Ordinales Ordinarios

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Obra de Tomasz Rut

La primera vez que ella lo vio no sabía su nombre; la segunda, él se lo dijo; la tercera, ya deseaba su apellido. La primera vez que él escuchó su voz pasó todo el día ideando sus labios; la segunda, ella se los presentó; la tercera, ya buscaba una forma de embotellar su aliento y su sabor.
En la “cuarta”, se la pasaron en el confín masculino de la palabra haciendo de territorios pequeños lugares idóneos para expediciones largas y consiguiendo finalmente residencia prolongada en la quinta del éxtasis luego de tanta ardua, pero placentera caminata.
Eran maestros de sexto grado soportando ocurrencias de adolescentes, pero esa vez fueron ellos los adolescentes ocurrentes: se convirtieron en lienzo en blanco en el que grabar constelaciones, renombraron las estrellas, se bañaron en sus polvos, encaminaron la vía láctea y siguiendo su sendero lograron que el séptimo cielo les develara mil secretos.
Fueron raudos en darse cuenta de que en minutos de tiempo podían caber toneladas de clarividencia, la unidad más pequeña del habla se les presentó obsoleta para abarcar tan inmensurable sapiencia y, al describir circunferencias con las pupilas y dividir en octavas los suspiros, crearon un nuevo sistema.
A fuerza de reproducirlo hasta el hartazgo en una novena de esas en que los días son cortos y las horas infinitas, lo llevaron a desgaste y la décima vez que se encontraron ya cargaban un hábito que no querían rezarse.
Después coincidieron en una serie de redundancias numeradas:
Décimo Primera: –El nombre no se me va a escapar de la boca, así que deja de mirarme los labios.
Décimo Segunda: –“En un beso sabrás todo lo que he callado” –canturreó–, decía Neruda. ¡Qué bien viene la cita! El idiota se llama Pablo, por si lo has olvidado.
Décimo Tercera: – ¡Menudo espía estás hecho! Te doy su apellido para facilitarte la faena o te basta con olfatearme las pisadas.
Décimo Cuarta: –Menos que eso. ¿A que no sabes quién nos pagará la cena? –Entre sus manos una tarjeta de crédito del sujeto–. ¿El tipo no sabe usar billetera? La próxima, al menos limpien al terminar.
Décimo Quinta: Incrédula le suelta: – ¿No te fijaste en lo reluciente que quedó la casa de tanto que restregamos las paredes? –lo atraviesa con la mirada, relamiéndose.
Décimo Sexta: Resopla, asimila sus palabras entre la decepción y el escepticismo, luego espeta admirado: – ¡Así que no solo les sacaba brillo yo!
Décimo Séptima: –… –ante la revelación la garganta se le quedó trabada y no pudo articular sonido. Cada uno se hundía estupefacto en las pupilas del otro. Negaban dentro de sí mismos. Minutos, solo minutos sosteniéndola y ya la verdad les pesaba. Las palabras murieron atrapadas en sus lenguas.
Décimo Octava: Frente a frente no sabían si seguir observando al ídolo caído o esquivarle la vista. Les faltó aire o empezaron a llenarse de vacío y recurrieron a los suspiros.
Un suspiro…
Dos suspiros…
Tres suspiros…
Décimo Novena: Y mientras, las horas se les hacían infinitas:
Cuatro suspiros…
Cinco suspiros…
Seis suspiros…
–No puedo creer q… –suspiro sonoro de él, (el séptimo)… 
– ¡Que te aproveche la cena! –se rueda una silla, retumba una mesa, tintinean un par de cubiertos, se vuelca el líquido de un vaso sobre el mantel, una servilleta es lanzada sobre un plato. Suspiro cansino de ella, (el octavo)…
Repentinamente se les  desvaneció la imagen del dios adorado, el hábito que usaban para rezarle se les percudió de desengaño, se lo arrancaron a jirones, acabaron de tajo con su mutua religión y de a poco se les murió la fe.
Por eso la vigésima vez que se encontraron fueron vestidos de desencanto, no hicieron intento alguno por maquillar o esconder sus cicatrices, el cuerpo se lo untaron de añoranza, cada quien llevó dos gramos de esperanza en el bolsillo. Hicieron un recuento de su historia sin el tiempo, sin las cifras, sin los números; muy quedo el pasado les hizo un guiño y sonrieron escondidos. 
Confiados pusieron las cartas sobre la mesa, pero con la suerte ausente ninguno quiso hacer apuestas. Se les fueron vaciando los bolsillos, el daño causado y recibido les provocó una horrible cacofonía en el oído, les dio vértigo y cayeron en picada diez y una más veces al perder el equilibrio:
–La novena que te prometí, ya no la esperes.
–La octavita en que nos íbamos a disfrazar, no la celebres.
–La séptima maravilla que nos faltó encontrar, ya no la busques.
–Del sexto sentido que desarrollamos juntos, ya no presumas.
–A la quinta que resguarda nuestros nombres, no regreses
–Por la cuarta avenida en la que siempre coincidíamos, ya no te pases.
–El tercer piso que nos servía de guarida, ¿quién se lo queda?
Un segundo…
El último metro que les faltaba para terminar el descenso, solo duró un segundo. Pero la despedida, todavía se preguntan si alguna vez empezó.
Ahora ella cuando lo ve no lo saluda. Él sigue de largo cuando escucha su voz. Sin embargo, en honor a esas primeras veces y a ese incierto adiós, la una se la pasa entonando su nombre en silencio y el otro, recordando su sabor.







5 comentarios:

  1. Bueno, creo que nadie les enseñó que lo difícil venía después. No estaban preparados para pasar la fase del instant crush. Besos.

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    1. Como que no... Qué triste que nadie les enseñara o que no aprendieran. ¡Un abrazote!! ;)

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  2. Respuestas
    1. Con muuucho amor, jaja. La verdad no sé, ya quisiera yo saberlo o aprenderlo también..

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