal vez de ambas, cuando contemple mi reflejo en otro espejo y desde un distinto panorama. Y me acostaré y miraré el techo, y quizá piense en ti o no, ¿quién podrá saberlo? Pero ya no diré lo mismo del cielo, sea falso o verdadero”.
– ¿Qué haces?
–Alguien los ha arrojado.
– ¿Y qué? ¿Para qué los recoges? Sabes que son solo trozos de papel, ¿no?
Asintió quedo en silencio mientras su acompañante lo halaba del brazo para continuar. Sin embargo, no se movió sin volver la vista hacia arriba, justo a donde había visto medio brazo y parte de una castaña cabellera que de hace tanto conocía. En el trocito de papel que había tomado de la solapa de su chaqueta reconoció su letra (no la de él, sino la de ella) en una sola palabra de cinco letras. Pensó en cuántas cosas habían vuelto a ser cosas y en cuántas habían cobrado sentido después de ella, y suspiró de nuevo... tal vez de nostalgia, tal vez de alivio, tal vez de ambas. Iba a guardarse el pedazo de papel en el bolsillo, pero en lugar de ello dejó que el viento escogiera su destino.




Relacionada con: Otra Brisa


¡Zapatero, a sus zapatos!
Ya le advierto y voy al grano
Ximena se ha alebrestado estando en el exterior:
–What’s wrong? What’s wrong?
Vocifero por teléfono
–Unfaithful motherfucker! –grita-saluda-responde.
Traduzco que debo colgar y olvidarme de su nombre.
Sabrina me espera a las nueve.
Rosaura, su prima, a las once.
¡Qué lástima que no se lleven!
Porque de dos sabores me hacía un postre.
Olga se metió a cristiana
Ñoñas no me gustan nada.
Natalia me cae mejor, aunque
Me la presentó su hermana.
¡Lo que me toca rezar cuando voy a visitarlas!
Karen, mi ex, tiene techo en esa cuadra
¡Jamás se pela un bonche la condenada...!
Ingrata; estando juntos me tenía a pan y agua.
Hilda, su mejor amiga, se ha pasado por mi lecho.
Gloria, que es la legal, me anda viendo con recelo
Frunce el entrecejo cada vez que me le acerco
Expiro y respiro, me santiguo y suplico:
¡Déjala como a Shakira: bruta, ciega, sorda, muda! O...
¡Convierte en los tres monos sabios a mi lista de conquistas!
–Bonito, mañana paso por la zapatería –me anuncia.
– ¿Ah, sí? –suelto indiferente. ¡Pero, ay...!
Zapatero, de sus zapatos no salga. ¡Se lo advierto!
Y así no me hará voltear algo más que el alfabeto.


Aldo Simetra




Creo que el tiempo es una gran mentira.
Creo  que la vida nadie sabe vivirla.
Creo que nadie sabe realmente querer y mucho menos ser querido.
Creo que el "interesante" es algo que se queda a mitad de un halago o un insulto.
Creo que Disney y sus cuentos nos jodieron la vida.
Creo que las mujeres y los hombres deberían dejar de buscar belleza fabricada.
Creo que aquello de que el humano es un ser superior es un chiste.
Creo que nunca ha sido la evolución del hombre, sino la evolución del mono.
Creo que tenemos más palabras de las que necesitamos.
Creo que a veces no es el poema ni lo que dice, sino quien lo inspira, quien lo escribe...
Creo que los eufemismos representan una pérdida de tiempo y un aliciente a la ceguera.
Creo que las noticias perdieron su novedad hace décadas.
Creo que a las diferencias se les olvidó enseñarnos a sumar y a las divisiones, a repartir.
Creo que la tierra no tiene dueño.
Creo que la verdad es abstracta y la realidad, subjetiva.
Creo que hay algo mayor al cosmos, sin duda.
Creo que de existir Dios, es nuestro principal salvador y nuestro mayor verdugo; porque nadie que diga amarte te prometería el cielo y te haría morir para verlo.
Creo que si nos hizo a su imagen y semejanza tal vez él no sea perfecto y tampoco sepa nada.
Creo que debería dejar de castigar a Adán y Eva, y aceptar su propia culpa por poner en el Edén una manzana y darle a uno un pene y a la otra una vagina.
Creo que, al final y después de todo, seguiré creyendo en él, pero jamás dejaré de cuestionarme sus formas.
Creo que el infierno y el paraíso los alberga cada uno en sí mismo.
Creo que la jornada laboral es otro tipo de esclavitud.
Creo que por un salario mínimo jamás se debería trabajar al máximo.
Creo que no se trata de creer en el amor, sino en quien te lo profesa.
Creo que no es ciego el sentimiento, es quien lo siente quien finge ceguera.
Creo que los derechos humanos tendrán sentido y serán en verdad nuestros cuando no nos priven ni nos cobren por ninguno.
Creo en la dura crianza de mi padre.
Creo en las manos de mi madre y en todo lo que tocan.
Creo en las cinco estrellas que alumbró junto conmigo para que ninguna tuviera que recoger las piedras del camino sola.
Creo que me faltan unos cuantos tornillos, pero no creo que ni yo ni nadie sea capaz de conseguirlos (ni lo quiero).
Creo que la locura es necesaria en un mundo donde la cordura está en duda.
Creo que la compañía está sobrevalorada.
Creo que la gente subestima el silencio.
Creo que la Tierra, y todo lo que abarca, es la televisión y el mayor entretenimiento de otros planetas.
Creo que los extraterrestres se ríen a carcajadas de nuestra estupidez cada vez que salimos a escena.
Creo que es más orgásmico y alucinante amanecer con un buen libro que con el último ligue de un antro.
Creo que hay libros que de veras te hacen sentir lástima por los árboles.
Creo que cualquiera que se atreviera a pensar un poco más allá de lo estrictamente necesario descubriría que también padece de crisis existenciales.
Creo que las modas y las normas de etiqueta son una gran ridiculez.
Creo que si fuera monedita de oro, haría lo posible por caerles mal a todos.
Creo que el mundo está sobrepoblado y que no le vendría mal deportar a un sinfín de gobernantes.
Creo que avanzamos hacia nuestra destrucción.
Creo que la igualdad y la equidad son nuestras mayores utopías.
Creo que nuestra libertad es vana. Prueba a saltarte una regla o cruzar la frontera para que veas hasta dónde llega.
Creo que cada vez que usan a la paloma como símbolo de paz, alguien termina irremediablemente cagado.
Creo que el hombre, que es injusto por naturaleza, es por completo incapaz de administrar justicia.
Creo que, a veces, ni siquiera tenemos juicio en las muelas.
Creo que en realidad nadie crece ni madura, solo adquiere estatura y gana responsabilidades.
Creo que la apariencia no siempre dice mucho de ti mismo, pero sí de quienes te ven.
Creo que la perfección, aparte de ser un mito, no es más que una mejora egocéntrica y pretenciosa.
Creo que la sociedad es la peor de las cárceles.
Creo que hay otra cosa infinita aparte del universo y la estupidez humana: la duda.
Creo que la fe ciega y la ignorancia son hermanas gemelas.
Creo que siempre seré ignorante sin importar cuánto sepa.
Creo que medio vacío o medio lleno, todos se han ahogado en un vaso de agua.
Creo que el amor es bastante simple y en contraposición, el ser humano es demasiado complejo.
Creo que no creer en nada es una total estupidez y ser totalmente neutral, la mayor de las hipocresías.
Creo que me tengo mucha fe, pero, como en cualquier inútil religión, está bien que dude.
Creo que si dejara de creer no sería por escasez de creencias, sino más bien por flojera.
Creo que me he equivocado en casi todo y que antes de que termine el día ya estaré creyendo en otra cosa.
Creo que de seguro tiene cientos de objeciones a lo que he escrito, pero recuerde que este es mi credo y no el suyo.



Adiós 23 y bienvenidos...
 ...los que sean.


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